Prêmio CBMM
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José Goldemberg

José Goldemberg: De crítico a defensor

Voz de oposición a las centrales nucleares y uno de los pioneros en la defensa del etanol, el ex rector de la USP realiza un balance de sus 60 años de vida académica

MIGUEL BOYAYANEn primera instancia fue la revista Time, que en diciembre de 2007 citó al físico y ex rector de la Universidad de São Paulo (USP), José Goldemberg, en una lista de héroes mundiales de la defensa del medio ambiente, en reconocimiento por un artículo que él escribiera en el año 1978 en la revista Science, anticipando las ventajas para el ambiente que proporciona el etanol. Luego fue el turno de la Asahi Glass Foundation, de Japón, que en junio otorgó a Goldemberg su premio Planeta Azul, con derecho a cincuenta millones de yenes (el equivalente por ochocientos mil reales), por “su gran contribución en la formulación e implementación de diversas políticas asociadas con perfeccionamiento en el uso y conservación de la energía”, destacando un concepto formulado por él, según el cual, para desarrollarse, los países pobres no necesitan repetir paradigmas tecnológicos erigidos en el pasado por los países ricos. Durante el mismo mes, el Instituto de Estudios Avanzados de la USP promovió un coloquio para discutir el futuro de la USP y del país y homenajear los sesenta años de carrera universitaria de Goldemberg, abordando sus temas de interés: ciencia, energía, universidad, tecnología, medio ambiente. La cosecha de lauros dejó al físico satisfecho, aunque algo compungido. “Esas cosas son siempre embarazosas. ¿Por qué justo a uno, si otros también hicieron sus aportes?”

A sus ochenta años, casado por segunda vez, padre de cuatro hijos y abuelo de cinco nietos, el “gaúcho” (natural de Río Grande do Sul) José Goldemberg aún es uno de los principales referentes del país en planeamiento energético. Conquistó ese status en la década de 1970, luego de más de veinte años de trabajo como profesor de física nuclear, para convertirse en una voz crítica de la construcción de centrales atómicas planificadas por los gobiernos militares. Fue presidente de la Sociedad Brasileña de Física y de la Sociedad Brasileña para el Progreso de la Ciencia (SBPC), cargos que lo acreditaron para ocupar importantes cargos luego de la redemocratización: presidente de la Compañía Energética de São Paulo desde 1986 hasta 1989; secretario de Medio Ambiente y de Ciencia y Tecnología y ministro de Educación durante el gobierno de Collor de Mello, desde 1990 hasta 1992, sin que por tales cargos interrumpiera su labor académica. Desde 2003 hasta 2007 ocupó la Secretaría Estadual de Medio Ambiente de São Paulo. Actualmente sigue con sus actividades en la USP, como investigador del Centro Nacional de Referencia en Biomasa, dependiente del Instituto de Electrotecnia y Energía (IEE/USP), y coordina la Comisión de Bioenergía del gobierno paulista. En la siguiente entrevista, Goldemberg rememora su trayectoria académica, habla del futuro del etanol y de la energía nuclear, y discute las perspectivas de la universidad brasileña.

Los organizadores del premio Planeta Azul destacaron su contribución para la investigación sobre la racionalización del uso de la energía, con énfasis en el concepto de leapfrogging, o “salto tecnológico” en energía que usted formuló. ¿Cuál es la importancia de ese concepto?
Hasta la crisis del petróleo, durante la década de 1970, los economistas consideraban que la renta per cápita se hallaba ligada de manera indisoluble con el consumo de energía. Esa relación lineal fue desacreditada durante esa misma década. Yo me hallaba trabajando en Princeton y comenzamos a percibir que la razón por la cual la energía crecía junto con la renta per cápita era simple: no se optimizaba el sistema. Las lámparas eran ineficientes, así como las heladeras y los automóviles. Cuando fue evidente que las reservas de energía no eran infinitas y representaban un peso creciente en la economía y en los gastos personales, la gente comenzó a optimizar y desde entonces se desacoplaron la energía y el crecimiento de la renta. Se hizo un esfuerzo muy grande en ese sentido en los países ricos. Sucede que pertenezco a un país en desarrollo. En un país como el nuestro, pregonar la necesidad de utilizar menos energía simplemente no es popular. Parecería hasta un método para mantener a las personas en la pobreza. Entonces percibí uno de los motivos por los cuales se alegaba eso. Sucedía que, cada vez que se instalaba alguna cosa en Brasil, se utilizaba una tecnología antigua. El Banco Mundial utilizaba eso como estrategia. Se imaginaba que los países en desarrollo debían introducir tecnologías ya consagradas. En caso contrario, no se dispondría de los recursos humanos para realizar el mantenimiento. Noté que repetir ese camino no era necesario, que se podría dar un salto al frente, y por eso el nombre de leapfrogging.

¿Qué ejemplos mencionaría como de “salto tecnológico”?
El mejor ejemplo es el teléfono celular. Como la telefonía fija es muy cara “es necesario instalar cables” frecuentemente no se la provee en forma adecuada en los países en desarrollo. Hoy, mediante una antena, se atiende una región rural que demoraría años para recibir cables. Véase el caso de la siderurgia. Se introdujo en Brasil por Volta Redonda (en el estado de Río de Janeiro) que se convirtió en un lugar altamente contaminado. Luego se fue desarrollando el parque siderúrgico nacional y las siderúrgicas se volvieron limpias porque Brasil dejó de comprarle a Estados Unidos para comprarle a Japón. Todo concepto, cuando es desarrollado, llama la atención. Ahora parece un asunto trivial. Pero el progreso es así. Sólo es trivial más tarde. El alcohol también constituyó una manera de saltar al frente. Brasil desarrolló un combustible renovable para sustituir a la gasolina. No estamos repitiendo la trayectoria del pasado.

En 1978 usted escribió un artículo que ahora recuerda la revista Time como premonitorio, por mostrar las potencialidades ambientales del etanol. ¿Qué perspectiva avizora para el etanol brasileño?
La revista Time me ensalzó como uno de los héroes de la ecología -como quien sabe lo que va a acontecer en el futuro. Quisiera justificarme. Había otras personas involucradas en ese programa del alcohol y ellas me eligieron a mí. Eso siempre es embarazoso, aunque es la percepción de los otros. Mi visión es la siguiente: en 1978, el etanol fue promovido por parte del gobierno porque el precio del azúcar en el mercado internacional se hallaba bajo. Aparte, Brasil ostentaba cifras enormes por importación de petróleo. Los dueños de ingenios y algunas personas del gobierno consideraron que desviar un poco de la producción de azúcar para producir etanol resultaría beneficioso, porque resolvería su problema y reduciría la importación de petróleo. Reflexionando acerca del asunto, me pregunté: “Existen ventajas para el productor y para Petrobras, pero ¿desde el punto de vista ambiental?” Entonces quise hacer un ejercicio numérico, cosa que el físico sabe hacer. ¿Cuánta energía fósil se está utilizando para producir el etanol? El trabajo de 1978 es eso: un cálculo. Verificamos entonces una cosa interesante. Para producir un litro de etanol, se gasta aproximadamente un decilitro de combustible fósil. Eso es poco y existe una clara razón para ello. La energía necesaria para producir el etanol proviene del bagazo. En una destilería de alcohol, no se necesita importar combustible – el combustible es el bagazo. Por lo tanto, el etanol es, básicamente, energía solar: la luz llega, la gramínea crece, la licuamos mediante un procedimiento químico generando etanol. Desde el punto de vista ambiental es maravilloso, pues no contiene las impurezas de la gasolina y poco influye para el efecto invernadero.

En el artículo usted realiza comparaciones con otros cultivos, ¿verdad?
Sí, y la comparación lo hizo más evidente. Como el maíz no tiene bagazo, se necesita traer la energía del exterior. El etanol de maíz se produce en Estados Unidos con carbón. Claro que existe una ventaja, pues no se puede poner carbón dentro del motor de su automóvil. Pero, desde el punto de vista ambiental, es como cambiar seis por media docena.

¿Cuáles son las perspectivas del etanol a mediano y a largo plazo?
El etanol ocupa por ahora una fracción pequeña de tierra. La agricultura ocupa en Brasil una superficie de sesenta millones de hectáreas. Con la caña de azúcar se utilizan alrededor de seis millones, o sea el 10%. La mitad de eso se utiliza para el etanol. Ésa no es la impresión que se tiene de ello, ya que se halla muy concentrado en São Paulo, pero, comparando con todo Brasil, no es gran cosa. Nuestro etanol substituye el 50% de la gasolina utilizada en el país, lo cual corresponde a un índice del 1,5% del consumo mundial, y probablemente aumentará hasta el 7% u 8%. Habrá caña de azúcar suficiente para ello utilizando alrededor de diez millones de hectáreas. Ya existe una expansión, pero se da sobre las pasturas de cría de vacas utilizadas de manera sumamente ineficiente. La idea de que el alcohol provocará el desmonte de la Amazonia o el avance sobre otros cultivos no es, en la práctica, lo que está ocurriendo. Si pensáramos en sustituir el 100% de la gasolina del mundo, entonces el caso sería realmente preocupante. Para los próximos diez años, creo que Brasil aún se halla en una posición cómoda. En Estados Unidos la situación es bastante más difícil.

MIGUEL BOYAYAN
A causa de la tecnología que ellos adoptan y por los subsidios?
Y también porque ellos no tienen cómo expandirse. La agricultura norteamericana ocupa alrededor de cien millones de hectáreas -algo menos que el doble que Brasil. Le pregunté a un amigo americano: “¿Por qué ustedes no se expanden?” Me respondió: “¿Y vamos a expandirnos para dónde?” Nosotros no nos percatamos de que Estados Unidos posee inmensos desiertos -California prácticamente completa, Nevada, es todo desierto. Hay cadenas de montañas enormes. Brasil cuenta con una capacidad de expansión considerable.

Pero tenemos desafíos tecnológicos por vencer en relación con el etanol. ¿Cómo ve usted las perspectivas del etanol de segunda generación, extraído de la celulosa?
Creo que en un horizonte más allá de diez años contaremos con la tecnología de segunda generación. Estados Unidos se halla en una situación difícil porque aguarda la llegada de la segunda generación para dentro de tres o cuatro años. Creo que eso no va a suceder.

En los últimos años, Brasil no ha invertido tanto como otros países en el etanol de celulosa.
Es natural. Finalmente, el etanol de primera generación de Brasil tiene éxito, contrariamente a lo que ocurre en otros países. La productividad creció casi un 4% anual durante tres décadas, considerando los beneficios industriales y agrícolas. Y sin utilizar manipulación genética, que es lo que se busca ahora. Todo lo que tenemos es de primera generación. La segunda generación es la celulosa. La celulosa está conformada por una larga cadena de sacarosa y el problema reside en dividir la celulosa en sacarosa para luego fermentarla. Brasil está comenzando con eso ahora. Existen muchos trabajos en procura del etanol de segunda generación, pero aun son fragmentados. Falta una articulación y falta, ante todo, construir plantas piloto. Una cosa es realizar una experiencia en laboratorio y otra, producir en gran escala. La FAPESP lanzó un programa de bioenergía, el Bioen, para acelerar el desarrollo. También se encuentra en fase de preparación un programa que el gobierno del estado deberá lanzar -que es ambicioso- y duplicaría los recursos que la FAPESP invierte en ese ámbito, también para acelerar el desarrollo de tecnologías de segunda generación. Soy el coordinador de la Comisión Estadual de Bioenergía, que fue constituida por el gobernador con esa finalidad. Nuestro informe se halla en la fase final de preparación y el gobierno debe tomar medidas en ese sentido a la brevedad. La idea es estimular en modo significativo las investigaciones de segunda generación.

Quisiera conversar acerca de los comienzos de su carrera. No entendí la conmemoración de los sesenta años de la USP, porque usted ingresó en la carrera de física de la universidad en el año 1946, hace sesenta y dos años.
La respuesta al enigma es el siguiente: recién en 1948 me convertí en becario y comencé a trabajar para la USP.

¿Cómo era la universidad en aquella época? 
Arribé a São Paulo en 1946. Cursé estudios secundarios en Porto Alegre, en una escuela muy buena, el Colegio Estadual Julio de Castilhos, que fue la cuna del positivismo en Brasil. Cuando estaba en la secundaria, ya era evidente que quería estudiar física. Y el lugar donde se estudiaba física en Brasil era la USP. Eso en 1946. La universidad fue creada en 1934 -cuando yo tenía doce años de edad. En esa época, aún estaban por aquí algunos de aquellos profesores extranjeros que habían arribado a Brasil escapando del nazismo o del fascismo. En el Departamento de Física de la Facultad de Filosofía, Ciencias y Letras (FFCL) había un profesor italiano, Gleb Wataghin, con cuyo nombre se llamó al Instituto de Física de la Unicamp. Yo creo que ahí hubo una injusticia histórica, porque con su nombre debiera haberse denominado al Instituto de Física de la USP. Wataghin había sido discípulo de Enrico Fermi, quien ocupó un lugar destacado en el desarrollo de la energía nuclear. Era un individuo con una muy buena visión de la física y muy atraído por ella. También tenía otros profesores que eran de segunda generación, como Mário Schenberg y Marcello Damy de Souza Santos. Existía un sentimiento de ciencia viva en ese entonces. Algunos de esos docentes ya habían estado en el exterior, ya tenían material publicado, ya hacían ciencia del Primer Mundo. Comencé a trabajar con física nuclear experimental. La FFCL aún se hallaba en fase de crecimiento, compitiendo con las facultades tradicionales. Se sentía como estar inmerso en el medio de una batalla: la Facultad de Derecho era conservadora, la Politécnica no quería saber nada de ciencia, etc.

Simultáneamente, esas unidades, que ya existían antes de la fundación de la USP, atraían mayor cantidad de alumnos que los carreras ofrecidas por la FFCL ¿no es así?
Claro, era una época heroica. El éxito de la evolución de la facultad condujo a una mejoría de todas las facultades. La reforma universitaria de 1968 colaboró para que eso ocurriese. Pero, enseguida después, en 1952, yo partí hacia el exterior y comencé a desarrollar mi carrera parte en el extranjero y parte aquí. En aquél tiempo, si elegías una carrera en el área de ciencias, eso era considerado hasta por la propia familia como un voto de pobreza.

¿Era así, en el pasado? Aún hoy, la carrera académica trae recompensas que no son exactamente materiales?
Eso es más reciente. La USP, claramente, fue pionera en algo fundamental. Creó el régimen de dedicación exclusiva. Oiga, soy un ex rector hablando: si tuviera que apuntar una cosa que hizo viable a la USP, diría que fue el régimen de dedicación exclusiva. Sin eso, no sería posible desarrollar actividades científicas, porque el individuo, para mantenerse, necesitaba dar clases en un montón de lugares. Luego de las varias reformas que tuvo la universidad, y de algunos rectores muy agresivos -en el buen sentido- como Antônio de Ulhôa Cintra y Miguel Reale, la USP creció y conquistó mayores recursos. Y, finalmente, en la época en que fui rector, conseguimos la autonomía financiera, que hizo una diferencia fenomenal. Eso no significaba que la universidad tenía que desligarse del resto de la sociedad y del gobierno, pero es esencial que se sepa con qué recursos contará.

¿Por qué usted cambió el eje de su carrera en los años 1970, cambiando la física experimental por su interés en la energía?
A mediados de la década de 1960 pasé dos años en la Universidad de Stanford, que contaba con el mejor acelerador nuclear para electrones de la época, y realicé trabajos que tuvieron una repercusión significativa. Recibí varias invitaciones para trabajar en el exterior, con muy buenos puestos: fui invitado para ser profesor titular en la Universidad de Toronto. Recibí también una invitación de la Universidad de París y viajé allá. Es posible que, si no hubiesen sucedido eventos significativos en mi vida personal, me hubiera convertido en docente titular de la Universidad de París o de la de Toronto. Pero mi primera esposa falleció. Regresé a Brasil con mis hijos pequeños y consideré que precisaba construir mi vida en el país. Eso fue hace más de cuarenta años. Era profesor asistente y me presenté en un concurso para titular de física en la Escuela Politécnica. Cuando comenzó la represión política del régimen militar, ya tenía responsabilidades administrativas. Me convertí en director del Instituto de Física, que fue creado en 1970, englobando todas las actividades concernientes a física de la USP, incluyendo la Escuela Politécnica.

¿Ahí fue que comenzó su militancia?
No era una militancia partidaria. Pero no podía cerrar los ojos frente a lo que estaba sucediendo en el país y comencé a interesarme en cuestiones de la sociedad. Me convertí en presidente de la Sociedad Brasileña de Física, luego presidente de la SBPC y me involucré mucho en el debate nuclear. A causa de mi formación, conocía lo que se estaba discutiendo. Más tarde Franco Montoro fue electo gobernador de São Paulo y me nombró presidente de la Cesp. Y, en seguida, fui rector. Una cosa positiva es que conseguí mantener mi actividad científica. Mi lista de publicaciones no sufrió interrupción. Solamente dejé, luego, de publicar en revistas de física, para hacerlo en publicaciones de mayor espectro.

En este mismo espacio, en la edición de julio de Pesquisa FAPESP, el ex-ministro de Planificación, João Paulo dos Reis Velloso, abordó una serie de modificaciones positivas en el ambiente académico brasileño, implementadas en la época de la dictadura, como el sistema de posgrado. Usted, que fue una voz de oposición en aquella época, ¿concuerda con ese análisis?
A pesar de la represión, el movimiento de los militares presentaba fuertes componentes modernizadores. Tal vez por eso, la relación de los militares con la ciencia y la tecnología fue incierta y compleja. Ellos querían un país grande, militarmente fuerte, y tuvieron tino para identificar que, para llegar a eso, necesitaban de los científicos. Ellos iniciaron el programa nuclear -en forma equivocada, pero comenzaron-, el programa espacial, y acabaron aceptando esas ideas para los posgrados, que fueron medidas efectivas de modernización. Pero el gobierno militar también estaba muy preocupado con la amenaza del comunismo y con los fantasmas de la Guerra Fría. Persiguió a profesores como Mário Schenberg, cesantearon a Fernando Henrique. Pero el foco eran las ciencias sociales. Varios de nosotros, con todo, no precisamos salir del país, como yo. Me opuse claramente al programa nuclear. La gente me pregunta: “El gobierno cesanteaba a todo el mundo, ¿por qué no se libraron de usted?” Ellos deben haber considerado que eliminando a ese tipo de gente, estarían perdiendo un tipo de competencia que precisarían. Pero el sistema creado por ellos terminó quedando muy lejos de la actividad industrial. Me recuerda un poco, bajo ese punto de vista, a la extinta Unión Soviética, que mantuvo a los científicos relativamente bien cuidados pero apartados de la industria. Aunque se haya tornado una gran potencia en el orden militar, era una potencia de tercera calidad en lo que hace a bienes de consumo. Aquí en Brasil no llegamos a eso, pero el sistema científico aún se halla lejos de las actividades en escala industrial. Creo que el problema se encuentra relacionado con esa herencia.

MIGUEL BOYAYANEn los años 1970 usted se opuso tenazmente contra la construcción de centrales nucleares, que ahora comienzan a ser rehabilitadas en varios países. ¿La opción por la energía nuclear hoy sería oportuna para Brasil?
En la década de 1970 yo me opuse al desarrollo nuclear en gran escala con la completa tranquilidad de que estaba en lo cierto. En el año 1992 se realizó la Conferencia de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente, Río +92. Esa conferencia se extendió por quince días y yo asistí a ella -era secretario de Ciencia y Tecnología del gobierno federal y coordinaba Medio Ambiente. Me hallaba en Río paseando por la playa, en el boulevard, y me encontré con el general Costa Cavalcanti, quien había sido ministro de Minería y Energía e Interior durante los gobiernos militares. Él me dijo: “Vea profesor, ustedes tuvieron un papel muy importante para el desarrollo energético en Brasil, mayor de lo que ustedes creen. En 1975 yo era el presidente de Itaipú Binacional y estaba comenzando la construcción de la represa. La gran discusión que existía en el seno del gobierno era si nosotros debíamos completar Itaipú o dedicar los recursos sólo al área nuclear. La oposición de los científicos reforzó nuestra posición dentro del gobierno”. Ése fue un testimonio no solicitado y demostró que nosotros teníamos razón. El intento por introducir la energía nuclear en Brasil durante aquella época fue intempestivo. Existían esas enormes posibilidades, como Itaipú, que es la mayor central hidroeléctrica del mundo. Ahora, pasados treinta años, la energía nuclear está siendo revalidada. Pero aún es extremadamente cara debido a su complejidad y a las preocupaciones con la seguridad. Sin duda que presenta ventajas. Prácticamente no emite gases de efecto invernadero. Las objeciones de carácter ambiental disminuyeron porque desde 1986 no ha sucedido ningún accidente grave. Pero creo que aún no es pertinente para Brasil. Si el gobierno invierte una gran cantidad de dinero en energía atómica, que resulta cara, dejará de hacer otras cosas.

¿Y las centrales hidroeléctricas en la Amazonia? ¿Usted las considera oportunas?
Sí. Creo que la utilización de ese potencial hidroeléctrico de la Amazonia -no todo, sino parte de ello- es inevitable. No obstante, tenemos algunos problemas: son muy distantes de los grandes centros de consumo y, por lo tanto, hay que construir líneas de transmisión y la energía no será barata. Pero no hay opción. También está el problema ambiental. Se necesita trabajar bien. Problemas ambientales existen siempre, porque no se puede construir cosas sin modificar el ambiente. Se necesita encontrar maneras para minimizar el impacto o, si ello no fuera posible, otorgar compensaciones.

Cuando usted fue rector de la USP se realizó una reforma en los estatutos que, en aquella época, contribuyó para oxigenar a la universidad. Ahora se discute una nueva reforma. ¿Qué opina de ese debate?
En ese entonces, como ahora, existía una gran presión por una mayor participación del poder. Se trataba de una discusión sobre la gestión del poder y eso naturalmente estaba muy relacionado con lo que había ocurrido en 1968, cuando surgieron las ideas de gestión paritaria. La gestión paritaria no da resultado. Puede satisfacer a grupos políticos o corporativos, pero no resuelve el problema de la universidad. Lo que una universidad necesita es una gestión que funcione. En la reforma de 1988 nosotros ampliamos bastante la participación en los colegiados. Se amplió la participación de los alumnos y de los docentes de nivel inicial. Pero la gestión permaneció claramente en manos del personal más experimentado y permanente. Eso sigue siendo válido. Contar con una gran participación de los estudiantes, que se marchan luego de cinco años, es problemático. Y los no docentes siempre se caracterizaron por estar muy ligados con los partidos políticos, algo muy malo. Yo no profundicé demasiado en la nueva estatuyente, pero creo que las tesis esgrimidas tenían un sabor a déjà vu. No vislumbré ninguna idea muy creativa que contribuyese para rejuvenecer la USP. Creo que existen problemas más importantes, y no será cambiando la estructura del poder como se irán a resolver.

Si usted tuviese que citar un problema por resolverse, ¿cuál sería? 
La burocracia y la falta de liderazgo. La universidad acabó resultando lenta, como una señora anciana. Las personas se quejan de la lentitud de los procesos y de la burocracia demostrada que ha aumentado a lo largo de los años. Esto tiene un poco que ver con los problemas del país. Como la corrupción se transformó en un problema endémico en el país, cada vez se crean más controles, y cuantos más controles surgen, mayor es la lentitud.

En la época en que usted fue rector sucedió aquél revuelo famoso respecto de la divulgación de una lista de profesores que no tenían producción académica, que fue conocida como “lista de los improductivos”. ¿Cómo evalúa hoy ese episodio?
Lo veo como extremadamente positivo, porque introdujo en la universidad la idea de que es necesario tener evaluaciones. Si hay una característica que encauzó mi trabajo toda mi vida es el concepto de mérito y calidad. Un profesor necesita producir y ser evaluado por jueces independientes. En los países desarrollados sucede así. En aquella época había sectores de la universidad que publicaban poco y se rehusaban a ser evaluados. Reivindicaban que la evaluación fuese interna, dentro de los propios departamentos. Eso generaba camarillas. Ese escenario se modificó completamente, no sólo dentro de la USP, sino en todo Brasil. Ahora, si usted es profesor de la USP, la Comisión de Posgrado, la Capes, el CNPq, la FAPESP, están exigiendo todo el tiempo que usted prepare informes anuales con sus publicaciones. La nota que la Capes otorga depende del nivel de publicaciones -hay publicaciones que valen y otras que no- que se ha sofisticado. Desde ese punto de vista, la batalla por la competencia y por la evaluación de la calidad fue exitosa.

¿Cuál es su balance de la Conferencia Río +92?
Fue importante e inició el camino para una nueva visión de los problemas ambientales, que pasaron a ser responsabilidad de los gobiernos. El hecho de que los gobiernos tenían que tomar medidas quedó claramente definido en aquella ocasión. Tanto es así que de la Conferencia del +92 surgió el Protocolo de Kyoto en 1997. Con la postura retrógrada de Estados Unidos, la implementación de los acuerdos sufrió un atraso enorme. Existe una lucha en marcha. Yo apoyo esta lucha y estoy convencido de que Itamaraty (el edificio que alberga el ministerio de Relaciones Exteriores) no es lo suficientemente proactivo en ese aspecto.

¿Cuál es la postura que esperaba de la diplomacia brasileña? 
Estados Unidos se rehusó a firmar el Protocolo de Kyoto debido a lo siguiente: ellos no quieren tomar medidas para reducir las emisiones de CO2 si los otros países no hacen lo mismo, incluso los países en desarrollo. ¿Por qué? Porque si ellos las tomaran unilateralmente, inmediatamente se crearía un problema de competitividad comercial. Algunos productos resultarían más caros en Estados Unidos que en otros países. Como contrapartida, los países en desarrollo argumentan: “Eso no es justo porque nosotros llegamos tarde al desarrollo y ahora tenemos derecho a mayores emisiones”. Sucede que no hay más espacio para eso. China está emitiendo tanto como Estados Unidos. No importa si el consumo per cápita es diferente. Si nos colocáramos en lugar de la atmósfera, lo que proviene de China hasta superó lo proveniente de Estados Unidos. Brasil sigue defendiendo una tesis obsoleta, según la cual históricamente nosotros no somos responsables por el problema y, por lo tanto, tenemos derecho a desarrollarnos de esa manera. Recuerdo mi concepto de leapfrogging: no es válida la idea de que Brasil no puede crecer si adopta medidas y reduce las emisiones. Basta con adoptar tecnologías modernas. Contamos con una matriz energética limpia y el gobierno podría tomar una posición más proactiva. Brasil le está echando la culpa a China, no se hace cargo de su responsabilidad -excepto por lo que sucede en la Amazonia. Y lo que está ocurriendo en la Amazonia es una situación vergonzosa que debe terminar.

Durante su paso por el Ministerio de Educación (MEC), usted tuvo a las universidades federales bajo su comando. Actualmente ellas se esfuerzan para aumentar el número de vacantes. Existe un fuerte programa en ese sentido para facilitar el acceso a mayor cantidad de personas. ¿Cuentan con las condiciones requeridas para crecer como universidades de investigación?
Como ministro de Educación, intenté aplicar el modelo de la USP en Brasil. También intenté dotar a las universidades federales con algo más de autonomía financiera. No funcionó. Desde ese punto de vista, mi gestión no fue exitosa. Yo creía que, sin autonomía financiera, el rector es un funcionario de tercera categoría del MEC. Los rectores se pasaban todo el tiempo en mi gabinete repitiendo que el dinero se les había acabado. Era verdad, porque había inflación. Como resultaba muy difícil reunir dinero dentro del gobierno, ellos se dirigían al Senado y conseguían que se aprobase una enmienda aquí, otra allá. O sea, se convirtieron en intermediarios de lujo para conseguir recursos. Eso les impedía planificar. Yo descubrí, entretanto, que esas universidades no querían en realidad autonomía. Se necesitaba solamente conocer a un senador influyente para reunir una suma especial. Recuerdo un caso concreto en que yo había otorgado dinero para cierta universidad, fuera de presupuesto, para construir una biblioteca. Unos meses después la visité y quise conocer la biblioteca. Ella no se había construido. El dinero se había utilizado para construir un restaurante para los estudiantes. Según la visión del rector, aquél era más importante porque los estudiantes estaban presionando. Yo dije: “Será así, pero éste no es el Ministerio de Acción Social”. Aprendí que el modelo de la USP no puede aplicarse para todas las universidades federales.

¿Por qué?
El modelo de la USP es un modelo de elite. Y no porque yo la reconozca como elitista. El caso es que quieren ingresar en la USP unos cien mil alumnos por año y sólo hay vacantes para siete mil. Entonces se necesita que haya una selección. El resto va para facultades particulares. La impresión que tengo, y la comparto con colegas que se dedicaban más a eso, como Eunice Dirham, es que el sistema universitario brasileño precisa repensarse. Además de la USP, contamos con pocas universidades de nivel internacional, como la Unicamp. Luego, las universidades particulares albergan las dos terceras partes de los alumnos. Las universidades federales quedaron en un limbo entre esas dos categorías. No logran transformarse en universidades de investigación ni se dedican a la enseñanza masiva. Algunos de mis colegas creen que se deben crear colleges aquí en Brasil, la idea de que las universidades de todos los estados sean similares a la USP, por lo menos como meta, no es realista.

MIGUEL BOYAYANUsted participó del gobierno de Collor, que fue bastante criticado por la comunidad científica por iniciativas como la de extinguir la Capes. ¿Cómo evalúa ese período?
En lo referente al medio ambiente, el gobierno de Collor cumplió un buen rol. Apoyó la Conferencia Río +92. Para entonces acabé siendo secretario de Medio Ambiente, con status equivalente al de ministro. Fue un período óptimo. Creamos reservas indígenas próximas cuando muchos deseaban dispersarlas. En el área de ciencia y tecnología, creo que también tuve un buen desempeño. Acabamos con ese negocio de producción de armas nucleares escondido y terminar con la reserva de mercado de la informática, lo cual ayudó al país a modernizarse. Esa cuestión de la Capes pertenecía a la esfera del Ministerio de Educación y fue definida antes de que el gobierno comenzara. Gente que vino del exterior creía que tenía una duplicidad entre la Capes y el CNPq, pues los dos otorgaban becas en el exterior. Era una idea de administrador de empresa. Tengo a dos personas realizando la misma tarea, entonces echo a una. Luego todo se aclaró y el gobierno volvió atrás. Yo no conocía a Collor antes que su gobierno comenzara. Recibí un mensaje telefónico el día 14 de marzo, víspera de la toma de posesión. Hubo episodios menos conocidos. En cierto momento, el gobierno pensaba en enmendar la Constitución, en un esfuerzo por modernizar el país. Surgieron varias propuestas, y una de ellas proponía la eliminación de la enseñanza gratuita en las universidades. Yo me opuse violentamente dentro del gobierno y la idea fue abandonada.

¿En qué época del gobierno fue?
A mediados de 1991. Porque en 1992 ya fui tomado por la crisis que derivó en el juicio político a Collor. Pero recuerdo que lo fundamenté y la idea fue abandonada. Los economistas decían sobre eso: “Ah, la enseñanza gratuita es elitista”. Creer que los problemas de la universidad se resuelven con los alumnos pagando es una idea completamente irrealista. Son cosas que aparecieron en la ocasión, pero la presencia de personas como yo y la profesora Eunice Dirham fue importante. Y está claro que nosotros no tuvimos absolutamente nada que ver con la corrupción de Collor. Eso ocurría en otras áreas. Y no era por pura virtud. En nuestra área de actuación no había dinero suficiente para atraer el interés de esa índole de gente.

¿El hecho de que el gobierno de Collor haya terminado como terminó, lo perjudicó en alguna forma?
No lo creo. Fui el único ministro que dimitió en medio de la crisis. En septiembre quedo en evidencia que aquella Operación Uruguay era una cosa armada y yo renuncié. En ese entonces ningún otro ministro hizo eso. El único impacto que tuve con mi cargo en el gobierno federal es haberme hecho incompatible con algunos colegas de la universidad y con la SBPC. En la ocasión, el consejo de la SBPC emitió un manifiesto asociándose a las propuestas de juicio político al presidente. Yo era el ministro y asistí a la reunión de la sociedad para explicar que yo estaba allá como científico y que me había convertido en ministro por elección del presidente y consideraba que la SBPC no tenía nada que manifestar en términos de política. Ella se manifestó pidiendo el juicio político y poco después yo renuncié. En mi opinión, la SBPC no fue creada para eso, sino para defender a los científicos y a la ciencia. Y no necesita tener mucha afinidad con el gobierno -como ocurrió recientemente, algo que no veo con agrado. Eso me dolió un poco. Aunque no creo que me haya perjudicado, pues trabajé con varios gobiernos. El gobierno de Fernando Henrique Cardoso sin embargo, me evitó sistemáticamente. En el año 2003, el gobernador Geraldo Alckmin me invitó para ser secretario estadual de Medio Ambiente.

¿Durante ese paréntesis se dedicó a la carrera académica?
Fue un buen período. Primero viajé a Suiza y luego a Estados Unidos. No me quedé todo el tiempo. Estuve siempre yendo y viniendo, aunque en Suiza me quedé durante un año.

Los coloquios del IEA que lo homenajearon trataron sobre diversos temas, tales como ciencia, energía, universidad, tecnología, medio ambiente y el futuro. ¿Usted considera que esos temas resumen sus preocupaciones, sus intereses, o faltó algo?
No. La organización realizó un esfuerzo para promover la discusión en cada una de las áreas en las que tuve actuación. Naturalmente, las preguntas sobre el futuro quedaron sin respuesta. Algo que emanó del simposio, no obstante, fue una discusión acerca de lo que necesita hacerse en los próximos diez años para llevar a la universidad desde el 150º lugar del ranking internacional hacia el 50º. Lo considero un buen objetivo.

¿Es factible?
Creo que sí. Aunque eso dependerá de la audacia. El hecho es que la universidad aún se halla muy distante del sector productivo, contrariamente a lo que sucede con las grandes universidades de investigación del exterior. El sistema universitario brasileño está en crecimiento, pero no está logrando atender los intereses de la sociedad.

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