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Literatura

Una tradición sin impasse

Brasil pierde un intelectual de verdad, al modo antiguo: João Alexandre Barbosa

Se ha transformado en palabra corriente llamar a un profesor universitario, sea él o ella quien fuere, intelectual. La palabra perdió su inicial impacto y, en muchos casos se redujo su literalidad léxica: alguien con intelecto, alguien que piensa acerca de un tema. Quizás por la ausencia de verdaderos intelectuales, prefiriese rebautizar a los académicos con el título, antes un privilegio de pocos y, hoy, de poquísimos. Pues acabamos de perder a uno de esos seres en extinción: el profesor João Alexandre Barbosa, fallecido el mes pasado en São Paulo, víctima de una serie de complicaciones renales que se siguieron de un ACV (accidente cerebro vascular), sufrido a comienzos de este año. João Alexandre era intelectual de una especie bastante rara hoy. Estudioso de la literatura, nunca se dejó deslumbrar por las últimas teorías de la moda. En sus clases y conferencias se asistía a la transformación del conocimiento y de la erudición en posibilidades de aprendizaje y de apreciación de escritores, escribió la profesora de teoría literaria Regina Zilberman, de la Pontificia Universidad Católica de Río Grande do Sul.

Esa magia es cosa de pocos magos. Como Antonio Candido, por ejemplo, su orientador y responsable por su llegada a São Paulo, dejando Recife (donde nació en 1937), para ser asistente en la Universidad de São Paulo (USP), luego del golpe de 1964. Es de los intelectuales de verdad, capaces de releer y redescubrir, sin alardes ni modismos, lo que se esconde detrás de las grandes obras literarias. Capaces de pensar el país y entender sus sutilezas. Capaces de pensar en grande, igualmente que escribir de manera humilde, accesible, gentil. João Alexandre comenzó como abogado, formado en la Facultad de Derecho de Recife, pero no ejerció la profesión. Prefirió aventurarse por el periodismo literario, escribiendo en el Jornal do Commercio de Pernambuco. La pasión por el texto lo llevó a integrar un equipo docente fundador del curso de Periodismo de la Universidad Católica de Pernambuco. Allí, invitado por Luiz Beltrão, desarrolló mejor una de las virtudes de un intelectual de verdad: la capacidad de enseñar con placer y de amar lo que hacía.

Años más tarde, como contó en un texto para la Folha de São Paulo, ya retirado, fue requerido por un ex alumno que le ofrecía un puesto en una universidad particular y un salario que era el doble de la jubilación que recibía de la USP. Lo rechazó. Yo no quería ser enviciado, por un salario que no fuese el resultante del trabajo, que por más de 30 años, consumiera mi vida física, intelectual, afectiva y emocional, pues no me jubilé para ganar más, sino para poder aprovechar aquello que por ventura, aún me restaba de vida intelectual útil, realizando algunas cosas que la agitación de la vida de un profesor tornaba difícil o hasta imposible de cumplir. Ah, si. Grandeza es otro atributo de los reales intelectuales.

No paró de enseñar durante tres décadas. Inició la carrera en 1963, en Recife, en 1965 estaba entre el conjunto de los que formaban la Universidad de Brasília. La cosa duró poco. En el mismo año, junto a 200 colegas, fue expulsado de la facultad por el régimen militar. De ahí la buena voluntad con que aceptó la invitación de Candido para la USP, adonde llegó en 1966. Pero yo no era un orientador común, no. Ya era bien madurito y sabía rebelarme, bromeaba al recordar su doctorado concluido en 1970 (con beca de la FAPESP, que también le concedería la posibilidad de un pos-doctorado en la Universidad Yale, en Estados Unidos). Sus relecturas sobre José Veríssimo, retomadas en 1975 en La tradición del impasse,  fueron fundamentales par que se repensase la visión de la historia de la literatura brasileña. Un año antes, asumió la cátedra de teoría literaria. Gustaba de contar que la beca de la FAPESP lo ayudara a sustentar no sólo el intelecto, sino una familia de cuatro personas. En 1980 era profesor titular de teoría literaria y literatura comparad de la USP, donde ejerció diversos cargos. El más notable de ellos fue la presidencia de la Editora de la Universidad de São Paulo (Edusp), desde 1988 hasta su retiro, en 1993, a los 56 años. Hizo de la Edusp un marco editorial. Cuando yo asumí, la Edusp era una co-editora y se limitaba a prestar el sello y el prestigio de la USP para que editoras privadas ganasen dinero, contó en una entrevista. Demócrata empedernido, sólo aceptó ser director de la Facultad de Filosofía, Letras y Ciencias Humanas (FFLCH) de la universidad paulista después de ser electo por los tres cuerpos académicos. Por ello su negativa a la candidatura como rector si no fuese por elección directa. Aunque las encuestas lo señalaran como favorito. No tengo paciencia para esas cosas, decía. Prefería acciones concretas a la política de los gabinetes y salió de la FFLCH para asumir la pro-rectoría de Cultura y Extensión Universitaria, donde creó proyectos referenciales como el Naciente, o Universidad Abierta a la Tercera Edad y el Cinusp, también como la organización de la Comisión de  Patrimonio Cultural de la USP. El Naciente, el más notable de entre ellos, surgió de su voluntad personal.

Naciente – Requerido por Juca Kfouri, de la Editora Abril, que buscaba un proyecto para patrocinar, Barbosa reunió la oferta con la demanda. Pocos días antes de encontrarse con Kfouri, un alumno se quejaba de la dificultad de encontrar espacios para presentar sus talentos artísticos. La unión hecha resultó en Naciente. Cuando se jubiló, la Abril quiso cortar su colaboración, pero la insistencia de Barbosa mantuvo el proyecto funcionando y revelando gente como Fernando Bonassi o José Roberto Torero. La primera edición del premio arrancó con una fuerte declaración de Chico Buarque: Si hubiese proyectos así cuando yo estaba en la FAU, jamás habría salido de la facultad.

Después de dejar la USP, escribió aún otros cuatro libros: Biblioteca imaginaria, Entrelibros, Alguna crítica y João Cabral de Melo Neto, de la serie Folha Explica. El poeta, además fue el gran descubrimiento y pasión de João Alexandre, desde su juventud, cuando todos preferían la riqueza exuberante del texto de Gilberto Freyre a la sequedad de João Cabral, quien tuvo en Barbosa uno de sus mayores intérpretes. Dejó un libro inédito sobre otra de sus pasiones, el francés Paul Valéry, que debe ser publicado por la Editora Iluminuras. Se notará su falta en la literatura y la cultura brasileñas, dice Davi Arrigucci Jr., profesor de teoría literaria de la USP, fue un investigador ejemplar de la teoría y de la historia de la crítica literaria de Brasil, así como de la poesía moderna y contemporánea: dedicó estudios de calidad a los poetas modernistas, a João Cabral, a los concretistas, a Sebastião Uchoa Leite y a muchos otros más. Fue óptimo profesor de literatura, cuyo estudio motivaba con voz cálida y entusiasmo; sus ensayos críticos dan una medida de sus lecturas. Cuidó del libro como objeto cultural y estético; su gestión en la Edusp lo comprueba. Por encima de todo, sin embargo, lamento la ausencia del amigo, por quien siento personalmente la falta. Con su ser tranquilo, de buen humor, con la pipa siempre en su boca, enseñando de modo fácil la literatura más difícil, João Alexandre era un intelectual. Quedan pocos.

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