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Historia

Una ciudad hecha de sudor y acero

La Companhia Siderúrgica Nacional fue el ensayo inicial del desarrollismo

Archivo fotográfico de CSN Primeras operaciones de CSNArchivo fotográfico de CSN

Hace exactos 70 años, Getúlio Vargas firmaba la creación de la Companhia Siderúrgica Nacional (CSN). Cuando entró en funcionamiento, en 1946 (sin la presencia de su creador, en ese entonces en el ostracismo político), se transformó en la principal fuente de suministro del acero de Brasil. La construcción de Brasilia, el Puente de la Amistad con Paraguay, el metro de Río y el de São Paulo y la avenida Atlántica, en Río, son todos hitos erigidos con el acero producido en la localidad de Volta Redonda. Pero la empresa no tuvo solamente un significado económico, sino que se transformó en el símbolo del “Brasil del futuro”, la promesa del Estado Novo de independencia económica y social. “El régimen de Vargas quería hacer de CSN un caso paradigmático de la implantación de la nuevas políticas de bienestar social destinadas a los trabajadores industriales. Volta Redonda sería un modelo del desarrollo social del país en la era industrial”, explica el historiador Oliver Dinius, de la Universidad de Mississippi, autor de Brazil’s steel city: developmentalism, strategic power, and industrial relations in Volta Redonda: 1941-1964 (Stanford University Press), cuya investigación contó con el apoyo de la FAPESP. Dinius busca ahora una editorial nacional para traducir el libro.

“La acería fue idealizada como una company-town (una ciudad empresa), con viviendas subsidiadas y una amplia red de servicios urbanos, que constituirían una referencia de la modernidad industrial y del progreso social de Brasil. Con CSN el gobierno quería afirmar la posibilidad de mantener relaciones laborales sin conflictos entre el capital y el trabajo, incentivando a la dirección de la empresa a aplicar las conquistas plasmadas en la Consolidación de las Leyes del Trabajo (CLT), de 1943. Al mismo tiempo, la planta fue el lugar de los primeros ensayos de las nuevas instituciones de control de los trabajadores, como por ejemplo la policía política”, sostiene el investigador. “De este modo, los obreros de la compañía fueron al mismo tiempo agentes de la industrialización estatal, beneficiarios de las nuevas políticas de bienestar social del Estado Novo y los primeros blancos del control político sobre el trabajo”. La siderúrgica era la “niña de los ojos” del gobierno de Vargas, un símbolo del progreso y la industrialización acicateada por la ideología nacionalista que legitimaba la intervención estatal. “La CSN fue pensada como modelo, una empresa paradigmática para el resto del país: además de toneladas de acero, debería producir un nuevo tipo de trabajador, sano, capaz y disciplinado”, analiza la socióloga Regina Morel, docente de la Universidad Federal de Río de Janeiro (UFRJ) y autora del estudio intitulado A hierro y fuego: la construcción de la familia siderúrgica.

Pero, tal como se revela en el estudio de Dinius, se engaña quien les atribuya a los trabajadores de Volta Redonda el estereotipo de masa de maniobra del getulismo y del sindicalismo corporativista en razón del record de 43 años sin una sola huelga de trabajadores. Según él, la comprensión de la evolución de la fuerza de trabajo de la empresa lleva a entender los dilemas del desarrollismo nacional. “El éxito del modelo de desarrollo que generó CSN dependía de la capacidad del Estado de asegurar una producción continua y creciente en las pocas empresas estratégicas productoras de bienes de capital. Eso favoreció la posición de los trabajadores de Volta Redonda y puso al Estado ante el imperativo económico y político de mantener esa producción en funcionamiento. La mera amenaza de una huelga era suficiente como para generar una crisis política y provocar una respuesta inmediata a las demandas del sindicato”, dice Dinius.

“El caso de la CSN es ejemplar, pues revela de qué modo los trabajadores ubicados en lugares estratégicos tienen el poder de mantener el control capitalista del trabajo, organizar un sindicato fuerte, redefinir las reglas de las relaciones industriales en beneficio propio y defender mejoras salariales contra las presiones políticas. Ellos tenían el poder latente de subvertir todo un modelo de desarrollo”. Esta visión le imprime al estudio un carácter innovador. “Las interpretaciones sociológicas de la relación entre el Estado, el capital y el movimiento obrero ubican al Estado como un siervo de los intereses del capital que usa sus poderes represivos contra los trabajadores. Es necesario repensar ese modelo para entender un momento histórico en que el Estado se convirtió en administrador de una gran empresa industrial y asumió el rol de mediador de las relaciones entre el capital y el trabajo con la implementación de las leyes laborales, y se adaptó a la nueva realidad política del voto popular”, explica. “La historia de CSN ilumina esa nueva complejidad de las relaciones entre el Estado y el movimiento obrero en el capitalismo industrial hegemónico. No es una historia de conflicto abierto, con huelgas y confrontación entre los trabajadores y la policía, sino de negociaciones complejas entre el gobierno, los obreros y la administración de la empresa”. De acuerdo con el investigador, los sindicatos de CSN lograron arrancar concesiones amplias en sueldos y beneficios, lo que hizo que la promesa laborista de bienestar social del Estado Novo se convirtiese en realidad en Volta Redonda.

Archivo fotográfico de CSNTrabajadores junto a un ingenieroArchivo fotográfico de CSN

Al fin y al cabo, el camino hacia la construcción de la acería fue largo y tortuoso como el problema siderúrgico nacional que se arrastró a lo largo de la historia del país y recién empezó a modificarse luego de la Revolución de 1930, si bien que durante la campaña de la Alianza Liberal, Vargas ya se había comprometido a hallarle una solución, sin que por ello los brasileños quedasen — a merced de extranjeros —, en una referencia al contrato de 1920 suscrito entre el gobierno e Itabira Iron Ore Company, del empresario estadounidense Percival Farquhar. Según este acuerdo, la empresa norteamericana se comprometía a construir una planta siderúrgica a cambio del monopolio del transporte del mineral, una promesa que jamás se materializó. En 1931, Getúlio declaró que la siderurgia era un “ideal”, decretó la caducidad de los contratos con los americanos y anunció la constitución de la Comisión Nacional de Siderurgia. Sólo con la instalación del Estado Novo, en 1937, la planta se transformó efectivamente en una prioridad gubernamental, y una carta de triunfo brasileña en las relaciones entre el país y las dos potencias rivales, Estados Unidos y Alemania. En 1939 se entablaron conversaciones con la empresa estadounidense United Steel para su participación en el programa siderúrgico brasileño, con el apoyo del presidente Roosevelt, interesado en alinear a Brasil con EE.UU., pero las expectativas se vieron frustradas. En el famoso discurso a bordo del acorazado Minas Gerais, Vargas dio a entender en tono ambiguo una posible alianza con Alemania, y así le arrancó al fin al gobierno  estadounidense una respuesta positiva bajo la forma de empréstito.

En abril de 1941, la CSN fue se constituyó como una empresa de capital mixto, pero fue inaugurada recién 1946, durante la administración Dutra. En el auge de las obras, llegaron a trabajar en Volta Redonda casi 10 mil hombres, y la planta adquirió el status de instalación militar de “seguridad nacional”. La decisión de construir una ciudad fue una necesidad tendiente a acomodar a la inmensa cantidad de mano de obra destinada a construir y posteriormente a mantener en funcionamiento a la acería. “El ideal da CSN era aculturar hombres de origen rural que llegasen para las obras con el fin de que se ‘civilizasen’ para trabajar en la planta, creando así una comunidad de familias trabajadoras”, dice Dinius.

“Vargas y los ideólogos del Estado Novo veían a la ciudad como una vidriera de un orden cristiano que le permitiría al país hacer la transición hacia una sociedad industrial sin males sociales y evitando la lucha de clases. Querían crear una utopía industrial para dar un ejemplo en Brasil y más allá de las fronteras. Se llegó al extremo de darle a Volta Redonda el apodo de “la dulce Pittsburgh de Río de Janeiro”. Para hacer efectiva esta visión de la “familia siderúrgica”, CSN echó mano de todo el poder coercitivo de un Estado autoritario, siempre apoyado sobre una ideología del paternalismo católico, con una agenda de desarrollo económico y social. La promesa era trascender la racionalidad del capitalismo industrial”, sostiene el investigador. Aunque la realidad no diese cuenta de tal mito, ese discurso conquistó el imaginario de los brasileños. “Desde el comienzo, CSN apuntó a crear una cultura de orgullo y lealtad con base en los valores cristianos, que combinaba nociones del deber y la disciplina con generosos servicios sociales, tales como vivienda, tratamiento médico, escuela para los niños y actividades recreativas. La dirección esperaba que esa cultura redundase en incrementos de productividad”. Al mismo tiempo, CSN ejercía un control total sobre la vida de los habitantes de la company-town, al extender el dominio de la empresa al ámbito privado de los trabajadores mediante diversos mecanismos de disciplina. “Las casas variaban en su ubicación, tamaño y comodidades en función del orden jerárquico de la empresa, y así inscribían en el espacio urbano esa jerarquía y le asignaban a cada uno su lugar”, sostiene la investigadora Regina Morel, de la UFRJ. La dirección instruía a los trabajadores a pensarse como “soldados”  de la construcción de un Brasil mejor, en el que el sacrificio de todos sería recompensado con la seguridad económica y con una vida con el confort de una ciudad moderna. A tal fin, era imprescindible contar con una cultura católica. “Volta Redonda fue también el globo de ensayo de la Iglesia brasileña, que en ese entonces mantenía buenas relaciones con el Estado Novo, inherente a las formas de acción en el mundo laico del trabajo, empleando nuevas estrategias de integración con los fieles. Como una ironía, en menos de 10 años la iglesia local, antes la fuente del poder paternalista, pasó de ser instrumento a la oposición a CSN. En los años 1980 aún imperaba una fuerte cultura de catolicismo entre los sindicalistas, pero no la de la antigua obediencia y disciplina, sino la de la Teología de la Liberación que, a su vez, perdió fuerza social y política en los años 1990, luego de la privatización de la acería y con la llegada de las iglesias evangélicas”, comenta Dinius.

Archivo fotográfico de CSNVargas visita CSN en los años 1950Archivo fotográfico de CSN

Otra de las especificidades de CSN es el origen de su sindicato, cuya creación no contrarió los deseos del directorio de la empresa, sino que más bien contó con su aval. “La creación del sindicato reforzaba la fórmula corporativa de control del movimiento de los trabajadores, con miras a garantizar su articulación con la planta y por extensión, con el gobierno”, sostiene Regina. “A partir de entonces, el carácter estatal tendrá un peso importante en las decisiones del sindicato en lo que hace a las reivindicaciones y en las posturas contradictorias asumidas ante CSN. Pero, pese a ello y a la ausencia de huelgas, el sindicato fue un vehículo importante en lo atinente al logro de derechos de ciudadanía”. Con el correr del tiempo, el paternalismo de los comienzos fue perdiendo bríos. “En los años 1950, debido a las nuevas exigencias de productividad del proceso de industrialización, la empresa implementó nuevas formas de racionalización que aumentaron la individualización y la jerarquización de los trabajadores, y un control más rígido sobre los procesos de trabajo”, afirma la investigadora. “Además, en los años 1970 se jubila la primera generación de trabajadores, altamente identificada con la compañía debido al pasado paternalista. Era un grupo que había construido su identidad laboral dentro de la planta, en tanto que las nuevas generaciones tenían mucho menos implicación con CSN”, explica la socióloga Wilma Mangabeira, docente de la Universidad de Middlesex, Inglaterra, y autora del libro Os dilemas do novo sindicalismo: democracia e política em Volta Redonda. “Si en el pasado la identidad de los obreros se apoyaba en la historia de la empresa y en las diferencias entre sus empleados y los de otros sectores, ahora éstos se acercaban a otros grupos obreros de fuera de la planta. Las generaciones más jóvenes no se enlazaban más a la noción de trabajadores de una estatal, sino al concepto de obreros metalúrgicos”. En los años 1960, CSN empezó a hacerse a un lado de las responsabilidades sociales y el paternalismo declinó. El golpe de 1964 intensificó esa declinación y surgió una nueva identidad laboral. “El régimen militar, que ocupó la compañía con tropas luego de la caída de Goulart, optó por un desarrollismo con muy poco de laborismo. La creencia entre los militares era que el gran aporte de CSN al desarrollo brasileño consistía en producir grandes cantidades de acero de buena calidad, y el derecho al bienestar social de la agenda laborista no podía interferir en esa misión”, sostiene Dinius.

“Al tiempo que apuntaban a preservar y ampliar sus beneficios, los trabajadores intentaron romper con el modelo paternalista y tener acceso directo a las garantías de la CLT, pasando de ser miembros de la “família siderúrgica” a ser ciudadanos brasileños”, dice Regina. “El caso de la CSN muestra de qué modo la CLT, pese a su carácter corporativista, pudo en ciertas situaciones engendrar transformaciones en las formas de control de la fuerza de trabajo y construir una concepción de ciudadanía”, evalúa. Pero el sindicato fuerte que lograra altos salarios (muy superiores a los sueldos promedio de las empresas privadas) y muchas otras concesiones en los años 1950 y comienzos de los años 1960, se deterioró con la llegada del régimen militar. “Los militares encarcelaron a los líderes sindicales de estos años, suprimieron los derechos políticos de muchos de ellos e intervinieron en el sindicato, poniendo una junta que cooperaba con la dirección de CSN en el recorte de gastos. Pese a ello, el poder del sindicato obtuvo mejoras salariales en tiempos de indexación salarial”, dice Dinius. De acuerdo con el investigador, entre 1968 y 1983 la principal preocupación de los líderes sindicales consistía en mantener buenas relaciones con los gobiernos militares, a fin de preservar ese status privilegiado de los trabajadores de CSN. “El sindicato evitó una confrontación abierta con la empresa y la mayor oposición a la compañía provenía de los movimientos sociales católicos, que eran fuertes en la periferia de la ciudad, en donde vivían los trabajadores menos privilegiados. El sindicato unió fuerzas con estos grupos después de la elección de Juarez Antunes, vinculado a la Central Única de Trabajadores (CUT) y los partidos de izquierda (el PT y el PDT) llevando a la radicalización del movimiento durante los años 80”. El país, recuerda Dinius, atravesaba una grave crisis económica, lo que llevó al Estado a presionar a CSN para que disminuyera costos, una medida que hizo estallar la huelga de 1988, la más famosa y violenta, aunque no la primera de una serie que se inició en los 1980, bajo el liderazgo de la CUT. “Pero fue la primera con bajas, sobre la base de una larga tradición del Estado brasileño de responder a las crisis en CSN mediante el uso de las Fuerzas Armadas.”

Archivo fotográfico de CSNVargas y el presidente de la aceríaArchivo fotográfico de CSN

La división entre el grupo vinculado a la CUT, a comienzos de los años 1990, abrió espacio para la elección de una fórmula ligada a la central Fuerza Sindical, lo que facilitó el proceso de privatización, opuesto al deseo de la Central Única. “Las consecuencias de la privatización de CSN se sintieron por encima de todo en Volta Redonda, con oleadas de despidos que cambiaron el perfil social y económico de la ciudad y terminaron con cualquier residuo del lazo paternalista entre la compañía y la ciudad. El movimiento sindical de los años 1980 y las huelgas pospusieron ese proceso, pero era claro que la empresa debía disminuir la fuerza de trabajo para competir con otras industrias locales”, analiza el investigador. “Pero no podemos decir que la privatización haya resuelto el gran problema de CSN: la posición estratégica de sus trabajadores, es decir, la capacidad que tenían, desde esos puestos fundamentales en la escala de producción, de organizar una huelga general, paralizar la planta y con ella, también hacer lo propio en sectores importantes de la economía nacional. La privatización hizo posible que la planta se convirtiese en una empresa comercial dentro de la lógica del capitalismo, pero no abolió esa posición estratégica”, afirma el investigador. “Hubo literalmente un proyecto corporativista durante la era Vargas que pretendía reconstruir Brasil como una nación moderna apoyada en una alianza del Estado con el capital y con los trabajadores, y CSN fue concebida como el lugar en donde visión del futuro del país se plasmaría en el presente. Volta Redonda era la versión en pequeña escala de ese nuevo mundo”. Según Dinius, durante los dos gobiernos de Vargas hubo presiones para que la dirección de la compañía implementase los servicios sociales y las leyes laborales de la CLT de manera ejemplar y los metalúrgicos entendieron ese status especial.

“Los sindicatos siempre plantearon sus demandas como una justa recompensa por la contribución que los trabajadores hacían al desarrollo del país. Por eso usaron el discurso desarrollista para justificar sus demandas que, a largo plazo, agravaron los problemas económicos de CSN, e indirectamente contribuyeron para con la crisis del desarrollismo y con el golpe militar de 1964”. De este modo, sigue el investigador, si bien no fue responsable directo por el fracaso del desarrollismo, el éxito del sindicato le causó problemas a ese modelo desarrollista nacional, pues sus victorias terminaron achicando los beneficios económicos que CSN le aportó a Brasil. “Podemos decir que la historia de la compañía puso en evidencia los puntos débiles del modelo de desarrollismo basado en pocas industrias de gran porte. CSN hizo un importante aporte al crecimiento de Brasil, pero fue menor que el proyectado por los tecnócratas, que no se imaginaron que los trabajadores movilizarían su poder estratégico para reivindicar una tajada mayor de ese esfuerzo”, analiza Dinius. El retrato del “viejo” insiste en mantenerse en el mismo lugar.

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