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Nélida Piñon

Nélida Piñon: Un corazón andariego

Para la novelista, la imaginación es el impulso de la historia humana

LÉO RAMOSHasta en su propio nombre, la escritora Nélida Piñon es invención e imaginación: es un anagrama de Daniel, el nombre de su abuelo, un inmigrante gallego que, como ella dice, “se aventuró tempranamente a cruzar el Atlántico, obedeciendo al gusto por la aventura y a la necesidad de instalarse en una tierra que le ofertase horizontes más amplios”. Por añadidura, Nélida también heredó de su ascendiente una comezón constante que la lleva a viajar siempre, sea en el ámbito de las letras o literalmente. “Siempre quise ser una peregrina andando por el mundo; las geografías a mí nunca me asustaron”, comenta.

Alguna vez, cuando niña, los padres le dieron dos regalos: una cuenta en la florería de Vila Isabel, el barrio carioca de su infancia, para que pudiese agasajar a sus amigos, y otra en la librería de lugar. Dispuso de ambas cuentas sin parsimonia, y en 1961, hizo su estreno en la literatura con Guia – Mapa de Gabriel Arcanjo, cuando, según afirma, ganó en la pelea que entabló desde niña contra la sintaxis educada. Estudió periodismo, fue docente, pero la literatura se transformó en su vida, o viceversa. “El escritor no debe solamente crear; también debe prestarle su conciencia a la conciencia de sus lectores, sobre todo en un país como Brasil.”

Se volvió conocida como defensora de los derechos humanos durante la dictadura militar y también, posteriormente, de los derechos de las mujeres. Fue la primera mujer en presidir la Academia Brasileña de Letras en 1989, en pleno centenario de la institución. Ganó varios premios, como el Juan Rulfo (1995), el Menéndez Pelayo (2003), el Príncipe de Asturias (2005) y el Jabuti (2005). Entre sus libros se destacan La república de los sueños (1984), La dulce canción de Cayetana (1987), Voces del desierto (2005), Aprendiz de Homero (2008) y Corazón andariego (2009) [nota del traductor: las fechas corresponden a las ediciones originales en portugués]. Está escribiendo nuevo libro, pero prefiere no hablar de eso. No es problema, pues en la entrevista que sigue tiene mucho que contar sobre la literatura, la creación y la vida.

¿Cómo entró en su vida la literatura?
Entró a través de un hilo muy tenue, que quizá haya sido el primer hilo narrativo de mi vida, mi propia historia. Me di cuenta de que los libros, las páginas que yo leía, cualquier cosa que yo absorbiera en términos de papel, me traían una emoción extraordinaria. Estaba convencida de que no había un escritor de ficción por detrás de aquellas historias, sino alguien que había vivido aquellas historias, era como si fuese un diario, una memoria, y el narrador estuviese contando aquello que él había vivido. Los escritores eran aventureros. De manera tal que pensé: quiero ser una aventurera, quiero tener las mismas emociones que ellos tuvieron. Lo que me atrajo hacia la literatura inicialmente fue el espíritu de las peripecias, una palabra que nadie más usa, como si el ser humano no estuviese destinado a las grandes peripecias, por eso la vida inerme y demasiado pasiva que tenemos hoy, viendo televisión, viendo las imágenes que traducen nuestra realidad, pues no forjamos más nuestra realidad. Yo quería ser aventurera, vivía todos los personajes, y pensé: “Voy a ser escritora”. Les dije a mis padres: “Me encantaría” “observe el espíritu de la narrativa” “no dormir nunca una segunda noche bajo el mismo techo”. Yo quería peregrinar, ser itinerante, andariega. Siempre quise ser una peregrina andando por el mundo; las geografías a mí nunca me asustaron. Por eso fui una lectora de las grandes historias “con ‘H'” desde chica.

Usted afirmó que “se vive y se escribe sin red de seguridad”.
Creo en eso. Es un riesgo inmenso. Creo incluso que muchas de mis audacias personales, existenciales, eran bien educadas aparentemente, pero creo que mucho de ellas, y del acto de escribir, de todo eso vino de que yo supiera que escribir es un    riesgo excepcional. De repente, usando una frase bien popular, una está en la boca de todos. Digo está, porque todo lo que usted escribe, aun cuando sea ficción, adquiere una legitimidad que se la adjudican a usted. Usted es la matriz de todo, entonces todo sale de usted; el pensamiento es suyo, pueden atribuirle algún rasgo biográfico, y también el fracaso estético, que también es un riesgo. Otra cosa que también es un riesgo excepcional es cuando una se da cuenta de que se equivocó en la hechura del texto, que eligió el camino equivocado, el tiempo equivocado, un lenguaje inadecuado, se puso nerviosa, no trató a su texto con deferencia hasta el final, debería haberle dado algunas versiones más y, por pereza o por ambición o por prisa por ser aplaudida publicó prematuramente, antes de tiempo, porque aquel libro requería más tiempo, debía cobrar otro rostro, el rostro final que le cabía.

¿Cómo es esa búsqueda del rostro de la frase?
Siento pasión por la palabra y también la sospecha de que la palabra me inspira; cómo es insidiosa, traicionera, induce al error, a la vanidad; una cree que está dominando la frase, la palabra, la semántica, la sintaxis, como sea, y de repente le sale todo arregladito; pero es una pavada, no tiene la menor transcendencia. El texto tiene que tener una transcendencia, no cósmica, pero sí una transcendencia de su vocación poética. Yo me acuerdo cuando regresó luego de mis dos años en Europa, a los 10 años. Mi tío Manolo y su familia vivían en Bahía y mis padres me mandaron a pasar unas vacaciones allá. Me encantaron, y le pedí a mi primo, que era de mi edad: “Serafim, llévame a los burdeles, quiero conocer allá”. ¡Imagínese, una chica de familia! Él se horrorizó. Pero de tanto pedírselo terminamos yendo. Me pareció maravillosa esa zona, con aquellas laderas, aquellas mujeres en las puertas. Llegué a Río de Janeiro y resolví escribir un cuento, una historia de un personaje masculino que se enamora de una prostituta, va en busca de ésta a declararle su amor, a pedirle que le corresponda amorosamente, pero a ella esto no le agrada y huye. Y ahí voy y escribo que él está subiendo “por la ladera escarpada”. Un horror. Lo que me chocó no fue la redundancia, sino que pensé: “No voy a pasarme la vida escribiendo ‘ladera escarpada’, no quiero, es tan convencional, tan obvio”. En fin, fue un afán poético de mi parte la búsqueda de zonas misteriosas, zonas relativamente oscuras que el lenguaje ha de tener, porque de no ser así es una traducción literal del lenguaje. El efecto fue tan devastador en mí que dejé de escribir cuentos. Es como si hubiese considerado que su narrativa era obvia y yo corría el riesgo de repetir lo que ya se hacía. Resolví hacer ejercicios poéticos durante unos cuatro años. Me sentaba y escribía desobedeciendo cualquier plan, cualquier proyecto. Era como si yo fuese una compuerta: la presa las liberaba y las aguas venían con ímpetu, lo que se me ocurriese. Fueron ejercicios maravillosos, y por eso tengo audacia metafórica, porque me habitué a decir lo que quería, sin temor, sin medir las consecuencias y sin exigir beneficios, cosa que hago hasta hoy. No tengo el más mínimo miedo del lector, el lector no me interesa, lo que me interesa es la literatura, y la literatura es el lector. Mi proceso de creación nace de toda una relación profunda que establezco con la vida, y la vida para mí es también literatura. Digo que no tengo compartimentos estancos, está todo asociado, una cosa está asociada a la otra. Estoy con usted y soy Nélida, pero Nélida la escritora, nunca soy solamente Nélida. Soy escritora las veinticuatro horas.

Usted vivió en Vila Isabel y pasó dos años en una aldea de Galicia: ¿cómo fueron sus experiencias con la cultura popular?
Que bueno que usted diga eso, porque nunca nadie me lo dijo de una forma tan nítida. Usted ve que en mis libros yo siempre homenajeo al contador popular, siempre le doy espacio a la historia de los vencidos. Eso es algo entrañado en mí desde chica. Hasta hoy las personas con quienes me encanta conversar son las que trabajan comigo. Los porteros me cuentan cosas impresionantes, no tanto en el sentido episódico, sino que me dejan ver la riqueza de la vida de cada uno, siempre y cuando uno tenga el coraje de volcar su atención en la vida del otro. Esa cultura popular, esa cultura quizá más medieval, es mi gran pasión; tengo la sensación de que estoy en las ferias medievales, me encanta ir al mercado. Siento que mi imaginación es febricitante. Pero es una imaginación también culta; voy incorporándole todo lo que sé y que el pensamiento me brindó. Realmente esa cultura popular está presente casi así, a la medida de las grandes ferias medievales. Todavía creo que somos hijos del medievo en muchos aspectos, y quizá sea ése nuestro lado más encantador, más brutal, como comer con las manos, es decir, todo lo que nos torna inmortales.

LEO RAMOS¿Es por eso que usted describe la literatura como “una geología, un trabajo de entrañas”?
En algún lugar hubo la primera capa, el primer polvo, del cual surgieron otros que fueron juntándose, formando una piedrita, y así fue surgiendo el mundo. Y las capas aparentemente se acomodan, porque tienen pasión dentro de ellas, porque de repente pueden originar volcanes, terremotos, tsunamis. Como escritora, yo trabajo con palabras, y éstas tienen un origen espurio. Afortunadamente no sufrieron expurgación, vinieron de tiempos remotos, fueron obedeciendo a una necesidad que requería su existencia; cada palabra fue se acomodando a la otra para prestar servicio, para que pidiese lo que cada una carecía. La literatura tiene ese lado de geología porque es capaz de poner en práctica o de traducir el posible misterio humano que está en el fondo de las piedras, de las montañas, de los primeros alborozos de la humanidad. Usted puede imaginar qué habrá sido el ser humano en medio del caos, y por eso mismo tuvo que inventar dioses, para que pudiesen decirle de qué va todo eso. La literatura no está exenta de esa genealogía, de ese nacimiento que vino de lejos, y las personas en nombre de una falsa modernidad quieren despojarse de ello. Tenemos maravillas tenebrosas dentro de nosotros – digo, los escritores – y por eso tenemos que oír las voces vencidas del pasado. A mi juicio no hay sociología, no hay historia, no hay mundo documental, no hay nada que explique lo intraducible que somos. El ser humano es de una complejidad excepcional, por eso me subleva cuando las personas dicen: es una “literatura de élite”. Es una tontería tan grande y que expresa mala fe cuando dicen que un escritor es de élite, porque la literatura no es de élite, es un espejo de la complejidad humana, y yo no conozco gente más compleja que nosotros.

¿Escribir es entonces un acto de rebelión?
Sí, porque uno no es mimético, no copia lo que ve; lo que uno ve aparentemente es una superficie que se ensancha, con volúmenes y formas, pero sabe que todo eso es mentira, todo eso es un fraude. Por detrás de la forma, del volumen, existe un universo humano. El simple hecho de contrariar los dictámenes públicos, institucionalizados y canónicos, plantea una postura contraria, insubordinada y de rebelión. No es una rebelión de las masas. Creo que las historias que son contadas y que no son aprobadas en el cotidiano dan prueba de que existe en pauta en la colectividad humana una inmensa rebelión controlada por las convenciones sociales. Pero sucede que el escritor ignora las convenciones sociales y cuenta la historia en sus crudezas, con la encarnadura expuesta. Es inevitable, pues lo que una cuenta no es lo que está viendo; y ahí mismo, ya es una postura contraria, insubordinada. Si la literatura fuese mimética, no habría rebelión, pues una le daría al lector lo que es visible, es decir, lo que es ajeno a las profundidades humanas. Mil frases que gobiernan el pensamiento occidental perderían la razón de ser.

¿Cuál es el papel de un  escritor en una sociedad?
Lo que me preocupa más es por qué escribe. ¿Qué extravagancia es esa, por qué decide ser un creador? Eso a mí me impresiona más. La sociedad hasta ahora no se ha desvinculado del oficio de narrar, todos estamos siempre narrando. Somos todos prisioneros de la intriga, de la urdidura humana. Por eso, no es tanto porque el escritor revele lo que está contando, lo que pasa es que los grandes sentimientos, las grandes perplejidades humanas están en la literatura y no en otro lugar. Están en ese universo sombrío y luminoso, y al mismo tiempo secreto, enigmático. Ésa es la visión poética traducida de la realidad. La sociedad, si tiene el coraje de verse, si quiere poner las manos en sus honduras, debe leer los grandes textos. La literatura le dará una pálida o una portentosa respuesta. Ahora bien, si la barbarie predomina, si los seres humanos van a satisfacerse con frases cortitas, que pueden repetirse en masa, entonces será el fin de una civilización. Pienso que cuanto más uno lee, cuanto más se encamine por las grandes creaciones, más posibilidades tendrá de prevenirse contra regímenes fuertes.

Ya ha habido una literatura de preocupación social. ¿Dónde fue a parar?
Es una muy buena pregunta. Una de las cosas que podríamos decir ya de entrada es que el país ha cambiado. Brasil es actualmente un país urbano, por eso el drama que antes estaba en el campo y que fue tan bien retratado por muchos de los de la generación de 1930 se desplazó hacia el mundo urbano. Por eso esas preocupaciones sociales se disuelven hoy en día en la mitología urbana. Pero no había utopía: Ballena, la perrita de Graciliano Ramos, no tiene ninguna utopía. Nada era una utopia, sino una narrativa ubicada en la geografía, y solamente persistió, o algunos de esos libros persistieron porque narraban, contaban los pequeños dramas: soledad humana, la desesperación, y por casualidad mostraban escenas miserables. Pero existen otras escenas menos o más miserables que desaparecieron porque no tenían grandeza literaria. Porque lo que hace que una literatura predomine y prevalezca es el poder estético, la belleza del texto, del lenguaje, porque contar la historia de un fulano que perdió a su hija y come fríjoles con fariña con la mano, desafortunadamente no dice demasiado, pero se puede contar una historia de la alta burguesía como El gran Gatsby, que vale por lo que está contando y por cómo lo cuenta. Tengo la impresión de que lo que podemos ver en una literatura es el país de una persona; una persona es un país, o el país de una  colectividad, pero incluso el país de una sola persona es el país de todos. De repente, incluso un personaje dentro de un cuarto, dependiendo de lo que cuenta, se puede entrever aquel país. Al mismo tiempo, no hace falta ver un país, su geografía, hace falta ver el continente humano: un hombre es un continente.

¿Cómo fue su paso por la presidencia de la Academia Brasileña de Letras?
Creo que me hizo un inmenso bien, más allá de las pequeñas glorias, y las repercusiones inmensas en la prensa brasileña e internacional. Lo digo con  relación a mi persona. Yo trabajaba entre ocho y diez horas y no ganaba nada. Dije en mi discurso de toma de posesión: “Soy una brasileña reciente”. Empecé así, explicando cuánto que era reciente, que yo no podía escribir tanto por Brasil, pero al mismo tiempo fui justificando, hice todo un juego de que, por el hecho de ser reciente, tuve que buscar en el transcurso de mi vida la contrahechura de la identidad brasileña con mirada hacia los brasileños antiguos, para distinguir en ellos lo que los distinguía de mí, y que eso me dio una libertad, una independencia de análisis del Brasil que quizás un “cuatrisecular” no podría ejercer, pues estaba demasiado implicado en esa tela de araña. Yo no, yo era una cristiana nueva y no sufrí los horrores de haber sido obligada a abjurar la fe. No. Yo era una brasileña reciente. Luego me di cuenta, luego de la presidencia: “Yo no soy más brasileña reciente”. Enfilé por todos los trayectos de Brasil, no hay nada de este país que no haya visitado en mi cabeza, incluso la fuente, esa cuna, una de las cunas más importantes de la cultura brasileña, del pensamiento brasileño, de la lengua portuguesa, que es la Academia. Veo a la institución, nuestra Academia, como una gran institución brasileña. A mí me impresiona mucho de qué manera concibieron esa casa en un Brasil tan pequeño, tan pobre, en donde solamente el emperador era ilustrado. En medio de todo eso, surge este proyecto de una institución que debería imitar a la francesa, con sus 400 años, y creo que es hermoso cómo hemos sido fieles a las cláusulas pétreas de la institución, cómo nacimos grandes: Machado de Assis y Joaquim Nabuco, y los otros brasileños excepcionales que pasaron por esa casa, como Rio Branco, Euclides da Cunha, Rui Barbosa, cabezas maravillosas, todas “vivas”, gravitando en torno de la casa, que era tan pobrecita, sin una sede propia. Afirmé en un discurso: “Nacimos pobres, pero con ilusiones”.

¿La imaginación puede convivir con el exceso actual de información?
Esa información también requiere un poco de imaginación, pero me temo una    imaginación domada. La imaginación es una manera de traducir o extender las fronteras del mundo. Es el impulso de todo, pasa revista a todas las enciclopedias, todo el saber humano, es como que va más allá de lo que ya ha sido registrado. Además, es capaz de agarrar poquito, un fragmento de cada libro humano y mezclarlo, amalgamarlo, y de esa imaginación salen milagros, elementos feéricos. La imaginación dicta lo nuevo, no lo nuevo inaugural, porque no creo en eso, sino lo nuevo como si fuese una semántica, una manera de “semantizar” la lengua. Yo veo a las personas tan fascinadas con la tecnología, como si ésta fuese a resolver los grandes dramas ontológicos, las urgencias cósmicas del ser humano. Es una    maravilla, no digo que no lo sea, pero no tiene nada que ver con el humanismo. Qué haremos con la tecnología al servicio del humanismo: he ahí la gran cuestión. De qué manera esa tecnología podrá servir al hombre, a un hombre mejor, más generoso, un hombre más crítico, capaz de entender todos los pasos del tiempo, las elaboraciones del lenguaje, del pensamiento, que no empobrezca nada de lo que fue reunido hasta ahora. Pero temo que germine también una pobreza, una reflexión demasiado rápida, un trazo rápido en el aire.

LEO RAMOS¿La ciencia puede influir en la creación?
Yo diría que sí también, pues la imaginación de los creadores afectó a los grandes científicos: Oppenheimer, Fermi, etc. Todos los grandes científicos de la historia siempre fueron afectados por la imaginación. La imaginación está sumamente asociada a la intuición, y la intuición se ve muy alimentada por la imaginación. La intuición no algo menor, al contrario. A mi juicio, ella expresa el saber más avanzado, pues pienso que todo el saber está desfasado, todo lo que uno sabe en    cinco minutos está atrasado y uno debe agregarle otro saber. Pero si se recurre a la intuición, ésta dicta aquello que uno aún no sabe o piensa que no sabe; la imaginación te actualiza. La gente dice: “Los científicos descubrieron la pólvora gracias a la intuición”. No señor. La intuición era el saber último que tenían y no sabía que lo tenían. La intuición es un saber aún no oficializado por el dueño de ese saber. Es el último, es una excepcional palanca. Permanezco atentísima, pues es ella la que en ocasiones me dicta. El otro día pensé durante un viaje: “¿Qué está pasando en Brasil? ¿La gente se estará dando cuenta de que existe un hiato profundo entre un Brasil que es escasamente hijo de Gutenberg, pero que no se dedicó a Gutenberg, a los libros, en todas estas décadas, siglos, y un Brasil que ahora, de repente, tiene libros, tiene más escuelas, más universidades, resolvió ser tecnológico, todo eso, Google; y ese gran hiato en nuestro inconsciente?” Es un vacío inmenso y la gente no sabe que tenemos vacíos terribles en nuestra conciencia generadora de saber y de pensar. Pocos brasileños deben haber logrado recuperar aquello que no tuvimos, lo que dejamos atrás en determinado momento y que casi no llegamos a tener. Brasil tiene vacíos tremendos.

¿La mujer es una creadora?
Lo que siempre critico es cuando dicen “literatura femenina”, porque eso es un  espanto. Yo creo que existe la gran literatura, la buena literatura, y cuando quien la hace es una mujer, es una literatura que podrá registrar tonalidades femeninas, de una mujer, pero también podrá registrar toques masculinos, fuertes, contundentes, en esa misma mujer. Yo creo que las voces se confunden y puede haber una voz muy fuerte en un libro de mujer que revele esas percepciones femeninas. Creo que es natural que pueda parecer que la mujer no es creadora, porque fue discriminada durante milenios. Eso una lo guarda en su corazón, en los intestinos, en el inconsciente remoto, son rasgos de su naturaleza dominada. De ser una escritora fuerte, debe ser crítica, irónica acerca de lo que nos tocó como mujeres. Es como con un escritor negro: usted verá en él incluso, más todavía que en una escritora mujer, los rasgos de la esclavitud que sufrió y que no podía aceptar de ninguna manera. Son rasgos de resentimiento, de nostalgia de un pasado que las mujeres no tuvieron, de una sensibilidad que domina los misterios de su género o de su origen social. Ahora bien, mujeres en la literatura hubo muchas, pero no tantas como podría haber habido si hubiesen tenido acceso al conocimiento. La mujer es un ser absolutamente reciente en la cultura, pero eso no significa que ella no interfirió en el transcurso de los siglos en el proceso creador, pues fue una formadora de opinión de los escritores, de los hombres, que oyeron sus suspiros, sus gritos, sus placeres. La mujer fue dueña de los sentimientos más vitales de la humanidad. En mi discurso, al recibir el Premio Rulfo, puse a las mujeres exigiendo la coautoría de Shakespeare, de Cervantes, etc. Porque si ellas no hubiesen abastecido a esos grandes creadores con las informaciones que tenían sobre el amor, el nacimiento, la sangre que sale por entre las piernas, sobre la muerte, ellos no podrían haber hablado de estos temas vitales de los cuales la mujer se ocupaba. Por eso, la mujer ha estado presente en las grandes creaciones, y por eso podría en efecto exigir la coautoría.

¿Usted piensa en la muerte?
¿En la muerte física? No hay nada que hacerle, se acabó, y uno puede defender sus despojos, lo que uno deja. Es como dice el personaje femenino de Tennessee Williams, en Un tranvía llamado deseo: “Siempre dependí de la bondad de los extraños”. Personalmente, querría que nuestros trabajos estuviesen no solamente en los anaqueles, sino también en las manos de las personas, y que éstas fuesen descubriendo las filigranas de nuestro trabajo. Lo único que una puede hacer es su obra. Haga su obra con convicción, con coraje, sin miedo, sin temor, sin compromisos con falsas y pequeñas glorias, sin preocuparse con los aplausos, porque lo más importante es la libertad de escribir, al precio que sea.

¿Qué diría un minicuento sobre su vida?
“Nació escritora y murió creyendo que fue escritora toda la vida”. Fin.

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