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Historia

Las memorias que el fuego no pudo arrasar

Durante sus 200 años, el Museo Nacional de Brasil contribuyó con la producción de conocimiento en ciencias naturales y estimuló la creación de varios otros museos de ciencia

Fachada del Palacio de São Cristóvão en 1930

Augusto Malta/ Instituto Moreira Salles

En visita a la Academia de Ciencia de París, en Francia, a mediados de 1886, el emperador brasileño Pedro II se enteró de la existencia de un gran meteorito en el lecho de un riacho situado en el interior de Bahía. La roca había sido hallada en 1784 por un chico llamado Joaquim da Motta Botelho, quien la avistó mientras arreaba el ganado en una zona cercana al municipio de Monte Santo. Esa historia había llegado a los oídos de Rodrigo José de Meneses e Castro, gobernador de la capitanía de Bahía, quien ordenó su transporte a Salvador. La idea era ponerla en un carro tirado por varias yuntas de bueyes y así llevarla hasta la capital bahiana. Pero la roca, con sus más de cinco toneladas, aplastó a la carreta que la llevaba y rodó hasta el lecho seco del riacho Bendegó, a 180 metros del lugar donde se la había encontrado.

El meteorito permaneció allí durante un siglo. Al saber de su existencia, el emperador organizó una comisión de ingenieros con el objetivo de transportarlo a Río de Janeiro. Dicha empresa resultó extremadamente compleja y se concretó apelando al empleo de un acoplado reforzado deslizado sobre rieles y tirado por yuntas de bueyes. La marcha se extendió durante 126 días. La roca llegó a Salvador el 22 de mayo de 1888. El 1º de junio embarcó rumbo a Recife. Desde aquella ciudad zarpó hacía Rio, adonde llegó el día 15 de junio. Y le fue entregada al Arsenal de Marina de la Corte para su estudio. Una vez concluido ese trabajo, fue llevada al Museo Nacional, en donde permanecía expuesta junto a la puerta de entrada.

Wikimedia Commons Ingenieros al lado del meteorito de Bendegó, en el lecho del riacho homónimo. Interior de Bahía, 1887Wikimedia Commons

El meteorito de Bendegó fue uno de los objetos que resistió prácticamente intacto al incendio que destruyó el Museo Nacional de Brasil y gran parte de sus tesoros el pasado día 2 de septiembre. Además de la roca que vino del espacio, en el transcurso de sus 200 años de existencia esta institución científica brasileña reunió más de 20 millones de objetos recolectados en misiones científicas y los distribuyó en colecciones que sirvieron de base para la realización de investigaciones en las áreas de antropología, botánica, entomología y paleontología, entre otras.

La institución fue fundada por el rey João VI (1767-1826) en junio de 1818, en ese entonces con el nombre de Museo Real. Su creación se concretó en un marco de valoración de los estudios en historia natural, estimulados por la llegada de naturalistas europeos para elaborar mapas del territorio, realizar la prospección de plantas y minerales y propagar nuevas técnicas agrícolas. Pero sus antecedentes institucionales se remontan a la Casa de Historia Natural creada en 1784, durante el gobierno del virrey Luis de Vasconcelos e Souza (1742-1809). Conocida como Casa dos Pássaros, es decir la casa de los pájaros, debido a las aves embalsamadas que poseía, esa institución funcionaba en la actual avenida Passos, en el centro de la ciudad de Río de Janeiro, como una sucursal del Museo de Historia Natural de Lisboa, en Portugal, hacia donde se enviaban ejemplares de productos naturales y atavíos indígenas recolectados en Brasil.

Hubo una proliferación de museos de ciencias en Brasil a partir de la segunda mitad del siglo XIX

La institución funcionó durante casi tres décadas. “Con la llegada de la familia real a Río, no existía ya la necesidad de contar con una factoría de productos naturales entre la colonia y la metrópoli, de manera tal que el museo entonces fue extinto en 1813”, dice la historiadora Maria Margaret Lopes, docente del Programa de Posgrado Interunidades en Museología del Museo de Arqueología y Etnología de la Universidad de São Paulo (MAE-USP). “Su colección fue trasladada al Arsenal de Guerra, en donde permaneció hasta la creación del Museo Real.”

Hacía mucho tiempo que la corona portuguesa anhelaba conocer mejor las riquezas naturales de su colonia. El Nuevo Mundo también suscitaba el interés de científicos y artistas europeos. “En vista del casamiento de la archiduquesa Maria Leopoldina con el príncipe heredero y futuro emperador de Brasil, Pedro I, empezó a planificarse aquella que quedó conocida como la expedición austríaca, en cuyo marco arribaron al país naturalistas y artistas con el objetivo de estudiar y retratar especies y paisajes de la biodiversidad brasileña”, destaca Lopes. Entre ellos estaban el zoólogo Johann Baptist von Spix (1781-1826) y el botánico Carl Friedrich von Martius (1794-1868), quienes en el año 1817 iniciaron en Río un periplo por el interior del país, en una expedición que posteriormente dio origen a Flora brasiliensis, la obra que reveló detalles de las plantas de Brasil en el Viejo Mundo.

Colección del Museo Nacional La química polonesa Marie Curie (sentada) y su hija Irène Joliot-Curie (parada, con sombrero), en visita a la institución científica en agosto de 1926Colección del Museo Nacional

Se había vuelto imprescindible que el país contase con una institución que alojara y estudiara sus riquezas naturales. El Museo Real, concebido bajo los moldes de los museos europeos de historia natural, albergaba colecciones científicas, bibliotecas, laboratorios y exposiciones. Funcionaba en una casa en Campo de Sant’Anna, en el centro de Río. Aparte de la colección de la Casa dos Pássaros, su patrimonio inicial consistía en una colección de minerales raros que trajera la familia real, organizada y clasificada por el mineralogista alemán Abrahan Werner (1749-1817). “El Museo Real fue creado con un carácter metropolitano, como un núcleo destinado a la recepción y la catalogación de las riquezas naturales de las provincias brasileñas”, dice la historiadora.

En octubre de 1821, el museo abrió sus puertas al público y siguió creciendo. Entre 1822 y 1823, José Bonifácio de Andrada e Silva (1763-1838), secretario de Estado de Asuntos del Reino y Extranjeros del Imperio de Pedro I, logró que naturalistas extranjeros cediesen parte de las piezas que recolectaran en sus expediciones a cambio de apoyo a sus viajes. Fue así con el naturalista alemán Georg Heinrich von Langsdorff (1774-1852) y con el botánico francés Auguste de Saint-Hilaire (1779-1853).

Colección del Museo Nacional Vista del Palacio de São Cristóvão en 1862, antes de convertirse en sede del museoColección del Museo Nacional

Con la proclamación de la Independencia, en septiembre de 1822, la institución pasó llamarse Museo Imperial y Nacional. Entusiasta de las ciencias, Pedro II les brindó su apoyo a las actividades del museo. Una de sus contribuciones más notables fue el féretro pintado de la sacerdotisa Sha-Amun-em-su, obsequio del jedive (el virrey de Egipto) Ismā‘īl Pachá con motivo de su visita al país, en 1876. Pedro II mantuvo esa pieza en su gabinete hasta 1889, cuando se la incluyó en la colección del museo.

La ampliación de las colecciones de historia natural se concretó también a través de donaciones realizadas por particulares. Tal es el caso de Antônio Luis Patricio da Silva Manso, cirujano mayor e inspector del Hospital Militar de la provincia de Mato Grosso, quien en 1823 le donó al museo alrededor de 2.300 ejemplares de 266 especies de plantas. En julio de 1863 se creó la Biblioteca Central del Museo Nacional, una de las mayores de Latinoamérica, enfocada en las ciencias antropológicas y naturales. “El museo de aquella época era señalado como ejemplo de excelencia por investigadores de Argentina, Chile y Uruguay”, dice Lopes.

Colección del Museo Nacional Alberto Santos Dumont (en el medio, con un sombrero en la mano) visitó el museo en julio de 1928. A su lado (con delantal blanco), el antropólogo Edgard Roquette-Pinto, director de la institución en ese entoncesColección del Museo Nacional

Con sus especialidades científicas, tales como botánica, zoología, geología y etnografía, el Museo Imperial y Nacional hizo posible la realización de estudios que contribuyeron al enriquecimiento de las ciencias naturales en Brasil. A partir de la segunda mitad del siglo XIX, el museo también empezó a actuar de manera aún más incisiva como organismo consultor del gobierno imperial para la realización de investigaciones en geología y mineralogía, entre otras áreas. En sus secciones y laboratorios se analizaban muestras que llegaban provenientes de todo el país: de carbón, minerales, plantas, animales, esqueletos humanos y huesos fósiles de enormes mamíferos desconocidos.

Un tiempo de gloria
El período en que el botánico Ladislau de Souza Mello Netto (1838-1894) fue director de la institución, entre 1876 y 1893, es considerado por muchos investigadores como la era de oro del Museo Nacional. De Souza Mello Netto concretó una amplia reforma en el museo: reorganizó las en ese entonces ya voluminosas colecciones en nuevas secciones divididas por disciplinas, de acuerdo con los cambios que estaban ocurriendo en las concepciones científicas de la época. Otras reformas que el director materializó se basaban en parte en las críticas que efectuara el zoólogo y geólogo Louis Agassiz (1807-1873), director del Museo de Zoología Comparada de la Universidad Harvard, en Estados Unidos, quien había estado en Brasil como jefe de la Thayer Expedition, entre 1865 y 1866.

El éxito y el prestigio del Museo Nacional ayudaron a propagar en Brasil el interés en las ciencias naturales

Agassiz visitó el Museo Nacional e informó que la institución padecía la falta de recursos para el mantenimiento de sus colecciones. En su libro A journey in Brazil, de 1868, alega que dichas colecciones estaban destinadas “a permanecer durante largos años en su actual estado, sin incrementarse ni mejorar. Los animales embalsamados se encontraban en mal estado de conservación y los peces, con excepción de algunas hermosas muestras de especies del Amazonas, no brindaban una idea de las variedades existentes en las aguas de Brasil”. Amén de la realización del trabajo de curaduría científica de las colecciones, De Souza Mello Netto también decretó que los directores de cada sección dictasen cursos sobre sus áreas de investigación y diesen a conocer los resultados de sus trabajos en Arquivos do Museu Nacional, la revista que publicaba los resultados de las investigaciones y noticias de interés de las ciencias del museo.

Luego de organizar la Exposição antropológica de 1882, la más importante exposición científica brasileña del siglo XIX, De Souza Mello Netto adquirió la experiencia como para participar en otra gran muestra, la Exposición universal de París, en 1889. Era un defensor acérrimo de la necesidad de contar con mayores dotaciones de fondos para el museo, e invitaba a los extranjeros que visitaban el país a dictar conferencias, participar en excursiones y trabajar en la institución. Entre ellos estaban el geólogo canadiense-estadounidense Charles Hartt (1840-1878), quien organizó la Comisión Geológica del Imperio, el también geólogo estadounidense Orville Derby (1851-1915), quien estuvo al frente de los servicios geológicos en São Paulo, el naturalista suizo-alemán Emílio Goeldi (1859-1917) y el también naturalista alemán Hermann von Ihering (1850-1930), quienes posteriormente dirigieron museos en Belém, la capital de Pará, y en São Paulo, respectivamente.

Colección del Museo Nacional En mayo de 1925, durante un viaje a América del Sur, el físico alemán Albert Einstein (de blanco) aprovechó su paso por Río de Janeiro para visitar el museoColección del Museo Nacional

Los museos de ciencia en Brasil
“El éxito y el prestigio del Museo Nacional ayudaron a difundir el interés por las ciencias naturales en Brasil”, afirma la historiadora Zita Possamai, del Programa de Posgrado en Museología y Patrimonio de la Universidad Federal de Rio Grande do Sul (UFRGS), con sede en la ciudad de Porto Alegre. “A partir de la segunda mitad del siglo XIX, se produjo una proliferación de museos de ciencias en el país”. En la ciudad norteña de Belém, desde 1866, ya era una realidad el gabinete de la Sociedad Filomática de Pará, que en 1871 dio origen al Museo Paraense Emílio Goeldi. En 1876 se creó el Museo Paranaense, por iniciativa de la Sociedad de Aclimatación de Curitiba. En 1894 fue el turno del Museo del Instituto Geográfico e Histórico de Bahía. Y ese mismo año se empezó a estructurar el Museo Paulista.

Con la proclamación de la República y el exilio de la familia imperial, en 1889, el Museo Nacional fue trasladado al Palacio de São Cristóvão, en la Quinta da Boa Vista. La apertura al público de las exposiciones permanentes en su nueva sede se concretó en mayo de 1900. Sus actividades se intensificaron durante las décadas siguientes, con el refuerzo de su política de intercambio científico internacional, sumada a sus publicaciones y sus cursos públicos. Años más tarde, bajo la dirección del antropólogo y conductor radiofónico Edgar Roquette-Pinto (1884-1954), cobró fuerza la función didáctica que el museo debería ejercer para la construcción de una ciencia nacional y la formación de las futuras generaciones. Para Roquette-Pinto, la educación era la vía para emprender cambios y transformar el país.

Colección del Museo Nacional Juscelino Kubitschek fue uno de los últimos presidentes que visitaron el Museo Nacional: fue en junio de 1958Colección del Museo Nacional

También en esa época, la institución recibió a importantes figuras de la ciencia mundial, entre ellas al físico alemán Albert Einstein (1879-1955), quien visitó el museo en 1925, durante un viaje por América del Sur. En julio del año siguiente fue el turno de la química polonesa Marie Curie (1867-1934) y de su hija Irène Joliot-Curie (1897-1956), quienes desde Río se dirigieron a Belo Horizonte para dictar una conferencia en la Universidad de Minas Gerais sobre la radiactividad y sus posibles aplicaciones en medicina.

A partir de la década de 1930, la institución cobró un nuevo impulso, según la historiadora Mariana Sombrio, del Programa de Posgrado Interunidades en Museología del MAE-USP. La investigadora explica que la protección del patrimonio nacional se convirtió a la sazón en una preocupación de Estado, de manera tal que en 1933 se creó el Consejo de Inspección de Expediciones Artísticas y Científicas en Brasil. “Ese consejo determinaba que ningún espécimen botánico, zoológico, mineralógico o paleontológico podría salir del país a menos que existiesen similares en alguno de los institutos científicos del Ministerio de Agricultura, o en el Museo Nacional”, explica Sombrio. Ese órgano funcionó hasta 1968. Durante ese período recibió 451 solicitudes, la mayoría de extranjeros que pretendían emprender excursiones científicas y artísticas en Brasil.

Para que se cumpliesen esas reglas, se requería que al menos un investigador brasileño, preferentemente del Museo Nacional, fuese de la partida en la expedición. “La idea era que el mismo les informase a las autoridades qué se estaba recolectando”, dice Sombrio. Esa inspección no siempre resultaba eficaz. Pero muchos objetos se incautaban en la aduana cuando ya se los iba a despachar. “El museo se benefició mucho de esa política, ya que varias piezas recolectadas en las expediciones o confiscadas iban a parar a sus colecciones.”

La idea de que el Museo Nacional era una institución para el pueblo cobró fuerza entre 1937 y 1955, durante el mandato de la antropóloga Heloisa Alberto Torres (1895-1977), la primera mujer que dirigió la institución. Alberto Torres lo veía como parte de una vasta política cultural de expresión nacional. Al asumir la dirección, en 1937, hizo de la antropología un instrumento científico destinado a la preservación de la cultura brasileña. Con todo, en esa época, los museos científicos de Brasil comenzaron a ceder su imagen de “templos de la ciencia” a las universidades y a los institutos de investigación. “El conocimiento científico hasta ese entonces desarrollado en Brasil no provenía de las universidades sino de los museos”, explica Lopes. Frente a la especialización de las ciencias naturales y la creciente valoración de los estudios experimentales, las universidades y los institutos de investigación asumieron el rol de centros productores de investigación científica, y los museos se afirmaron como espacios de colecciones.

Con todo, sus colecciones no se vieron por ello devaluadas. A partir de la década de 1930, cobró forma un movimiento de incorporación de esos museos a las universidades. En enero de 1946, por ejemplo, la gestión del Museo Nacional pasó a la Universidad de Brasil, la actual Universidad Federal de Río de Janeiro (UFRJ). Lo propio ocurrió con el Museo Paulista, cuya colección de zoología pasó a manos del Museo de Zoología a finales de la década de 1930. En la actualidad ambos se encuentran bajo administración de la USP. En la década de 1960, y valiéndose de sus amplias colecciones, el Museo Nacional hizo suya la formación de investigadores y creó el primer posgrado en antropología social del país, uno de los mejores del área. En el sector de botánica puso en marcha la carrera de maestría en 1972, y la de doctorado en 2001: esta última fue la primera de Río de Janeiro).

Durante los últimos años, la cantidad de gente que lo visitaba se mantenía prácticamente estancada. En 2016, alrededor de 180 mil personas frecuentaron la institución. En 2017, fueron 192 mil. Como en la mayoría de los museos, tan sólo una parte de sus colecciones quedaba expuesta al público: las plantas y los animales de la biodiversidad brasileña, las momias egipcias, los atavíos de las poblaciones autóctonas y los esqueletos de dinosaurios sudamericanos, además del meteorito de Bendegó, el más grande que se conozca hasta el momento en Brasil.

Publicado en octubre de 2018

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