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Biblioteconomía

Tesoros en la estantería

Esparcidas por Brasil, las colecciones de obras raras demandan protección y auguran descubrimientos

Ejemplares de Las crónicas de Nuremberg (a la izq.), de 1493, Evangelio griego, del siglo XVI, y Compendio (a la der.) de 1541, integran una colección nacional de obras raras

Colección BNDigital

Era un día común de atención al público en la biblioteca de la Universidad de Caxias do Sul (UCS), en el estado de Rio Grande do Sul, cuando un hombre entró al salón en busca de un ejemplar del libro De incantationibus seu ensalmis, de Manuel do Vale de Moura (circa 1564-1650). La ansiedad del usuario, que había viajado más de 400 kilómetros para tener acceso al título en latín, pronto se transformó en revelación: él contó que había localizado un pote de oro en las cercanías de la frontera con Argentina y necesitaba el libro para poder desenterrarlo. Como conocedor de la leyenda que remonta a los primeros tiempos del período colonial, el hombre sabía que los indios de la región del Río de la Plata habían enterrado un tesoro que solo se podría retirar de la tierra con el auxilio de un rezo. El ritual, aseguraba el cazador de tesoros, estaría descrito en la obra publicada en el siglo XVII, en Évora, Portugal. La bibliotecaria lo ayudó como pudo. Con la ayuda de un profesor de latín de la universidad, revisaron todo el libro buscando el tal rezo. No tuvieron éxito.

No se sabe si el hombre logró finalmente desenterrar lo que quería, pero el hecho es que, en la búsqueda de la oración, terminó encontrando otro tesoro: el propio libro, una publicación de 610 páginas, encuadernada con pergamino y con un escudo de armas reales en la portada. Marcia Carvalho Rodrigues, que era la bibliotecaria de la UCS durante aquella primera década de los años 2000, rememora ese momento con cariño. “Estudiar libros que tienen características especiales y las historias que están asociadas a ellos me realiza profesionalmente”, afirma ella, que actualmente es profesora de biblioteconomía en la Universidad Federal de Rio Grande (Furg).

Obras raras como la solicitada en la UCS pueden encontrarse en todas las regiones del país, en instituciones públicas y privadas, pero todavía necesitan ser catalogadas. En 2017, en un esfuerzo por mapear la colección existente en Rio Grande do Sul, Marcia Rodrigues decidió investigar el tema. Empezó por las bibliotecas universitarias. Doce de las 19 instituciones confirmaron que disponían de obras raras en sus colecciones. Cuando llegó a las bibliotecas públicas, sin embargo, las averiguaciones se trabaron. Solo 19 de las 533 instituciones del estado registradas en el Sistema Nacional de Bibliotecas Públicas (SNBP) contestaron, todas negativamente. “Preguntamos si las bibliotecas tenían o no obras raras. Lo único que logramos concluir es que tendremos que cambiar el instrumento de investigación”, explica Rodrigues, desconfiada de que la desactualización de la base de datos podría haber contribuido para la escasez de respuestas.

La Biblioteca Nacional (BN), por medio de su Plan Nacional de Recuperación de Obras Raras (Planor) identifica, recolecta, reúne y disemina informaciones sobre colecciones raras en Brasil desde 1995. No obstante, su Catálogo del Patrimonio Bibliográfico Nacional (CPBN), disponible online, todavía no contempla todas las colecciones del país. Por ser una plataforma colectiva, depende de las informaciones enviadas por las instituciones. Mientras estas no tengan condiciones de identificar sus colecciones raras, las lagunas permanecerán. Actualmente son 386 las instituciones con patrimonio raro identificadas en Brasil, y 235 de ellas ya constan en el CPBN.

Colección BN Digital Los desastres de la guerra, de Francisco Goya, es una de las preciosidades guardadas en la Biblioteca NacionalColección BN Digital

De acuerdo con Ana Maria de Almeida Camargo, de la Facultad de Filosofía, Letras y Ciencias Humanas de la Universidad de São Paulo (FFLCH-USP), la investigación científica sobre el tema aún es incipiente. “Tenemos investigaciones sobre el libro como objeto, sobre las editoriales, sobre la lectura, pero sobre el libro raro, el libro especial, todavía falta mucho, sobre todo bibliografías. Llegamos al siglo XXI sin un conocimiento exhaustivo de lo que hemos publicado”, observa la historiadora, experta en archivos, que trabajó en el proyecto de identificación del acervo bibliográfico de la USP, donde está, por ejemplo, Compendio, obra sobre los sacramentos religiosos, de autoría desconocida, publicada en 1541. Lo más curioso es que no siempre ha sido así. “Por increíble que parezca, el 1881 hubo una exposición en la Biblioteca Nacional que fue considerada, por bibliófilos de todo el mundo, el mejor y más elaborado trabajo sobre el tema”, informa Camargo, refiriéndose al Catalogo da Exposição de Historia do Brazil, de autoría del entonces director de la institución Ramiz Galvão (1846-1938). Según ella, el Catalogo relaciona más de 20 mil títulos referentes a Brasil, representando, en opinión del historiador carioca José Honório Rodrigues (1913-1987), “una publicación de extraordinaria importancia en la historiografía brasileña, no solamente por haber sido única en su época, en términos universales, sino porque no se constituyó nada mejor en Brasil después de ella”.

Parece estar directamente asociada a la escasez de conocimiento científico sobre el tema una duda común entre los responsables de acervos: ¿cómo identificar una obra rara? La antigüedad de una obra, el contenido, sus ilustraciones, las marcas de propiedad, el tipo de papel utilizado o su encuadernación, ejemplares con anotaciones manuscritas, único o con tiradas reducidas, o de autores renombrados, son algunos de los criterios de clasificación aceptados internacionalmente. Existen también las características específicas de cada acervo. Para componer una colección de libros raros, es preciso considerar múltiples aspectos, explica Ana Virginia Pinheiro, que desde 2004 lidera la División de Obras Raras de la BN. “La antigüedad es el más evidente, por las características artesanales que impone al libro”, observa, refiriéndose a papeles de trapo, grabados y técnicas primevas de impresión. “Pero la unicidad es el más criterioso, porque exige mucha preparación de parte del curador de la colección, dado que considera las características que personalizan el ejemplar, como encuadernaciones artísticas o marcas de lectura por parte de lectores de renombre”, indica.

La Colección Especial de Obras Raras de la Biblioteca Nacional es una referencia en Brasil. “Son más de 2 mil metros lineales de artículos”, informa Ana Pinheiro. Allí están guardadas preciosidades como la primera edición de Los lusiadas, lanzada en 1572 por el poeta portugués Luís Vaz de Camões (1524-1580), y Las crónicas de Nuremberg, publicadas en 1493 por Hartmann Schedel (1440-1514), considerado el libro más ilustrado del siglo XV, con 645 grabados diferentes.

Identificar una obra rara constituye un desafío para los investigadores del área

La Biblioteca Pública del Estado de Pernambuco es una de las que se sabe que alberga obras raras. En esa categoría, están almacenados cerca de 15 mil títulos entre libros y revistas. El más antiguo es El manual de confesores y penitentes, de Martín Azpilcueta Navarro, de 1560. Poliana do Nascimento e Silva, jefa del Sector de Colecciones Especiales de la institución, observa que la lengua en la que se publicó la obra puede se un obstáculo para su identificación. “Además de los criterios de raridad, el idioma del libro puede dificultar la catalogación. Tenemos obras el latín, alemán, holandés, francés, inglés”. Para salvar la escasez de determinado conocimiento lingüístico, una solución ha sido la de acceder a bases de datos bibliográficos, con obras de dominio público. Eso nos viene ayudando en la identificación de informaciones de raridad”, relata Silva. “Las bibliotecas más importantes del mundo ya permiten consultas a sus catálogos digitales de obras raras”.

No solo de libros se constituyen los acervos raros. El Archivo Histórico de São Paulo, por ejemplo, reúne documentos que cuentan la historia de la ciudad desde 1555. Son registros de actos de los sucesivos alcaldes y demás autoridades del Poder Ejecutivo, además de las actas de la Cámara Municipal. En el Archivo están guardadas preciosidades como un acta de la Cámara de São Paulo con fecha de 1562 y otra, de la Cámara de André da Borda do Campo, de 1555. “Cada página preservada puede revelar aspectos culturales de la ciudad”, destaca Luís Soares de Camargo, director del Archivo. Gracias a la preservación de un petitorio de vecinos, elaborado a fines del siglo XIX fue posible entender mejor el debate acerca del cambio de nombre del barrio Bixiga. “Siempre había imaginado la vinculación del primitivo nombre ‘bixiga’ con la viruela, una de las enfermedades más contagiosas que afectó al país. Con gran satisfacción tomé contacto con un petitorio firmado por los vecinos del barrio que solicitaban el cambio de nombre a Bela Vista. El antiguo nombre no les traía ‘buenos recuerdos’”, relata.

Además de manuscritos y libros, ítems como mapas, fotografías y grabados también pueden componer colecciones de obras raras, lo cual hace más compleja la gestión de los acervos. En el caso de la Biblioteca Nacional, no toda obra rara queda en la división homónima. “El documento de la firma de la Ley Áurea es una de las raridades que está en la División de Manuscritos. Por su parte, el primer samba grabado en el país en el país, Pelo telefone, de Donga (1889-1974), de 1916, queda guardado en la División de Música”, explica Diana Ramos, jefa de la División de Iconografía de la institución. Cerca de 440 piezas son consultadas, cada mes, en el sector que alberga fotografías, litografías y dibujos sueltos. Entre las 250 mil piezas que componen el sector están grabados de importancia mundial, como la serie Pequeña pasión, de Albrecht Dürer (1471-1528), estudios de Eliseu Visconti (1866-1944) y la colección de fotografías de doña Thereza Christina Maria (1822-1889), donada por don Pedro II (1825-1891).

Archivo Histórico de São Paulo Petitorio sobre el cambio de nombre del barrio encontrado en el Archivo Histórico de São Paulo amplía la comprensión sobre el pasado de la ciudadArchivo Histórico de São Paulo

Un patrimonio codiciado
Las colecciones iconográficas como las de la BN suelen estar entre los preferidos de los ladrones de raridades. Un inventario elaborado por la institución indica que 14 documentos fueron hurtados en 2004, representando un conjunto de 102 grabados. En 2005, el año del último incidente registrado, se sustrajeron 1.096 piezas de iconografía, además de cerca de 500 menúes y rótulos. También en 2004, la Biblioteca del Museo Nacional identificó el robo de 51 obras: 12 de ellas fueron hurtadas y 39, mutiladas. De esos hurtos, solamente nueve obras fueron recuperadas. Las bibliotecas universitarias sufren igualmente con ese tipo de delito. Datos de 2017 indican que la Biblioteca Pedro Calmon, de la Universidad Federal de Río de Janeiro (UFRJ), tuvo 364 obras raras hurtadas durante la última década. En un intento por localizar las piezas desaparecidas, Paula Mello, que preside el Comité para Obras Raras y Especiales de la Comisión Brasileña de Bibliotecas Universitarias, buscó la ayuda del The Art Loss Register, plataforma internacional que registra obras de arte hurtadas o desaparecidas, con el objetivo de impedir su comercialización. “Desde entonces, estamos en contacto casi diario, enviando informes y todas las informaciones bibliográficas de los libros hurtados de la biblioteca”, relata.

Motivado por las denuncias de hurtos en varias bibliotecas y archivos del país y con el tema “políticas de seguridad y salvaguarda de acervos raros y especiales”, el XIII Encuentro Nacional de Archivos Raros (Enar), realizado en la sede de la BN a fines de 2018, reunió especialistas y gestores de los acervos para discutir como protegerlos. “Muchas instituciones han sido víctimas de hurtos recientemente, lo que vuelve relevante el intercambio de experiencias y el aprendizaje que esas situaciones difíciles terminan proporcionando”, observa Rosângela Rocha Von Helde, jefa del Planor. “Más allá de eso, es importante la prevención de todos los tipos de siniestros, como incendios, inundaciones y ataques biológicos.”

En las bibliotecas que han sufrido hurtos, las políticas de seguridad se han reforzado, con el perfeccionamiento en la descripción de los ítems y la adopción de protocolos de atención a los investigadores. Existe la preocupación de mantener un empleado presente durante todo el proceso de consulta a las obras. “El usuario no debe quedar solo con el material para evitar tanto los daños causados por la manipulación inapropiada como los hurtos”, sostiene Rodrigues. En su investigación, él constató que tan solo cinco de las 12 bibliotecas que mantienen acervos raros en Rio Grande do Sul disponen de reglamento específico que oriente el uso de la colección. Ninguna de ellas digitaliza sus piezas. El resultado es preocupante: “inevitablemente, una parte de esas piezas posiblemente no existirá dentro de algunas décadas debido a la ineficiencia con la que se ejecutan las políticas de seguridad y salvaguarda de acervos raros en las bibliotecas del estado”.

Sumados a la digitalización, el aumento del número de cámaras de vigilancia, la capacitación de los equipos de seguridad y la realización de inventarios son algunas de las medidas consideradas básicas para la protección de los acervos. La inclusión de registros y marcas de propiedad, en las obras, se ha mostrado fundamental. Cuando se registran debidamente, las páginas faltantes, manchas o tachaduras en determinado manuscrito o libro pueden posibilitar su reconocimiento. Nada de eso, empero, tiene mucho sentido si las obras no son consultadas. “El investigador que viene aquí es quien va a producir conocimiento y beneficiar a otras personas”, observa Ana Pinheiro. “Cuando ficho una obra, operacionalizo el poder y el deber del Estado de garantizar el acceso a la cultura, la educación y la información y de preservar la memoria, personalizando cada ejemplar catalogado. Pero es la mirada del especialista la que ocasiona el descubrimiento”.

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