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EPIDEMIOLOGÍA

Las enfermedades hormonales y del aparato digestivo elevan el riesgo de padecer párkinson y alzhéimer

Investigadores estiman el aporte de afecciones metabólicas frecuentes al desarrollo de problemas neurodegenerativos

Makhbubakhon Ismatova/Getty Images

A medida que la esperanza de vida de la población aumenta, crece la preocupación de ellas mismas y de sus familiares por la aparición de trastornos neurodegenerativos, en particular, las enfermedades de Parkinson y de Alzheimer que, en conjunto, afectan a más de 400 millones de personas en todo el mundo. La primera provoca temblores, rigidez muscular y ralentización de los movimientos, aparte de dolor, alteraciones del sueño y, en estadios más avanzados, demencia. La segunda, en tanto, se caracteriza por los olvidos y las dificultades de razonamiento, de orientación y de lenguaje, así como alteraciones de conducta y pérdida de autonomía. Estas dolencias, más comunes en edades avanzadas, afectan el funcionamiento del cerebro y otras partes del sistema nervioso central y no se las considera como un aspecto natural del envejecimiento. De origen complejo, a menudo son el resultado de la interacción entre una predisposición genética y la exposición a factores ambientales que aumentan el riesgo de desarrollarlas.

Un grupo científico internacional interesado en identificar posibles formas de reducir el riesgo de aparición de estas enfermedades, entre cuyos miembros se cuenta un brasileño, decidió fijarse no solamente en el cerebro, el órgano en el que se concentran los daños una vez que el párkinson o el alzhéimer se instalan. También investigaron los problemas y alteraciones que aparecen en otros órganos y tejidos un tiempo antes y que pueden interferir con la vitalidad y el normal funcionamiento del sistema nervioso central.

En dicho trabajo, que salió publicado en agosto en la revista científica Science Advances, el equipo encabezado por la farmacéutica y neurocientífica española Sara Bandrés-Ciga, en ese momento jefa del área de neurogenética en el Centro de Investigaciones de la Enfermedad de Alzheimer y las Demencias Relacionadas de los Institutos Nacionales de Salud (NIH), de Estados Unidos, analizó de qué manera 155 problemas que afectan a los sistemas digestivo y metabólico podrían tener influencia en el riesgo de desarrollar párkinson o alzhéimer. Se seleccionaron esas 155 enfermedades porque las mismas afectan las estructuras del llamado eje intestino-cerebro, un conjunto de órganos y glándulas del tracto digestivo que, por diversas vías, tienen incidencia sobre el funcionamiento del sistema nervioso central. También ocurre lo contrario, cuando la actividad cerebral altera el desempeño de esas estructuras.

Los investigadores notaron que cuatro de esos problemas de salud se asociaban a un riesgo hasta tres veces mayor de desarrollar la enfermedad de Parkinson y otros trece a la probabilidad de padecer el mal de Alzheimer (véase la infografía abajo). Todos ellos corresponden a afecciones que suelen instalarse años antes de la aparición de los primeros síntomas de esas dos enfermedades neurodegenerativas. La diabetes tipo 1 y tipo 2, además de trastornos intestinales como el síndrome de colon irritable, se han asociado a un riesgo mayor de desarrollar tanto alzhéimer como párkinson.

Glauco Lara

“En el caso de la enfermedad de Alzheimer, también llamaron la atención los problemas relacionados con el metabolismo de los lípidos, la deficiencia de vitamina D, los desequilibrios de sales minerales y las inflamaciones del tracto digestivo, tales como esofagitis, gastritis y colitis”, le comentó Bandrés-Ciga, quien actualmente trabaja en la empresa de biotecnología Valo Health, a Pesquisa FAPESP. “Por otra parte, problemas tales como la indigestión crónica, las disfunciones pancreáticas y la carencia de vitaminas del complejo B se asociaron a un mayor riesgo de desarrollar párkinson”.

Estos hallazgos, subrayan los investigadores, no permiten establecer una relación de causalidad, es decir, afirmar que trastornos como la diabetes sean el origen del párkinson o el alzhéimer. Pero el hecho de que los problemas digestivos y metabólicos aparecieran un tiempo antes de que se presentaran los síntomas de las enfermedades neurodegenerativas sugiere que los primeros podrían contribuir al surgimiento de las últimas.

“La hipótesis indica que esos problemas digestivos y metabólicos podrían tener incidencia en el desarrollo de esas dos enfermedades”, explica el neurólogo brasileño Artur Schumacher Schuh, de la Universidad Federal de Rio Grande do Sul (UFRGS), coautor del estudio. Entre los resultados, llama la atención el incremento del riesgo atribuido a la diabetes tipo 2, que aparece de 10 a 15 años antes que el alzhéimer. “Se sabe que la diabetes eleva el riesgo cardiovascular y se sospecha que puede provocar glicación de proteínas [la unión de azúcares a las proteínas, volviéndolas tóxicas], lo que puede contribuir a la acumulación de las placas beta-amiloides características del alzhéimer”.

Múltiples conexiones
Estudios anteriores ya habían instalado la sospecha de que las inflamaciones, los desequilibrios en la microbiota intestinal o las deficiencias nutricionales pueden enviar señales perjudiciales para el funcionamiento del cerebro. “Hay indicios de que las proteínas malformadas, como las que se asocian al párkinson, podrían incluso originarse en el intestino y migrar hacia el sistema nervioso central a través del nervio vago”, informa Bandrés-Ciga.

“El intestino y el cerebro se comunican de varias maneras”, explica el inmunólogo Licio Velloso, de la Universidad de Campinas (Unicamp), quien no tomó parte en el estudio. Después de todo, el sistema gastrointestinal contiene neuronas y células gliales, en contacto con los mismos tipos de células del sistema nervioso central. Una vía de conexión es la neuronal, a través del nervio vago, que conecta el sistema digestivo con el sistema nervioso central y contribuye a regular la saciedad. Otra es la vía hormonal, mediante compuestos presentes en el estómago y los intestinos que modulan el apetito. La tercera involucra a las sustancias sintetizadas por la microbiota intestinal (bacterias y otros microorganismos que habitan en el intestino), capaces de pasar al sistema circulatorio y afectar al cerebro. “Este conjunto de mecanismos, descrito más claramente en los últimos años, muestra que el sistema digestivo y el sistema nervioso están profundamente interconectados”, explica Velloso, coordinador del Centro de Investigaciones en Obesidad y Comorbilidades de la Unicamp, uno de los Centros de Investigación, Innovación y Difusión financiados por la FAPESP.

Glauco Lara

Para calcular en qué medida contribuyen los trastornos digestivos y metabólicos al riesgo de desarrollar párkinson y alzhéimer, los investigadores se basaron en información genética, de edad y de salud de 225.000 personas del Reino Unido a quienes se les realizó un seguimiento entre 1999 y 2023. Los registros iniciales de esos individuos, almacenados en la base de datos de salud del Reino Unido (UK Biobank), indicaban que todos eran individuos adultos y sanos. Asimismo, presentaban bajo riesgo genético de desarrollar enfermedades neurodegenerativas. A lo largo del período de seguimiento, 4.473 desarrollaron alzhéimer y 4,564 párkinson. Para validar los hallazgos, los resultados fueron posteriormente cotejados con información procedente de otras dos bases de datos con los registros de salud de decenas de miles de personas.

Con base en información genética y de proteínas circulantes en la sangre, los investigadores crearon un modelo matemático que fue capaz de predecir el riesgo de desarrollar alzhéimer y párkinson, con un 90 % y un 78 % de acierto respectivamente. “Estas cifras son prometedoras, pero aún debe validárselas”, explica Schumacher Schuh, de la UFRGS. “El modelo indica que es posible estimar la probabilidad de padecer esas enfermedades neurodegenerativas y, quizá, podrían seleccionarse personas para que se sometan a intervenciones tempranas que puedan menguar ese riesgo”. Para Bandrés-Ciga, todavía hace falta “probar esta herramienta en poblaciones más diversas, incluir factores ambientales y de estilos de vida y lidiar con la posibilidad de falsos positivos”, antes de que la misma pueda estar disponible para la práctica clínica.

La posible conexión entre los problemas metabólicos y digestivos y las enfermedades neurodegenerativas abre espacio para adoptar medidas tales cambios en la dieta y en el manejo de los problemas intestinales y la diabetes antes de la aparición de los síntomas neurológicos y, tal vez así, disminuir el riesgo de padecer párkinson y alzhéimer. Aunque es una posibilidad, aún no hay pruebas de que esto ocurra realmente. “Estudios observacionales sugieren que medicamentos como la metformina y la semaglutida, que se emplean en el tratamiento de la diabetes, confieren efectos protectores, pero los ensayos clínicos que se han llevado a cabo hasta ahora arrojaron resultados dispares”, relata Bandrés-Ciga.

El control de 14 factores de riesgo puede evitar hasta un 60 % de los casos de demencia en Brasil
Es un porcentaje estimado con base en el análisis de datos de salud de 9.900 personas de más de 50 años

Mientras que el estudio publicado en Science Advances genera inquietud al indicar que enfermedades comunes pueden elevar el riesgo de padecer enfermedades neurodegenerativas, una investigación realizada en Brasil perfila un panorama más alentador. Este trabajo, dirigido por la geriatra Claudia Suemoto, de la Universidad de São Paulo (USP) y publicado en la edición de septiembre de la revista The Lancet Regional Health – Americas, muestra que casi el 60 % de los casos de demencia, que incluyen la enfermedad de Alzheimer, podrían evitarse en Brasil mediante el control total de 14 factores de riesgo.

Los investigadores arribaron a esta cifra tras calcular, con base en los datos de salud de 9.949 personas de 50 años o más que tomaron parte en el Estudio Longitudinal de Salud de Adultos Mayores Brasileños (ELSI-Brasil), en qué medida cada uno de los 14 factores de riesgo contribuían al desarrollo de la demencia. Desde 2017, el comité de prevención, intervención y cuidados en demencia de la revista The Lancet enumera estos factores, que en 2024 pasaron de ser 12 a 14, al incorporar la disminución de la agudeza visual y el nivel elevado de colesterol. Cada uno de ellos tiene un peso distinto, ponderado en función de la fuerza de su asociación con la demencia y en su prevalencia en la población. La proporción de casos que podrían evitarse en el resto del mundo, estimada tomando como base los datos de los países ricos, es menor que en Brasil: un 45 % (lea en Pesquisa FAPESP, edición nº 346).

En el país, los factores que más influyen en el riesgo de desarrollar demencia son el bajo nivel educativo, asociado al 9,5 % de los casos, la pérdida de visión no tratada, responsable del 9,2 %, y la depresión en la mediana edad, con un 6,3 %. El impacto total de los factores fue similar entre las diferentes etnias y regiones del mapa nacional: un 59,5 %. El índice es ligeramente más alto para las mujeres (un 61,1 %) que para los varones (un 58,2 %). En una versión anterior de esta estimación, publicada en 2022, el grupo de Suemoto había calculado que el porcentaje de casos evitables era de un 48,2 % ‒llegando al 54 % en las regiones más pobres de Brasil‒ si se eliminaban 12 factores de riesgo (lea en Pesquisa FAPESP, edición nº 329).

“No podemos tomar como referencia solamente los estudios efectuados en los países ricos”, advierte la geriatra. “En Brasil, el bajo nivel educativo constituye el principal factor de riesgo de demencia porque sigue siendo muy prevalente entre los ancianos. En Estados Unidos, el promedio de estudios formales es de 12 años, y en Europa, de 16. Aquí, la escolaridad media entre los adultos mayores es de 5 años”.

Este artículo salió publicado con el título “Antes que aparezca el problema” en la edición impresa n° 356 de Octubre de 2025.

Artículo científico
SHAFIEINOURI, Mohammad et al. Gut-brain nexus: Mapping multimodal links to neurodegeneration at biobank scale. Science Advances. 27 ago. 2025.

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