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buenas prácticas

Una mirada sesgada sobre la producción científica

Periodistas privilegian publicaciones de revistas consagradas con las cuales están familiarizados y tienden a ignorar artículos de revistas de ciencia más jóvenes

Harold M. Lambert / Getty Images

Un estudio dado a conocer en agosto en la revista Journalism Practice, de la editorial Taylor & Francis, reveló sesgos en la forma en que los reporteros deciden los temas que abordarán en sus textos, que pueden tener impacto en la percepción del público sobre la producción del conocimiento. El objetivo del referido trabajo consistía en mapear los procedimientos utilizados por un grupo de 23 de esos periodistas para identificar artículos científicos divulgados en las llamadas revistas depredadoras –que publican trabajos de baja calidad, solamente a cambio de dinero– y entender de qué manera deciden los profesionales entrevistados si una revista es o no confiable como fuente de información.

La conclusión indicó que la mayoría se rige según estrategias que podrían clasificarse más bien como conservadoras que como criteriosas. En lugar de evaluar si un artículo científico reúne resultados robustos y si la revista en que salió publicado sigue las buenas prácticas, los periodistas procuran resguardarse privilegiando la producción de las revistas consagradas y consolidadas con las cuales ya están familiarizados, y tienden a ignorar el contenido publicado en periódicos científicos más jóvenes. Uno de los entrevistados dijo que nunca mantendría contacto con revistas depredadoras pues “las que consulto están bastante afianzadas”. Y otro explicó: “No necesito ir tan lejos para obtener información… No voy más allá de las revistas tradicionales”.

De acuerdo con el trabajo mencionado, los periodistas también establecen una confusión entre las revistas depredadoras y las de acceso abierto, al mostrar su desconfianza con relación a las publicaciones académicas que ponen a disposición gratuitamente todo su contenido online cobrándoles tarifas a los autores. Los entrevistados demostraron dudas ante las revistas radicadas en el sur global, denominación que abarca países en desarrollo en América Latina, Asia y África, al preferir los títulos con sede en los países más desarrollados.

La investigación cualitativa se concretó con 23 periodistas de las áreas de salud, ciencia y medio ambiente que trabajan en seis países: Suiza, Dinamarca, Inglaterra, México, Canadá y Estados Unidos. Los autores del artículo –Alice Fleerackers, de la Universidad de Ámsterdam, en los Países Bajos, Juan Pablo Alperin, de la Universidad Simon Fraser, en Canadá, y Laura Moorhead, de la Universidad Estadual de San Francisco, en Estados Unidos– escogieron únicamente a profesionales europeos y de América del Norte. En su mayoría eran freelancers y tenían 10 o más años de experiencia en la profesión.

De acuerdo con el trío de autores, los criterios adoptados por los reporteros pueden generar algunos efectos negativos. Uno de ellos tiene que ver con la percepción de que se sienten seguros al publicar el contenido de revistas tradicionales. “Esos títulos publican muchas investigaciones importantes y de alta calidad que el público debería conocer. Pero también publican estudios problemáticos, tal como puede suceder con cualquier revista”, dijo la autora Alice Fleerackers, en una entrevista concedida al periódico británico Technology Networks.

Otro problema se relaciona con la idea de que las publicaciones científicas que exigen tarifas en dinero para publicar el contenido online, como en el caso de las de acceso abierto, está sujetas a un riesgo mayor de ser depredadoras. Es cierto que las revistas deshonestas suelen implementar estrategias de cobro agresivas, pero una parte significativa de los títulos de acceso abierto mantiene buenas prácticas editoriales. Este tipo de sesgo en la selección de los artículos científicos, tal como se sostiene en el estudio, puede privar a los lectores de la producción de publicaciones de acceso abierto de alta calidad y también soslaya el hecho de que cada vez más revistas, incluso algunas entre las más tradicionales, están migrando hacia un modelo de negocio basado en el pago de tarifas que se les imponen a los autores en reemplazo del cobro de una suscripción a los lectores.

Una señal a la que los participantes en la investigación dijeron que le prestan atención al evaluar la confiabilidad de una revista fue la presencia o la ausencia de errores ortográficos, gramaticales o de tipeo en los textos publicados: evalúan que una revista de “alta calidad” edita cuidadosamente todo lo que publica. “Pero en ocasiones la responsabilidad de la revisión recae sobre los autores del estudio, no sobre el editor”, sostiene Fleerackers. “Como el idioma dominante en la publicación de las revistas científicas sigue siendo el inglés, esto constituye una desventaja para los académicos cuyo primer idioma no es el inglés, como lo son muchos del sur global”. Para ella, los reporteros deberían pasar por una “alfabetización crítica en investigación científica”, a los efectos de lograr basar sus elecciones en la calidad de la producción científica y no en la reputación de la revista en que la misma sale publicada. “Todos podemos padecer el impacto de sesgos como los de reputación y prestigio al tomar decisiones. Lo importante es que los periodistas no dejen que esto anule su capacidad de tomar decisiones más criteriosas y críticas”, afirmó.

El diseñador alemán Andreas Siees, quien lleva adelante investigaciones sobre comunicación científica en la Universidad de Ciencias Aplicadas de Bonn-Rhein-Sieg, en Alemania, buscó otros indicadores más allá de la existencia de errores ortográficos para intentar diferenciar entre las revistas depredadoras y las que siguen las buenas prácticas. En agosto publicó un artículo en la revista Scientometrics en el que compara las características visuales de artículos científicos publicados en revistas serias y en revistas depredadoras. Su objetivo era ayudar a los lectores, periodistas inclusive, a discernir entre unas y otras. El análisis abarcó 443 publicaciones legítimas y 555 publicaciones depredadoras de acceso abierto y comprendió una evaluación de metadatos, elementos de maquetación (tipografía, espacios en blanco, tamaño de las páginas y figuras) y otros atributos visuales.

Siees halló algunas diferencias. La extensión promedio de los textos en las publicaciones potencialmente depredadoras era de 35.300 caracteres, poco más de la mitad de los 66.800 caracteres contados en los artículos legítimos. Los papers fidedignos también empleaban cuerpos tipográficos de un tamaño menor y una variedad mayor de fuentes en comparación con los deshonestos, que en general emplean las preinstaladas en la computadora, tales como Arial, Times New Roman, Calibri y Cambria. Pero no resulta fácil ver las señales sospechosas a simple vista, pues las editoriales depredadoras suelen imitar la identidad visual de las editoriales afianzadas. En el conjunto de datos que Seiss obtuvo, el diseño adoptado por editorial Elsevier en sus artículos fue el más a menudo emulado, seguido por el diseño de Springer. “Las principales distinciones visuales entre las editoriales depredadoras y las legítimas que detectamos en nuestro estudio residen en sutiles características del diseño”, escribió en el paper.

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