En 1934, un grupo de investigadores salió a las calles de São Paulo para estudiar las condiciones de vida de los trabajadores de la ciudad; y se sorprendieron con la realidad que encontraron. Una inmigrante italiana les pidió ayuda para conseguir que le donaran dos canastas de alimentos. Algunas familias solo aceptaron participar en el estudio cuando los investigadores sacaron dinero de sus bolsillos para ayudarles a comprar comida. Otras rehusaron cooperar porque temían sufrir represalias por parte de sus patrones.
El referido estudio fue una iniciativa de la entonces recién creada Escuela Libre de Sociología y Política de São Paulo, fundada en 1933. Entre las familias que proporcionaron a los investigadores información sobre ingresos y gastos, el 27 % no ganaba lo suficiente con su trabajo como para asegurarle a cada miembro de la familia el consumo de 2.500 calorías diarias, que en aquella época se consideraba lo mínimo necesario para la supervivencia de un individuo.
La mayoría podía comer lo suficiente como para reponer sus fuerzas, pero muchos estaban endeudados con las tiendas de comestibles y pocos mantenían una dieta equilibrada. “Los sueldos magros obligan a las familias trabajadoras a elegir alimentos que consideran inadecuados, pero que asoman como los únicos capaces de proporcionarles la energía necesaria”, se leía en el informe final de la investigación, publicado en Revista do Arquivo Municipal de São Paulo en junio de 1935.
El estudio estuvo coordinado por el sociólogo estadounidense Horace Bancroft Davis (1898-1999), uno de los primeros profesores contratados por la escuela paulista, y generó un impacto inmediato, en una época en que Brasil comenzaba a industrializarse y aún se discutía la mejor manera de implementar leyes de protección social como la que establecería el salario mínimo.

Diário de Notícias (Rj) – Hemeroteca de la Biblioteca NacionalGetúlio Vargas firma el decreto del salario mínimo, en 1940Diário de Notícias (Rj) – Hemeroteca de la Biblioteca Nacional
“Los debates sobre el salario mínimo en Brasil siempre estuvieron muy signados por el problema de la subsistencia”, sostiene el profesor de economía Victor Cruz e Silva, de la Universidad Federal de Paraná (UFPR). “Otros países, como Estados Unidos, ya se preocupaban con la necesidad de compartir los beneficios productivos de la economía con los trabajadores, pero esta preocupación tardó un tiempo en hacerse visible aquí, porque aún necesitábamos asegurarles condiciones básicas de supervivencia”. El primer país que tuvo un salario mínimo fijado por ley fue Nueva Zelanda, en 1894.
En un artículo publicado en septiembre en la revista Journal of the History of Economic Thought, Cruz e Silva señaló al trabajo coordinado por Davis como el primero en aplicar métodos de investigación rigurosos y análisis estadístico al estudio de las condiciones de vida de los trabajadores en Brasil. Los investigadores enviaron cuestionarios a 221 familias obreras y lograron que 75 de ellas escribieran en un cuadernillo información detallada sobre su consumo de alimentos durante un período de tres meses.
Por la misma época, médicos realizaron indagaciones sobre el régimen alimentario de las familias pobres mediante la aplicación de cuestionarios más sencillos y obtuvieron resultados similares. El trabajo de mayor repercusión, también publicado en 1935, fue coordinado por el pernambucano Josué de Castro (1908-1973), quien en 1946 publicó el libro Geografia da fome [Geografía del hambre]. En su estudio, pudo constatar que los trabajadores de la ciudad de Recife −capital del estado de Pernambuco− ingerían un promedio de 1.646 calorías diarias, una cantidad muy inferior a la recomendada y la mitad del promedio registrado por Davis en la ciudad de São Paulo, equivalente a 3.235 calorías por día (lea en Pesquisa FAPESP, edición nº 324).
Poco después, Samuel Harman Lowrie (1894-1975), otro sociólogo estadounidense que daba clases en la escuela paulista, utilizó la metodología de Davis para estudiar la situación de los empleados del servicio público de limpieza de São Paulo. Para ello recopiló información de 306 familias y realizó una amplia encuesta sobre la evolución de los precios de los alimentos en la capital, basándose en registros de la antigua Bolsa de Comercio de São Paulo y del organismo municipal que supervisaba los mercados callejeros o ferias libres.

Guilherme Gaensly / Colección del Instituto Moreira Salles El puerto de Santos a principios del siglo XX: embarques de café, la base de la economía nacionalGuilherme Gaensly / Colección del Instituto Moreira Salles
El sociólogo estadounidense arribó a la conclusión de que esos empleados públicos ganaban lo suficiente como para mantener a una familia, demostró que los precios de los alimentos estaban subiendo más deprisa que sus sueldos y le recomendó al gobierno municipal que los reajustara. Para Lowrie, no solo era necesario corregir este desfasaje, sino también atender a otras necesidades básicas y evitar que niños y adolescentes abandonaran la escuela e ingresaran al mercado laboral antes de tiempo para ayudar a sus familias.
Según Cruz e Silva, aunque con muestras acotadas, estos estudios contribuyeron a alimentar los debates sobre el salario mínimo al poner de relieve tres aspectos centrales: la insuficiencia de los ingresos de muchos trabajadores para asegurarse una dieta saludable, las disparidades regionales y la necesidad de un mecanismo que los protegiera contra la inflación de los precios de los alimentos.
Antes de asumir la jefatura del gobierno provisional instaurado por la Revolución de 1930, Getúlio Vargas (1882-1954) ya propugnaba el establecimiento del salario mínimo en Brasil, pero tardó una década en honrar su compromiso. La Constitución de 1934 incluía este piso entre los derechos asegurados a los trabajadores y el primer paso hacia su implementación se dio en 1936, cuando el Congreso aprobó una ley con los procedimientos que habría que seguir para determinar su valor. Se necesitaron años de debates hasta que finalmente se puso en práctica, en mayo de 1940.
“En los centros urbanos, la presión de los sindicatos era cada vez mayor, pero hubo una firme oposición de los empresarios y las turbulencias políticas de la época llevaron a Vargas a postergar la definición, mientras trataba de mediar entre ambos polos”, comenta el historiador Paulo Fontes, de la Universidad Federal de Río de Janeiro (UFRJ), estudioso de la historia del movimiento sindical en Brasil. Recién pudo bajar el martillo tras la instauración del Estado Novo (1937-1945), régimen que otorgó a Vargas poderes dictatoriales y sometió a las patronales y a los sindicatos a un férreo control gubernamental.
Según la Constitución de 1934, el salario mínimo debía ser “capaz de satisfacer, de acuerdo con las condiciones de cada región, las necesidades básicas del trabajador”. La ley de 1936 enumeraba cinco de ellas: alimentación, vivienda, vestimenta, higiene y transporte.

Biblioteca Nacional Cortadores de caña de azúcar en Campos dos Goytacazes (Río de Janeiro), sin fecha: la garantía de un salario mínimo solo se hizo realidad para los trabajadores rurales en la década de 1960Biblioteca Nacional
El Ministerio de Trabajo organizó un censo para averiguar las condiciones de vida en el país y recabó información sobre ingresos y gastos de 834.000 trabajadores de bajos ingresos en más de 1.000 municipios. El cálculo de los gastos en alimentación contemplaba una canasta que incluía 13 productos esenciales, listados en un decreto promulgado en 1938: carne, leche, frijoles, arroz, harina, papas, tomates, pan francés, café molido, bananas, azúcar, aceite de cocina y manteca.
El censo reveló que los sueldos eran superiores en las capitales, donde el costo de vida también era más alto, e indicaba que las dificultades de los trabajadores eran mayores en el interior del país. Los ingresos promedio per cápita de las familias de la muestra de residentes en las capitales eran un 56 % más alto que los percibidos por quienes vivían en zonas rurales y en municipios del interior. Los gastos en alimentos representaban el 55 % del presupuesto familiar en los grandes núcleos urbanos y el 68 % del total en las regiones más apartadas.
El decreto que estableció el primer salario mínimo en 1940 dividía al país en 50 subregiones y definió 14 valores diferentes. En general, la referencia que se adoptó fue el promedio de los sueldos que percibían los trabajadores menos calificados del mercado, según los montos recabados por el censo. En las tablas publicadas por el gobierno, el piso fluctuaba entre 90 mil-réis [moneda de curso legal de la época], válido para las áreas más pobres del interior de las regiones norte y nordeste, y 240 mil-réis, el monto fijado para la ciudad de Río de Janeiro, que entonces era la capital del país. No es posible saber si estos valores eran suficientes como para cubrir las necesidades básicas previstas por ley. Los encuestadores del censo le solicitaban a la gente un cálculo de sus gastos, pero no recogían información sobre el precio de los alimentos y otros artículos, y el gobierno aún no disponía de estadísticas al respecto.
Con todo, fueron pocos los que llegaron a percibir esas cifras. La informalidad del mercado laboral era muy amplia y este derecho no se aplicó en forma efectiva a los trabajadores rurales sino hasta la década de 1960. “Para la mayoría, especialmente los más pobres, la noticia tardó en llegar”, dice el profesor de economía Thales Zamberlan Pereira, de la Fundación Getulio Vargas (FGV) de São Paulo, quien investigó las asimetrías salariales de las distintas regiones del país a principios del siglo XX. “Incluso entre los asalariados industriales, que estaban más organizados, los índices de agremiación sindical aún eran muy bajos en aquella época, lo que se traducía en una merma de su poder de negociación.”
La legislación determinaba que el valor del salario mínimo podía ser revisado por las comisiones regionales tres años después, en 1943. Aquel año hubo dos reajustes, para compensar la inflación acumulada desde el inicio de la década, pero el poder adquisitivo del sueldo mínimo enseguida volvió a erosionarse. La escalada de los precios y el malestar sindical llevaron al gobierno a promover reajustes más frecuentes a partir de 1951, cuando hubo una nueva recomposición de su valor.

Dominio Público / Colección del Instituto Moreira Salles | Léo Ramos Chaves / Revista Pesquisa FAPESPFeria libre de Río de Janeiro en 1923 y el mercado actual en São Paulo: la alimentación sana y suficiente es una de las necesidades básicas que debe cubrir el salario mínimoDominio Público / Colección del Instituto Moreira Salles | Léo Ramos Chaves / Revista Pesquisa FAPESP
“El salario mínimo fue adquiriendo relevancia dentro de la agenda laboral”, dice el economista Renato Perim Colistete, de la Facultad de Economía y Administración de la Universidad de São Paulo (FEA-USP), quien estudió la evolución de los sueldos, la productividad y las utilidades de la industria brasileña durante la segunda mitad del siglo XX. “Los sindicatos advirtieron que el reajuste del piso salarial inducía a los patrones a aumentar también los sueldos de otras franjas superiores al mínimo, premiando a los trabajadores algo más calificados, e incorporaron esto a las estrategias de negociación con las empresas”. Según diversos estudios, este efecto aún puede observarse hoy en día en Brasil.
Tras el golpe de 1964, los gobiernos militares anularon las comisiones tripartitas de la época de Vargas, dejaron sin efecto los pisos regionales y durante un buen tiempo recortaron los sueldos. La recuperación solo se produjo después del Plan Real (1994) y se intensificó a partir de 2007, cuando una nueva política articulada entre el gobierno y las centrales sindicales aseguró una suba real del salario mínimo, así como una recomposición anual por inflación.
Según el Departamento Intersindical de Estadística y Estudios Socioeconómicos (Dieese), el valor real del salario mínimo se redujo a la mitad entre 1986 y 1994. En las tres décadas siguientes, su poder adquisitivo se duplicó. En 1995, el salario mínimo alcanzaba para adquirir una canasta básica de alimentos, compuesta por los mismos productos enumerados por el decreto de 1938 y aún vigente. El valor actual del salario mínimo, que tuvo un reajuste en el mes de enero que lo llevó a 1.518 reales, permite la compra de 1,8 canastas básicas.
La política de revalorización del salario mínimo contribuyó en gran medida a reducir la desigualdad de ingresos en el país, que ha caído en este período sin que ello haya generado efectos negativos de fuste en el mercado laboral, como muchos economistas temían, preocupados por el aumento de los costos laborales para las empresas. “Los mejores estudios disponibles demuestran que, incluso en los períodos en que se registró un aumento del desempleo y la informalidad tras las recomposiciones del salario mínimo, su impacto negativo fue menor”, dice el economista Miguel Foguel, del Instituto de Investigación Económica Aplicada (Ipea), vinculado al Ministerio de Planificación, quien analizó los efectos de esta política en su maestría, defendida en la Pontificia Universidad Católica de Río de Janeiro (PUC-RJ) en 1997, y en estudios posteriores.
La mayor preocupación actual de los economistas es el aumento de los costos de la política de valoración para las arcas públicas. “El crecimiento económico de principios del decenio de 2000 creó condiciones favorables para esta política, permitiendo una recomposición significativa del poder de compra del salario mínimo sin generar inflación ni otros efectos negativos, pero se hizo más difícil sostener sus costos”, dice el sociólogo Pedro Ferreira de Souza, del Ipea, autor del libro intitulado Uma história da desigualdade: A concentração de renda entre os ricos no Brasil (1926-2013) [Una historia de la desigualdad en Brasil. La concentración de los ingresos entre los ricos (1926-2013)] (editorial Hucitec, 2018). La Constitución de 1988 amplió el alcance del salario mínimo en Brasil al definirlo como el piso de las jubilaciones y pensiones de la Seguridad Social y de las prestaciones asistenciales percibidas por ancianos y personas con discapacidad, dejando de ser tan solo un valor de referencia para los trabajadores activos. Los estudios muestran que este vínculo generó importantes efectos distributivos, pero ha elevado bastante el peso de la Seguridad Social en el presupuesto federal.
Este artículo salió publicado con el título “La primera conquista” en la edición impresa n° 349 de marzo de 2025.
Artículos científicos
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DAVIS, H. Padrão de vida dos operários da cidade de São Paulo. Revista do Arquivo Municipal de São Paulo. v. 13, n. 2. jun. 1935.
PEREIRA, T. A. Z. The North-South divide: Real wages and welfare in Brazil during the early 20th century. Revista de Historia Económica. v. 38, n. 1. 14 mayo 2019.
