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Medio ambiente

Se acalora el debate

Un libro alimenta la puja entre aquellos que creen y los que dudan de la incidencia de la acción humana sobre el calentamiento global

State of fear, libro de ficción del escritor estadounidense Michael Crichton publicado recientemente en Estados Unidos, narra una historia en que la lucha entre el bien y el mal contrapone a ambientalistas radicales, en el rol de terroristas dispuestos a matar, y un equipo liderado por una mixtura de científico y héroe de películas de acción llamado John Kenner, cuyos argumentos ponen en jaque las proyecciones apocalípticas sobre los efectos de las emisiones de gases causantes del efecto invernadero en el calentamiento global. Autor del best-seller Jurassic Park, Crichton advierte que escribió una obra de ficción, sin nexo con hechos o personas reales. Pero hace una salvedad: los gráficos y notas de pie de página, con referencias a artículos científicos, son verdaderos. Es decir: el Dr. Kenner no existe, pero sus perturbadoras observaciones son compartidas por varios científicos. Esto convirtió al libro en el más reciente combustible del debate sobre los cambios climáticos, que retornó al orden del día con la entrada en vigencia el mes pasado de un acuerdo diplomático que prevé la reducción de las emisiones globales de contaminantes: el Protocolo de Kyoto.

Los que están convencidos de que el planeta está volviéndose más cálido en virtud de humo de las industrias y de los automóviles deploraron la salida del libro, tal como era de esperarse. “Sus conclusiones son totalmente erróneas, como así también su mala fe, al comparar a los ecologistas con terroristas”, dice Martin Hoffert, profesor de física de la Universidad de Nueva York, resumiendo así la reacción de la gran mayoría de la comunidad científica. Pero los escépticos, aquellos investigadores que ponen en duda el vínculo entre el calentamiento global y la emisión de gases, no escondieron su satisfacción. “El libro es divertido y aborda la ciencia con inteligencia y responsabilidad”, dice Richard Lindzen, profesor de meteorología del Massachusetts Institute of Technology (MIT), que lidera la caravana de los descreídos y, se especula, sirvió de inspiración para crear el personaje principal (el Dr. Kenner es también del MIT). La obra, que será publicada en portugués por Editora Rocco durante el segundo semestre, produce calor y humo también en la política. El senador estadounidense James Inhofe, presidente de la comisión del Senado que se aboca a la cuestión del medio ambiente, se refirió al libro como una “verdadera historia” de los cambios climáticos. Estados Unidos, la nación que más contamina el planeta, se rehúsa a ratificar el Protocolo de Kyoto y  a reducir sus emisiones.

Paradojas – La ficción de Crichton incorpora los argumentos de los escépticos. Los análisis mas contundentes son las series históricas de oscilaciones de temperatura en el transcurso de las últimas décadas en ciudades norteamericanas  -incapaces, según el autor, de comprobar una tendencia de calentamiento en el mundo entero. Estadísticas del United States Historical Climatology Network muestran que en la ciudad de Pasadena, California, el aumento fue de más de 3°F (Fahrenheit). En tanto, en el desértico Death Valley, también en California, uno de los lugares más calurosos del mundo, el avance fue inferior a 1°F. Y varias otras localidades se volvieron más frías, como McGill, estado de Nevada (1°F menos), y Truman, en Minnesota (menos 2°F). De la misma manera, la ciudad de Nueva York experimentó un notable aumento, de casi 5°F, entre 1822 y 2000, pero en Albany, a tan sólo 140 kilómetros de allí, la temperatura disminuyó medio grado en el período. La conclusión de Crichton y de los escépticos es la siguiente: Nueva York a lo mejor se ha vuelto más calurosa simplemente porque se urbanizó, un fenómeno conocido como “isla de calor”. Idéntica paradoja despunta en gráficos de temperaturas de otros países. Datos atribuidos al Instituto Goddard de Estudios Espaciales de la Nasa apuntan estabilidad en las medias de temperatura de Alice Springs, Australia, y Kamenskoe, Siberia; calentamiento en Tokio, Japón, y Lahore, Paquistán; y enfriamiento en Navacerrada, España, y Stuttgart, Alemania, entre otros.

Para los escépticos, tales datos constituyen una evidencia palmaria de que el calentamiento no es global y puede estar asociado a factores locales, sin vínculo con las emanaciones de carbono. Los científicos que ven la mano del hombre en los cambios climáticos tienen otra interpretación. “Es natural que algunas regiones se enfríen y otras se calienten, puesto que el clima está efectivamente sujeto a variaciones regionales y temporales -en la Amazonia, por ejemplo, observamos alteraciones regionales en el patrón de precipitación”, afirma Paulo Artaxo, investigador del Instituto de Física de la Universidad de São Paulo. “Pero esa variabilidad natural no alcanza como para echar por tierra las evidencias cada vez mayores de que, en promedio, el planeta se está calentando”. Carlos Nobre, investigador do Instituto Nacional de Investigaciones Espaciales (INPE, sigla en portugués), añade: “Es posible incluso, que algunas regiones del planeta se enfríen como consecuencia del calentamiento global. En uno de los escenarios posibles, la llamada circulación termo-halina se vería interrumpida en algunos locales del océano por el calentamiento, lo que podría transformar parte de Europa en un lugar frío como Canadá. Pero todos los modelos matemáticos indican que la temperatura, en promedio, va a aumentar.”

Para contraponerse a la idea de que la Antártida se está derritiendo, Crichton presenta datos de la Nasa, obtenidos en la estación climatológica de Punta Arenas, y muestra otra paradoja. La temperatura media de allí, levemente superior a los 6,5°C (Celsius) en 1888, ha venido descendiendo, hasta llegar los 6°C en 2004. También hace referencia a diversos artículos científicos que muestran que algunas regiones del continente antártico son más cálidas, y otras más frías. Otro caldo para la resistencia del autor es el deshielo de la nieve del Kilimanjaro, en Tanzania. Crichton cita artículos que sugieren que el derretimiento es causado por la devastación en la base de las montañas, no por el calentamiento global, tanto es así que comenzó a registrarse a comienzos del siglo XIX. La crítica que se le endilga a Crichton, en este caso, tiene que ver con su omisión de los registros que apuntan un derretimiento en los Alpes, en los Andes o en el Ártico, donde la población de esquimales del norte de Canadá reporta un deshielo sin precedentes en la historia. Una selección de la literatura científica, argumentan los científicos, puede producir resultados al parecer ciertos, pero que cuentan tan sólo una parte de la historia.

Vínculo potencial – Nadie duda de que la acción del hombre es responsable del aumento de la concentración de carbono en la atmósfera de 280 partes por millón antes de la Revolución Industrial a 370 partes por millón en la actualidad -como así también existe consenso con relación a la conclusión de que sería mejor reducir la emisión de gases que aumentan el efecto invernadero. También existe una colección de evidencias en el sentido de que el clima en el planeta atraviesa una fase de transformaciones. Publicaciones científicas reportan un aumento medio global en la temperatura del orden de los 0,7°C. El año 2004 se ubicó en cuarto lugar en lo que a calor se refiere desde que se empezó a medir la temperatura en el mundo, en el siglo XIX. Y los tres años más cálidos de la historia fueron registrados recientemente: 1998, 2002 y 2003. Todo eso es cierto, pero los grupos antagónicos interpretan estos datos de manera muy distinta. La mayoría de los científicos vislumbra un vínculo potencial entre la contaminación industrial y el calentamiento. “En los últimos 30 años, existe una tendencia fuerte de calentamiento global y hay cada vez más datos que sugieren que eso tiene que ver con las emisiones de gases”, afirma James Hansen, del Instituto Goddard de Estudios Espaciales de la Nasa. “En ciencia, a veces es difícil tener total certeza, pero si llegamos a un 95%, podemos actuar antes que sea tarde”, dice Paulo Artaxo.

Con todo, el grupo de los escépticos recuerda que no existe una prueba definitiva de esa asociación. Argumentan, por ejemplo, que el reciente calentamiento puede tener las mismas causas naturales que, en eras pasadas, produjeron ciclos de calentamiento y glaciaciones que barrieron el planeta sin ninguna acción humana. “Nunca se probó fuera de laboratorio que el calentamiento global se produzca como resultado directo del aumento de dióxido de carbono”, dice Richard Lindzen, del MIT. “Los científicos tienen amplias evidencias fósiles que muestran que los niveles de dióxido de carbono de la atmósfera han crecido cuando la Tierra se calentó. Pero nadie hasta ahora ha probado que el aumento del dióxido de carbono ha sido responsable de las elevaciones de temperatura en el pasado”, afirma. Los escépticos todavía dudan de la fiabilidad de las estadísticas. Buena parte de las medidas de temperatura obtenidas antes de la década de 1970, según ellos dicen, puede ser errónea, pues se registraron en áreas urbanas mediante termómetros que hoy en día se consideran poco confiables.

Pero la pregunta que se hace un lego a esa hora es: ¿cómo puede ser que visiones tan divergentes puedan sobrevivir en el ambiente científico? Las dudas y los cuestionamientos son naturales en el mundo académico, y es por medio de discusiones que las hipótesis se ponen a prueba y el conocimiento avanza. “Como en muchas otras cuestiones científicas, existen evidencias conflictivas, y los detractores de una u otra posición suelen emplear las evidencias que más convienen a sus argumentos”, dice el epidemiólogo brasileño Ulisses Confalonieri, responsable de la comisión de salud del Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático (IPCC, sigla en inglés). El IPCC, un órgano asesor de las Naciones Unidas para temas climáticos que cuenta con 1.500 miembros, es compuesto mayoritariamente por investigadores convencidos de la acción del hombre en el calentamiento global -reflejando así la opinión media de la comunidad científica internacional. “El IPCC no es tan taxativo como algunos críticos platean, sino que se dedica a apuntar con claridad ciertas dudas”, dice Pedro Leite da Silva Dias, del Instituto de Astronomía, Geofísica y Ciencias Atmosféricas de la Universidad de São Paulo (IAG-USP). “Pero, cada cuatro años, cuando se difunde un nuevo estudio del IPCC, la incertidumbre disminuye.”

En el caso del debate del efecto invernadero, la duda se explica por una limitación de la investigación en el área de geofísica. “Una forma definitiva de pasar esto en limpio sería agarrar dos planetas con atmósferas idénticas, aumentar la cantidad de carbono solamente en uno de ellos, y comparar los resultados”, dice el astrogeofísico Luiz Gylvan Meira Filho, profesor del Instituto de Estudios Avanzados de la USP. “Pero, debido a que es imposible aplicar el método científico de esta forma, la solución es usar modelos matemáticos sofisticados para proyectar los cambios, que solamente sugieren tendencias”, afirma Meira. Los modelos climáticos, no por casualidad, son otro nexo frágil explotado por Michael Crichton. El escritor hace mención a un trabajo científico publicado en el año 2000 por el investigador estadounidense Christopher Landsea, especialista en huracanes del National Oceanic and Atmospheric Administration (Noaa), según el cual dichos modelos fueron incapaces de prever el fenómeno El Niño, observado entre los años de 1997 y 1998. “Nadie sabe cuánto subirá la temperatura en los próximos cien años. Los modelos computacionales tienen resultados con variaciones de 400%, una señal de que cualquier pronóstico es posible y nadie sabe de qué está hablando”, dice Crichton. “Es natural que los modelos climáticos tengan resultados variados”, rebate Carlos Nobre, del Inpe. “Es el mejor instrumento que tenemos. Se emplean en meteorología y nadie los descalifica porque no se logre decir exactamente dónde caerá la lluvia. Al contrario, estamos aprendiendo a interpretar dichas variaciones”, afirma. Pedro Leite da Silva Dias, del IAG, también defiende el uso de modelos: “¿Cómo convivir con la incertidumbre? Por ejemplo, usando aquello que se denomina actualmente previsión por conjunto, donde un gran número de simulaciones, con diferentes modelos, se usa para generar posibles escenarios. La media de dicho conjunto se ubica mucho más cerca de la realidad que cualquier modelo aislado”.

En la vida real, los embates entre ambos grupos son frecuentes y, a veces, producen golpes bajos. Dos estadísticos australianos catalogaron recientemente como una exageración a las proyecciones de crecimiento económico de los países pobres contenidas en los pronósticos de calentamiento global. Fueron acusados de pertenecer al grupo de los “escépticos”, lo que, en el vocabulario de los contendores, contempla la insinuación de recibir dinero de las industrias contaminantes para enturbiar el debate. En febrero, los escépticos promovieron un encuentro en Inglaterra en la misma semana que los representantes del otro grupo se reunían con el premier británico, Tony Blair.

El propio IPCC fue escenario de una reciente pelea pública. Kevin Trenberth, jefe del comité sobre huracanes, sugirió un nexo entre los cambios climáticos y la oleada de poderosos huracanes que barrió el planeta el año pasado. Christopher Landsea, el mismo citado en el libro de Crichton por la crítica a los modelos de El Niño, renunció a su cargo en el panel, en protesta contra lo que caracterizó como una “manipulación política”. “Trenberth no tiene elementos para afirmar eso. Por causa de sus declaraciones, la neutralidad del IPCC se ha perdido”, dijo Landsea. Trenberth acusó a Landsea de perfilarse entre los escépticos. Pero luego se retractó entre sus pares. Explicó que los cambios de clima podrían haber afectado la intensidad de los huracanes, debido a las temperaturas oceánicas más elevadas, pero no así la cifra de eventos. En State of fear, Crichton muestra estadísticas que sugieren que el pico de huracanes en Estados Unidos en las últimas décadas se registró en los años 1940.

“Una mala inversión” – El debate recrudece cuando deja el ámbito científico y deriva hacia la discusión política de las consecuencias económicas de la reducción de la emisión de gases. El Protocolo de Kyoto, una gran conquista del movimiento ambientalista y científico, que entró en vigencia el mes pasado, es uno de los focos de discordia. Michael Crichton verbaliza uno de los argumentos de los escépticos. Cita como referencia un artículo de la revista Nature de octubre de 2003, según el cual el efecto del protocolo será una reducción de la temperatura de 0,02°C hasta 2050. Las estimaciones del IPCC son más altas, pero ninguna excede 0,15°C. Los datos son reales, pero no debilitan el ánimo de los defensores del acuerdo. “Kyoto puede tener efectos imperceptibles en el clima, pero se trata del primer instrumento diplomático importante para reducir las emisiones de gases. Es un primer paso, al que le seguirán otras iniciativas más amplias en el futuro próximo”, dice Paulo Artaxo, de la USP. Los modelos sugieren que, para obtener un efecto significativo en el clima, sería necesario reducir hasta un 60% las emisiones de gases, un precio que ningún país pretende pagar actualmente. “Lo esencial del Protocolo de Kyoto es que está derivando en la creación de un nuevo paradigma tecnológico en el mundo industrializado, que reducirá las emisiones globales de gases”, dice Carlos Nobre, del Inpe.

El libro de Crichton no evita la pregunta: ¿vale la pena cercenar el crecimiento industrial para lograr un efecto tan modesto en el clima? ¿No sería más barato adaptarse a los cambios? Otro provocador del cuadro de los escépticos, el estadístico danés Bjorn Lomborg, autor del polémico libro El ambientalista escéptico, afirma con todas las letras que no vale la pena. Recientemente Lomborg le echó leña al fuego del debate, al reunir en Copenhague a un grupo de eminentes economistas, entre ellos tres ganadores del Nobel, para discutir soluciones a los principales problemas del planeta. Uno de los resultados de ese encuentro fue un documento que apuntaba que eran prioritarias las iniciativas destinadas a enfrentar el Sida y la malaria, y a promover el saneamiento en los países pobres, en detrimento de la guerra contra el calentamiento global – descrita como “una mala inversión”. “El combate contra el efecto invernadero es una iniciativa de alto costo y escasos beneficios”, dice Lomborg. El debate podría proseguir con argumentos respetables de una y otra parte. Los científicos dirían que la inversión se justifica, pues prevendría catástrofes tales como la extinción de especies, y evitaría que las generaciones futuras pagaran el precio del descuido de la salud de nuestro planeta durante los últimos 150 años. Los escépticos exigirían pruebas. Pero hay un punto en el que, al libro de Crichton, puede efectivamente tachárselo de ser parcial. Muestra a los escépticos como voces sofocadas, en un mundo donde los ambientalistas dominan a los políticos y nublan la visión crítica de los científicos. La vitalidad del debate muestra que tal panorama está muy lejos ser real.

“Más claridad, menos incertidumbre”
Entre los días 1º y 3 de febrero, 200 científicos de 30 países se reunieron en Exeter, Reino Unido, por invitación del primero ministro británico, Tony Blair, quien asumirá la presidencia del G-8 y eligió al calentamiento global como una de sus preocupaciones centrales. “La reunión tuvo carácter eminentemente científico, con el objetivo de generar informaciones para el primer ministro”, explica Luiz Gylvan Meira Filho, profesor visitante del Instituto de Estudios Avanzados de la Universidad de São Paulo (USP) y miembro del comité científico de la conferencia de Exeter.

Los científicos invitados tenían como tarea de responder a tres preguntas relacionadas con el impacto de los diferentes niveles de cambio climático en las diversas regiones del planeta, su relación con la emisión de gases de efecto invernadero, los esfuerzos necesarios para controlar los niveles de emisión y las opciones tecnológicas disponibles para alcanzar la estabilización.

Durante tres días hicieron un balance del estado del conocimiento sobre el cambio global del clima, revisando los cuatro informes -uno de ellos aún en fase de elaboración- del Panel Intergubernamental sobre Cambios Climáticos (IPCC, sigla en inglés) de la Organización de las Naciones Unidas (ONU), y analizaron una serie de artículos de expertos reunidos por el comité científico.

De acuerdo con el informe publicado al final del encuentro, -hay más claridad, menos incertidumbre- sobre el impacto provocado por los cambios en el clima. Los científicos arribaron a la conclusión de que la elevación de la temperatura afecta de manera diferente a las diversas regiones del planeta. El aumento de 1°C puede por ejemplo ser benéfico para algunas regiones agrícolas, en áreas de mediana o alta latitud. Pero, en algunos casos, los daños son más serios de lo que se pensaba. Han provocado cambios en la acidez de los océanos, recientemente detectadas, lo que puede reducir la capacidad de remoción del dióxido de carbono de la atmósfera y afectar a la cadena alimentaria marina, por ejemplo.

No obstante, el informe hace una salvedad: la contribución de los hombres para con el cambio del clima ha de ser mejor analizada. Las alteraciones  observadas son coherentes con los resultados de los modelos de clima que incluyen la acción del hombre. Pero, una vez detectados los cambios climáticos, resta ahora evaluar el tamaño de la responsabilidad humana. No obstante, la respuesta a esta cuestión implica consideraciones “cuasi filosóficas”, como dice Meira.

Con todo, el cuadro puede agravarse. La literatura analizada sugiere que una elevación de la temperatura del planeta entre 1°C y 3°C -por cierto, tal el aumento proyectado para este siglo- puede provocar serios daños globales. “Coincidimos en que es preciso fijar límites a las emisiones globales”, dice Carlos Nobre, investigador titular del Instituto Nacional de Investigaciones Espaciales (Inpe), que también participó en el encuentro de Exeter.

Los especialistas reunidos en Exeter decidieron entonces hacer suya la recomendación de la Unión Europea -defendida por muchos- de fijar un límite de seguridad de 2°C para el calentamiento global. Esta temperatura correspondería a mantener los niveles de emisión de dióxido de carbono por debajo de las 400 partes por millón hasta 2050. “Estamos en un nivel de 380 partes por millón”, recuerda Nobre. Para revertir el panorama, se harían necesarias acciones inmediatas de control de emisiones. Un retraso en la toma de decisiones y en la implementación de medidas mitigadoras implicará un esfuerzo entre tres y siete veces mayor para controlar los efectos del calentamiento global.

Las demandas mundiales de energía indican que las emisiones de dióxido de carbono aumentarán un 63% entre 2002 y 2050. Esto significaría que, si no se tomara ninguna medida, la temperatura del planeta aumentaría entre 0,5°C y 2°C. La buena noticia indica que los científicos de Exeter arribaron a la conclusión de que el mundo no tiene por qué esperar que surga una “tecnología salvadora”, comenta Meira. Hay un conjunto de tecnologías disponibles que puede promover la reducción de emisión de gases de efecto invernadero y mantener la temperatura del planeta dentro de los límites de seguridad. Entre las nuevas tecnologías, Meira hace referencia a la biomasa o el etanol, en reemplazo de los combustibles fósiles para la generación de energía. “No hay una tecnología única”, subraya Meira.

El intercambio de tecnologías para la producción de energía y la reducción de emisiones tampoco deberá producir el impacto económico que temen las naciones desarrolladas, siempre y cuando los países opten por sistemas de compensación nacional o internacional, como los mecanismos previstos en el Protocolo de Kyoto. El acuerdo, que entró en vigor el 16 de febrero pasado, prevé que los países desarrollados compensen las emisiones nacionales de gases de efecto invernadero patrocinando la implementación de mecanismos de desarrollo limpio en las naciones en desarrollo.

Claudia Izique

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