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itinerarios de investigación

Para sacar los sueños de los cajones

La pedagoga Patrícia Rosas creció en un basural y creó un proyecto que benefició a alrededor de 4.000 niños en el estado brasileño de Paraíba

Rosas en el campus de la Universidad Federal de Paraíba (UFPB), en João Pessoa

Márcio Miranda

Nací en la ciudad de Campina Grande, en el estado de Paraíba, en 1983. Mi papá se las rebuscaba haciendo changas como albañil y mi mamá era empleada doméstica. Ninguno de los dos pudo estudiar. En casa no teníamos libros, ni tampoco revistas y ni siquiera había diarios. A decir verdad, durante una parte de mi infancia, no tuve ni siquiera una casa. Vivimos por un tiempo con mi abuela materna. Cuando la familia fue creciendo –soy la tercera de 10 hermanos–, se hizo imposible pagar un alquiler y mi papá se vio obligado a construir un rancho en el basural Serrotão, que hasta el año 2012 era uno de los más grandes basurales a cielo abierto del nordeste de Brasil.

En aquel tiempo que nos mudamos yo tenía 6 años. Vivíamos en condiciones precarias, pero recuerdo que casi todas las noches nos sentábamos con mis hermanos en ronda con mi mamá, para escuchar las historias que nos contaba de memoria, tales como Hansel y Gretel o La Cenicienta. Era mi hora del día preferida.

Fue un gran impacto cuando entré a la escuela a los 7 años. Un parteaguas, pues aquel lugar se convirtió entonces en mi refugio. Por primera vez tuve acceso a los libros, a la lectura. Todavía me acuerdo el nombre de mi maestra: se llamaba Rosa. Ella siempre recibía a sus alumnos abrazándolos, sonriente. Desde esos primeros años empecé a atesorar el sueño de ser docente.

Para seguir yendo a la escuela, alternaba el estudio con el trabajo. Hasta los 9 años, cirujeaba huesos de animales en el basural y se los vendía a una jabonería. Ya siendo un poco más grande trabajé en el campo, fui ayudante de limpieza en un matadero y también niñera. Poco antes de terminar la enseñanza fundamental I, el quinto año de la escuela, nos mudamos a una ocupación que posteriormente fue legalizada por la Municipalidad, y que actualmente es la comunidad Nossa Senhora Aparecida, que queda en el barrio de Catolé, en Campina Grande.

A los 18 años di clases por primera vez como maestra de los años iniciales de la enseñanza fundamental. Fue antes de terminar de cursar la enseñanza media como técnica en magisterio en una escuela pública cerca de mi casa, en el año 2002.

El trabajo con niños y jóvenes en situación de vulnerabilidad social fue una elección que se repitió en el transcurso de mi trayectoria laboral de 22 años como docente de las redes municipal y estadual de enseñanza. Al optar por las escuelas periféricas y de la zona rural o por las clases de Educación de Jóvenes y Adultos [EJA], dirigidas a personas que no culminaron sus estudios a la edad considerada como regular, mi anhelo fue (y aún lo es) acoger como lo fui yo en mi infancia, mostrar el impacto que puede tener la educación en la vida de los alumnos, como lo tuvo para mí.

Mi opción por seguir la carrera de letras también fue fruto de ese deseo. En 2003 ingresé en la Universidad del Estado de Paraíba [UEPB], en Campina Grande. Fui la primera persona de mi familia que entró en la educación superior. Afronté cuantiosos retos, como el de caminar todos los días una hora y media para llegar al campus y posteriormente hacer el mismo trayecto de regreso.

Pero fue también un tiempo de aprendizaje que influyó profundamente en mi práctica pedagógica. En la facultad entré por ejemplo en contacto con la teoría del filósofo del lenguaje Mijaíl Bajtín [1895-1975], para quien la comunicación solamente se plasma a partir de la genuina interacción entre distintas voces y perspectivas. Y por supuesto, conocí el pensamiento del educador Paulo Freire [1921-1997], y con él el valor del conocimiento previo de los alumnos y el de una educación emancipadora.

Creo en el potencial transformador de la lectura y la escritura. Se trata de herramientas que nos hacen posible conocer el mundo, pero que fundamentalmente nos ayudan a contar nuestra propia historia. No obstante, para que los alumnos salgan airosos en tales prácticas, es esencial dotarlas de sentido, generar conexiones que vayan más allá del contexto escolar. Me molesta cuando observo que la motivación para elaborar una redacción reside únicamente en pasar de año o aprobar el Enem [el Examen Nacional de la Enseñanza Media].

Vinícius Vieira / UFPB / DivulgaçãoRosas en su asunción como docente de la universidad, en 2024Vinícius Vieira / UFPB / Divulgação

Con base en esas inquietudes, opté en mi maestría por investigar el proceso de enseñanza-aprendizaje de la escritura entre los estudiantes del programa “Acelera Brasil”, del Instituto Ayrton Senna, que atendía a alumnos con un retraso de dos o más años escolares. Culminé ese estudio en el año 2010, en la Universidad Federal de Campina Grande [UFCG]. En él, entre otras cosas, llamo la atención hacia la necesidad de crear un vínculo entre la realidad del alumno y la producción de textos.

Para mi doctorado en lingüística, en la Universidad Federal de Paraíba [UFPB], cambié de enfoque. La idea surgió de un comentario del papa Benedicto XVI [1927-2022] en 2007, quien tachó al segundo casamiento de “plaga social”. En mi investigación, indagué en los comentarios que aparecían en internet como reacción ante los dichos papales desde una perspectiva bajtineana.

Poco después de culminar mi doctorado, en 2017, les formulé la siguiente propuesta a los alumnos de la Escuela Municipal Tertuliano Maciel, con sede en el municipio de Queimadas, en la zona de campo conocida como agreste de Paraíba: “¿Y si escriben textos que puedan leerlos sus compañeros, sus padres e incluso otras personas? ¿Y si también creamos una revista para publicarlos?”. Así fue como surgió el proyecto “Desengaveta meu texto” [“Saca mis textos de los cajones”, en portugués], de fomento de la lectura y la escritura entre niños y jóvenes de la enseñanza fundamental II, del quinto al noveno año. Uno de sus frutos fue la revista Tertúlia, en formato digital e impreso. Al año siguiente, obtuvimos recursos de la fundación Carlos Chagas y de Itaú Social que nos permitieron expandir la iniciativa a otras cinco escuelas de Campina Grande, mediante la colaboración de la red educativa del estado de Paraíba.

En 2019, el proyecto ganó el concurso de la Fundação Nacional do Livro Infantil e Juvenil. Como premio recibimos libros destinados a la biblioteca de la escuela Tertuliano Maciel. Entonces empezamos a organizar clubes de lectura para los alumnos y sus familiares en las bibliotecas de las otras escuelas que habían hecho suyo el proyecto.

Durante la pandemia, mantuvimos encuentros virtuales, y los participantes recibían los libros en sus casas a través de una aplicación llamada Delivery Literário. Con ese trabajo fuimos finalistas del Premio Jabuti en 2018, 2019 y 2021. En 2022, fui galardonada con el Premio LED – Luz en la Educación, de la cadena Globo y de la fundación Roberto Marinho, en la categoría Educación Básica. El proyecto Desengaveta ha llegado a alrededor de 4.000 chicos en la ciudad de Campina Grande desde 2017.

El año pasado me mudé a João Pessoa, la capital del estado, para asumir el cargo de docente del Departamento de Metodología de la Educación de la UFPB; por eso, desafortunadamente, tuve que cerrar el proyecto. Después de años en la educación básica, mi misión ahora apunta a la formación de nuevos docentes. Entre tantas novedades, no me aparto del propósito de valorar la escritura, la lectura y la circulación del conocimiento. Eso ha tenido su punto culminante en la publicación de tres libros de crónicas, memorias y relatos, en coautoría con mis alumnos de la universidad, y en la realización de saraos o tertulias literarias que transcurren en el propio campus.

Me han aprobado ahora un proyecto sobre prácticas de alfabetismo académico en un llamado a concurso de la universidad, en cuyo marco pretendo aplicar la metodología del proyecto Desengaveta. A través de la lectoescritura, mi meta es preparar a esos futuros docentes para pensar y actuar.

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