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Etología

Cultura primate

La transmisión de las prácticas de uso de herramientas entre los monos capuchinos ayuda a repensar el rol de las tradiciones en la evolución

El uso de piedras para romper frutos resulta bastante común entre los ejemplares de esta especie

Tiago Falótico/USP

Levantando una piedra por encima de su cabeza, el joven Porthos golpea vigorosamente el suelo arenoso y trata de abrir un pozo. Su objetivo: una araña, que pronto logra desenterrar y restriega entre las manos para atontarla y acto seguido comérsela. Prothos es un mono capuchino de la especie Sapajus libidinosus, que habita en el Parque Nacional Serra da Capivara, en el estado brasileño de Piauí, objeto de estudio de científicos del Instituto de Psicología de la Universidad de São Paulo (IP-USP). El biólogo Tiago Falótico ha caracterizado el uso de herramientas entre los animales de esta especie y reveló, en un artículo publicado en julio en la revista Scientific Reports, que la actitud del joven macho presupone conocimiento, aprendizaje y transmisión de prácticas culturales –o tradiciones, tal como algunos prefieren denominarlas cuando los sujetos no son humanos– dentro de grupos sociales. Esta investigación se enmarca en un cuerpo teórico que apunta a entrelazar biología, ciencias sociales y humanas y recientemente redundó en la creación de la Sociedad de Evolución Cultural. Su asamblea inaugural acaba de llevarse a cabo en Alemania, del 13 al 15 de septiembre.

Por el momento, el uso de piedras como herramientas para cavar sólo fue documentado en esa población. Especialmente cuando se trata de desenterrar arañas, se requiere experiencia. El estudio, resultado de observaciones realizadas durante el doctorado de Falótico, concluido en 2011 bajo la dirección de tesis del biólogo Eduardo Ottoni, muestra que casi un 60% de los monos adultos y jóvenes (como en el caso de Porthos) tiene éxito en esa tarea. Por otra parte, los monos juveniles (equivalentes a los niños humanos), sólo lo logran en poco más del 30% de los casos. Eso sucede porque es preciso reconocer el revestimiento de seda que obtura la cueva del arácnido, señal de que su ocupante se encuentra dentro. “A veces, los novatos excavan en una madriguera que recientemente fue abierta por otro congénere”, relata Falótico. Ciertos tubérculos, que se asemejan a las papas, de la planta conocida en Brasil como farinha-seca (Thiloa glaucocarpa) también son desenterrados con mayor eficiencia por los adultos de la especie. En tanto, las raíces de laurel (Ocotea), otro de los alimentos de estos primates, pese a requerir el uso de piedras de mayor tamaño, no parecen presentar un reto especial para los aprendices. Los monos Sapajus de ambos sexos se mostraron igualmente capaces de excavar munidos con piedras, con un porcentaje de éxito similar, aunque ellos parecen tener mayor interés en esa actividad: de las 1.702 observaciones efectuadas, el 77% involucraba a machos y tan sólo un 23% a hembras.

“Esperábamos detectar una correlación entre el uso de herramientas y la escasez de alimentos, pero no fue eso lo que observamos”, relata Falótico. Si los monos de Serra da Capivara encuentran algo comestible que requiera el uso de herramientas, recurren a ellas. Su modo de vida, en el cual se pasan la mitad del tiempo en el suelo rodeados de piedras y pequeñas ramas, parece ser propicio para el desarrollo de habilidades. Pero no se trata tan sólo de eso. Si bien no hay diferencia entre los sexos en cuanto a los hábitos alimenticios, las hembras nunca utilizan ramitas, que sus compañeros sí emplean para sacar lagartos de las hendijas y extraer insectos de troncos, por ejemplo. La diferencia tan sólo radica en el interés, en apariencia. “Cuando un macho ve a otro utilizando una varilla, lo observa atentamente; si es el caso de una hembra, aunque esté al lado del que está usando una herramienta, no se interesa y mira hacia otro lado”.

Los primates de la misma especie que habitan en la finca Boa Vista, en Gilbués, situada a unos 300 kilómetros (km) hacia el sudoeste, poseen tradiciones distintas en el uso de herramientas. Allí, en un área con mayor influencia del Cerrado [sabana] que de la Caatinga [matorral xerófilo], las piedras son menos abundantes, pero necesarias (y utilizadas) para romper cocos. Ramitas hay por todas partes, pero no se utilizan. Esa disociación cultural entre grupos de monos se estudió en el marco de un experimento elaborado por el psicólogo Raphael Moura Cardoso durante el desarrollo de su tesis doctoral, bajo la dirección de Eduardo Ottoni y posteriormente relatada en un artículo publicado en la revista Biology Letters en 2016. Ellos dispusieron –tanto en la estancia Boa Vista como en Serra da Capivara– cajas de acrílico repletas de melaza de caña de azúcar. El único modo de extraer la golosina era mediante una abertura en la parte superior con un ancho apenas suficiente para introducir ramitas. “En Serra da Capivara, un macho inmediatamente golpeó la caja con una piedra”, recuerda Ottoni, quien precavido, había ideado ese artilugio “a prueba de monos capuchinos”. “Como eso no surtió ningún efecto, el mono largó la piedra, se rascó la cabeza y tomó una ramita”. Él bromea con el hecho de que ni siquiera tuvo que editar el video para mostrarlo en un congreso, ya que fue una acción continua e inmediata. Durante los cinco días que dejó expuesta la caja, 10 de los 14 machos emplearon varillas inmediatamente en su primer encuentro y tan sólo los tres más jóvenes no lo lograron. Los restantes tuvieron un 90% de éxito en esa labor. Las hembras no lo intentaron, al igual que los monos de la finca Boa Vista. Allí, los investigadores incluso intentaron ayudarlos: luego de seis horas librados a esa tarea, los primates se topaban con una ramilla inserta en la ranura. Si bien la sacaban y lamían la melaza adherida al extremo, ninguno de ellos volvió a introducir la herramienta en la caja en el curso de los 13 días que duró el experimento. Lo sorprendente fue que los monos de Boa Vista, eximios partidores de cocos, no intentaran romper la caja. “Yo lo esperaba de ellos, no de los otros”, dice Ottoni.

Tiago Falótico/USP Jóvenes aprendices intentan sacar provecho de una excavación efectuada por una hembraTiago Falótico/USP

Aprendizaje social
Los resultados, sorprendentes, pueden apuntalar la importancia de la transmisión de las tradiciones entre los primates. La portada de la edición del 25 de julio de este año de la revista PNAS contiene justamente la foto de un mono capuchino de la finca Boa Vista comiendo una castaña que logró romper con ayuda de una gran piedra redonda, visto de cerca por un ejemplar más joven. La imagen anuncia una compliación especial sobre cómo la cultura se conecta con la biología, de la cual forma parte un artículo del grupo liderado por las primatólogas Patrícia Izar, del IP-USP, Dorothy Fragaszy, de la Universidad de Georgia, en Estados Unidos, y Elisabetta Visalberghi, del Instituto de Ciencias y Tecnologías Cognitivas, en Italia, sobre los monos de la finca Boa Vista, a los que estudian de manera sistemática desde 2006. Entre las observaciones reunidas a lo largo de ese tiempo, llama la atención la tolerancia de los adultos en relación con los jóvenes aprendices que observan de cerca e incluso se comen pedazos de los cocos partidos. “Los adultos compiten por los recursos y los jóvenes pueden quedarse cerca”, relata Patrícia Izar. Los análisis publicados en el artículo reciente revelan mucho más que esa proximidad: los partidores de cocos influyen en la actividad de los otros, especialmente en los jóvenes, que también empiezan a manipular guijarros y cocos. Eso dura algunos minutos. “La tradición canaliza la actividad hacia el mismo tipo de acción importante para esta tradición”, define.

Izar resalta que los monos nacen en ese contexto. “Muchas veces vemos crías sobre la espalda de las madres mientras ellas se dedican a esa tarea”, relata. Con ese aprendizaje continuo, acaban convirtiéndose en expertos en esa tarea. Pero no basta con observar, y de allí la importancia de que las crías sean atraídas por la actividad de los adultos, principalmente de aquéllos más eficaces. “El éxito pasa por la percepción de la tarea y las propiedades de la herramienta”, precisa, describiendo un complejo cuerpo-herramienta donde constantemente se requiere ajustar fuerza, gestos y postura. Cuando rompen frutos de la palmera tucum [Astrocaryum vulgare], un coquito menos resistente, los monos adecuan la fuerza de los golpes luego de oír el sonido de la cáscara al romperse, reveló el grupo en un artículo publicado el año pasado en la revista Animal Behaviour. Para cocos más difíciles, ellos elijen piedras que pueden llegar a ser más pesadas que su propio cuerpo. Y la selección de la piedra es criteriosa, según mostró un experimento en el que Izar y su grupo aportaron piedras artificiales de diverso tamaño, peso y densidad. Las piedras grandes inmediatamente llamaban la atención de los primates, pero si eran poco densas –más livianas de lo que aparentaban– las abandonaban. “Ellos perciben que el peso es importante para partir frutos”, dice Patrícia Izar.

Tiago Falótico/USP El uso de piedras para excavar sólo fue descrito en Serra da CapivaraTiago Falótico/USP

Esas sociedades primates alteran el ambiente. Los monos escogen piedras o troncos aplanados como base para romper cocos, y llevan hacia allí las escasas piedras grandes y duras que encuentran en su hábitat. Esa conformación resulta importante no sólo también por crear talleres de cascado, sino también por canalizar la posibilidad de aprendizaje, ya que todos saben dónde se realiza esa actividad y pueden observarla. “No tiene sentido pensar en una maduración motriz independiente del contexto social, alimentario”, dice la bióloga Briseida Resende, también del IP-USP y coautora del artículo de la PNAS. El desarrollo individual depende de las experiencias de cada uno, de sus capacidades físicas y del patrimonio cultural acumulado por el grupo, en el cual la creación de una innovación puede difundirse, perpetuarse y pasar a formar parte de la cultura preservada por generaciones. Resende sostiene que individuo y sociedad son indisociables, aunque históricamente se los haya considerado entidades distintas.

Una teoría revisada
La confluencia de la evolución cultural y la biológica es, justamente, el foco de la síntesis extendida, ahora cimentada a partir de la fundación, en 2016, de la Sociedad de Evolución Cultural, siendo su primer presidente el zoólogo Peter Richerson, de la Universidad de California en Davis, cuyo grupo otorga preeminencia a la estadística. Este enfoque conjunto amplía el panorama evolutivo, puesto que la transmisión de ideas o innovaciones no ocurre exclusivamente entre padres e hijos y puede aportar ventajas selectivas favoreciendo las capacidades cognitivas y sociales relevantes. También considera que la cultura podría influir sobre aspectos físicos, tales como la conformación y el tamaño del cerebro, o en el desarrollo de habilidades que, a su vez, consolidan el comportamiento. Los genes y la cultura, dos vías de transmisión de la información, se interrelacionan por lo tanto en una vía de doble mano.

La oportunidad de observar el surgimiento y la difusión de comportamientos es rara, y por eso, los abordajes experimentales que provocan innovaciones configuran un importante agregado a los comportamientos diversos de los monos capuchinos de Piauí. Herramientas estadísticas recientes podrían colaborar para una profundización de dicha comprensión, como es el caso del Análisis de Difusión Basado en Redes (Network-Based Diffusion Analysis) que el grupo de Ottoni está empezando a utilizar. “El programa elabora una red social aleatoria y la compara con la realidad”, explica el investigador, quien confiere mayor solidez a los análisis insertándoles características medidas entre los sujetos en cuestión. En el mes de agosto de 2016, en el marco del congreso de la Sociedad de Primatología Internacional, celebrado en Chicago, Ottoni presentó los resultados del experimento realizado por la bióloga Camila Coelho durante su doctorado, que él dirigiera, en el marco de una pasantía en la Universidad de Durham, en el Reino Unido, para aprender el método. Los resultados indican que, en el caso de los Sapajus, el aprendizaje social contempla la difusión de información en la especie.

Hasta hace medio siglo, el uso de herramientas se consideraba una prerrogativa humana. Al estudiar a los chimpancés de Tanzania, la inglesa Jane Goodall derrumbó esa exclusividad y, de cierto modo, promovió una redefinición de las fronteras entre humanos y animales. Se ha descubierto mucho desde entonces, pero hablar de cultura animal aún encierra cierto malestar. Aunque tal vez no por mucho tiempo más.

Luca Antonio Marino Tolerancia: macho adulto de la finca Boa Vista come una castaña partida mientras un joven lo observa de cercaLuca Antonio Marino

Con las hormonas al mando

Entre los mamíferos, el cuidado de las crías está ligado a la hormona oxitocina. El grupo que lidera Maria Cátira Bortolini, de la Universidad Federal de Rio Grande do Sul, describió hace pocos años las variaciones en la molécula de oxitocina en aquellas especies de primates en las cuales se observan buenos padres. Ensayos farmacológicos efectuados en el laboratorio del bioquímico Claudio Costa-Neto, de la Facultad de Medicina de Ribeirão Preto de la USP, dilucidaron ahora el recorrido de la oxitocina en el interior de las células y verificaron que los receptores de las formas alteradas se encuentran más expuestos en las membranas de las células, de manera tal que el sistema no se desensibiliza. “Es como si el mono recibiese constantemente la indicación ‘tengo que cuidar a las crías’”, explica Cátira Bortolini. Esto resulta crucial para la supervivencia de los titíes, entre los cuales es común que tengan crías gemelas, por ejemplo.

Este resultado figura en un artículo publicado en agosto en la revista PNAS, que también describe el resultado de la aplicación de esas oxitocinas en ratas por medio de inhalaciones, en un experimento llevado a cabo en colaboración con el fisiólogo Aldo Lucion, de la UFRGS. Las hembras lactantes, atiborradas de oxitocina, poco alteraron su comportamiento. Pero los machos tratados con la hormona alteraron radicalmente su hábito de ignorar a las crías y corrieron a husmearlas, una reacción que fue tres veces más rápida con la oxitocina de tití.

Los cébidos, una familia de primates platirrinos que incluye a los monos capuchinos (Sapajus), también disponen de un tipo de oxitocina que incrementa la propensión a la paternidad activa. Los grupos de Cátira Bortolini y Ottoni iniciaron recientemente una colaboración para el estudio de las características genéticas en machos más y menos protectores. “Ya hemos logrado extraer material genético de muestras de excrementos y estamos seleccionando los genes proclives a ser rastreados”, relata la investigadora, fascinada con la tolerancia de los machos y las habilidades cognitivas de los primates del estado de Piauí. “La capacidad de innovar, por un lado, y la de sentarse a observar, por otro, son necesarias para el desarrollo y la transmisión de rasgos culturales adaptativos y ciertamente existe un patrón genético subyacente”.

Projetos
1. Uso de herramientas por monos capuchinos (Sapajus libidinosus) salvajes: Ecología, aprendizaje social y tradiciones conductuales (nº 14/04818-0); Modalidad Proyecto Temático; Investigador responsable Eduardo Benedicto Ottoni (USP); Inversión R$ 609.276,69.
2. Variabilidad del comportamiento social entre monos capuchinos (género Cebus): Análisis comparativo entre poblaciones para el estudio de correspondencias fisiológicas (nº 08/55684-3); Modalidad Ayuda a la Investigación – Regular; Investigadora responsable Patrícia Izar (USP); Inversión R$ 186.187,33.
3. Desarrollo de nuevos ligandos/ drogas con acción agonística selectiva (biased agonism) para receptores de los sistemas renina-angiotensina y calicreínas-cininas: Nuevas propiedades y nuevas aplicaciones biotecnológicas (nº 12/20148-0); Modalidad Proyecto Temático; Investigador responsable Claudio Miguel da Costa Neto (USP); Inversión R$ 3.169.674,21.

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