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Luiz Travassos

Luiz Rodolpho Raja Gabaglia Travassos: Las victorias del “doctor novato”

El bioquímico identificó bacterias causantes de infecciones hospitalarias y desarrolló nuevos medicamentos contra el cáncer

Léo RamosHace mucho tiempo, allá por 1960, sus colegas lo llamaban “doctor novato”, debido a su rápido avance. Cuando los estudiantes de la Facultad de Medicina de la Universidad de Brasil –hoy Universidad Federal de Río de Janeiro (UFRJ)– todavía estaban adaptándose a la carrera, Luiz Rodolpho Travassos ya se encontraba en un laboratorio aprendiendo a trabajar con microorganismos. Su vocación por la ciencia y su afán lo condujeron a aislar y caracterizar por primera vez en Brasil, a las bacterias actualmente clasificadas como Acinetobacter, causantes de infecciones hospitalarias, y a publicar su primer artículo cuando recién cursaba el tercer año de la carrera.

Travassos creció inmerso en el mundo de la ciencia. Su padre fue Joaquim Travassos da Rosa, un bacteriólogo y virólogo que trabajó en el Instituto Butantan y en el Instituto Oswaldo Cruz (IOC), de Río de Janeiro. “Crecí alrededor de los mejores científicos del país y nunca tuve dudas sobre lo que quería hacer”, relató Travassos en su despacho de la Universidad Federal de São Paulo (Unifesp), rodeado de libros y retratos de sus hijos, un músico y una actriz. Ambos pasaron parte de su infancia en Nueva York mientras él transpiraba la camiseta como investigador a comienzos de carrera, lo cual no le impide, aún hoy, sentir nostalgia de aquellos tiempos. “Todo lo que me gusta de la vida se encuentra en Nueva York: música sinfónica de calidad, ópera, teatro. Me encanta el frío”.

Travassos trabajó durante los años 1970 en Nueva York, en la Universidad de Columbia y en el Memorial Sloan Kettering Cancer Center. Fue uno de los primeros expertos en oncología experimental en Brasil y contribuyó al estudio del mal de Chagas y de la paracoccidioidomicosis, una de las principales micosis sistémicas del país. También ayudó a la creación del sistema de posgrado entre 1967 y 1971, cuando integró el directorio del en ese entonces Consejo Nacional de Investigaciones, el actual Consejo Nacional de Desarrollo Científico y tecnológico (CNPq), y fue uno de los responsables de la estructuración y la organización de las carreras del área de biología y ciencias médicas. Actualmente jubilado, con 74 años, dos hijos y tres nietos, sigue dirigiendo a alumnos de la Unifesp y publicando artículos. A continuación, los principales tramos de la entrevista.

En el primer año de la facultad usted ya trabajaba en un laboratorio de la universidad; seguía medicina en Río de Janeiro. ¿Cómo fue eso, tan rápido todo?
Mi caso no es común. Mi padre, Joaquim Travassos da Rosa, era un reputado científico, que trabajó durante 27 años en el Instituto Butantan. Eso para mí fue una temprana y muy fuerte influencia. Él era de Belém de Pará. Yo nací en Río de Janeiro porque una parte de su familia migró hacia el estado de Río. Después del Butantan, mi padre regresó a Río y trabajó en el IOC, del que llegó a ser director. Él conocía el ambiente científico de aquella época y fue prácticamente un conductor de Paulo de Góes, quien era director del Instituto de Microbiología. Goés concursó en la facultad de farmacia y luego en la facultad de medicina. Él agrupó ambas cátedras y fundó el Instituto de Microbiología. Mientras yo estudiaba medicina, él era docente. Contaba con esa puerta abierta y, desde el primer año de medicina, yo estaba en el laboratorio.

¿Ya tenía claro que ese era el camino que quería seguir?
Así es, muy claro. Estudié en la facultad de medicina pero no por vocación clínica. Mi vocación es biomédico-científica, manteniendo más o menos la línea de mi padre. El primer año trabajé en un laboratorio dedicado a la bacteriología, de Carlos Solé-Vernin. Se trataba de un laboratorio donde se estudiaban los cocos [un grupo de bacterias] patogénicos, donde yo podía aprender las técnicas básicas de la bacteriología. Luego de un año en el laboratorio me convertí en monitor de los alumnos de segundo año para enseñar la parte práctica. Me comenzaron a decir “doctor novato”. Fue porque nos rapaban la cabeza y yo usaba una boina verde de novato. Nosotros aislábamos bacterias de casos clínicos, alguna dermatitis purulenta, meningitis, cosas de ese tipo. Entre esos casos, aislé una bacteria que se parecía morfológicamente a la Neisseria, un género de bacterias Gram negativas. Terminé descubriendo que aquella bacteria había sido descrita con el nombre de Mima polymorpha, debido a que mimetizaba a la Neisseria. Hoy se la conoce con el nombre de Acinetobacter baumannii, una bacteria altamente resistente a los antibióticos y responsable de muchas de las infecciones hospitalarias.

¿En ese entonces ya sabían qué provoca?
Habíamos aislado la bacteria en casos de piodermitis [infecciones purulentas en la piel] y meningitis, y sabíamos de su alto poder patogénico y que contaba con un metabolismo propio, muy oxidante, diferente al tipo fermentativo de los bacilos Gram negativos. Con esos datos publiqué mi primer trabajo, en el tercero o cuarto año de la facultad.

¿Lo publicó sólo, sin participación del jefe del laboratorio?
Realicé el trabajo solo y lo redacté íntegramente. Solé-Vernin se dedicaba más a los cocos patogénicos, Gram positivos. Esa nueva bacteria también era una novedad para él, que no creyó que debiera firmar el artículo. Yo podría haberlo publicado en una revista internacional, pero acabó saliendo en Anais de Microbiologia, porque Paulo de Goés creó una revista institucional en el instituto, que en ese entonces parecía algo excelente, aunque terminó incluso en parte perjudicando mi carrera, desviándome de una publicación internacional. Publiqué ahí unos 10 trabajos.

¿Por qué cambió luego de laboratorio?
Fui al laboratorio de Amadeu Cury porque se orientaba más hacia la bioquímica, que es mi verdadera vocación. En su laboratorio se realizaban trabajos con nutrición de microorganismos y métodos de dosificación microbiológica. Por su intermediación conocí a una persona que fue un padre científico para mí, Seymour H. Hutner, de Nueva York. Él se desempeñaba en un laboratorio particular creado por Caryl Parker Haskins, quien también era científico, autor e inventor. Haskins Laboratories era de altísimo nivel y funcionaban en tres plantas de un edificio en el centro de Nueva York. Siguiendo un concepto del propio Haskins, ellos debían desarrollar investigaciones originales sobre microorganismos raros y aplicaciones, que en las manos de Hutner derivaron en dosificaciones microbiológicas de vitaminas y pruebas con drogas contra el cáncer. Cury supo del trabajo de ellos con nutrición de microorganismos, se quedó durante un tiempo trabajando allá con Seymour Hutner y aprendió a hacer medios de cultivo sintéticos, a veces con hasta 40 sustancias, cuidadosamente evaluadas en términos de composición, balance cuantitativo y cualitativo, etc. Y luego trajo todo ese conocimiento a su laboratorio, que era donde se encontraban las novedades. Contaba con equipamientos modernos, ¡un Warburg que aprendimos a calibrar con mercurio! Aprendí mucho ahí, más allá de la nutrición de microorganismos, y comencé a ensayar con drogas utilizando los microorganismos como instrumentos de análisis.

¿Con qué drogas?
Uretana etílica, por ejemplo, una droga anticáncer, al comienzo de los años 1960. La etionina fue un caso interesante, ya que es un análogo de la metionina, un aminoácido donante del grupo metilo. La etionina, por el contrario, puede transferir un radical etilo al ADN, lo cual aumenta el grado de mutación del ADN. Se trata de un aminoácido peligroso, porque la “etilación” del ADN puede provocar la aparición de un tumor. Comencé a estudiar la etionina. En esa época no se utilizaban células tumorales o de mamíferos, eran todos microorganismos. En lugar de utilizar la célula eucariótica de mamíferos, usábamos una serie de levaduras, por ejemplo, porque cuando le suministrábamos etionina, la célula moría. Al utilizar levaduras llegábamos a la conclusión de cómo actuaba la droga. En tanto, Hutner utilizaba algas y otros microorganismos, tales como el Ochromonas malhamensis, un protozoario. Él siempre trabajaba con protozoarios para determinar cómo funcionaría algo en una célula de mamífero. Fue quien introdujo la idea de utilizar una levadura con otras finalidades más allá del interés micológico, propio del hongo en sí.

¿Dónde más se investigaba el cáncer en Brasil?
En casi ningún lugar. Recién comenzaba todo y había algunos tabúes en la investigación que se realizaba en ese entonces. Uno de ellos se refería a la radioactividad. La medición y la utilización de la radioactividad en bioquímica eran consideradas como partes de una técnica altamente sofisticada y ubicada por encima de la capacidad normal. Cuando se hablaba de la radioactividad se decía: “Eso no se encuentra al alcance de la gente”. No teníamos ni siquiera un equipo para medir la radioactividad, nada. Carlos Chagas Filho, del Instituto de Biofísica, acabó con ese tabú. En compañía de Eduardo Pena Franca comenzó a traer aparatos para medir la radioactividad y la técnica pasó a ser algo accesible. Con el cáncer sucedía algo similar. Si un joven optaba por trabajar con oncología experimental, decían que era, de mínima, un embustero.

Aun así, usted decidió trabajar con el cáncer.
Exactamente… El cultivo de células era algo en lo que ni siquiera se pensaba y quienes lo introdujeron aquí fueron la alemana Hertha Meyer –que quien ya vivía en Brasil– y la italiana Rita Levi-Montalcini. Ambas trabajaron con Chagas Filho en el Instituto de Biofísica. Rita investigaba factores de crecimiento de células neuronales [luego obtendría el Premio Nobel de Medicina en 1986 por ese trabajo] y se quedó un tiempo, durante 1953, en Río de Janeiro. Previo al trabajo de ellas, aquí se hablaba poco de cultivo de tejidos y células tumorales. Yo sabía que estaba haciendo algo que podría resultar importante, pero me hallaba fuera de cualquier contexto de estudio del cáncer en Brasil. Hablamos de los años 1960, casi 1970.

¿Cómo resultó su paso por el CNPq?
Luego de graduarme hice el doctorado con Amadeu Cury, en 1963. Él era amigo de un círculo de gente importante dentro de la ciencia brasileña. Uno de ellos era Aristides Leão, quien fue presidente de la Academia Brasileña de Ciencias durante varios años. Estaban Lauro Solero, de farmacología, Antonio Moreira Couceiro, quien fuera presidente del CNPq. Todos los sábados, ellos se reunían para charlar y tomar whisky. Asistía a esas reuniones y conversaba con ellos. De ese tipo de contacto provino la invitación de Couceiro para que dirigiera la sección de biología y ciencias médicas del CNPq, en 1967. Fue una experiencia fantástica.

¿Usted tenía que evaluar proyectos?
Pilas de proyectos. Y no sólo eso. Tenía que promover y crear programas, convocar gente, administrar la sección de biología y ciencias médicas. Fue muy interesante porque conocí al resto de los directores de física, química, agronomía, matemática. Nos reuníamos para realizar informes, comprobar si sobraba dinero, quien lo gastaría. Yo era el más joven del grupo, con unos 30 años. Trabajé allí durante seis años y esa etapa coincidió con lo siguiente: el CNPq debía acreditar a los denominados centros de excelencia, que eran sitios con muy buena producción científica que estaban montando sus posgrados dentro del nuevo sistema stricto sensu. Luego, por supuesto, el Consejo Federal de Educación debía evaluar si los aprobaba o no, formalmente, como cursos de posgrado. Como entre mis funciones me incumbía aprobar al centro de excelencia y el posgrado era una condición sine qua non del centro, también evaluaba esos posgrados. Todo ello contribuyó a la construcción de las carreras de posgrado en Brasil.

¿De aquella época provienen los actuales criterios?
Así es. Había gente que me buscaba solicitando hacer posgrado en una u otra área, requería mi opinión sobre cómo armar las carreras. En ocasiones, algunos hacían buenas combinaciones. Por ejemplo, había un profesor de bioquímica en Pernambuco que cubría determinadas áreas, pero debíamos reforzar con otro profesor de Ceará. Combinábamos con ambos para lograr armar el posgrado. Cuando se quiso crear el posgrado en microbiología, en la Escuela Paulista de Medicina [la actual Unifesp], antes que yo viniera aquí, reuní todos los criterios para la elaboración de tesis y tesinas del posgrado, que había escrito para reglamentarlo en Río y se los ofrecí para que lo adaptasen aquí.

¿Cuándo decidió viajar a Nueva York?
Me dirigí al laboratorio de la esposa de Seymour Hutner en 1971, mediante una beca otorgada por la Fundación Guggenheim durante un año. El segundo año me lo subvencionó el CNPq. Él estaba casado con Margarita Silva-Hutner, de Puerto Rico, Ph.D. en micología por la Universidad Harvard. Como yo trabajaba con levaduras termófilas, me dirigí al laboratorio de micología de la Universidad de Columbia, dirigido por Margarita. Se trataba de un laboratorio tradicional, donde Elizabeth Hazen había descubierto importantes quimioterapéuticos como la nistatina, contra los hongos. Fui con un tema propio –un método de dosificación microbiológica de carnitina, un transportador esencial de ácidos grasos en el corazón– y me ofrecieron un laboratorio para continuar trabajando. Lo hice sólo, lo cual no era lo ideal para mí, ya que no estaba aprendiendo nada nuevo. En el laboratorio contiguo estaba trabajando Kenneth O. Lloyd, quien provenía de Gales y estudiaba bioquímica de hongos. Me mudé allí, porque era lo que yo quería aprender. Permanecí dos años y medio, entre 1971 y 1974.

¿Y qué sucedió?
Lloyd había tenido como tutor a Elvin Kabat, una figura importante de la inmunoquímica, quien, junto con Baruj Benacerraf, Premio Nobel de Medicina en 1980, fuera alumno de Michael Heidelberger, uno de los padres de la moderna inmunología. Lloyd y Kabat trabajaban mucho con inmunoquímica de carbohidratos y polisacáridos. Junto a Lloyd aprendí química de carbohidratos y aporte lo mío, porque en la época, el estudio de heteropolisacáridos estaba limitado al punto de vista de la química básica. Entretanto, Lloyd cooperó con Philip Gorin, un inglés que se radicó en Canadá y estaba desarrollando análisis de polisacáridos con resonancia magnética nuclear. Ello condujo a un salto enorme en la identificación de la estructura de carbohidratos y polisacáridos. Por intermedio de Lloyd, comencé a interactuar con Gorin, lo cual tuvo importantes consecuencias porque, además de aprender química básica de la estructura de los polisacáridos, cuando regresé a Brasil monté un servicio de glucobiología [el estudio de las estructuras y funciones de moléculas relacionadas con carbohidratos halladas en las células] en el Instituto de Microbiología de la UFRJ, en 1974. Logré traer a Gorin a la UFRJ mientras instalaba el servicio y él permaneció un año en mi laboratorio, investigando y enseñando.

¿Por qué regresó a Nueva York?
El regreso a Brasil luego de mi primera experiencia fue traumático. Todo lo que me agrada en la vida se encuentra en Nueva York: música sinfónica de primera, ópera, teatro. Me gusta la cultura, los parques. El frío me encanta. Mis dos hijos, Marta y Alexandre, crecieron maravillosamente bien, forjaron amistades, mi producción científica fue excelente. Yo ya era profesor adjunto de la UFRJ, pero mi beca se acabó y no tenía cómo sostenerme allá. Solicité un cargo, pero siempre era temporal. Es una situación inestable para quien posee familia y un empleo garantizado de por vida en Brasil. En 1976 concursé para profesor titular en la UFRJ. Resultó traumático, en primer lugar, trabajar en Ilha do Fundão, en Río de Janeiro, donde se encuentra el campus. Antes estábamos en Praia Vermelha. Las historias que cuento de Fundão nadie las cree.

¿Por ejemplo?
El pastizal tenía dos metros de altura. Encontrábamos víboras en las galerías. Las ratas roían los cables. Era un lugar inhóspito, un predio donde se construyó una estructura que se parecía a un presidio. Poseía una estructura de cemento, con losas, y si alguien en el laboratorio del piso superior decidía lavar el piso, se filtraba en la planta inferior. En aquella época la favela de Maré estaba situada al lado. Abríamos la ventana y se llenaba de olor a cloaca. Fue un violento contraste con lo que viviera anteriormente. Tanto es así que me quedé por poco tiempo.

De todos modos, ¿logró instalar el laboratorio?
Lo logré. Siempre había estudiantes con talento haciendo doctorados y logramos ciertas interacciones. Por ejemplo, estaba Microbiología y junto a ella se ubicaba el Centro Brasileño de Productos Naturales, donde estudiaban química; aparte estaba el Instituto de Biofísica, que albergaba al Carlos Chagas, y también estaba cerca el departamento de morfología. Era posible interactuar, a pesar de aquella rara estructura. Pudimos crear un buen ambiente. Lejos de lo ideal, está claro. Concursé para docente titular en 1976, pero Nueva York seguía en mi cabeza. En ese momento sucedió algo muy interesante. Kenneth Lloyd perdió su empleo en la Universidad de Columbia, porque asumió otro jefe en el departamento de dermatología que decidió hacer un trabajo más clínico con aplicación radiológica en lugar de investigación. Como Lloyd estudiaba bioquímica de hongos, perdió su empleo y fue a trabajar en la Universidad de Texas en Lubbock, una ciudad ubicada junto al desierto. Él sobrevivía, pero no era feliz. Por suerte, Lloyd J. Old, del Memorial Sloan Kettering Cancer Center, uno de los mayores centros del cáncer en el mundo, logró llevar a Ken Lloyd de regreso a Nueva York. Como yo seguía colaborando con Lloyd, cuando él fue allá le avisé, “también quiero ir”. En 1978 me dirigí al Sloan Kettering. Fue otra época sensacional en Nueva York.

¿En esa segunda oportunidad usted trabajó solamente con cáncer?
Exclusivamente con cáncer. Buscábamos antígenos específicos de células de melanoma maligno para intentar una inmunoterapia. Lloyd Old, el jefe del laboratorio, comenzó a identificar y clasificar esas moléculas ya que no se conocía cuál era su naturaleza. Identificaba antígenos mediante reacciones serológicas, aunque recién después fueron reconocidos los antígenos cancer-testis, antígenos fetales mantenidos en células no diferenciadas y antígenos individuales del propio paciente. Empecé a trabajar en eso y, tal vez, el apogeo de ese trabajo haya ocurrido cuando logramos identificar un glucolípido –el gangliósido GD3– como un antígeno hiperexpresado en el melanoma. Ese glucolípido era reconocido por el anticuerpo monoclonal, el R24, que fue patentado para el tratamiento del melanoma, que reconoce específicamente a ese gangliósido. Se transformó en un medicamento.

¿Cuántas patentes tiene usted?
En el Sloan Kettering obtuve dos patentes sobre gangliósidos, GD2 y GD3. Uno firma como inventor, pero la propiedad es del hospital. Mi trabajo, que cuenta con más de 500 citas en su campo, trata sobre el R24 reconociendo al GD3 y eso motivó la patente. Poseo una patente en Estados Unidos sobre un método de diagnóstico del mal de Chagas y otras dos depositadas. En cuanto a paracoccidioides y péptido 10 cuento con tres depósitos de patentes y una más sobre un adyuvante, en asociación con la Fundación Butantan.

¿Y el segundo regreso a Río de Janeiro?
Fue nuevamente traumático. Estaban construyendo el metro en la ciudad, entre 1979 y 1980. Yo residía en Flamengo. Desde la plaza José de Alencar hasta Largo do Machado [otra plaza] era un gran cráter. La calidad de vida iba a ser tan penosa que yo, allá en Nueva York, ya estaba tendiendo todos los contactos para mudarme a la Escuela Paulista de Medicina. Mudarme de la UFRJ a la EPM, que también era federal, fue algo más o menos sencillo. Fui bien recibido.

¿Cuál fue la línea de investigación adoptada en la EPM?
No podía continuar trabajando aquí con inmunoquímica del cáncer porque no había casi nada. Había dos temas en los cuales era posible trabajar en aquel momento: paracoccidiodomicosis, la principal micosis sistémica en Brasil, y el mal de Chagas. Elegí el mal de Chagas y logré buenos avances. Un estudiante que trabajaba conmigo, Igor de Almeida, identificó algunos anticuerpos importantes que combaten al Trypanosoma cruzi. Esa investigación evolucionó de manera muy favorable para constituirse en una futura vacuna contra la enfermedad de Chagas. El suyo fue un gran trabajo, y hoy se encuentra en la Universidad de Texas. También generó una patente internacional.

¿Usted cree que se logrará una vacuna contra el Chagas?
Se trata de algo discutible. ¿Cuál sería la función de una vacuna en un individuo que ya está crónicamente infectado? El concepto de cura resulta siempre un tema complicado, aunque creemos contar con un método de diagnóstico de la enfermedad activa de gran sensibilidad. Si logramos obtener una vacuna sería para quien reside o viaja hacia una región endémica o quizá para combinarlo con un quimioterapéutico.

¿Cómo es el trabajo contra la Paracoccidiodomicosis?
Ese constituyó otro breakthrough. En una primera instancia, durante años, no se conocía cuál era el antígeno principal del hongo Paracoccidiodes brasiliensis. Hace algunos años, otra estudiante talentosa, Rosana Puccia, aisló y caracterizó ese antígeno, que es una glucoproteína denominada GP43. Fue relevante, ya que nadie sabía cuál era el antígeno principal del P. brasiliensis. Luego recibí a otro estudiante, hoy en día docente de la USP, Carlos Taborda, y le sugerí identificar en la GP43 cuál es el péptido o epítopo de la proteína responsable de una respuesta celular inmune. En su tesis doctoral mapeamos todos los péptidos que conforman integralmente a la proteína y obtuvimos un péptido con 15 aminoácidos, responsable de la reacción celular inmune ligada a los linfocitos T-CD4. Iniciamos una serie de estudios con miras a proteger a los animales con ese péptido. Inoculábamos el péptido con un adyuvante y desencadenaba una respuesta inmunológica contra el hongo. En el último trabajo, que publicamos recientemente en la revista Plos Neglected Tropical Diseases, desarrollamos una terapia génica con un  minigen que codifica al péptido. Eso provoca menos toxicidad, disminuyendo la respuesta inflamatoria. Realizamos test muy positivos con animales, logrando una protección completa luego de largos períodos de infección.

¿En qué consiste su trabajo actual en oncología experimental?
Se enfoca en la acción de los péptidos con actividad antitumoral. Péptidos derivados de inmunoglobulinas, mediante un trabajo conjunto con un grupo de la Universidad de Parma, en Italia, y otras proteínas de señalización. Aparte, por invitación de José Fernando Perez, también trabajo para Recepta Biopharma, lo cual representa un paso adelante de la mera actividad académica, la única posibilidad para convertir en aplicación práctica, es decir, clínica, los hallazgos de la investigación en el laboratorio.

Hablemos un poco de Joaquim Travassos Rosa, su padre. ¿Él se desvinculó del IOC por motivos políticos?
Cuando él era director del IOC ocurrieron varios cambios en el ministerio de Salud. En medio de su mandato fue secretario de Estado de Salud durante el régimen parlamentario, para retornar a la dirección del IOC, luego del golpe militar de 1964. Sucede que el último ministro de Salud que hubo entonces, Raymundo de Brito, aumentó la presión con investigaciones e interrogatorios infames que afectaron a varios investigadores del IOC acusados de subversión. Mientras mi padre estaba ahí, no permitió que ocurriera ningún tipo de persecución. Finalmente solicitó su exoneración en dos oportunidades; y en la segunda fue reemplazado por Francisco Rocha Lagoa. En aquel tiempo se decía que Rocha Lagoa había sido elegido porque era “un mal científico, un mal administrador, pero un buen anticomunista”. Luego ocurrió lo que se conoce hasta hoy como la masacre de Manguinhos, con laboratorios clausurados, tales como el de Walter Oswaldo Cruz, interrogatorios y castigos. El día en que Rocha Lagoa asumió había un montón de gente que saludaba a mi padre y salía de costado, evitando saludar al nuevo director. Así sucedió todo en ese período. Fue terrible.

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