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Memoria

Relatos de la antigüedad

Una obra que recopila traducciones de textos históricos en portugués está a punto de cumplir 50 años

Código de Hammurabi: un conjunto de leyes escritas en el siglo XVIII a.C., en la antigua Mesopotamia

Museo del Louvre / París

En el invierno de 1970, un profesor universitario de historia que acababa de obtener su doctorado en la Universidad de São Paulo (USP) decidió elaborar un libro que, más allá de servir como fuente para el estudio de obras hasta entonces poco accesibles en lengua portuguesa, pudiera servirles de ayuda a sus colegas en la todavía incipiente enseñanza de la asignatura de historia antigua. El escenario de esta iniciativa fue la Facultad de Filosofía, Ciencias y Letras de Assis, en el interior del estado de São Paulo, que actualmente forma parte de la Universidade Estadual Paulista (Unesp). Allí, un equipo compuesto por cuatro estudiantes y tres docentes comenzó a trabajar en el libro que pronto se convertiría en una referencia no solo en las aulas de la educación superior, sino también en las del nivel básico.

El libro intitulado 100 textos de história antiga, organizado por Jaime Pinsky, actualmente profesor jubilado de la Universidad de Campinas (Unicamp), cumplirá 50 años a principios de 2022. Desde su publicación, en febrero de 1972, nunca estuvo fuera de catálogo, convirtiéndose en un hito de la enseñanza de la historia antigua en Brasil. “No puedo indicarlo con exactitud, pero estimo que las ventas rondan los 100.000 ejemplares”, comenta Pinsky. El contenido disponible en sus 153 páginas sigue siendo prácticamente el mismo. “Más allá de mínimas correcciones ortográficas, hemos realizado alteraciones para adaptarlo al nuevo acuerdo ortográfico”, añade.

Reproducción Portada de la edición conmemorativa del 50º aniversario del libroReproducción

La idea de componer la obra surgió a partir de las necesidades percibidas por Pinsky en su práctica docente y de las dificultades que informaron otros profesores, que comprendían0 la obtención de documentos históricos que pudieran servir como base para las actividades de enseñanza e investigación sobre la Antigüedad. “La labor como docente de historia antigua no era fácil en la década de 1960. Aunque la asignatura formaba parte del plan de estudios obligatorio de la carrera de historia, había pocos profesores idóneos para enseñarla. De manera improvisada, sacerdotes, latinistas, gente del área del derecho y apreciadores de la cultura clásica y de los estudios bíblicos se encargaban de dictar esa materia en muchas facultades”, dice Pinsky en un texto sobre la edición conmemorativa lanzada este año. Además de este contexto, los alumnos debían dominar lenguas como el griego, el latín y el hebreo. “Estos eran, y siguen siendo, atributos que solamente una elite de estudiantes podía poseer”, dice. “Esa exigencia no se correspondía con la idea de ampliar el acceso a las universidades brasileñas, que en aquel momento empezaban a recibir alumnos provenientes de la clase trabajadora”, relata Pinsky. Quienes dominaban el inglés o el francés podían acceder a algunos de esos escritos, ya traducidos a uno de esos dos idiomas. Pero esos textos en su mayoría seguían siendo inaccesibles.

A instancias de su director de tesis doctoral, Eurípedes Simões de Paula (1910-1977), quien en la década de 1930 había sido parte de la primera generación de historiadores graduados en la Universidad de São Paulo (USP) y que en 1961 fue parte del grupo de fundadores de la Asociación Nacional de Profesores Universitarios de Historia (ANPUH), Pinsky se dispuso a comenzar esa tarea. Tras hacer pública su intención de producir la obra, discutió la idea con otros docentes y entrevistó a estudiantes de las carreras de historia y letras de la facultad de Assis. “Seleccioné a los alumnos teniendo en cuenta sus conocimientos de lenguas clásicas”, comenta.

Las actividades de traducción y revisión de los textos, que incluían discusiones sobre la ortografía de nombres y conceptos, provenientes especialmente del griego, una lengua con la que Pinsky estaba menos familiarizado, comenzaron a mediados de 1970: “En la institución, contábamos con expertos en lingüística, gramática histórica y letras clásicas, así como con una excelente biblioteca”, recuerda Pinsky. Durante un año, él y su grupo se dedicaron a seleccionar, traducir y revisar los contenidos que formarían parte del libro, que reunían a autores tales como el filósofo Aristóteles (384 a. C. – 322 a. C.), los historiadores Plutarco (c. 46 d. C. – c. 120 d. C.), Heródoto (485 a. C. – 425 a. C.), Flavio Arriano (c. 92 d. C. – c. 175 d. C.) y Tito Livio (c. 59 a. C. – 17 d. C.) y Julio César (100 a.C. – 44 a.C.), como así también fragmentos de la Biblia, tales como el Éxodo y el Génesis, y extractos del Código de Hammurabi, un conjunto de leyes creado por el sexto rey de Sumeria en el siglo XVIII a. C., en Mesopotamia.

Wikimedia Commons Al lado, una representación de Hermann Vogel, de 1882, para la muerte de Espartaco durante la revuelta de los esclavizados, en RomaWikimedia Commons

Pinsky también utilizó textos de la compilación Ancient Near Eastern texts relating to the Ancient Testament (Anet), del arqueólogo estadounidense James Bennett Pritchard (1909-1997) y publicada en 1950 por la editorial de la Universidad Princeton, en Estados Unidos. Ese conjunto está compuesto por textos mitológicos, litúrgicos, jurídicos y profanos del Antiguo Oriente. “La obra se convirtió en una referencia al incluir, en inglés, textos escritos originalmente en lenguas mesopotámicas. En los documentos extraídos de esta obra, hemos trabajado únicamente en la traducción del inglés en portugués”, explica Pinsky, quien, al concluir el trabajo, tuvo en sus manos la traducción de 97 textos, revisados rigurosamente con sus compañeros de proyecto. El resultado de sus esfuerzos fue recibido por Eurípedes Simões de Paula con un nuevo reto: “¿Por qué 97? inquirió “Consíguete otros tres buenos textos y el libro se llamará 100 textos de história antiga”, aconsejó el historiador, al mismo tiempo que bautizaba la obra.

La primera edición, publicada todavía con el sistema de linotipia por la editorial Hucitec, estuvo lista y se imprimió en noviembre de 1971, pero no fue publicada oficialmente hasta el año siguiente. “Como era fin de año, el editor decidió poner la fecha de 1972 para que no quedara ‘vieja’ en unos meses”, recuerda Pinsky. La obra pronto conquistó a docentes y alumnos y pasó a formar parte de la bibliografía de las carreras de historia, derecho, filosofía y letras. En 1980, el libro fue incorporado al catálogo de la editorial Global en una colección intitulada Bases, hasta que en 1988 fue publicado por la actual editorial Contexto, fundada por el propio Pinsky un año antes, que ya va por su 11ª edición.

Wikimedia Commons La portada de Commentarii de bello gallico, en la edición francesa de 1783Wikimedia Commons

“Uno de los atributos esenciales del libro es haber introducido, de manera amplia, la noción importantísima de que la historia se hace con documentos y no solo con la literatura moderna”, analiza el experto en historia antigua y arqueología Pedro Paulo Abreu Funari, del Instituto de Filosofía y Ciencias Humanas (IFCH) de la Unicamp. Además de presentar los textos a partir de ejes temáticos y no por orden cronológico, que era lo más habitual hasta entonces, la obra tampoco desvincula la historia clásica de la oriental, aproximando las trayectorias de las civilizaciones surgidas en la Mesopotamia, como la hebrea y la egipcia, a las establecidas en Occidente, como la griega y la romana.

Los textos, distribuidos en 11 capítulos que abarcan contenidos tales como la esclavitud y la justicia social, las guerras de conquista, los mitos, los himnos y el culto, los sistemas y organizaciones políticas, los agrupamientos humanos y la propiedad, entre otros, son en su mayoría extractos de documentos más amplios. La idea es que todos ellos hagan posible la comprensión de los procesos históricos no solo a partir de producciones consagradas, tal como es el caso de las leyes de Hammurabi, sino también articulada con otros textos menos conocidos, como los relatos del historiador Floro (c. 74 d. C. – 130 d. C.), un autor romano que narró la rebelión de los esclavizados de Espartaco. “El uso, siempre que sea posible, de fuentes directas, como las recogidas en la obra, permite efectuar interpretaciones diferentes de las que se hacen a partir de la bibliografía elaborada sobre los documentos”, añade Funari.

El gobierno de la República Romana estaba dividido en tres cuerpos tan equilibrados en materia de derechos que nadie, aun siendo romano, podía decir con certeza si el gobierno era aristocrático, democrático o monárquico. Si se considera el poder de los Cónsules, diría que es absolutamente monárquico y real; si se atiende a la autoridad del Senado, parecerá aristocrático, y si se juzga el poder del Pueblo, dirán que es un Estado Popular. He aquí los derechos de cada uno de estos cuerpos.

Texto 52 | La República romana | Polibio, Historia universal, VI, 6 y 7

En la obra es posible, por ejemplo, ver al geógrafo e historiador Polibio (c. 203 a. C. – 120 a. C.) tratando los diferentes poderes que conformaban la República romana y sus respectivas atribuciones, destacando la importancia de la Constitución para el éxito de las conquistas romanas en los territorios mediterráneos. “Se trata de un documento de importancia fundamental para la comprensión de los poderes tripartitos, compuestos por el Ejecutivo, el Legislativo y el Judicial, una fórmula que siglos más tarde sería adoptada en los regímenes democráticos de todo el mundo”, señala Funari. Otro pasaje memorable del libro es aquel en el que, al tratar de la justicia social, el profeta Amós (? – 745 a. C.) dice: “Pero corra el juicio como las aguas y la justicia como torrente inagotable”. La metáfora, citada en los años 1960 por el pastor bautista estadounidense Martin Luther King Jr. (1929-1968), está relacionada con la lucha por los derechos civiles y se la rescata a menudo en el debate político.

La investigación de los procesos históricos a partir del análisis de los documentos de la Antigüedad suele contribuir a la comprensión de los acontecimientos posteriores, aunque aparentemente no estén relacionados. La estrategia de Julio César, explicada en el clásico Commentarii de bello gallico, se basa en la idea de “dividir para conquistar” y surge de su experiencia militar en la dominación de la Galia, que en la Antigüedad estaba conformada por los territorios celtas de Europa occidental que actualmente corresponden a Francia, algunas partes de Bélgica y de Alemania, y el norte de Italia. La estrategia sería ampliamente utilizada en las guerras de conquista promovidas por los españoles durante la invasión de México, a principios del siglo XVI. Otro ejemplo es la dominación de la India por los británicos a partir de 1858. Asimismo, en El pueblo pide rey: Saúl, el profeta Samuel (c. 1056 a. C. – 1004 a. C.) advierte al pueblo de Israel, aún en formación, acerca de las dificultades que podría acarrear la búsqueda de un monarca lo suficientemente fuerte como para unificar a los distintos grupos en torno a él. “Son temas muy resonantes hoy en día, porque se ocupan del populismo, de las dictaduras y de otros conflictos sociales que todavía están presentes”, dice Funari.

La historia antigua está definida por el periodo que va desde la aparición de la escritura y la formación de las primeras civilizaciones, alrededor de 3200 a. C., hasta el año 476 de nuestra era, tras la caída del Imperio Romano de Occidente. En Brasil, el crecimiento más significativo en la formación de docentes especializados en este periodo se observa a partir del año 2000. “Antes era muy común que los especialistas en historia de Brasil o en historia contemporánea ocuparan las cátedras de historia antigua, justamente por la escasez de expertos con doctorado en el período”, explica Fábio Augusto Morales, profesor de historia antigua del Departamento de Historia de la Universidad Federal de Santa Catarina (UFSC).

Wikimedia Commons En la obra intitulada Escuela de Atenas, el maestro Rafael retrata a Aristóteles (de pie, con túnica azul, al centro) sosteniendo el libro Ética a NicómacoWikimedia Commons

La ampliación del acceso a las universidades, impulsada por el proceso de federalización de las instituciones de enseñanza superior, allá por la década de 1960, y la proliferación de las facultades privadas, dos décadas después, condujeron a un aumento de la contratación de docentes en las carreras de historia en todo Brasil, que encontraron en el trabajo organizado por Pinsky una fuente para mejorar el nivel de los contenidos que se trataban. “Una obra como esta permite que profesores y alumnos analicen e interpreten las fuentes primarias, transformando a las clases informativas en talleres de historia”, sostiene Morales, quien empezó a utilizar el libro en 2001, cuando era docente de enseñanza media.

A menudo, la lectura de textos sobre violencia, esclavitud, infanticidios y el rol que debe ocupar la mujer en la sociedad puede resultar chocante para los lectores desprevenidos. “Hay que hacer el ejercicio de ubicar cada cosa en su tiempo. El concepto de violencia en el mundo antiguo, por ejemplo, era muy diferente del que tenemos hoy en día”, dice Erica Cristhyane Morais da Silva, del Departamento de Historia de la Universidad Federal de Espírito Santo (UFES), quien leyó la obra durante su licenciatura en historia en la UFES, a finales de la década de 1990. Ella destaca otro mérito de la publicación, más allá de haber sido organizada y traducida bajo la coordinación de un historiador: el hecho de presentar los documentos sin textos introductorios, que podrían poner un sesgo a la interpretación del contenido. “Este ordenamiento le proporciona autonomía al docente para realizar debates en el aula basados en la relación entre el presente y el pasado”, concluye.

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