Bajo el sol intenso de una media tarde de principios de noviembre, el biólogo Helder Araujo se interna en un huerto con 102 plantas de tres especies de pitahayas (Hylocereus spp.), ya con 2 metros (m) de altura y largas ramas verdes. Estamos en la estancia experimental de la Universidad Federal de Paraíba (UFPB), en São João do Cariri, a 200 kilómetros (km) de João Pessoa, la capital de este estado del nordeste brasileño. Se trata de una de las áreas más secas de esta región.
Se detiene ante una de las plantas de pitahaya y tira suavemente de la punta de uno de los tallos. “Fíjate. Ya han salido los botones florales. Dará frutos [la fruta del dragón] en diciembre. La producción será mayor entre febrero y marzo. Será nuestra segunda cosecha. Ya hemos encontrado lombrices en el suelo, lo que indica que la fertilidad ha vuelto”. Las plantas se riegan por goteo con agua procedente de un pozo cercano.
Con los cultivos experimentales de pitahaya, sorgo (Sorghum bicolor), frijol caupí o carilla (Vigna unguiculata), guayabo (Psidium guajava), maracuyá (Passiflora edulis) y la especie silvestre conocida como maracuyá de monte o de la Caatinga (passiflora cincinnata), Araujo y otros investigadores de la UFPB vinculados a un programa llamado Nexus Caatinga están demostrando cómo puede reconstituirse la vegetación, el suelo y la productividad de la Caatinga [monte blanco en idioma tupí, un matorral xerófilo, bioma característico del nordeste brasileño], implementando cuidados sencillos. Uno de los principales consiste en descompactar el suelo y mantenerlo recubierto por plantas u hojas secas, para permitir que el agua se infiltre y evitar la pérdida de sedimentos y nutrientes. En esta región, la erosión en zonas descubiertas puede llevarse unas 8 toneladas (t) de tierra por hectárea (ha) y por año.

Thiago Zanetti…como ésta, cerca de Campina Grande, donde predominan los facheiros, cactus típicos del nordeste brasileñoThiago Zanetti
“Antes de plantar”, dice Araujo, “hacemos una pasada con el tractor y el arado para roturar el suelo, descompactarlo superficialmente y permitir que el agua se infiltre”. Esta práctica también ha beneficiado a otras plantas, como un granadillo brasileño o palo de hierro (Libidibia ferrea) de casi 3 m de altura que ahora crece al borde del huerto. “Nos sorprendió, No lo habíamos plantado. La semilla ya estaría aquí pero no lograba germinar porque el suelo estaba compactado”.
El ingeniero agrónomo Raphael Beirigo, de la UFPB, quien acompañó la visita, comenta: “El suelo de la Caatinga es excelente. Uno de sus tipos principales, el luvisol, posee una capa superficial arenosa y otra arcillosa, que aparece unos 20 centímetros [cm] más abajo. Esta disposición es perfecta para retener agua por más tiempo. En 2015, cuando cavé por primera vez en la zona de Cariri, en Paraíba, quedé sorprendido al observar que la capa arcillosa estaba húmeda, después de tres meses sin lluvias”.
El problema, añade, radica en que el suelo ha sido maltratado y ha perdido agua como consecuencia de la deforestación. En un estudio publicado en octubre de 2023 en la revista Scientific Reports, investigadores de la UFPB y de la Universidad Federal de Pernambuco (UFPE) sostienen que la causa principal de los cambios en la Caatinga es la pérdida de la vegetación nativa a causa de la acción humana, que favorece la desertificación y, combinada con el aumento de las temperaturas medias anuales, la formación de áreas con clima árido (lea en Pesquisa FAPESP, edición nº 338).
“En el nordeste brasileño, la agricultura es poco productiva porque la Caatinga ha sido deforestada en exceso y el suelo está muy erosionado y compactado”, dice Beirigo (véanse las infografías). “La noción generalizada de que la agricultura no se da bien en la región porque el suelo es poco profundo es una tontería”. Su argumento se ve reforzado por los árboles que crecen con poco suelo sobre los afloramientos rocosos que sobresalen en el paisaje de la región.
La Caatinga abarca 850.000 km2, de los que un 89 % ha sido modificado por la actividad humana (lea en Pesquisa FAPESP, edición nº 335). Una vez talada, debido a que su suelo es muy susceptible a la erosión, no se recupera, a diferencia de otros biomas tales como el Cerrado, el Bosque Atlántico y la Amazonia. Como consecuencia de ello, en las áreas vecinas a la finca de la UFPB ‒deforestadas desde el siglo XVIII, como el resto de la región, para la cría de ganado y el cultivo del algodón, las actividades predominantes en la región hasta la década de 1980‒, lo que más se ve es una vegetación raleada, con pocas especies, de pobre crecimiento sobre suelos secos y pedregosos.
Es el mismo escenario de un clásico del cine brasileño, Vidas secas, de 1963, dirigido por Nelson Pereira dos Santos (1928-2018), basado en la obra homónima de Graciliano Ramos (1892-1953), muy diferente a los escasos fragmentos de la Caatinga preservados. Uno de ellos se encuentra en Fazenda Salambaia, en Cabaceiras, también en la región de Cariri en Paraíba. Allí pueden encontrarse ejemplares de granadillo brasileño o palo de hierro (L. ferrea), jatobá (Hymenaea rubriflora), lapacho rosado (Handroanthus impetiginosus), huayrul (Erythrina velutina) y otros árboles de 15 a 20 metros de altura, cuyas copas se entrelazan y dan sombra al suelo cubierto de hojas que retienen la humedad.
Atento a la historia de la región, Araujo comenta que otro indicio de que el aspecto de la Caatinga ya fue diferente lo constituyen los documentos enviados a la Biblioteca Nacional en 1881 para un Catálogo geográfico do Brasil, publicados en Anais da Biblioteca Nacional en 1991. Según estos informes, los municipios de São João do Cariri y Cabaceiras albergaban “diversas especies de maderas para la construcción y la carpintería”, frutales silvestres ‒“guapurú o jabuticaba [Plinia cauliflora] (en las zonas serranas de Corredouro y Caturité), umbú [Spondias tuberosa], guaraniná o quixaba [Sideroxylon obtusifolium], juazeiro [Ziziphus joazeiro], xiquexique [Pilosocereus gounellei], facheiro [Pilosocereus pachycladus], mandacaru [Cereus jamacaru], uvaia o pitanga zapallo [Eugenia pyriformis], ciruelillo o damasco de monte [Ximenia americana] y cumbeba [Tacinga spp.]”‒ y animales, entre ellos jaguares, mapaches cangrejeros, pecaríes, venados, osos hormigueros, ñandúes, pavas de monte, pájaros carpinteros, cotorras y loros.
No todo dio resultado en la granja experimental. El cultivo de guayabos, por ejemplo, no funcionó. Unos saltamontes de color pardo que parecen ramas secas, conocidos en la región como mané-magro (Stiphra robusta), destruyeron 38 de las 48 plantas de guayabo que se habían plantado en medio de otras zonas degradadas. Aunque la plaga también había atacado a otra plantación con la misma cantidad de guayabos lindera con una reserva privada con bosque nativo, allí no se perdió ninguna porque los insectos tenían otras fuentes de alimento o fueron diezmados por pájaros y otros predadores. Un artículo publicado en enero de 2022 en la Revista Caatinga registró los resultados de este experimento no planificado, que mostró la importancia de los bosques nativos cercanos a los cultivos.
En la propiedad de la universidad, en un experimento de restauración, también crecen 200 árboles de 11 especies, tales como granadillo brasileño, huayrul, lapacho rosado, curupay ‒también conocido como cebil o vilca‒ (Anadenanthera colubrina), urundel o cuchi (Myracrodruon urundeuva), timbó colorado (Enterolobium timbouva) y paratodo o ceibo amarillo (Tabebuia aurea), algunos ya con 3 m de altura, entre matas de pasto buffel (Cenchrus ciliaris), muy resistente a la sequía, que se ha extendido hasta cubrir todo el suelo.

Thiago ZanettiÁrboles de 20 metros de altura crecen sobre el suelo húmedo de una zona de la Caatinga preservada en una finca de Cabaceiras [Paraíba]Thiago Zanetti
“Para recuperar la vegetación de la Caatinga tenemos que recuperar el suelo”, comenta el biólogo Renato Garcia Rodrigues de la Universidad Federal de Vale do São Francisco (Univasf), campus de Juazeiro, en Bahía. “No sirve de nada plantar en un suelo malo, duro y seco como el de un estacionamiento”. Él entró en este campo en 2014, cuando evaluó un área de recuperación vegetal en Cabrobó, estado de Pernambuco, que fracasó por completo: todos los árboles murieron. “La empresa que realizó el trabajo no conocía las especies autóctonas y utilizó un método eficaz en áreas del Bosque Atlántico, plantando en hilera sobre toda la superficie, lo que no funciona muy bien en la región, pues el suelo y el clima son muy distintos.”
Dos años después, como coordinador del Núcleo de Ecología y Monitoreo Ambiental (Nema) de la universidad, Rodrigues aceptó un encargo del Ministerio de Integración y Desarrollo Regional: desarrollar, probar e implementar métodos de bajo costo para recuperar áreas degradadas a lo largo de 2.000 ha a orillas de los canales de transposición del río São Francisco, en colaboración con los equipos del Instituto Brasileño de Medio Ambiente y Recursos Naturales Renovables (Ibama).
Lo primero que hizo fue seleccionar especies nativas que crecieran espontáneamente con poca agua en áreas degradadas, que tuvieran raíces superficiales, produjeran gran cantidad de semillas y ayudaran a otras plantas a desarrollarse. Los investigadores identificaron 26 especies autóctonas, descritas en un artículo publicado en febrero de 2022 en Revista Árvore. Entre ellas sobresalía el cacahuatillo o sen de una hoja (Senna uniflora), una herbácea con flores amarillas que puede alcanzar 1,5 m de altura. “Esparcimos toneladas de semillas de S. uniflora que, cuando crecen, forman una alfombra sobre el suelo y lo enriquecen con hongos que aumentan la capacidad de retención de agua de las plantas”, relata Rodrigues. Los resultados se detallan en un artículo publicado en marzo de 2023 en la revista Journal of Applied Ecology.
A continuación, el equipo de la Univasf seleccionó especies arbóreas capaces de vivir sin riego y las plantó juntas, en grupos denominados núcleos de aceleración de la regeneración natural. Estos núcleos pueden contener 13 plantines precursores o pioneros de crecimiento rápido, agrupados en 36 m2, o bien 13 secundarias, de crecimiento más lento, en 16 m2. Los grupos de árboles se cercan con ramas y troncos de una especie exótica invasora, el mezquite, de la familia de los algarrobos (Prosopis juliflora), que ha ocupado muchas zonas degradadas de la Caatinga a los costados de las carreteras.
En los mapas digitales, los núcleos arbóreos aparecen como puntos a lo largo de los canales del São Francisco y contienen información sobre las especies que se plantaron y cuántas eventualmente murieron. Rodrigues abre un punto al azar y, de las 13 de un núcleo pionero, tan solo una había muerto; según él, la tasa de supervivencia de las plántulas de algunas especies es superior al 90 %. Los gráficos que acompañan a los mapas registran 45.539 árboles plantados en los núcleos de especies precursoras y 9.204 en los núcleos secundarios del eje oriental, y en el eje norte 44.005 y 32.240 respectivamente en cada grupo. Según Rodrigues, las plantaciones se completarán en tres años.

Thiago ZanettiXiquexiques y macambiras se extienden sobre los afloramientos rocososThiago Zanetti
Tanto el grupo de la UFPB como el de la Univasf están plantando plantines con raíces largas, aprovechando los descubrimientos de un grupo de la Universidad Federal de Rio Grande do Norte (UFRN), coordinado por la bióloga Gislene Ganade, quien trabaja en la restauración de la Caatinga desde 2010. “Desarrollamos la técnica de plantines con raíz larga, de 1 m, en 2013, para no tener que depender de la suerte y de las lluvias”, relata. “Los producimos en el invernadero, con agua y nutrientes, y al cabo de seis meses a un año los llevamos al campo. La tasa de supervivencia se incrementa, de un 30 % con la raíz corta, a un 70 % con la raíz larga, que logra aprovechar el agua almacenada en la capa arcillosa del suelo”.
El trabajo ha progresado. En 2016, en la unidad de conservación federal Floresta Nacional de Açu, en la región central de Rio Grande do Norte, Ganade comenzó a probar modelos de restauración del bioma, mediante el plantío de 4.704 plantines de raíz larga en 45 combinaciones, con una, dos, cuatro, ocho o dieciséis especies de árboles autóctonos. Uno de los primeros descubrimientos, detallado en abril de 2018 en la revista Ecology and Evolution, fue la identificación de las especies de árboles que facilitan el crecimiento de otras. Es por ello que se les dio el nombre de facilitadoras, entre ellas el lapacho rosado, el jitichuriqui [llamado pereiro en la región] (Aspidosperma pyrifolium), el tepezcohuite o jurema preta (Mimosa tenuiflora), jurema branca (Piptadenia stipulacea) e imburana (Commiphora leptophloeos). “Las especies facilitadoras retienen agua, proporcionan sombra y aumentan la productividad de otras plantas en las áreas restauradas”, comenta Ganade.
Otra constatación, dada a conocer en marzo de 2023 en la revista Journal of Ecology, indica que una mayor diversidad de especies arbóreas beneficia el crecimiento de aquéllas que lo harían más lentamente en caso de estar aisladas, como el ishpingo, roble criollo o cumaru (Amburana cearensis), cuyas hojas se utilizan como materia prima para la elaboración cosméticos. La variedad de especies también atrae insectos que habitan en el suelo, entre ellos las hormigas, que colaboran en la dispersión de las semillas.

Thiago ZanettiEl tepezcohuite o jurema preta prepara el suelo y facilita el desarrollo de otras especies de árbolesThiago Zanetti
Para ampliar el alcance de sus descubrimientos, Ganade creó un centro de capacitación en el bosque de Açu, que en tres años ha recibido a unas 600 personas interesadas en aprender nuevas técnicas de recuperación ambiental y a otras 50 que querían convertirse en recolectores de semillas. “Queremos promover el trabajo de cooperativas que produzcan cosméticos y miel a partir de las especies nativas de la Caatinga a medida que vaya desarrollándose la zona de restauración”, dice. “El suelo de aquí es polifuncional”.
El administrador público Pedro Leitão coincide: “Al vivir en una región donde las lluvias son escasas, los pequeños agricultores tienen que saber de maíz, frijoles, frutas, miel, algodón, maderas, cabras, vacas, pollos y peces, porque producen de todo un poco”. Entre enero de 2020 y septiembre de 2023, él fue el coordinador del Proyecto Rural Sostenible (PRS) Caatinga, financiado por el gobierno británico en cooperación con el Banco Interamericano de Desarrollo (BID). El objetivo del mismo fue promover la implementación de tecnologías agrícolas de baja emisión de carbono, tales como la reducción de los movimientos de suelos, la reutilización o retención del agua y el tratamiento de los excrementos de animales. A través de las propuestas presentadas por 20 organizaciones no gubernamentales [ONG], 1.505 familias de 31 municipios de los estados de Piauí, Pernambuco, Bahía, Alagoas y Sergipe se aprestaron a probar las nuevas posibilidades de trabajo en el campo. Se proporcionaba a los campesinos los materiales necesarios para el cultivo de la tierra, la piscicultura o la apicultura y recibían el asesoramiento de 700 técnicos en asistencia rural. Entre otros resultados, el informe final del proyecto registra un aumento promedio de un 15 % en los ingresos de las familias de los productores rurales, 600 ha de integración agrícola-forestal-ganadera, 200 ha de áreas restauradas y 1,2 millones de toneladas de emisiones de CO2 evitadas.
“Las técnicas empleadas en la Caatinga para conservar la humedad del suelo son diferentes a las que se utilizan en otras regiones”, dijo Leitão, corroborando las constataciones de Rodrigues. “La conservación del suelo de la Caatinga es difícil, porque las lluvias son más concentradas y torrenciales y la resistencia del terreno a la erosión es baja, sobre todo en las zonas en pendiente”, comenta el ingeniero agrónomo José Marques Jr., de la Universidade Estadual Paulista (Unesp), en su campus de la localidad de Jaboticabal, quien no participó en los experimentos. “Por eso es importante elegir bien lo que se va a plantar, para dejar lo máximo posible de materia orgánica vegetal sobre el suelo”.

Thiago ZanettiUn timbó colorado se conserva verde y frondoso a principios de noviembre, en plena estación secaThiago Zanetti
Las distintas experiencias de revitalización de la Caatinga, incluyendo las realizadas por otras instituciones como la Fundación Araripe, con sede en Crato (Ceará), confirman o actualizan las bases conceptuales desarrolladas décadas atrás, entre otros, por los ingenieros agrónomos Carlos Bastos Tigres (1899-1980), autor de Guia para o reflorestamento do Polígono das secas [Guía para la reforestación del Polígono de las Sequías] (Ministerio de Transporte y Obras Públicas, 1964); João de Vasconcelos Sobrinho (1908-1989), quien propuso métodos para frenar la desertificación en el semiárido del nordeste, y Geraldo Barreto, partidario de la preservación del suelo y coautor del libro Caminhos para a agricultura sustentável: Princípios conservacionistas para o pequeño produtor rural [Vías para una agricultura sostenible: principios de conservación para el pequeño productor rural] (editorial IABS, 2015).
En el marco de un debate sobre la conservación de los biomas que tuvo lugar el 4 de noviembre en la Legislatura del Estado de São Paulo, el ingeniero agrónomo Pedro Brancalion, de la Universidad de São Paulo (USP), comentó que la restauración de la vegetación autóctona contribuye para reducir las inundaciones y el bienestar de la población, al proporcionar ambientes sombreados, aunque aún tropieza con los costos, en promedio, de unos 30.000 reales por hectárea.
De cualquier manera, incluso los pequeños propietarios rurales pueden rodearse de bosques frondosos y árboles en tierras fértiles. “Cuando compré esta finca, hace 16 años, el suelo estaba destruido”, comenta Bonaldo Simões Nilo, de 69 años, al narrar la historia de su propiedad de 5 ha, situada a 14 km del centro del municipio de Cabaceiras [Paraíba]. Ahora el lugar es un oasis verde rodeado de tierras abandonadas, ocupadas por una vegetación rala y seca. “Ya hemos plantado más de 1.000 retoños de 20 especies de árboles”, relata su hijo, Breno, de 23 años. Algunos, como la baraúna (Schinopsis brasiliensis) y el tepezcohuite o jurema preta, ahora crecen sin haber sido plantados, en medio de plantaciones de palmeras, vendidas a los vecinos que crían cabras.
Las palmas y las hojas secas con las que cubren el suelo fertilizan la tierra y propician el crecimiento de otras plantas. En el bosque en formación, un jatobá plantado en enero de 2024 ya mide 1,5 m; también hay otras especies, tales como urunday, curupay y barriguda ‒una especie de palo borracho‒ (Ceiba glaziovii), con casi 2 m.
También crían pavos, pavos reales y gallinas de Guinea, que venden a criadores. Su hijo, fotógrafo de la naturaleza, cultiva y vende cactus y suculentas, plantadas al lado de la vivienda: “peludos −una especie de armadillo pequeño−, osos hormigueros, zorros, inambúes, codornices y otros animales que antes no veíamos, ahora viven aquí”, comenta. “La gente está viniendo a observar las aves, incluso especies migratorias que hacen paradas por aquí”.
Este artículo salió publicado con el título “La Caatinga vuelve a ser fértil” en la edición impresa n° 346 de diciembre de 2024.
Artículos científicos
ARAÚJO, H. F. P. et al. Natural cover surrounding the farm field reduces crop damage and pest abundance in Brazilian dryland. Revista Caatinga. v. 35, n. 1. ene-mar. 2022.
ARAÚJO, H. F. P. et al. Human disturbance is the major driver of vegetation changes in the Caatinga dry forest region. Scientific Reports. v. 13, 18440. 27 oct. 2023.
CARVALHO, J. N. de et al. Espécies nativas da Caatinga para recuperação de áreas degradadas no semiárido brasileiro. Revista Árvore. v. 46, e4610. 21 feb. 2022.
FAGUNDES, M. et al. The role of nurse successional stages on species-specific facilitation in drylands: Nurse traits and facilitation skills. Ecology and Evolution. v. 8, n. 10. 27 abr. 2018.
FAGUNDES, M. V. et al. The role of plant diversity and facilitation during tropical dry forest restoration. Journal of Ecology. v. 111, n. 6. 6 mar. 2023.
Província da Parahyba. Comarca de Campina Grande. Descrição do Município de Cabaceiras. Anais da Biblioteca Nacional. v. 111, p. 194-6. 1991.
MEDEIROS, A. S. et al. Arbuscular mycorrhizal fungi communities shaped by host-plant affect the outcome of plant–soil feedback in dryland restoration. Jornal of Applied Ecology. v. 60, n. 3. mar. 2023.
Libro
BARRETO, G. y GODOY, O. Caminhos para a agricultura sustentável: Princípios conservacionistas para o pequeno produtor rural. Brasilia-DF: editorial IABS, 2015.
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