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Entrevista

Barbara Weinstein: Una brasileñista en transformación

Parte del primer grupo de mujeres graduadas en la Universidad de Princeton, la historiadora estadounidense analizó el protagonismo de las elites regionales y los trabajadores en la dinámica comercial de Brasil

Lela Beltrão

Profesora de historia de América Latina y el Caribe en la Universidad de Nueva York (NYU), Estados Unidos, la estadounidense Barbara Weinstein nació en 1952 en Brooklyn, un barrio típico popular. Es la menor de tres hermanos ‒ su padre era vendedor y su madre técnica en electrocardiografía ‒, y en 1969 obtuvo una beca completa para estudiar en la Universidad de Princeton, una de las casas de altos estudios de elite más tradicionales de ese país. Weinstein formó parte del primer grupo de mujeres − compuesto por 175 estudiantes − que ingresaron a esta institución. En aquel entonces, había más de 3.000 alumnos varones y hasta llegó a oír a un docente decir que la presencia femenina podía distraer la atención de los discentes.

Edad 71 años
Especialidad
Historia de América Latina
Institución
Universidad de Nueva York
Estudios
Título de grado en historia en la Universidad de Princeton (1969-1973), máster (1973-1976) y doctorado (1976-1980) en historia en la Universidad Yale

Durante su investigación doctoral, cuando los estudios sobre el ciclo del caucho en la Amazonia se centraban en las relaciones de dependencia que Brasil mantenía con las potencias extranjeras, Weinstein se mudó a Belém [estado de Pará]. Corría el año 1977 y ella tenía entonces 25 años. Investigó en archivos históricos para tratar de entender el papel que desempeñaban las elites regionales y los caucheros en aquella dinámica comercial. Su directora de tesis fue la historiadora brasileña Emília Viotti da Costa (1928-2017), especialista en la esclavitud y el siglo XIX, quien llegó a ser profesora de la Universidad Yale (lea en Pesquisa FAPESP, edición nº 262) tras ser forzada a jubilarse de la Universidad de São Paulo (USP) por la dictadura militar (1964-1985).

Weinstein, quien también estudió los movimientos obreros, fue la primera experta en historia de Brasil en presidir la Asociación Histórica Estadounidense (AHA), la asociación de historiadores profesionales más antigua de Estados Unidos. Con una sonrisa solar, de paso por São Paulo camino a un congreso en Bolivia, una tarde conversó con Pesquisa FAPESP en portugués, en el vestíbulo de un hotel del barrio paulistano de Pinheiros.

¿Nos cuenta de su infancia?
Nací y me crie en el barrio neoyorquino de Brooklyn, con mis padres y dos hermanos. Soy descendiente de una familia que emigró a Estados Unidos en el siglo XIX desde una región que actualmente se encuentra entre Rusia y Ucrania. Mi padre nació en Boston y mi madre en Brooklyn. Ambos se criaron en típicos barrios de inmigrantes de clase trabajadora. En mi infancia, nadie hubiera imaginado que iba a ganarme la vida como historiadora especializada en Brasil. A mediados de la década de 1950, si uno era un buen estudiante como era mi caso, te convertías en profesora de secundaria y quizá, con mucha suerte, en médica o abogada. Ser historiadora era algo que estaba muy lejos de mi realidad y del entorno en el que me había criado. Mis padres y vecinos valoraban la cultura y la educación, pero, a la vez, no disponían de mucho dinero y hacían hincapié en que los jóvenes debíamos dedicarnos a profesiones pragmáticas, que nos garantizaran el sustento. Por lo tanto, que yo fuera brasileñista no era precisamente lo que ellos esperaban.

¿Ya desde la escuela tenía inclinación por las humanidades?
Así es. Siempre he sido una lectora entusiasta y estaba más conectada a las lenguas, las humanidades y las ciencias sociales. Recuerdo aquella clásica ansiedad porque no se me daban bien las matemáticas. Estudié en el sistema público hasta que ingresé a la universidad, en 1969. Mis padres no tenían dinero para pagarme las cuotas de una facultad privada. Salvo algunas excepciones, las universidades de mayor prestigio en aquella época eran privadas. Un profesor de la escuela me alentó a estudiar para conseguir una beca de ingreso en una institución privada, que en mi caso fue Princeton. La transición de la escuela pública y de un barrio modesto, como era Brooklyn en aquel entonces, al baluarte de la elite estadounidense era dramática y, a veces, traumática. Cuando cursé la enseñanza básica, las escuelas públicas de Nueva York eran muy buenas, pero obviamente, no tenía la formación que muchos de los que estaban en Princeton habían tenido en los colegios de la elite. Además, fui parte de la primera promoción de mujeres que ingresó a esta universidad.

Cuando la primera promoción de mujeres fue admitida en Princeton, un profesor dijo que podíamos ser objeto de distracción para los varones

¿Cómo fue su ingreso en Princeton?
Ingresé a la universidad para estudiar medicina, presionada por mi familia. Pero al cabo del primer semestre, me di cuenta de que esa profesión no era para mí y pedí el pase a la carrera de historia. Me atraía la política y estaba muy comprometida con el movimiento en contra de la Guerra de Vietnam [1959-1975]. Acabé metiéndome en la historia de lo que en aquella época llamábamos “países del tercer mundo”. Cuando estaba en el segundo año de la carrera, cursé una materia sobre la Revolución Cubana [1953-1959]. Escribí un trabajo sobre el rol de las mujeres en ese movimiento y en los años posteriores a la revolución. Recuerdo que a mi profesor le gustó mucho el texto y me preguntó: “¿Ya has pensado en hacer un posgrado en historia?”. Me crie en una familia y en un barrio donde nadie era profesor universitario y no sabía muy bien qué significaba hacer una maestría. Pero el comentario de mi profesor acicateó mi interés y empecé a considerar la posibilidad de seguir la carrera académica. El cambio de carrera a historia representó para mí un compromiso político y, a la vez, una elección personal, que además me abrió muchas puertas. Entre el tercero y el último año de la carrera, obtuve una beca de investigación en Uruguay, durante el verano de 1972. Fue mi primer viaje al extranjero. Arribé al país en medio de una guerra interna declarada entre los militares y la guerrilla tupamara. Esta experiencia dio lugar a mi trabajo de fin de grado, en el que investigué las raíces del colapso de la democracia uruguaya en aquel entonces.

¿Cuándo oyó hablar por primera vez de Brasil?
No recuerdo haber pensado en el país cuando era niña. Intelectualmente, mi primer contacto fue cuando estudiaba en la universidad, al realizar un trabajo sobre la esclavitud para comparar los contextos en distintos países. Leí el libro Casa-grande e senzala, de Gilberto Freyre [1900-1987] traducido al inglés, y otras obras de autores brasileños. En definitiva, empecé a interesarme por Brasil por los temas relacionados con la esclavitud y el racismo. Solía oír que el país era una democracia racial, pero pronto barrunté que la historia era más complicada. Cuando lo veo en retrospectiva, me doy cuenta de que fue durante mis estudios universitarios que pensé por primera vez en Brasil como posible objeto de estudio. Mi mirada sobre el país aún era imprecisa, pero comencé a tomar clases de portugués. En aquel entonces era raro que las universidades estadounidenses dictaran cursos de este idioma, pero en Princeton los había. También empecé a interesarme por los movimientos obreros, sobre todo luego de haber leído el libro The Making of the English Working Class (1963) [La formación de la clase obrera en Inglaterra, cuya versión en portugués fue publicada en Brasil por la editorial Paz e Terra, en 2001], del historiador británico Edward Palmer Thompson [1924-1993].

Cuando ingresó a la carrera de grado en historia, usted era una de las pocas mujeres de su promoción. ¿Cómo fue esa experiencia?
Fue una locura. En 1969, Princeton decidió admitir mujeres en su alumnado, pero al mismo tiempo no deseaba reducir el número de varones. Así que no había sitio para muchas alumnas en la universidad, teniendo en cuenta las limitaciones de su infraestructura y su cuerpo docente. También recuerdo que había pocas personas de ascendencia africana o latina. Era esencialmente una universidad para varones blancos. Hace poco estuve en la institución con motivo de un acto de celebración del cincuentenario del primer grupo de mujeres graduadas. En esa reunión me di cuenta de lo importante que fue mi generación para las mujeres más jóvenes que vinieron después de nosotras.

¿Cómo reaccionaron los docentes y los alumnos ante la novedad?
Las actitudes diferían. Entre los estudiantes, muchos de los chicos estaban contentos porque finalmente podrían estudiar con chicas en el aula, mientras que otros no lograban adaptarse a esta nueva realidad más diversa. No pude olvidarme de un profesor de química que, ya en el primer semestre, dijo que aceptaba la presencia de mujeres en la universidad, pero pensaba que íbamos a ser una distracción para los varones. A propósito, hubo un caso mucho más grave: hace poco una compañera de comisión denunció que fue violada por un alumno de la misma clase en nuestra época de estudiantes. Después de este suceso, otras compañeras relataron haber pasado por esa experiencia con el mismo muchacho. Son mujeres de familias ricas y conocidas, que quizá no lo hayan denunciado antes porque se sintieron culpables y avergonzadas. En aquella época, pensar en una violación como un delito cometido por una persona del círculo cercano era algo casi inimaginable.

¿Cómo valora que hoy en día haya profesoras en las universidades estadounidenses?
Estamos evolucionando. En mi departamento, por ejemplo, casi la mitad de la planta docente corresponde a mujeres. Pero la mayoría aún está compuesta por personas blancas.

La construcción de la identidad paulista se asoció a la idea de un Brasil moderno y adepto al progreso, y a la “blanquitud”

¿Y cuándo entró Brasil en su esfera de investigación?
En 1973 ingresé a la Universidad Yale para hacer mis estudios de posgrado. Esperaba que me dirigiera el historiador Richard Morse [1922-2001], quien por entonces era considerado el brasileñista más importante de Estados Unidos. Sin embargo, él se había tomado una licencia de dos años para dirigir la Fundación Ford en Río de Janeiro. Por pura coincidencia, la historiadora Emília Viotti da Costa llegó a Yale en 1973 tras haber sido obligada a jubilarse de la USP por el régimen militar. Ella marcó una época. Casi todos los docentes del Departamento de Historia de Yale eran varones. Viotti tenía un aire de confianza y en cierto modo, incluso soberbia. Creo que adoptaba esa postura como estrategia para enfrentarse a aquel ambiente académico estadounidense tan masculino.

¿Aceptó dirigirla en su investigación?
Sí. Cuando ella arribó a Yale, cuatro o cinco estudiantes, incluyéndome, iniciábamos proyectos de posgrado sobre América Latina, pero ninguno de los trabajos se centraba en Brasil. Fue ella quien despertó nuestro interés por la historia brasileña. Cursé las materias de la maestría e ingresé directamente al doctorado. En Estados Unidos, cuando ingresas al doctorado, no necesitas tener una propuesta definida para la tesis. Obviamente es necesario tener idea de lo que se quiere estudiar, del área de interés, pero no un proyecto formulado. En un principio, yo me había propuesto estudiar Argentina, pero Viotti acabó convenciéndome de trabajar con Brasil.

¿Qué estudió en su doctorado?
Investigué el ciclo del caucho en el norte de Brasil entre los siglos XIX y XX. La historia de cómo llegué a interesarme por el tema es graciosa, porque mi idea inicial para la tesis era estudiar la clase trabajadora de São Paulo. Pero el historiador estadounidense Michael G. Hall, quien en aquel entonces era el profesor principal de historia obrera en la Universidad de Campinas [Unicamp], me dijo que conocía a un brasileño que estaba investigando ese tema en su doctorado. Por supuesto, su objetivo al comentármelo era animarme a que me pusiera en contacto con ese otro investigador para que intercambiara ideas, pero lo que yo entendí era que debía buscar un tema de investigación diferente. Además, no quería que me vieran como una estadounidense invadiendo el territorio intelectual de un brasileño. Así que decidí consultarlo con Viotti, quien me dio una respuesta obvia: que había espacio para muchas tesis sobre la conformación de la clase trabajadora paulista. Pero aprovechó ese momento de indecisión mía y me aconsejó lo siguiente: “Ya que esto te preocupa, ¿por qué no estudias el ciclo del caucho en la Amazonia?”. En los años 1970, las instituciones brasileñas ya estaban formando historiadores con maestría y doctorado, pero la mayoría de las investigaciones se centraban en São Paulo y Río de Janeiro. Aunque había muchos estudiando la región de la Amazonia, eran pocos los investigadores abocados a los estudios históricos. Mi única duda era si toleraría el calor de la Amazonia. Al fin y al cabo, mi única experiencia en América Latina había sido en Montevideo, donde la temperatura es más apacible para los que no estamos acostumbrados al clima de la selva tropical.

Y finalmente acabó viniendo.
Al final, decidí trabajar con el tema que Viotti me había sugerido y pasé unos 10 meses en la región, principalmente en la ciudad de Belém. Esto fue entre 1977 y 1978, cuando tenía 25 años, tras una estadía de 7 meses en Río de Janeiro investigando en archivos históricos. Yo era una jovencita. Con el tiempo me fui adaptando y a pesar del calor y las lluvias, Belém me agradó de inmediato. Noté que los archivos, incluidas las antiguas notarías, poseían documentación suficiente como para llevar a cabo mi investigación. La idea inicial era estudiar la decadencia del ciclo del caucho, pero enseguida me percaté de la escasez de estudios basados en archivos históricos sobre la expansión de este comercio. Por lo tanto, no tenía sentido centrarse en el declive sin haber entendido previamente cómo había sido el proceso de expansión.

¿Cómo se analizaba entonces el ciclo del caucho y cuál fue el nuevo aporte de su tesis sobre ese objeto?
Mi tesis, que dio origen al libro A borracha na Amazônia – Expansão e decadência (1850-1920) [El caucho amazónico. Expansión y declive, publicado en Brasil por la editorial Hucitec, en 1993], inicia su análisis en 1850, cuando el ciclo del producto ya imperaba en ciertas zonas de la Amazonia, especialmente en la que entonces era la provincia de Pará. Otros estudios que habían tratado el tema comenzaban sus investigaciones en 1880 o 1890, por lo que mi investigación indaga en un período anterior, cuando los vínculos de producción e intercambio eran más fluidos. Asimismo, el ciclo del caucho había sido analizado hasta entonces según la lente de los teóricos de la dependencia. Una característica de este tipo de lectura reside en que atribuye el protagonismo de la economía mundial a los países del llamado “primer mundo”, como si el “tercer mundo” fuera una tabula rasa, sin ninguna interferencia o influencia en el comercio u otros procesos. Esto me pareció absolutamente erróneo en el caso de Brasil, que no era una mera marioneta en manos de los ingleses, estadounidenses o franceses. Ese planteo también se complica al no contemplar la voz de los trabajadores, ya fueran hombres libres o esclavizados. Por supuesto, yo reconocía la fuerte influencia de la presencia extranjera en ciertas áreas de la economía del caucho, pero al mismo tiempo me parecía necesario considerar la actuación de las elites regionales y de los propios trabajadores que extraían el caucho a lo largo del proceso. Mi estudio no apuntaba a refutar los argumentos de la escuela dependentista, sino a ampliar y complejizar esta perspectiva, demostrando que no es posible explicar lo que sucedió en la Amazonia centrándose solamente en la presencia extranjera.

Los estudios poscoloniales propiciaron los cambios más radicales en el campo de la historia desde que trabajo en este campo del conocimiento

¿Qué papel desempeñaron los trabajadores en esa dinámica?
No todos los caucheros eran esclavizados, como se pensaba. Muchos de ellos eran autónomos y se consideraban dueños del caucho que producían. Obviamente, formaban parte de una red comercial que limitaba lo que podían hacer o no. Pero existía una migración constante de caucheros de las regiones productoras del caucho, cada vez más agotadas, hacia nuevas zonas. Recuerdo que Viotti reaccionó de manera un tanto negativa cuando leyó la primera versión del capítulo inicial de mi tesis. Le parecía que hacía demasiado hincapié en la movilidad y la autonomía de los trabajadores extractores del caucho en detrimento de la opresión y explotación de la que eran objeto. En cierta forma tenía razón. No rechacé de plano sus críticas, pero insistí en que debía elaborar los argumentos de conformidad con mis hallazgos. Ella acabó coincidiendo conmigo.

¿Qué investigó posteriormente?
Pasé del ciclo del caucho en la Amazonia a los industriales y obreros de São Paulo entre 1920 y 1964. Puede parecer un cambio drástico, pero en ambos casos estaba tratando de entender el protagonismo de los trabajadores en distintos sistemas económicos. En esta investigación, que llevé a cabo a principios de la década de 1990, estudié la participación de los obreros e industriales brasileños en los debates internacionales, durante el desarrollo industrial del país. También analicé los programas elaborados por los empresarios para la reformulación de la clase obrera. Un punto interesante es que ambos discutían los avances tecnológicos y los cambios que se estaban produciendo en Inglaterra, Estados Unidos y la Unión Soviética a mediados del decenio de 1930, por ejemplo. Los resultados de la investigación están recopilados en mi segundo libro, intitulado (Re)formação da classe trabalhadora no Brasil – 1920-1964 [Reformulación de la clase obrera en Brasil – 1920-1964] [editorial Cortez, 2000], en el que cuestiono el argumento, común en aquella época, de que Brasil no se desarrolló porque el empresariado nacional no tenía una visión lo suficientemente moderna.

Su libro A cor da modernidade – A branquitude e a formação da identidade paulista [El color de la modernidad. La blanquitud y la formación de la identidad paulista, Edusp, 2022], ¿es una prolongación de esos estudios?
Cuando concluí la investigación que mencioné anteriormente, sobre los industriales paulistas y la clase obrera, quedé insatisfecha por no haber conseguido profundizar en la problemática de la raza en el contexto de la industrialización paulista. Indagué sobre clase y género, pero me faltó ahondar en la cuestión racial. Como no podía rehacer el estudio, decidí abordar el tema en un próximo trabajo, que dio lugar al libro en cuestión. En esta obra, analizo documentos y noticias en periódicos sobre la Revolución Constitucionalista de 1932 y el IV Centenario de la ciudad de São Paulo, celebrado en 1954. Me di cuenta de que la construcción de la identidad paulista no solo estaba asociada a la idea de un Brasil moderno y adepto al progreso, sino también con la “blanquitud”.

¿Cuáles son los impactos que han tenido los estudios poscoloniales en la investigación histórica?
Sus impactos han sido amplios y profundos, y nos obligan a replantear diversas cuestiones. Por ejemplo, a pesar de mis críticas a la teoría de la dependencia, durante el doctorado me resultó muy difícil abstraerme de la idea de que hay países desarrollados y naciones subdesarrolladas, lo que inevitablemente evoca los conceptos de avance y de atraso. Hoy en día, los estudios poscoloniales nos exigen que dejemos de lado las nociones de éxito y fracaso, que abandonemos el discurso de que ciertas sociedades no avanzan porque tienen más defectos que las que llamamos exitosas. Además, el poscolonialismo nos obliga a reflexionar acerca de la importancia de la diversidad. No se trata solamente de criticar a los países imperialistas, sino de valorar a las sociedades ‒ como las indígenas, por ejemplo ‒ que antes eran consideradas como “objeto”. Creo que este es el cambio más radical que se ha producido en el campo de la historia desde que me dedico a este campo del conocimiento.

En diversas oportunidades he sido cuestionada sobre mi derecho a estudiar y hablar sobre la historia de Brasil

¿Ha sido objeto de críticas por el hecho de ser una investigadora blanca y estadounidense estudiando a Brasil, un país del sur global?
En diversas oportunidades me han cuestionado al respecto de mi derecho a estudiar y hablar sobre Brasil. Mi libro sobre el ciclo del caucho tardó 10 años en publicarse en Brasil. En el mismo incluí un breve prefacio, en el que escribí que en esos 10 años poca gente había trabajado con la historia de la Amazonia y que ningún estudio había modificado las conclusiones de mi investigación. Como puede ver, no he dicho que no hubiera una historiografía previa a mi libro, yo solamente me refería a los últimos 10 años. Una historiadora de Pará empezó a decir que yo le estaba faltando el respeto al trabajo de los brasileños que ya habían estudiado el ciclo del caucho. Citó nombres de personas que supuestamente no se mencionaban en mi estudio, poniendo como ejemplo al economista Roberto Araújo de Oliveira Santos [1932-2012]. Sin embargo, mencioné a Roberto Santos al menos 25 veces, lo que prueba que ella no había leído el libro, pero aprovechó el momento para hacer declaraciones de carácter nacionalista. De todas maneras, quienquiera que llegue del extranjero a estudiar un país determinado debe estar preparado para este tipo de situaciones. Pero es un pequeño costo que hay que pagar. Siento que soy muy bienvenida en Brasil, aunque al mismo tiempo sé que no estoy libre de críticas.

¿Qué cambios ha observado en lo que se refiere al perfil de los brasileñistas?
La idea de un brasileñista como investigador extranjero, como fue el caso del historiador estadounidense Thomas Elliot Skidmore [1932-2016], ha cambiado y, tal vez, desaparecido [lea en Pesquisa FAPESP, edición nº 323]. Hoy en día, la circulación de las personas por el mundo es mayor y más compleja de lo que fue en el pasado. Muchos de los que enseñan historia de Brasil en Estados Unidos son de ascendencia latina y algunos son brasileños. También hay gente que ha vivido en varios otros países y tienen una perspectiva transnacional de la historia.

¿Cómo es su dinámica familiar cuando tiene que viajar por trabajo durante largo tiempo?
Voy a hablar de un tema que no suelo abordar en contextos académicos. Tengo un hijo con autismo que ahora tiene 35 años. Desde la década de 1990, cuando lo diagnosticaron, mi vida cambió radicalmente. Antes de descubrir el autismo de mi hijo, pasaba meses e incluso un año entero investigando en Brasil, pero desde entonces no he podido ausentarme más de cinco semanas. Cada vez es más independiente, ahora incluso vive solo, pero para mí es muy difícil estar lejos de él. No puedo llevarlo conmigo en mis recorridas porque no cuento con la infraestructura necesaria y además podría perder su lugar en los programas educativos y sociales a los que asiste. Tengo otra hija, que vive conmigo. Mi marido es sociólogo y hace muchos años que está jubilado, pero sigue publicando sus estudios. Él ha apoyado mis investigaciones de muchas maneras.

¿En qué está trabajando actualmente?
Por primera vez estoy investigando algo que no está vinculado exclusivamente con Brasil: la biografía del historiador Frank Tannenbaum [1893-1969]. He estado investigando su trayectoria en unas 100 cajas con documentos que están en el archivo de la Universidad Columbia, en Nueva York. Tannenbaum fue un anarquista y estuvo un año preso a causa de su activismo. Luego se convirtió en periodista y profesor de historia latinoamericana en Columbia. Su obra es amplia y tuvo una vida muy interesante. Fue amigo de Gilberto Freyre y estrecho allegado del expresidente mexicano Lázaro Cárdenas [1895-1970]. Pero su biografía pone de manifiesto los retos de una vida transnacional. Se casó a los veintitantos años y tuvo dos hijos. Se mudó de Estados Unidos a México para hacer su doctorado y empezó a vivir separado de su esposa, quien finalmente le pidió el divorcio. Eso ocurrió a finales de la década de 1920. En mi investigación, me sorprendí al descubrir que renunció a su paternidad y sus hijos fueron adoptados por el nuevo marido de su exesposa. Y hasta lo que sé, nunca más tuvo contacto con ellos.

¿Cuáles son las lagunas que observa en la historia actual?
En realidad, no son lagunas, pero creo que muchos estudiantes de historia en el comienzo de sus carreras hoy en día están trabajando con una división excesiva entre oprimidos y opresores. Esta tendencia conduce a una cierta ingenuidad en sus lecturas del mundo y a una preocupación exagerada por ser políticamente correctos. En mis clases sobre historia y cultura de Brasil, por ejemplo, cuando menciono que personas afrodescendientes, tras haber sido liberadas, comparaban esclavizados, noto que los alumnos se inquietan bastante. De repente, la línea entre oprimido y opresor ya no es tan clara. Para mí, uno de los objetivos principales de la investigación histórica es precisamente descubrir y comprender lo inesperado, y dejar de lado, al menos brevemente, nuestra tendencia a juzgar. De hecho, dentro de 100 años, muchos observarán lo que nosotros hacemos o toleramos actualmente y dirán: “¿Cómo pudieron actuar de esa forma?”. Le cabe al historiador asumir cierta humildad a la hora de juzgar lo que han hecho las personas en el pasado.

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