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Medio ambiente

Cómo monitorear el fuego

Datos satelitales suministran información al Inpe y a la Nasa y confirman un aumento de los focos de incendios en la Amazonia

Puntos de calor detectados por los sensores Modis de los satélites Aqua y Terra entre el 15 y el 22 de agosto

Terra Observatory/ Nasa

Entre los meses de enero y agosto de este año, dos instituciones de investigación que monitorean la evolución de los focos de incendios forestales en la Amazonia brasileña registraron la mayor cantidad de tales eventos en ese bioma desde los ocho primeros meses de 2010. El Programa Quemas, del Instituto Nacional de Investigaciones Espaciales (Inpe, en portugués), computó 46.825 focos de calor; el Global Fire Emissions Database, una colaboración de la Nasa, la agencia espacial estadounidense, con otras instituciones, listó 90.392 puntos de incendios. En el mismo período de 2010, que fue un año bastante seco, el Inpe había registrado 58.476 focos y la Nasa, 106.083. A causa de que emplean métodos distintos, las cifras absolutas de los dos estudios no son iguales. Los registros de la agencia estadounidense siempre son mayores que los del instituto brasileño. Pero hay una explicación técnica para ello.

Para elaborar su serie histórica, el Inpe utiliza solamente los datos de uno de los dos pasos diarios del satélite Aqua sobre la Amazonia, algo que ocurre alrededor de las 14 h (según el huso horario de Brasilia), durante el período del día en el que habitualmente hay más focos de fuego. Por la tarde, el aire está más caliente, propiciando el uso y la propagación del fuego en la vegetación. En tanto, la Nasa utiliza las informaciones de los dos sobrevuelos del Aqua (el segundo ocurre en horas de la madrugada) y también las registradas por los dos pasos del satélite Terra sobre la región, el primero a las 10:30 y el segundo a las 22:30. La opción de incluir los datos de todos los sobrevuelos de ambos satélites puede generar que un único incendio que dure muchas horas sea contabilizado por más de un satélite y más de una vez, lo que tiende a inflar las cifras registra la agencia espacial estadounidense.

Diferencias técnicas aparte, ambos programas han detectado, año tras año, una misma pauta en los incendios forestales en la región. Cuando la cantidad de focos detectados por uno de los monitoreos oscila hacia arriba o hacia abajo, el otro programa registra lo mismo (vea el gráfico en la página de al lado). “El recuento de focos de la Nasa y el nuestro constituyen excelentes indicadores de la presencia de fuego en la vegetación y permiten efectuar comparaciones temporales y espaciales para intervalos mayores a 10 días”, comenta Alberto Setzer, coordinador del Programa Queimadas del Inpe. “Pero no se las debe considerar como un registro absoluto de la existencia de fuego, cuya incidencia es mayor de lo que indican los focos”.

Bruno Rocha/ Fotoarena Un incendio en las proximidades de la localidad de Porto Velho, en el estado de Rondônia, el 9 de septiembre pasadoBruno Rocha/ Fotoarena

Según la serie histórica elaborada por el Inpe desde 2003, la cantidad de focos de calor durante los ocho primeros meses de este año equivalen a la mitad de los registros entre enero y agosto de 2005 (más de 90 mil focos de incendios), el peor año en cuanto a los incendios en la Amazonia. De acuerdo con los datos que maneja la Nasa, los ocho primeros meses de 2005, con 170 mil focos de calor, también surgen como el período entre enero y agosto con más incendios en la región. El recrudecimiento actual del fuego en la Amazonia, si bien se ubica en niveles más bajos que en los peores años de la década pasada, es preocupante y podría ser una señal de lo que está por venir. El número de focos detectados entre enero y agosto de este año fue el doble de lo registrado en el mismo período durante 2018, tanto en el conteo del Inpe como en el de la Nasa. Históricamente, más del 50% de los focos de incendio, a veces hasta un 80%, ocurren en el cuatrimestre final de cada año. El mes de septiembre suele ser el mes más seco en la región y también el del apogeo histórico en cantidad de incendios, ya sean de origen natural, provocados por rayos, o a causa de la acción humana.

“El fuego no forma parte del ecosistema amazónico, a diferencia de lo que ocurre en la ecorregión del Cerrado, la sabana brasileña”, explica el cartógrafo Britaldo Soares-Filho, experto en modelado ambiental de la Universidad Federal de Minas Gerais (UFMG). “Sr trata de una herramienta para facilitar el desmonte en la región”. Al ser más seco y poseer una vegetación menos profusa, los incendios naturales son más frecuentes en el Cerrado; en la Amazonia, la selva es densa y llueve más. Según el análisis del investigador, los focos de incendios en la Amazonia están esencialmente asociados a la actividad humana. “En primera instancia, se talan los árboles pequeños y arbustos del denominado sotobosque, que se dejan ahí para que se sequen. Luego, esa biomasa es inflama para facilitar el derribo de los árboles mayores. En algunos casos, se utilizan motosierras y tractores con enormes cadenas para extraer esos ejemplares”.

Incluso cuando se talan los árboles por medios mecánicos, las partes remanentes sin valor comercial deben incendiarse para poder destruirlas. Como el surgimiento natural del fuego es raro en el bioma de la Amazonia (no debe confundirse con lo que se define como Amazonia Legal, que aparte de la selva espesa abarca áreas de vegetación de transición, y de los biomas Cerrado y Pantanal), los científicos atribuyen el origen de los incendios forestales a la intervención humana. “Efectuamos una evaluación y constatamos que, entre los meses de enero y julio de este año, los 10 municipios amazónicos con más registros de focos de incendios forestales también fueron los que tuvieron mayores tasas de desmonte”, explica el ecólogo Paulo Moutinho, del Instituto de Estudios Ambientales de la Amazonia (Ipam, en portugués), una organización no gubernamental con sede en Belém, la capital del estado de Pará. Al tope de la lista, la localidad de Apuí, en el sudeste del estado de Amazonas, concentró 1.754 focos ígneos y 151 kilómetros cuadrados (km2) de desmontes. La ciudad paraense de Altamira se ubicó en segundo lugar en cuanto al número de focos de incendios (1.630), pero registró la mayor área talada (297 km2).

Más de la mitad de los incendios forestales en la región norte de Brasil se producen en el tercio final de cada año, durante la época de mayor sequía

El mapeo de la superposición entre incendios y desmontes no resulta sencillo. A menudo, el fuego en la parte de la selva denominada sotobosque puede quedar oculto al monitoreo satelital y los troncos mayores recién son incinerados meses después de su corte, por lo que puede dificultarse asociar los incendios con la deforestación. Para analizar lo que se denomina el fuego del desmonte, Moutinho y otros colegas del Ipam y de la Universidad Federal de Acre (Ufac) cotejaron los registros de incendios con datos meteorológicos sobre las lluvias en la Amazonia. Los registros de precipitaciones fueron provistos por el sistema Chirps, de la Universidad de California en Santa Bárbara, de Estados Unidos, que combina información pluviométrica de estaciones meteorológicas con imágenes satelitales para, de ese modo, elaborar un registro de la distribución de las lluvias con una resolución de 5 kilómetros (km). A continuación, los investigadores cruzaron las informaciones del Chirps con las del Programa Queimadas, del Inpe. “Este año notamos, hasta ahora, una sequía más leve, pero con una explosión del número de focos de calor”, resume Moutinho.

Para el ingeniero forestal Tasso Azevedo, coordinador del proyecto MapBiomas, una iniciativa del Observatorio del Clima (una ONG que agrupa a 36 organizaciones de la sociedad civil brasileña) que mapea el uso de la tierra en Brasil, las quemas y la tala no son fenómenos planificados con demasiada minuciosidad. “Como el 95% de la deforestación es ilegal, su aparición está directamente asociada al riesgo de que el infractor sea descubierto”, dice Azevedo. “Si el riesgo es menor, la tala ilegal vale la pena. El infractor supone que, al desmontar y ocupar un área, conseguirá regularizarla”.

La radiación térmica
A partir del 1986, el Programa Quemas (Inpe) mapea el territorio nacional utilizando satélites que detectan la radiación térmica emitida por el fuego: ondas electromagnéticas con pico de longitud de onda entre 3,7 y 4,1 micrones. En la actualidad, en el proyecto se procesan imágenes suministradas por nueve satélites diferentes y se emplean tres tipos de sensores ópticos para generar el mayor número posible de alertas de focos ígneos. El programa, útil para monitorear incendios forestales, también es capaz de localizar áreas en las cuales el factor humano produce grandes conglomerados de focos. Más allá de las quemas para la limpieza de pasturas o preparación de tierras de labranza y el fuego de los desmontes, el sistema detecta otros focos producidos por la quema del bagazo de la caña e incendios urbanos.

Un foco de calor tan pequeño como un frente de incendio de 30 metros de extensión por 1 metro de ancho puede ser registrado por el instrumental de observación instalado en los satélites. Actualmente, se utilizan tres generaciones de sensores para esa finalidad: el AVHRR, el más antiguo; el Modis, de tecnología intermedia, y el VIIRS, más moderno. Un instrumento de este último tipo –presente en los satélites Suomi NPP y NOAA-20, de la National Oceanic and Atmospheric Administration (NOAA), de Estados Unidos– detecta 10 veces más focos de incendios que un Modis a bordo de los satélites Aqua y Terra, ambos de la Nasa. Las nubes de lluvia se erigen como un obstáculo para el buen funcionamiento de los sensores, pero no así las nubes de humo provenientes de las quemas.

El programa Global Fire Emissions Database registra los focos de calor en la Amazonia teniendo como referencia los satélites Terra y Aqua. Además de monitorear la localización de los focos de calor, los satélites registran la intensidad del incendio. Esta variable, que se mide bajo la denominación FRP (las siglas en inglés de potencia radiactiva del fuego), registró un promedio alto en el mes de julio y, en agosto, escaló en forma aún más incisiva. “La potencia radiactiva del fuego es una medida instantánea de la energía emitida”, explica Niels Andela, coordinador de las observaciones del programa de la Nasa. “El fuego de los desmontes suele tener emisiones más energéticas porque arde a partir de la madera acumulada con gran concentración de biomasa. Es diferente a lo que ocurre con el fuego que consume hierbas, que tiene una carga combustible menor”.

Si pudieran monitorearse en forma ininterrumpida los focos de incendios, las mediciones de FRP podrían apuntar la cantidad de biomasa incinerada. Para ello, sería necesario contar con un flujo de datos continuos generados por satélites geoestacionarios –que monitorean siempre una misma región de la Tierra– y con mejor resolución que la disponible actualmente. Los satélites atmosféricos en órbita polar, tales como son el Aqua y el Terra, no se prestan para ese tipo de servicio. “Pese a ser tan solo el retrato de un momento, las mediciones actuales de FRP [provistas por el Aqua y el Terra] también guardan una correlación fuerte con la biomasa quemada”, pondera Andela. “Los valores promedio de este año son relativamente altos e indican un fuego asociado al desmonte”.

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