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Epidemolog

Viaje de riesgo

La cultura machista de camioneros contribuye a propagar el virus del Sida

LUIZ CARLOS MURAUSKAS / FOLHA IMAGEMLa enfermera Evely Pereira Koller ya sabía que los camioneros no se preocupan con la posibilidad de contraer el VIH, el virus del Sida, dos veces más común entre ellos que en el resto de la población. Casi la mitad nunca usa preservativo con la propia mujer y otro tanto sólo lo usa a veces con las novias ocasionales. Para entender el por qué adoptan ese comportamiento y se arriesgan a contraer enfermedades sexualmente transmisibles, ella y otras cuatro investigadoras de la Universidad del Valle de Itajaí (Univali), en Santa Catarina, conversaron largamente con los camioneros que entran y salen del puerto de Itajaí, uno de los mayores del país, en el litoral norte de Santa Catarina – son más de 500 por día. En busca de una visión más completa, oyeron también a funcionarios de puestos de combustibles y a hombres y mujeres que se dedican a la prostitución.

El equipo de Evely descubrió que parte del comportamiento de los camioneros de Itajaí puede ser explicada por la presión del trabajo y por los plazos cortos para recorrer largas distancias, además de la falta de unidades de atención médica preparadas para lidiar con ellos. Pesan también la cultura machista que predomina entre los camioneros y la soledad de las calles, evidente en declaraciones como el de este chofer de 27 años: Los camioneros son una especie de soldado en guerra, ¿sabe?, quiero decir, que ellos pasan de dos semanas a seis u ocho meses solitos, fuera de casa… Dios mío, para un cara de esos, cualquier mujer está buena.
Presentado en la Aids Care de julio de 2006, el resultado de los tres años de andanzas de ese grupo de la Univali alerta sobre la necesidad de nuevas medidas para reducir el riesgo de contaminación por el VIH y otras enfermedades sexualmente transmisibles. “Tal vez sea necesario más que campañas educativas tradicionales que explican a los camioneros por qué es necesario usar preservativo en las relaciones sexuales fuera de casa”, comenta Evely. “Tal vez sea necesario crear campañas educativas para las mujeres de esos choferes para que comiencen a aceptar un casamiento abierto y pasen a colocar preservativos junto con las ropas del marido antes del viaje, protegiendo, así, a ellas mismas.” Monica Malta, epidemióloga de la Fundación Oswaldo Cruz que participó en ese estudio, agrega: “Es difícil creer que, más de dos décadas después de identificados los primeros casos de infección por el VIH, muchas personas aún no se sientan vulnerables, aunque hagan sexo desprotegido y usen drogas”.

De modo general, quien vive al volante de un camión mantiene relaciones sexuales con más de una persona. Los propios camioneros atribuyen ese comportamiento a las condiciones de trabajo y a la cultura de la propia profesión. Muchas veces ellos tienen que esperar durante días en el puerto hasta que dejen una carga o consigan otra. Sin tener lo que hacer, desde hace ya  semanas lejos de casa, no es difícil conseguir una compañía, toda vez que, dicen, el asedio de prostitutas es intenso. Es un chofer de 49 años el que cuenta: Hay, digamos, una especie de persecución, ¿sabe? Esas mujeres van atrás de uno. Y nosotros somos seres humanos, ¡Dios mío! Ellas comienzan así: “Hey, querido, ¿se quiere divertir?” ¿qué haría usted? Uno simplemente no consigue resistir…

Lo que más preocupa a Evely no es la cuestión moral de un hombre tener amantes – mujeres, hombres o travestís – y traicionar a su mujer, pero el hecho de que sus hábitos sexuales los convierten altamente vulnerables a contraer enfermedades sexualmente transmisibles y contaminar a otras personas en regiones distantes. “Los camioneros funcionan como una población-puente para los virus”, observa Monica.

La cultura machista se suma al desprecio por las posibles consecuencias del sexo sin protección – y así los camioneros se sienten menos vulnerables. “Ellos nunca piensan que también puede suceder con ellos”, dice Evely. Como consecuencia, los hombres de la carretera adoptan criterios poco confiables tanto para escoger a las compañeras como para decidir si es seguro hacer sexo sin preservativo. Una muchacha en un restaurante, en una cafetería, ella es medio diferente. Usted puede confiar en ella…, afirmó un de los choferes entrevistados. La falta de acceso a los servicios de salud agrava ese cuadro de desinformación sobre las enfermedades sexualmente transmisibles y otras enfermedades comunes entre los choferes, como la diabetes y la hipertensión.

“Ese comportamiento no es exclusivo de la región de Itajaí”, afirma Helena Lima, psicóloga con doctorado en salud pública. De 2002 a 2005 ella coordinó un estudio nacional, financiado por el Ministerio de la Salud y por los Centros de Control y Prevención de Enfermedades (CDC) de los Estados Unidos, confirmando lo que hace casi diez años las higienistas Regina Lacerda y Neide Gravato habían observado en el puerto de Santos, el mayor del país, por donde pasan diariamente de 2 mil a 5 mil camiones.

“Los hábitos sexuales y de consumo de alcohol y drogas son siempre los mismos en las ciudades portuarias”, cuenta Regina, técnica de la Secretaria Municipal de la Salud de Santos e integrante de la organización no-gubernamental Asociación Santista de Investigación, Prevención y Educación (Asppe, la sigla en portugués), que trabaja con portadores de VIH y otras enfermedades sexualmente transmisibles. Durante tres años Regina y Neide reunieron a agentes de salud, hicieron un mapa del comportamiento sexual de los camioneros del puerto de Santos e iniciaron campañas de orientación sobre enfermedades sexualmente transmisibles y otros problemas de salud, en alianza con los sindicatos de los camioneros y de los trabajadores del puerto.

Tamaña movilización anduvo un tanto y, después, paró. “Nada más fue hecho de modo sistemático desde 2003”, lamenta Regina, que aún tiene razones para  preocuparse con la situación. Ella acaba de concluir un estudio con 175 prostitutas del Puerto de Santos mostrando que 5,7% cargan el VIH en la sangre. Es una tasa semejante a la de casi 20 años atrás, cuando comenzaron los programas de prevención a las enfermedades sexualmente transmisibles en los puertos.

“El puerto es el centro de un gran corredor de transporte, que facilita la circulación de enfermedades”, dice ella. “Como allí no hay tiempo para la preocupación con la salud, el trabajo de prevención debe ser constante, con oferta de informaciones, preservativos y de exámenes rápidos para detectar el VIH.”

En Itajaí, Evely insiste en reuniones con camioneros y prostitutas con el fin de verificar si son capaces de, por cuenta propia, involucrarse en campañas para evitar la diseminación de enfermedades sexualmente transmisibles y de exigir la implantación de servicios de salud en las carreteras y en los puertos

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