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COMUNICACIÓN

Los comentarios de advertencia formulados por usuarios en publicaciones con contenidos falsos en las redes sociales tienen escasa eficacia

En un estudio realizado en Brasil, la India y el Reino Unido se analizaron datos de 3.000 personas

Klaus Vedfelt / Getty Images

Cuando se encuentra una publicación que difunde información falsa en las redes sociales, ¿es eficaz publicar un comentario alertando a otros usuarios de que se trata de una fake news, una noticia falsa? Un estudio publicado en julio en la revista científica Harvard Kennedy School Misinformation Review apunta que estas correcciones realizadas por usuarios corrientes tienen un efecto limitado sobre aquellos individuos que creen en la desinformación que circula al respecto del covid-19. En el caso en que, aparte de señalar el problema, también se añada un enlace con información verificada por una organización periodística, los efectos pueden ser ligeramente más relevantes, dependiendo del país. En el artículo, los investigadores hacen hincapié en la necesidad de adoptar estrategias institucionales e introducir cambios en la operación de las plataformas para ampliar el impacto del combate a la información falsa.

En el marco de la investigación, 3.000 personas de Brasil, la India y el Reino Unido evaluaron publicaciones realizadas en Facebook sobre el covid-19. Mil participantes de cada uno de estos países respondieron un cuestionario en el que se mostraban publicaciones reales con desinformación, circulantes en el momento en que se recopilaban los datos, en marzo de 2021. Esas publicaciones, por ejemplo, ponderaban los beneficios de la cloroquina ‒aunque la eficacia de ese tratamiento ya había sido descartada por estudios efectuados con una gran cantidad de pacientes‒ o ponían en tela de juicio la gravedad de la emergencia sanitaria.

Los participantes de cada país se distribuyeron en tres subgrupos, que incluían a unas 300 personas cada uno. Al primer grupo, de control, se le mostraron tres publicaciones verdaderas y seis falsas, ninguna de las cuales incluía comentarios con correcciones. Al segundo grupo se les mostraron las mismas publicaciones, pero en algunas de ellas había un mensaje creado por los investigadores, simulando el comentario de un usuario, alertando sobre la falsedad de los contenidos. En cuanto al tercer grupo, las advertencias contenían un enlace a una publicación de una organización periodística con la información verificada. Aunque los enlaces no eran ejecutables, mostraban una vista previa del título del contenido y el nombre del medio de comunicación.

Se les solicitó a los participantes que evaluaran la veracidad de los contenidos y que indicaran si los consideraban nada precisos, poco precisos, razonablemente precisos o muy precisos; cada respuesta equivalía a un puntaje en una escala que iba de 0 a 3 puntos. Con base en la puntuación total obtenida, los investigadores pudieron calcular el nivel medio de creencia en la desinformación de cada uno de los tres países, en primera instancia para el grupo de control. En el Reino Unido, el puntaje promedio arrojó 0,83, lo que indicó el menor nivel de creencia; en Brasil, fue de 1,03 puntos, y en la India, la media llegó a 1,68 puntos, reflejando el nivel más alto.

A continuación, calcularon el promedio para los demás grupos que vieron las publicaciones con los comentarios correctivos. En Brasil, los efectos fueron modestos, con pequeñas reducciones en el promedio de creencia en la desinformación en comparación con el grupo de control: se registró una merma de un 6,9 % entre los que vieron las publicaciones con comentarios que contenían enlaces y una disminución de un 5,7 % en el grupo sin enlaces. Por su parte, en la India, los comentarios con enlaces redujeron en forma significativa la fiabilidad en las noticias falsas en comparación con el grupo de control, aproximadamente un 10 %, mientras que entre los participantes que observaron comentarios sin enlaces no se registraron cambios relevantes. En el Reino Unido, hubo poca diferencia entre los tres, porque el grupo de control ya mostraba escepticismo en lo que concernía a los contenidos con desinformación.

Para combatir la desinformación es necesario diversificar las iniciativas

Otra etapa del estudio midió de qué manera las correcciones disminuyeron la disposición de los participantes a compartir contenidos con información falsa sobre la pandemia. El experimento fue similar al primero, y los participantes debieron responder en qué medida seguían dispuestos a compartir las mismas publicaciones. Las respuestas se clasificaron en una escala de 0 a 3, donde 0 significaba nada probable, 1 poco probable, 2 algo probable y 3 muy probable. En el grupo de control, la intención de compartir publicaciones con noticias falsas registró un guarismo promedio de 0,47 en el Reino Unido, el menor de todos, mientras que en Brasil el valor registrado fue 0,71 y, en la India, 1,61 puntos.

En Brasil, las menguas en la disposición a compartir noticias falsas entre los grupos que vieron los comentarios con las correcciones se ubicaron entre el 7,4 % y el 11,2 % en relación al grupo de control. En tanto, en la India, mientras que las correcciones sin enlaces tuvieron escaso efecto (un 5,7 %), las que incluían un enlace a una fuente de información confiable redujeron en un 11,6 % la intención de compartir contenido falso sobre el covid-19.

“En cierta medida el estímulo funciona, pero ello depende en gran parte del contexto de cada país. Por eso, a la hora de formular estrategias para combatir la desinformación, deben tenerse en cuenta las disparidades económicas y sociales de cada lugar particular, pondera Camila Mont’Alverne, docente de la Universidad de Strathclyde, en Escocia, una de las autoras del artículo. A tal fin, propone que las redes sociales les ofrezcan más herramientas a los usuarios para asegurar la integridad de la información, y cita como ejemplo a “las etiquetas, rótulos con descripciones o realces visuales que ayuden a identificar si un contenido es fidedigno o falso. Esto se implementó durante un tiempo en la pandemia, y luego su uso fue decreciendo”.

Para Raquel Recuero, de la Universidad Federal de Rio Grande do Sul (UFRGS), quien no participó en la investigación, este tipo de acción, por sí sola, puede que no sea efectiva, porque la desinformación es un problema sistémico. “La gente recibe contenidos falsos a través de diversos canales. Un mismo individuo, que ya cuestiona la eficacia de las vacunas, observa que un secretario de Salud de un país extranjero afirma en un video que las vacunas no son seguras. Luego, recibe un mensaje de un vecino con otra fake news sobre el tema. Todo eso no hace más que reafirmar su creencia”, dice la investigadora, autora del libro A rede da desinformação – Sistemas, estruturas e dinâmicas nas plataformas de mídias sociais (editorial Sulina, 2024). “Por esta razón, una advertencia en un comentario o un enlace para su chequeo, si bien no deja de ser importante, puede tener un alcance limitado en medio de tanta información que circula en las redes”.

“Esta investigación advierte que los esfuerzos para hacer frente a la desinformación sistemática deben diversificarse. Se hace necesario apostar por más de una estrategia”, comenta Dayane Machado, doctoranda del Departamento de Política Científica y Tecnológica de la Universidad de Campinas (Unicamp) e investigadora de la desinformación en el área de la salud, quien tampoco participó del estudio. Machado es una de las autoras de un artículo publicado en octubre de 2020 en la revista científica Frontiers in Communication, en el que se analizaron videos creados por brasileños con información falsa sobre la vacunación y colgados en YouTube, y precisó que esta plataforma estaría contribuyendo a la propagación de esos contenidos al permitir su monetización, generando ingresos para ambos. A su juicio, el desafío de corregir la información no debe recaer en el usuario.

Según sostiene Recuero, para mitigar este problema es necesario tomar una serie de medidas. Una de ellas es el trabajo offline, más cercano a algunos actores estratégicos de la población, como los agentes sanitarios, que poseen autoridad para propagar información fidedigna siempre y cuando ellos mismos no estén desinformados. “En un trabajo de investigación que llevamos a cabo con esos agentes en el estado de Maranhão, constatamos que ellos mismos albergaban dudas acerca de la eficacia de varias vacunas, ya que también estaban siendo bombardeados con contenidos falsos”, dice. Otra estrategia que la investigadora destaca es la creación de coaliciones con el mundo académico, el gobierno y la sociedad civil para combatir la desinformación en algún campo específico y en forma coordinada.

En medio de este complejo panorama, ¿aún valdrá la pena publicar un comentario desmintiendo un contenido falaz en las redes sociales? “Siempre vale la pena. Al cabo, quizá puedas disuadir a alguien que estaba dispuesto a compartir esa mentira”, culmina diciendo Recuero.

Este artículo salió publicado con el título “Un grito suspendido en el aire” en la edición impresa n° 356 de Octubre de 2025.

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