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Entrevista

Experto en economía regional aboga por el fortalecimiento de las ciudades de mediano porte en Brasil

Durante su larga trayectoria, Clelio Campolina Diniz fue rector de la Universidad Federal de Minas Gerais y ministro de Ciencia, Tecnología e Innovación nacional

João Marcos Rosa / Nitro

La trayectoria del ingeniero Clelio Campolina Diniz, de 83 años, está signada por desenlaces que desafían las probabilidades. Fue el único de 11 hermanos criados en una pequeña propiedad de la zona rural de Esmeraldas, ciudad situada a 56 kilómetros de Belo Horizonte, la capital del estado brasileño de Minas Gerais, en llegar a la universidad. En 1964 consiguió ingresar a una carrera nocturna de ingeniería en una facultad privada de Belo Horizonte, tras haber reprobado en la etapa final (una entrevista) del examen de admisión a la Universidad Federal de Minas Gerais (UFMG). Casi 50 años después, sería designado rector de la UFMG.

Su destreza como mecanógrafo, adquirida en su trabajo en una oficina contable durante su adolescencia, resultó decisiva para que consiguiera un puesto de escribiente en un concurso del Banco de Desarrollo de Minas Gerais (BDMG), del que saldría una década más tarde para iniciar una carrera académica en el Centro de Desarrollo y Planificación Regional (Cedeplar) de la UFMG.

Especialidad
Economía regional, desarrollo económico y economía de la tecnología e innovación

Institución
Universidad Federal de Minas Gerais (UFMG)

Estudios
Título de grado en ingeniería de operaciones e ingeniería mecánica en el Ipuc-MG, especialización en desarrollo y planificación en el Instituto Latinoamericano y del Caribe de Planificación Económica y Social de Chile, y maestría y doctorado en economía en la Universidad de Campinas (Unicamp)

Cursó una maestría y un doctorado en la Universidad de Campinas (Unicamp), con un período sándwich de un año y medio en la Universidad de Oxford, en el Reino Unido. Su periplo también incluyó temporadas en la London School of Economics and Political Science (Reino Unido), en la Universidad Rutgers (EE. UU.) y en la Universidad de Roma (Italia).

Experto en economía regional, desarrollo económico y economía de la tecnología y innovación, es autor de más de 200 artículos científicos. Ha estudiado los problemas de la industrialización de Minas Gerais y la descentralización de la actividad industrial en Brasil de las últimas décadas, y aboga por un modelo de desarrollo regional que articule la ciudad con el territorio. Jubilado de la UFMG en 2014, tuvo un paso de 10 meses al frente del ministerio brasileño de Ciencia, Tecnología e Innovación durante la presidencia de Dilma Rousseff. En el mes de mayo, recibió a Pesquisa FAPESP en su apartamento de Belo Horizonte y le concedió la siguiente entrevista.

Usted proviene de una familia pobre del medio rural. ¿Cuáles fueron los obstáculos que debió enfrentar para poder educarse?
Mi abuelo era propietario de una pequeña granja, que les legó a sus 10 hijos. Mi padre heredó una pequeña parcela de terreno que trabajábamos para sobrevivir. Soy el menor de 11 hermanos. En aquella época, solo se inscribía a los niños en la escuela cuando cumplían 7 años. Pero yo era muy delgadito, y había que caminar unos tres kilómetros y medio hasta llegar a la escuela rural, entonces mi familia lo pospuso un año más. Empecé la escuela con 8 años cumplidos. En la escuela rural solo se cursaba hasta el tercer grado de la primaria [la actual enseñanza fundamental]. Mis abuelos paternos fueron trasladados a la ciudad de Esmeraldas y poco después, mi abuelo falleció. Mi abuela nos invitó a un primo y a mí a vivir con ella. Cuando me inscribí en el cuarto año de la primaria ya tenía casi 14 años. Después, mi hermano mayor me inscribió en gymnasium –antes de la enseñanza media– que había abierto el nuevo cura párroco. Tenía excelentes docentes y la mayoría de los alumnos de ese colegio cursaron luego estudios superiores. Mientras asistía al gymnasium nocturno, trabajé primero en un bar, después en una oficina contable y luego en una pequeña empresa. Terminé esos estudios y, como era buen mecanógrafo, me vine a Belo Horizonte en busca de empleo, porque quería seguir estudiando.

¿Qué consiguió en la capital del estado?
Mi papá le escribió una carta a un primo suyo que trabajaba en una sucursal de una gran compañía comercial, preguntándole si había posibilidades de conseguirme un empleo y justo estaban necesitando un empleado. Hice una prueba y me aprobaron. Trabajaba ocho horas diarias y medio día los sábados; por las noches asistía al científico [la actual enseñanza media]. Vivía en una pensión. Con el sueldo mínimo que cobraba, pagaba la pensión, que incluía alojamiento y comida, y la matrícula mensual de la escuela. Empecé a buscar un trabajo de seis horas, para tener más tiempo para estudiar. Me presenté en el antiguo Banco Mineiro da Produção para preguntar si había alguna oportunidad. Me dijeron: “Acá no, pero en el piso 22 del edificio hay un concurso abierto”. Era en el Banco de Desarrollo de Minas Gerais, que el gobierno estaba creando en ese momento. Había 10 vacantes para más de 700 postulantes. En la clasificación final quedé en el 4º puesto. Iba allí para saber cuándo me llamarían y me decían que esperara. Los dos primeros clasificados, estudiantes de la carrera de economía de la UFMG bastante politizados, me dijeron que había influencias políticas en las contrataciones. Fui a quejarme a un consejero del banco y entonces me llamaron.

¿Qué hacía en el banco?
Entré en el Departamento de Administración, pero poco después se creó el Departamento de Estudios y Planificación y me trasladaron allí como mecanógrafo. El jefe era Fernando Reis [1932-1983], docente de la UFMG. El equipo se amplió pronto con la incorporación de otros docentes de la Facultad de Ciencias Económicas y de la Escuela de Ingeniería de la universidad. Yo trabajaba con total dedicación, hacía de todo y así me gané el aprecio de Fernando Reis, del equipo de trabajo y de la dirección del banco. Terminé de cursar el científico en 1963, con 21 años cumplidos, y me presenté al examen de ingreso de la carrera de ingeniería en la UFMG. Aprobé los exámenes escritos pero reprobé en la entrevista. Hice el examen de admisión del Ipuc [Instituto Politécnico de la Universidad Católica de Minas Gerais], que había sido creado por el profesor Mário Werneck, exdirector de la Escuela de Ingeniería de la UFMG. Aprobé y empecé el cursado nocturno en la carrera de ingeniería de operaciones.

En Minas Gerais había pocas industrias gestionadas por empresarios locales: si no eran del Estado eran de capitales extranjeros

¿Por qué eligió ingeniería?
Porque en el interior, de donde venía yo, solo conocíamos tres profesiones: abogado, ingeniero o médico. Derecho no me gustaba. Cuando era un adolescente, mi papá me alentaba a asistir a los juicios por jurado en la ciudad, diciéndome que eran muy instructivos. Desde entonces desarrollé un prejuicio contra los abogados. Pensaba que defendían a los culpables y condenaban a los inocentes. Medicina no podía estudiar, porque se cursaba a tiempo completo y yo tenía que trabajar. Por decantación, tuve que elegir ingeniería. La carrera duraba tres años y había una controversia: ¿realmente valía como una carrera de ingeniería siendo tan corta? El Ipuc recurrió a la Justicia y consiguió que fuera reconocida. Cuando obtuve el diploma, en 1967, el banco abrió un concurso para la contratación de un ingeniero. Quedé en el primer lugar y me convertí en ingeniero del banco, inicialmente a cargo de trabajar en la reestructuración de las centrales azucareras y en actividades relacionadas con la planificación energética e industrial, en un trabajo que abarcó todo el equipo del departamento denominado Diagnóstico de la Economía de Minas Gerais.

En 1971 realizó un curso sobre planificación y desarrollo en Chile que le imprimió un nuevo rumbo a su carrera. ¿Cómo surgió esa oportunidad?
A partir del diagnóstico, el banco firmó un convenio con el Instituto Latinoamericano de Planificación Económica y Social (Ilpes), vinculado a la Comisión Económica para América Latina y el Caribe [Cepal], para crear un sistema de planificación en el estado. Vinieron expertos en industria de las Naciones Unidas y yo fui a trabajar con uno de ellos, el ingeniero uruguayo Tulio Balso, gran conocedor de la industria. Aunque ya tenía el título de ingeniero de operaciones, continué con la carrera completa de ingeniería en el Ipuc, y dos años y medio después me recibí de ingeniero mecánico. El equipo del Ilpes estaba coordinado por Carlos Matus [1931-1988], quien más tarde fue ministro del presidente chileno Salvador Allende. Solicité hacer el curso de planificación de tres meses que la Cepal impartía en Brasil y Matus me dijo lo siguiente: “No se vaya ahora Campolina, lo necesitamos, pero le prometo que cuando se abra un curso de larga duración en Chile, yo mismo lo invitaré”.

¿Cómo fue su estancia en Chile?
El profesor Antônio Barros de Castro [1938-2011], del Ilpes, me entrevistó en Río de Janeiro para saber si tenía el nivel necesario como para hacer el curso. Pasé 10 meses en Santiago. Algunos de los miembros del equipo del Ilpes que habían estado en Minas Gerais se habían ido a trabajar al gobierno de Allende. Pero los brasileños continuaron, entre ellos Maria da Conceição Tavares [1930-2024], Antônio Barros de Castro y Antonio Baltar [1915-2003]. El famoso [economista argentino] Raúl Prebisch [1901-1986], mentor y primer directivo de la Cepal, vino desde Nueva York y nos ofreció un curso excepcional de 60 horas, basado en su libro recién publicado: Transformación y desarrollo – La gran tarea de América Latina. En 1971 Chile estaba en plena efervescencia, el estudiantado era muy radical: pensaban que iban a hacer la revolución. Yo siempre fui un reformista.

¿Por qué interrumpió su carrera en el banco cuando decidió hacer la maestría en la Unicamp?
Al regresar de Chile me convertí en jefe de la división de asesoramiento económico del banco. Tras la caída de Allende, Barros de Castro me recomendó que cursara la maestría en economía que ellos estaban creando en la Unicamp. Yo no tenía formación como economista por lo que debía aprobar previamente una selección de la Anpec [Asociación Nacional de Centros de Posgrado en Economía]. Como estaba enyesado reposando en casa tras haber sufrido un grave accidente automovilístico, tuve tiempo de prepararme y aprobé. Entonces pedí una licencia para hacer la maestría. Pero el presidente del banco, si bien era una persona sumamente agradable en el trato personal, era uno de los personajes más reaccionarios que he conocido. Quedó en evaluarlo y luego me dijo: “Esa carrera de economía en la Unicamp es un antro de comunistas. Solo le concederé la licencia si es para hacer algo en el FMI [Fondo Monetario Internacional]”. Yo me negué. Así que me tomé dos períodos de vacaciones acumuladas y pedí una licencia sin goce de sueldo para ocuparme de asuntos personales. Viví un año y medio en Campinas sosteniéndome con la beca de maestría.

Maria da Conceição Tavares se la pasaba insultando en sus clases. Era una excelente profesora, provocadora hasta el límite

¿Qué analizó en su investigación de maestría?
Mi tesina dio lugar al libro Estado e capital estrangeiro na industrialização mineira, que me valió el Premio Diogo de Vasconcelos, de la Coordinación de Cultura de Minas Gerais, que luego fue adoptado como libro de estudio en materias sobre la economía de Minas Gerais y utilizado por los organismos de planificación. Estudié el proceso de industrialización de Minas Gerais y una de las conclusiones indicaba que había pocas industrias gestionadas por empresarios locales: si no eran del Estado eran capitales extranjeros. En general, el empresariado brasileño es relativamente débil, sobre todo en las regiones más atrasadas. Es más fuerte en São Paulo y en los estados del sur, principalmente en Rio Grande do Sul y Santa Catarina.

¿Qué ocurrió cuando regresó de la Unicamp?
Volví con los créditos cumplidos y necesitaba escribir la tesina. El presidente del banco había cambiado. Recibí una invitación de la UFMG para dar clases en su carrera de posgrado en el Cedeplar. Solicité autorización al banco para poder desempeñar ambas funciones. Les expliqué: voy allí dos mañanas a la semana, doy las clases temprano y luego vengo al banco. El presidente me dijo que no le interesaba, que dar clases era un obstáculo. Discutí con él, pero no hubo manera. Me dijo: “Tenemos dos alternativas, o le prometo el próximo puesto directivo que quede vacante o usted me presenta una carta de renuncia”. Presenté mi renuncia y me fui para ganar un tercio de lo que ganaba. El banco pagaba muy buenos sueldos en aquella época. Durante los seis años que trabajé ahí como ingeniero continué viviendo en una residencia estudiantil y ayudé a mis padres y hermanos. Dejé el banco el año en que me casé. Siempre le digo a mi esposa que ella salía con un tipo adinerado y al final se casó con un tipo pobre.

¿Cómo fue la transición a la carrera de investigador?
Me contrataron como profesor suplente en 1976 y recién en 1978 me incorporé a la plantilla permanente. Me dieron algunas asignaturas para dictar clases. Una de teoría económica en la maestría y otra de introducción a la economía para impartir en dos comisiones de la escuela de ingeniería. Luego añadieron una de economía internacional y otra de economía de la ciencia y la tecnología. Acababa de casarme e incluso los sábados por la noche tenía que preparar las clases. En 1982, la universidad me otorgó una licencia y partí nuevamente hacia Campinas para hacer el doctorado. Completé los créditos y me marché a Oxford para hacer un doctorado sándwich.

¿Cómo era la Unicamp durante los dos períodos en que estuvo allí?
Fui allí en 1974, un año después del egreso de la primera promoción de la carrera de economía. Maria da Conceição Tavares y Carlos Lessa [1936-2020] vivían en Río de Janeiro, pero casi todas las semanas viajaban a Campinas. João Manuel Cardoso de Mello y Luiz Gonzaga Belluzo fueron quienes ayudaron a organizar la creación de la carrera de grado en la Unicamp. Antônio Barros de Castro, Wilson Cano [1937-2020] y Ferdinando de Oliveira Figueiredo [1920-2014] vivían en Campinas. El famoso profesor Fernando Novais daba clases de historia económica. Era un equipo extraordinario. Pronto se sumaron otros: Luciano Coutinho, José Carlos Braga, Carlos Alonso. En sus clases, Maria da Conceição profería los insultos más horribles que puedan imaginarse. Era una profesora excelente, entusiasta y estimulante hasta el límite. Nos ponía a trabajar y a pensar todo el tiempo. Recuerdo que hice un seminario en el curso que ella impartía, cuando todavía estaba haciendo la maestría. Entré por una puerta y ella por otra. Me gritó: “Campolina, ¿leyó al autor fulano?”. Le respondí que no, que no tenía esa referencia. Me espetó: “Entonces el seminario no va a servir, mejor cancelarlo”. Y yo, con mi ignorancia primitiva, repliqué bruscamente: “Primero escuche y luego opine”. Impartí el seminario a pura tensión, pero lo había preparado bien. Cuando terminé, ella se acercó, me abrazó, me dio un beso en la frente y me dijo: “¡Qué alumno maravilloso!”. Era provocadora hasta ese extremo. Cuando retorné a la Unicamp para hacer el doctorado, en 1982, muchos se habían ido a trabajar a la gobernación de São Paulo, tras la asunción de Franco Montoro.

Me fui del banco el mismo año que me casé. Le digo a mi esposa que se puso de novia con un tipo adinerado y terminó casándose con un tipo pobre

En su doctorado relacionó la dinámica de la producción agropecuaria y minera con el desarrollo regional en Brasil. ¿Cuáles fueron las conclusiones principales?
Constaté, por ejemplo, que estaba produciéndose una desconcentración del sector agropecuario y de la actividad minera y esto tenía un efecto sobre otras actividades de la economía, como la industria. En el primer semestre de 1983 viajé a Oxford y estructuré mi tesis. Cuando regresé, a mediados de 1984, le entregué la tesis a Wilson Cano, mi director. Él quería que cambiara la conclusión. Yo me negué, por lo que llegamos a un punto muerto. Él era un excelente director de doctorado, pero no estaba de acuerdo con la idea de que São Paulo perdería participación relativa en la industria, tal como lo proponía en mi tesis. Realicé un estudio y comprobé que la intención de inversión en São Paulo estaba decayendo. Con la intención de conciliar, Mário Possas, por entonces director del Instituto de Economía de la Unicamp, nos invitó a almorzar, pero yo me mantuve inflexible. Entonces dijo lo siguiente: “Wilson, la tesis es de él, y él quiere defenderla”. Y Cano me dijo: “Puedes defenderla, pero yo no asumiré ninguna responsabilidad”. La defensa fue una instancia tensa, empezó a las 14:00 h y terminó a las 19:30 h. Defendí mis opiniones con uñas y dientes. Al final, el tribunal me calificó con cinco notas de 10 y nos fuimos todos a la casa de Wilson Cano, que nos invitó a comer una parrillada. En el trabajo que presenté cuando concursé para profesor titular en la UFMG, en 1991, reafirmo estos puntos. Parte del mismo lo elaboré en Estados Unidos, ya en el posdoctorado, analizando el tema de la desindustrialización del nordeste estadounidense, los cambios tecnológicos y la expansión del Valle del Silicio. Ahí están los fundamentos de la pérdida de participación relativa de São Paulo, que luego publiqué en dos artículos, sobre la reestructuración productiva y el impacto regional de la industria brasileña y sobre el desarrollo poligonal en Brasil.

¿Cómo se define el desarrollo poligonal?
Ese trabajo ganó notoriedad porque cambié una referencia para vislumbrar hacia dónde se dirigía la industria. En lugar de tomar como referencia a las unidades federativas, comencé a trabajar con las microrregiones geográficas definidas por el IBGE [Instituto Brasileño de Geografía y Estadística]. Separaba el Área Metropolitana de São Paulo del resto del estado de São Paulo y de Brasil. El desarrollo poligonal estaba evidenciando lo siguiente: la región de São Paulo estaba perdiendo participación relativa, pero la desconcentración de la industria se estaba manteniendo dentro de un polígono, cuyos vértices eran Belo Horizonte, Uberlândia, Londrina, Caxias do Sul, Florianópolis y de vuelta a Belo Horizonte. Río de Janeiro quedaba fuera. Ese trabajo salió publicado en la revista International Journal of Urban and Regional Research y acumula casi mil citas. Tengo otro trabajo que se titula “Reestructuración productiva e impacto regional de la industria brasileña”, que elaboré junto con quien en ese momento era mi asistente, Marco Crocco, que más o menos confirma estas tendencias. Más adelante, en un trabajo que realicé para el Ipea [Instituto de Investigación Económica Aplicada], publicado en 2005, demostré que ese polígono en cierta medida se está ampliando por efecto de la expansión de la frontera agrícola. Goiás ha experimentado un gran crecimiento y también hay algunas industrias que se están instalando en la región del centro-oeste, pero la mayor parte sigue estando dentro del polígono, que incluye el interior del estado de São Paulo.

Hablemos de su trayectoria en el Cedeplar. Usted ayudó a reestructurar la carrera de economía regional. ¿Cuál fue su contribución?
El Cedeplar se creó en 1967, bajo el liderazgo de Fernando Reis y otros profesores que querían sustraerse a la influencia de los catedráticos y, en un principio, vincularon el centro al rectorado de la universidad. Más tarde, demografía económica, una de las disciplinas, creció y se convirtió en un área propia. Pero la carrera de economía regional estaba en declive luego de perder a la mayoría de los docentes que habían fundado el Cedeplar, que asumieron cargos en los gobiernos federal y estadual. Yo era docente de teoría económica, economía industrial y economía de la tecnología e innovación, pero me empeñé en salvar la carrera de economía regional. A tal fin, invité a Maurício Borges, compañero mío en la maestría. Y también se sumó una profesora que estaba regresando de Inglaterra, Maria Regina Nabuco [1942-2004]. Nos aferramos con uñas y dientes a la carrera de economía regional y logramos salvarla.

Luego de haber sido rechazado como alumno de la UFMG, se convirtió en rector de esa universidad. ¿Qué destacaría de su paso por la rectoría?
Fui rector de la UFMG, pero antes fui director del Cedeplar en dos mandatos alternados, jefe del Departamento de Economía y director de la Facultad de Ciencias Económicas. Puede parecer falta de modestia, pero nunca disputé para esos cargos, siempre me empujaron a asumirlos. Me incitaron a presentarme como candidato a rector y obtuve el 72 % de los votos. La UFMG ya era una gran universidad y yo no aporté gran cosa para mejorarla. Pero traté de imprimirle un estándar de internacionalización. Salí del campo y he vivido en Chile, en Inglaterra, en Estados Unidos y por breves períodos en Francia e Italia. Viajé a China en 10 oportunidades y en otras cinco a Corea del Sur, Rusia, Japón y Australia. Algunos de mis colegas solían decirme que yo era “un campesino cosmopolita”. Siempre he pensado que Brasil necesitaba mejorar su inserción internacional. Cuando fui rector, teníamos un centro de estudios sobre la India. Creé otros cuatro: africano, chino, sudamericano y europeo. En mis últimos años en la UFMG trabajé mucho sobre el papel de la investigación y la tecnología en el desarrollo, según creo basándome en mi experiencia previa y en las observaciones que hice durante las diez veces que visité China. Cuando dejé la rectoría fue para irme directamente al Ministerio de Ciencia, Tecnología e Innovación, en Brasilia.

La economía regional se ha perdido en las ciudades. Es necesario volver a vincular el desarrollo urbano con el regional

Permaneció menos de un año al frente de la cartera. ¿Por qué?
Fueron menos de 10 meses. Creamos un programa denominado Plataformas del Conocimiento, que por desgracia no llegó a implementarse. La idea de las plataformas era articular la base empresarial con la investigación científica que se hacía en las universidades y con los organismos de fomento. Llegamos a diseñar varias plataformas. Un ejemplo fue la de aeronáutica, que articulaba a la compañía de aviación Embraer, sus proveedores, los programas de posgrado en ingeniería aeronáutica y organismos como el Banco Nacional de Desarrollo Económico y Social (BNDES) y la Financiadora de Estudios y Proyectos (Finep). Pero las plataformas formarían un programa para implementarse a lo largo de 15 años y no hubo una continuidad. La presidenta Dilma [Rousseff] quería que continuara en el ministerio, pero ése no era mi proyecto personal. Tenía pendiente una invitación para ir a la London School of Economics and Political Science que había postergado. Fue un poco irresponsable de mi parte, porque diseñé el programa y después me fui. En Inglaterra, me convertí en miembro de la Academia Británica de Ciencias Sociales y vicepresidente de la Regional Science Association.

Se jubiló de su cargo en la UFMG en 2014. ¿Qué está haciendo ahora?
Sigo investigando. Soy profesor emérito de la UFMG y, en la actualidad, profesor visitante del Programa de Posgrado de la Universidad Federal de Bahía. Estoy terminando de redactar dos artículos: uno sobre la situación de Brasil, de cara a la carrera científica y tecnológica mundial, y otro sobre la reestructuración territorial de la economía brasileña. Voy a hacer mucho hincapié en las zonas de influencia de las ciudades, una metodología adoptada en un estudio llamado Regic [Regiones de Influencia de las Ciudades], del IBGE, lanzado en 2018. La tradición de pensar en la economía regional se ha perdido en las ciudades y es necesario volver a vincular el desarrollo urbano con el regional: la ciudad estructura y controla el territorio. Tengo un trabajo publicado en la revista Area Development and Policy, editada en la Academia China de Ciencias, en el que muestro la crisis urbana que Brasil ha creado con esta megametropolización. Hemos creado este caos, que es la concentración del delito, de la pobreza, de la miseria. Uno toma una ciudad como Río de Janeiro y solo se oye hablar de delincuencia. En las grandes ciudades brasileñas, el núcleo más rico goza de excelentes condiciones de vida. Pero en la periferia no hay ni educación ni ingresos. Hoy en día, São Paulo ostenta la mayor concentración de pobreza de Brasil. La pobreza rural ha desaparecido. En la actualidad, la población rural no llega al 15 %. Existen la jubilación rural, está el programa Bolsa Familia, el beneficio de prestación continua [o BPC, una pensión no contributiva para mayores de 65 años y personas con discapacidad sin otros ingresos], el vale gas [o Auxilio Gas, de ayuda social para la compra de garrafas de gas]. La miseria está instalada en la periferia de las ciudades.

¿Cómo pueden articularse el desarrollo regional y el urbano?
El mayor experimento contemporáneo es el que están llevando a cabo los chinos, mediante la reestructuración del territorio a partir de una red de ciudades y la oferta de accesibilidad, con trenes de alta velocidad. Hace algunos años tuve la oportunidad de coordinar, para el Ministerio de Planificación y a través del CGEE [Centro de Gestión y Estudios Estratégicos], la propuesta de construcción de un Brasil Policéntrico, en el que las ciudades estructuran y gestionan el territorio. No puede pensarse en un desarrollo regional fuera de las ciudades. Nosotros propusimos que en lugar de seguir expandiendo las metrópolis costeras, podríamos seleccionar un conjunto de ciudades de tamaño mediano a las que debía proporcionarse accesibilidad e infraestructura de servicios públicos, y entonces sí se podría intentar atraer la inversión privada. Pero Brasil no logra planificar. Lo que al país le hace falta es planificación.

¿No hay experiencias positivas en Brasil?
Brasilia desempeñó un rol fundamental en la reestructuración territorial de Brasil. Goiânia es una ciudad que pudo desarrollarse gracias a su proximidad con Brasilia y a la expansión de la frontera agrícola y hoy en día está adquiriendo una importancia relativa. Y no solamente las capitales. Barreiras, situada en la región occidental del estado de Bahía, se ha convertido en un centro de referencia de la soja. Sucede lo mismo con las ciudades vecinas de Petrolina, en Pernambuco, y Juazeiro, también en Bahía, gracias a la irrigación y la producción de frutas. Son ciudades que se han visto impulsadas por la expansión agrícola. En el centro-oeste brasileño hay un conjunto de ciudades de mediano porte donde no hay miseria. Poseen una gran concentración de servicios, con comercios, escuelas, bancos, hoteles, etc., porque hay ingresos. No tienen nada que ver con esas otras ciudades del este de Minas Gerais o del interior de Río de Janeiro, que están detenidas en el tiempo.

¿Sigue frecuentando el Cedeplar?
Voy casi todas las semanas. Pero no estoy dando clases. Es un proceso natural irse alejando. Lo que me interesa es mantener la producción académica.

Este artículo salió publicado con el título “Clelio Campolina: Brasil no se planifica” en la edición impresa n° 353 de julio de 2025.

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