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Gilberto De Nucci

Gilberto De Nucci: El radical de los fármacos

MIGUEL BOYAYANNadie puede permanecer indiferente delante del farmacólogo Gilberto De Nucci. Alto, robusto y de pasos rápidos, De Nucci es dueño de una voz grave y un aire bonachón que lo ayudan a hacer amigos, casi con la misma facilidad con que se granjea enemistades. Sucede que este médico de 46 años tiene opiniones que son tan sólidas como polémicas, y no teme decir lo que piensa. “Al menos las dos terceras partes de los medicamentos no producen el efecto esperado”, afirma. De una manera más clara, esto significa que tendrían una acción más bien psicológica que farmacológica. De cualquier modo, De Nucci defiende el uso de los remedios: los mayores avances en medicina se deben a la adopción de nuevas drogas.

Actualmente De Nucci desarrolla tres medicamentos. El primero que saldrá al mercado -posiblemente en 2005- es el lilafil, destinado a tratar la dificultad para mantener la erección. La molécula de lifalil, producida por De Nucci para el laboratorio brasileño Cristália, es similar a la del Viagra y empezó a probarse en seres humanos en agosto. El investigador trabaja también en la síntesis de un antiinflamatorio y de una nueva clase de antihipertensivos.

Si sus ideas son controvertidas, su competencia es innegable: De Nucci es uno de los científicos más productivos de Brasil. Desde 1985 ha publicado 217 artículos científicos en revistas internacionales. En la actualidad se ubica entre los tres investigadores brasileños más influyentes, cuyos trabajos aparecen entre los más citados por otros estudios, de acuerdo con un estudio de la base de datos ISI Highly Cited, que incluye a los 4.800 investigadores más influyentes, sobre un total de 5 millones de científicos.

De Nucci ha registrado 22 patentes en el Instituto Nacional de Propiedad Industrial y 8 en la World Intellectual Property Organization. También ha sido objeto de 12 procesos judiciales, administrativos o éticos. Según él, el único juicio que perdió, y en primera instancia, se lo inició una de las instituciones donde dicta clases -la Universidad Estadual de Campinas (Unicamp)- por reclutar voluntarios para sus estudios clínicos entre el personal de la universidad. “Posteriormente gané la disputa en el Consejo Regional de Medicina del Estado de São Paulo”, dice.

Una vez egresado de la Facultad de Medicina de Ribeirão Preto de la Universidad de São Paulo (USP), estudió farmacología en Inglaterra, por identificación personal con uno de sus docentes: el farmacólogo Sergio Henrique Ferreira. En 1986, De Nucci concluyó su doctorado en el Royal College of Surgeons of England. Dos años después publicó en Proceedings of the National Academy of Sciences uno de sus más importantes artículos científicos sobre el papel de la endotelina, una hormona vasodilatadora liberada por la pared interna de los vasos sanguíneos.

Al margen de enseñar farmacología en la Unicamp, De Nucci dicta clases en la Universidad de São Paulo (USP), donde ayudó a crear la Unidad Analítica Cartesius, responsable del 60% de los estudios de bioequivalencia realizados en el país. Como si todo esto fuera poco, hace dos años abrió su propio laboratorio de investigación en Campinas: Galeno, en el cual se efectúan pruebas de bioequivalencia de medicamentos y análisis de sustancias tóxicas en pollos y crustáceos destinados a la exportación.

Usted dijo en una entrevista hace algunos meses que el 80% de los medicamentos no funciona. En diciembre pasado, Allen Roses, uno de los vicepresidentes del laboratorio GlaxoSmithKline, declaró al periódico inglés The Independent que la mayor parte de los remedios elaborados en su empresa no actuaba como se esperaba en más de la mitad de las personas. ¿Podría explicar mejor esto?
Al menos las dos terceras partes de los medicamentos actúan como placebos [sustancias inocuas]. No hacen efecto. O no hay evidencias científicas de que funcionen, pues no es posible evaluar su acción contra una serie de patologías. Imagínese a una persona que sufrió un derrame cerebral. En ese caso, el efecto del medicamento depende de diversos factores, tales como el tipo de derrame y el área afectada. Como no se puede saber cuál era el comportamiento y cómo estaba la memoria antes del problema, es difícil saber si el remedio está ayudando a la recuperación. Lo propio sucede con el mal de Alzheimer. Se administra el medicamento confiando en que la persona va a mejorar, pero eso no es seguro. Al fin y al cabo, no sabemos cómo surge esa patología. Sabemos cómo evoluciona, y es complejo medir si dicha evolución es mayor o menor con el remedio. No existen evidencias de que el medicamento funcione contra la enfermedad. A decir verdad, en este caso, eso ni siquiera es necesario.

¿No es necesario?
Como en el mal de Alzheimer se produce una acumulación de determinadas proteínas, basta con demostrar que el medicamento reduce esa acumulación [para que se lo considere útil]. A veces, ni siquiera se sabe si ese problema es realmente importante en el surgimiento de la enfermedad. Pero, como no existe un modo de descubrirlo, lo mejor es sacar droga al mercado y verificar qué sucede. Cuando no si sabe si una medicina funciona es porque aún no contamos con los medios como para verificarlo.

¿Pero no hace falta al menos saber si el remedio no hace mal antes de recetarlo?
Supuestamente, sí. Se hacen ensayos clínicos para verificar si a priori, un medicamento no hace mal. Ahora bien, esto no quiere decir que no surgirán efectos indeseables cuando se lo administre en seres humanos. Se acepta ese riesgo.

¿Y tiene sentido recetar remedios así?
Claro. Y se los receta efectivamente así. Hay un dicho interesante sobre esta cuestión, proferido por Sir William Osler [el médico canadiense autor de The principles and practice of medicine, de 1892, un referente en el área de la salud de comienzos del siglo XX]. Sostiene que el deseo de tomar medicamentos es quizá la principal característica que diferencia al ser humano de otros animales.

Pero hay medicamentos que funcionan, cuya acción extrapola el efecto placebo.
Hoy en día existen medicamentos que realmente actúan contra determinadas enfermedades. Así sequedan todos contentos: el paciente que compra el remedio, y el médico, porque los estudios clínicos demuestran que el efecto del medicamento es altamente significativo. Un ejemplo de esto el uso de la aspirina en la prevención del infarto. Diversos estudios demuestran que, administrada en una cierta dosis, la aspirina reduce casi tres veces la reincidencia del problema. Pero es un beneficio relativo, toda vez que el 80% de los pacientes no sufriría un nuevo infarto, aun cuando no tomasen aspirina.

En tal situación, ¿qué es mejor entonces? ¿tomar o no tomar el remedio?
Toda la lógica del sistema se orienta precisamente a que se tomen medicamentos. No estoy diciendo que los remedios no sean efectivos. Pero los mejores estudios clínicos muestran que, para el 90% de la población, los remedios no producen mejora alguna, o que raramente hay mejoras. Esto no significa que los medicamentos no tengan ninguna utilidad, sino que el porcentaje de pacientes que se benefician es muy pequeño: a veces del 2% ó el 3%. ¿Quiere un ejemplo? Un remedio conocido para tratar la diabetes: la acarbosa, que no es absorbida por el organismo y compite con la absorción de azúcar. De hecho, con el remedio, la glucemia de la persona no aumenta, pero estudios realizados en Alemania -en Europa son más cuidadosos con esto- demuestran que las personas se mueren igual. El remedio no altera la evolución de la enfermedad.

En teoría, los médicos siguen de cerca las publicaciones específicas de su área y deben actualizase, saber que algo es eficaz antes de dárselo al paciente, ¿no es cierto?
No, a decir verdad, no. Los médicos son muy poco científicos. La evaluación médica es subjetiva, pese a que la gente tiene la fantasía de que los médicos sostienen una actitud científica. La historia demuestra que no es así.

Pero ¿usted no es médico?
Sí, soy médico.

¿Esto quiere decir que los médicos hacen diagnósticos y recetan con base únicamente en los resultados que observan en el consultorio?
Es difícil aplicar los métodos científicos empleados en laboratorio en la práctica de la medicina. En los congresos pueden observarse muchas conductas basadas en criterios subjetivos, con médicos diciendo “cómo yo trato, cómo yo hago”. Son decisiones personales, sin ningún tipo de razonamiento científico ni control metodológico.

¿Los médicos no tienen en cuenta los trabajos de medicina basados en evidencias; revisiones que muestran si una cierta droga sirve o no para tratar una enfermedad?
La gente le dice medicina basada en evidencias, o evidence based medicine. Yo la llamo evidence biased medicine [medicina basada en resultados tendenciosos]. Las conductas de la medicina basada en evidencias se definen con base en metaanálisis: se juntan los trabajos sobre los efectos positivos y negativos de una droga, en procura de descubrir su real eficacia. Pero, como es sabido, la probabilidad de que estudios con resultados favorables sean publicados es mayor que la de trabajos con resultados desfavorables. Esto contamina las conclusiones derivadas de los metaanálisis, de allí la expresión evidence biased medicine.

Ésa es una cuestión importante. En el exterior existe un debate cada vez más intenso sobre la obligatoriedad de que las empresas farmacéuticas hagan públicos todos sus resultados, incluso los malos.
Hay una confusión ahí. Hacer de público conocimiento los datos no implica divulgarlos en una publicación científica. Los laboratorios deben informar el resultado de todas sus investigaciones, ya sean favorables o desfavorables a su producto, al órgano regulador, que decide entones si autoriza la venta de un medicamento o no.

¿No es poco? ¿No sería mejor publicar los estudios en una revista científica? Así el médico que prescribe un remedio podría ver esos datos.
Evalúo trabajos científicos y estudios clínicos y hay una diferencia entre ambos. El órgano regulador efectúa una revisión del estudio clínico porque allí están todos los datos brutos. En el artículo científico no, aparecen solamente gráficos y tablas, y se cuestiona eso. Pero en el ideario de la gente la industria farmacéutica es el bad boy, es gente que quiere ganar dinero. Como si todos tuviéramos que trabajar gratis…

Sin querer satanizar ni santificar a nadie, se sabe que existen procedimientos de la industria farmacéutica altamente condenables, como el pago de viajes y beneficios a los médicos para que receten sus medicamentos. En Italia, enjuiciaron a 4 mil médicos recientemente por eso.
Yo no estoy santificando…

¿El modelo actual de trabajo de la industria farmacéutica no es ineficiente? Los laboratorios sostienen que el desarrollo de una droga puede costar 800 millones de dólares, ya que es necesario crear centenas de moléculas antes de que una de ellas se transforme en un producto comercial. ¿Es correcto mantener ese modelo?
Es el modelo capitalista. La industria farmacéutica se destina a generar ganancias, y sus productos tienen un alto valor agregado. Solo no cobra más porque la gente no puede pagar más.

Es la lógica del mercado.
Exactamente. ¿Por qué un día de internación en un sanatorio privado de punta es mucho más caro que un día en otro de menos renombre? Porque el primero tiene sus costos, su valor agregado y listo. Sin entrar en el tema del precio, el hecho es que existen buenos medicamentos, que ayudan a la medicina a avanzar. Por cierto: la medicina solamente progresa con los medicamentos. El resto no cuenta mucho.

¿Y los procedimientos clínicos, el diálogo con el paciente; estas cosas no cuentan?
Son tonterías. Los medicamentos marcan efectivamente la diferencia. Y contamos con grandes medicamentos. El precio puede ser absurdo, pero representan grandes avances. Al margen de esos medicamentos importantes, existe una franja enorme cuyo valor es dudoso, su evaluación es compleja o la prescripción es inadecuada. Pero una tercera parte es eficaz. A decir verdad, aun así quedan dudas. Son eficaces porque seguimos un determinado modelo de evaluación. Con otros modelos quizá no fueran eficaces.

En Inglaterra y Estados Unidos, algunos antidepresivos están siendo cuestionados por inducir al suicidio, y algunos sostienen que la industria farmacéutica ha ocultado ciertos datos sobre sus productos. ¿Cómo debe proceder un órgano público que vela por la calidad de los medicamentos en esos casos?
La preocupación fundamental del órgano no es que el medicamento funcione -creo que incluso han perdido las esperanzas en ese sentido-, sino que no haga mal. Para la cultura estadounidense, si una droga no funciona eso es una cuestión debatible. Sin embargo, cuando se prueba que es nociva, el órgano regulador pasa a ser corresponsable, junto a la industria farmacéutica. Por eso existe de hecho una preocupación con la seguridad de los medicamentos. Con respecto a la eficacia, el mercado puede eventualmente ayudar a despejar las dudas.

¿Por qué la gente debería tomar remedios de efecto dudoso? ¿Esa no es la lógica de los laboratorios? ¿La gente no usa más medicación de lo necesario?
Sí, pero, como dije antes, existe un efecto placebo. Esto no significa que ese efecto no sea bueno. Mire el caso de los antihistamínicos. Si la persona sufre una picadura de mosquito y siente comezón, usted le dice: “Toma el remedio enseguida que sino no te va hacer efecto”. La comezón desaparece antes de que el medicamento sea absorbido, y se pierde el remedio. Esto es complejo. Existe una cierta noción de que un medicamento es algo bueno; pero, cuando se buscan las evidencias, pocos tipos de drogas son eficaces.

¿Podría mencionar ejemplos de drogas realmente eficaces?
Cuando yo era un estudiante de medicina, la cirugía de úlcera duodenal era frecuente. Había varias técnicas de operación. Hoy en día se toma Tagamet (cimetidina) o Antak (ranitidina) y la úlcera cicatriza en tres semanas. Nadie más sabe operar úlceras, es muy raro. Además, la cirugía nunca fue una especialidad médica. Surgió en el siglo XIX y ha de desaparecer en el siglo XXI.

¿Usted cree que la especialización en cirugía tiene los años contados?
En algunas especialidades, las cirugías casi no existen más, pues ha habido una drástica reducción del número de procedimientos. Hay cada vez menos cirugías en las áreas de urología y gastroenterología. Las cirugías oncológicas todavía existen, pero eventualmente pueden ser dejadas de lado. Hoy en día los tumores de próstata se tratan con calor, radioterapia o medicamentos. Con excepción del área estética, las cirugías son algo poco sofisticado.

¿Cuánto cuesta desarrollar un medicamento en Brasil? ¿No sale más barato que afuera?
Con 5 millones de dólares es posible llegar a un me-too [una copia de un medicamento ya existente]. Un me-too es un análogo estructural, que permite escaparle a la ley de patentes vigente en Brasil y en algunos otros países, pero no en Estados Unidos. Allá son muy elevados los costos de los juicios promovidos por los laboratorios fabricantes de medicamentos innovadores, bajo la alegación de similaridad de la droga análoga. Acá no. Yo estoy haciendo eso con un producto del laboratorio Cristália: el lilafil, que ha dado en llamárselo el Viagra brasileño.

¿Qué tipos de medicamentos podría hacer Brasil con esos fondos?
Aquéllos que tienen una química poco compleja y cuya síntesis no es complicada. Si la obtención de la molécula fuera compleja, el precio será alto. Asimismo, podríamos hacer medicamentos cuya evaluación clínica no es cara, como es el caso del análogo del Viagra, donde lo que se pretende saber es si la persona tiene erección. Es distinto que en un tratamiento para el Alzheimer, cuando se deben tratar pacientes durante un año y hacer una serie de estudios.

Es común que los científicos brasileños identifiquen moléculas, pero no que lleguen a los medicamentos; esto por falta financiación. ¿Por qué sucede esto?
Por falta de interés. Soy farmacólogo. Mi formación transcurrió en la industria farmacéutica y quiero hacer medicamentos, que es la forma que tengo de controlar un fenómeno biológico. Pero es necesario ver si es viable hacerlo. Acá no existe la química de medicamentos, no se sintetizan remedios.

¿Por qué no existe?
Porque perdimos el tren. Nunca tuvimos gente preparada. Como no teníamos una ley de patentes, ¿en razón de qué habría interés en sintetizar remedios si era posible copiarlos? Y al copiarlos no se logra competir en precio con países como la India y China. En dichos países el costo de la mano de obra es mucho menor y existe aquello que yo denomino subsidio ecológico.

¿Subsidio ecológico?
Exactamente. Mire el caso del río Tietê. ¿Por qué ese río está como está, tan contaminado? Porque hay un cierto nivel de perjuicio que se acepta. Para que el Tietê quede como el Támesis de Londres, las industrias deberían salir de acá y sería necesario tratar los desagües. Y eso tiene un costo. En Europa no se consigue sintetizar una molécula de medicamento. El costo es tan exorbitante que no vale la pena. ¿Ustedes creen que en Inglaterra van a querer tener una fábrica que arroja desechos químicos ahí al lado? La síntesis de los remedios necesarios en Europa y Estados Unidos se hace en la India y en China. Cubatão [localidad industrial del interior de São Paulo], por ejemplo, está como está porque existe un subsidio: “Puede producir en esa localidad y hacer lo que se le de la gana; para nosotros no hay problemas”. Es una opción de la sociedad.

¿No sería entonces el caso de que Brasil también usase a China y la India para hacer síntesis de medicamentos?
No tiene ningún valor sintetizar medicamentos. El problema no es la síntesis, sino la propiedad intelectual que se genera. El knowledge es lo que tiene valor. Pero creo que es complicado que podamos subirnos a ese tren de nuevo. En Canadá, el 80% de las personas con edades entre 18 y 25 años están en la universidad. En Brasil, ese número llega al 8%. El tren va a pasar más lejos. Somos mucho más subdesarrollados hoy en día que hace 20 años.

¿La biodiversidad nacional no puede ser una fuente de moléculas y extractos que servirían de base para la elaboración de nuevas medicinas?
Ésa es una visión romántica.

¿Usted no está subestimando el rol y el peso de Brasil? ¿La actuación internacional del país no ayudó a bajar el precio de algunos medicamentos contra el Sida?
No lo sé. Si fuese en fútbol, estaría subestimándolo. Excepto en eso, no veo que exista nada excepcional acá. ¿Commodities ? Puede ser que Brasil tenga el mayor stock de ganadero, quizás sea uno de los mayores productores de pollos del mundo.

¿No sería interesante producir un medicamento enteramente nacional, desde el descubrimiento de la molécula hasta la pastilla?
No. Creo que eso es una estupidez. Lo fundamental es el valor agregado, el concepto, la idea de la molécula. La segunda cosa más importante en la vida, después de la propia existencia, ¿sabe qué es? El tiempo. ¿Quién hace eso bien? ¿Francia, Italia, Hong Kong? Entonces voy a producirlo donde lo hacen rápido y bien.

Pero, siguiendo en ese aspecto, el de la idea de nuevas moléculas, ¿Brasil no está bien? Al fin y al cabo, los científicos brasileños han publicado diversos trabajos sobre moléculas eficaces contra algunas enfermedades. Esto quiere decir que el paso más difícil, el fundamental, ya estaría dado, ¿no es cierto?
Yo creo que no. Probablemente no tendré más empleo luego de esta respuesta… Existe eso de ufanarse y decir que la producción científica brasileña es el 1% de los trabajos publicados.

Pero ése es un dato del ISI (Institute of Scientific Information), que a decir verdad estima que el 1,5% de los artículos publicados en periódicos internacionales corresponde a brasileños. Usted es uno de los científicos brasileños más citados según el ISI.
Hay una lista de científicos más citados. En ésta hay tres brasileños: Boris Vargafgit, que vivió toda su vida en Francia. El otro es Jorge Stolfi, un colega de la Unicamp. Parte de mi producción tampoco es hecha en Brasil, sino de cuando estaba en Inglaterra.

Analizándolo bien, gran parte de la ciencia estadounidense es hecha por extranjeros.
Sí, pero son extranjeros que generan conocimiento allá. Es una cuestión difícil. El salto que el Tercer Mundo necesita dar es muy grande. En Brasil perdura aún la visión de que se tiene que hacer todo acá. Eso no funciona. No es así que se elaboran medicamentos.

¿Y cómo habría que hacer?
Existen dos aspectos: uno de ellos consiste en desarrollar el medicamento, el otro es el precio. Una cosa es querer desarrollar un medicamento porque es una inversión interesante desde el punto de vista económico y decidir cómo hacerlo. Otra es viabilizar ideas para salir al mercado y saber cómo hacerlo. Cuando se logre invertir y crear el suceso nuevo, seguramente habrá capital, ya sea del país o externo.

Para que el producto llegue al mercado…
Son pocas las buenas ideas que son factibles. En ese aspecto, creo que la función del científico que pretende llegar a ello es ocuparse de ello. Si está vendiendo el producto que creó, debe saber quién puede comprárselo.

¿Falta emprendedorismo en la universidad?
Las oficinas de patentes en la universidad son inútiles, son una palada de cal sobre las universidades públicas. Me mantengo al margen de eso para no pelearme. Hoy en día esas oficinas estimulan la redacción de patentes. Como menos de 0,01% de las patentes es comercialmente viable, eso ha de generar un gran gasto sin la necesaria contrapartida. En ese tipo de oficinas, el que negociará con el laboratorio es el economista, que no tiene ni remota idea acerca de cuál es la finalidad de aquello que se ha creado. El científico que anhela que su descubrimiento salga al mercado debe saber a quién buscar.

Para negociar con una gran empresa es necesario tener nociones de mercado y de marketing. ¿Una oficina de patentes no desempeñaría un rol en eso?
Yo tengo la impresión de que nuestro sistema universitario se ha polarizado sobremanera al respecto del tema de qué es lo público y qué es lo privado. Creen que la industria les va a robar. En una entrevista sobre el Viagra brasileño, me preguntaron: “¿La universidad se queda con qué parte de los royalties?” Yo contesté: “Con ninguna”. “¿Y usted cuánto se lleva?” “Tampoco me quedo con nada; me contrataron como consultor para desarrollar el medicamento”. El laboratorio Cristália hace la síntesis de la droga. Ellos son los que están negociando el desarrollo. Gané como profesional para desarrollar el producto. ¿Y la universidad no ganó nada? Claro que sí, ganó: pues no tuvo ningún costo y permitió la creación de un medicamento.

¿Pero usted no usó nada de la universidad?
Usé mi tiempo, pues la universidad también me paga.

¿Nada más?
Hice algunos experimentos en la universidad.

La nueva Ley de Innovación estipula que los docentes de las universidades públicas también pueden tener vínculos con empresas privadas.
Eso significa crear una ley para quitar obstáculos ocasionados por otras leyes. Es la visión de quienes creen que la universidad es perjudicada. Nunca generamos nada, esa es la gran verdad. Tenemos miedo de crear algo porque nos lo van a robar. Así sería mejor cerrar.

¿No es necesario tener reglas claras?
No. Es preciso obtener resultados, no tener reglas. En vez de crear leyes todo el tiempo, deberían dejar que las cosas fluyan. Si la universidad no cuenta con un mecanismo legal para cobrar royalties, esto no tiene importancia, porque la venta de un nuevo remedio mueve la economía del país. Algo entra bajo la forma del impuesto sobre la circulación de mercaderías y servicios (ICMS) a las arcas del Estado. Una vez que se den los resultados, aprenderemos a lidiar con ese asunto.

¿Entonces debería haber alguna regla en un segundo momento?
Efectivamente, en un segundo momento. Una vez le hice una propuesta a la FAPESP. ¿Por que no podemos venderle a la industria privada equipos caros que quedaron obsoletos para hacer investigación? El laboratorio de la universidad se quedaría con el 50% de la venta y la FAPESP con el otro 50%. Pero eso no puede hacerse, pues se trata del patrimonio público.

Usted es favorable a que haya laboratorios públicos dedicados a la producción de remedios, como es el caso de Far-Manguinhos?
Far-Manguinhos [Instituto de Tecnología en Fármacos de la fundación Fiocruz, de Río de Janeiro], la Furp [Fundación para el Remedio Popular, del estado de São Paulo], todos ellos debería ser cerrados lo más pronto posible. Es un absurdo eso, ya se los he dicho. El laboratorio Bristol-Myers Squibb produce el captopril en uno o dos lugares en el mundo. En Brasil hay unos 20 laboratorios oficiales fabricando ese medicamento. Económicamente no es barato. Existen mecanismos para que un país module los precios de los medicamentos. Pero nunca habrá remedios gratis. Es un error estratégico del gobierno: no es función del gobierno producir medicamentos.

¿Es un problema de gestión?
La función del gobierno es asegurarle a la población el acceso a los medicamentos.

¿Cómo se concretaría eso?
Pueden existir políticas de salud relacionadas con la industria farmacéutica. Existen varios modelos. En Francia, el gobierno dice: “Pagaré tanto por tal medicamento. Si me lo vende por ese precio, yo se lo compro y se lo ofrezco a la población”.

Se juega con el poder de compra para bajar los precios.
En Europa las aseguradoras de salud pagan medicamentos genéricos a sus clientes. Si una persona no quiere el genérico y quiere el de marca, paga la diferencia. El gobierno puede organizar el mercado y dejar de suministrar medicamentos que ya deberían haberse prohibido, porque hacen mal a los pacientes. Suelo decir que “la función del médico es hacer diagnósticos y prescribir remedios; y apuntar el tratamiento correcto”. Si el paciente puede o no puede comprar los medicamentos, eso no es problema del médico. Eso le compete a otro profesional.

¿A qué profesional?
Al político, a aquél que administra los sistemas de salud, a los administradores hospitalarios.

¿Y si el paciente le dice: “Cuesta 100 reales y yo no tengo ese dinero”?
La función médica comprende el diagnóstico y el tratamiento. Y termina ahí.

Es un problema de distribución de ingresos y de contar con un sistema que proteja a las personas más pobres.
Sí, pero no es la función del médico proteger al enfermo. Es precisamente allí que se hacen las peores barbaridades.

¿Usted cree en la homeopatía?
No poseo evidencias científicas de que funcione. Pero yo no trabajo con homeopatía. Cuando el bioquímico francés Jacques Benveniste publicó aquel trabajo en Nature [en 1988, demostrando que la molécula de agua seria capaz de almacenar información sobre compuestos diluidos en ella], yo estaba en Inglaterra. Le pregunté a James Black, premio Nobel de Medicina en 1988, qué pensaba sobre ese estudio. Black me comentó que otros trabajos mostraban evidencias sobre ese asunto de las alteraciones en la molécula de agua. Él ganó un premio Nobel, y no dijo que era imposible. Yo lo conozco bien a Jacques. Es un excelente científico, un descubridor antes de esa historia de la homeopatía de un compuesto importante: el PAF-aceter, un factor de activación de plaquetas. Pero Jacques es un tipo de izquierda, comunista, con ideas políticas contrarias al establishment.

Eso quiere decir que su perfil desagradaba a muchos.
A ese respecto, existe una historia muy cómica. En Inglaterra, Sir Cyril Burt [psicólogo fallecido en 1971] ejerció una gran influencia debido a que modificó el sistema de educación del país. Con base en estudios con gemelos, sostenía que la inteligencia era determinada por la genética. Burt ganó premios y murió con toda la gloria, con colaboradores en el exterior. Pero un estadístico estadounidense observó que era imposible llegar a aquellos datos. Publicó un artículo y fue defenestrado. Lo que decía fue considerado un crimen, ¿cómo hablar mal de Jesucristo? Fueron a escuchar a los colaboradores de Burt -no existían.

¿La gente cree en las personalidades y no en la ciencia?
La gente cree en aquello que quiere creer. Luego de que se descubre que un concepto hace aguas, todos demuestran lo mismo. Incluso cuando antes hubieran probado lo contrario.

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