Tenía alrededor de 20 años, acababa de perder un empleo como electricista y hacía reparaciones en instalaciones eléctricas domiciliarias los fines de semana. Estaba charlando con unos amigos en un bar cuando vi un cartel que decía: “Se necesita electricista”. Era de una facultad llamada Organização Santamarense de Educação e Cultura [Osec], que más tarde cambiaría su nombre a Universidade Santo Amaro [Unisa]. Estaba ubicada en el barrio homónimo, en la zona sur de la ciudad de São Paulo, cerca de donde yo vivía. Pensé: “¿Será para mí?”. Fue entonces que uno de los que estaban en la mesa comentó: “Quienes trabajan en esa facultad tienen derecho a una beca y pueden estudiar ahí gratis”.
Me había presentado en dos oportunidades a los exámenes de ingreso a las carreras de filosofía e historia en la Universidad de São Paulo [USP]. En el primero, en 1989, fui reprobado, tal como ocurría con la inmensa mayoría de los aspirantes egresados de escuelas públicas y periféricas que no están en condiciones de competir con quienes estudian en colegios de primera línea. En el segundo, un año después, las calificaciones mejoraron, pero fui descalificado por no haber pasado en limpio la redacción con bolígrafo. Decidí probar suerte en Osec.
– Laboratorio de Arqueología Romana Provincial
Pero mi historia comienza mucho antes de eso. Nací en 1970. Me crie en el extremo sur de la ciudad de São Paulo, en una zona periférica y violenta. Crecí viendo a mi mamá, paulista del interior del estado, preparar coxinhas [croquetas de pollo] para vender y ayudar al sostén del hogar. De niño yo vendía helados por las calles con el mismo propósito. Mi papá, originario de Vitória da Conquista, en el estado de Bahía, trabajaba como administrativo en una industria textil, pero ganaba poco.
Cuando me hice adulto, él me confesó que su sueño había sido estudiar ingeniería agronómica, algo que nunca pudo concretar. Quizá por eso anhelaba que su hijo mayor se graduara en ingeniería y me animó a que hiciera el curso de electricista en el Senai [Servicio Nacional de la Industria]. Gracias a esta formación técnica, trabajé en talleres de electricidad, en mantenimiento en general, en todo lo que se presentaba.
Mi ingreso en Osec como electricista fue un parteaguas. Pronto me convertí en jefe del sector de mantenimiento. Coordinaba a otros electricistas, plomeros y pintores. Durante el día trabajaba y, por las noches, cursaba la carrera de historia con una beca completa. Mi trabajo de conclusión de carrera [TCC] versó sobre la Epopeya de Gilgamesh [poema épico mesopotámico, escrito hacia 1800 a. C., considerado una de las obras literarias más antiguas del mundo].
Muchos de mis profesores eran doctores graduados recientemente en la USP y, siguiendo sus consejos, fui a cursar una asignatura como alumno especial en el Programa de Posgrado en Historia de la USP. Eso fue a mediados de la década de 1990. La materia se llamaba Moneda y Noción de Valor en el Mundo Antiguo y la impartía la profesora Maria Beatriz Borba Florenzano, del área de arqueología. Cuando Bia, como la conocen sus alumnos, leyó mi TCC, realizó muchas anotaciones en rojo. Pensé: “Debe estar muy mal”. Pero ella me felicitó diciendo: “Esto que has hecho es prácticamente una maestría”. Quedé atontado.
Entonces Bia se ofreció a dirigirme en una investigación de maestría y me sugirió como tema a Heracles ‒figura central de la mitología griega y posteriormente reinterpretada por los romanos como Hércules‒ y las monedas de Sicilia en el período griego [del siglo V a. C. al siglo III a. C.]. Acepté enseguida. Empecé mi investigación en 1996 y tres años después viajé a Israel a realizar unas excavaciones por invitación de Bia. Ése fue mi primer viaje en avión.
Realicé excavaciones en la antigua ciudad de Apollonia, donde se conservan vestigios de una sofisticada infraestructura urbana desarrollada a lo largo de más de 2.000 años, principalmente durante los períodos helenístico, romano y bizantino. Eso despertó mi interés por la riqueza arqueológica de la Antigua Roma. Al regresar, le dije a mi directora: “En el doctorado, quiero dejar de lado la Antigua Grecia y estudiar el período romano”.

Archivo PersonalCarvalheiro Porto con Maria Beatriz Florenzano [Bia] en Glasgow (Escocia), durante un congreso realizado en 2009Archivo Personal
Me resulta curioso pensar que ese giro hacia la Antigua Roma cambió mi vida. En 2013, la arqueóloga Maria Isabel D’Agostino Fleming, docente del Museo de Arqueología y Etnología [MAE] de la USP, quien investigaba arqueología romana, se jubiló. Ese mismo año aprobé un concurso y me nombraron para sucederla en esa cátedra. En otras palabras, si no hubiese tomado aquella decisión en el doctorado, a lo mejor no habría llegado a ser profesor de la USP.
El camino hasta llegar a la docencia en la USP fue arduo. Durante mi maestría y mi doctorado di clases en las redes estadual y municipal, y en una escuela privada en Jardim Europa [un barrio de clase alta en São Paulo]. En 2002, por invitación de quien entonces era el coordinador de la carrera de historia en el Centro Universitário Metropolitano de São Paulo [FIG-Unimesp], en Guarulhos, Paulo Eduardo Dias de Mello, me convertí en profesor de esa universidad.
Dias de Mello también era docente en Unisa. Le dije que me gustaría dar clases allí, no solo porque estaba cerca de mi casa, sino también porque sentía que me unía un vínculo afectivo y, acaso también, por el reto emocional y personal que suponía para mí regresar a la institución en donde me gradué y trabajé como electricista. Él me presentó a la coordinadora, la profesora Nely Robles Bacellar, y en 2005 finalmente me contrataron como profesor de la facultad.
Creo que existe una especie de barrera simbólica cuando alguien pasa de una función operativa a una función docente, sobre todo en un mismo ambiente institucional. A veces, solo es una impresión, otras veces es más que eso. Al haber sido jefe del sector de mantenimiento en Unisa, sentía que quizá no me viesen como alguien con el perfil para desempeñarme como docente universitario en ese lugar. Pero fui bien recibido y trabajé como docente en Unisa durante ocho años. Siempre compatibilizando tres, y a veces cuatro empleos como profesor.
Cuando aprobé el concurso para la USP, dejé todo para dedicarme por completo a mi nuevo trabajo. Valió la pena. Recientemente, tuve el honor de ser elegido miembro asociado del Instituto Arqueológico Alemán (DAI), un reconocimiento concedido a pocos investigadores fuera de Europa y de enorme relevancia en mi área.
Sigo investigando y realizando actividades de campo en el yacimiento arqueológico de Tel Dor [Israel] y soy uno de los coordinadores del equipo brasileño en el proyecto internacional intitulado “Cultural contacts in Judaea-Palaestina during the Roman Period: Coin circulation and urbanisation studies in Tel Dor”, que cuenta con el apoyo de la FAPESP. El grupo también reúne a investigadores de Israel, Reino Unido, Australia y Estados Unidos.
Estoy muy orgulloso de mi trayectoria. Es una historia forjada con sudor y mucha lectura. Y si hoy pudiera hablar con aquel Vagner de 1990 le diría: “Calma muchacho, todo saldrá bien. Lo lograrás”.
Este artículo salió publicado con el título “Conexiones” en la edición impresa n° 354 de septiembre de 2025.
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