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Cooperación

Expediciones científicas salen al campo en lugares poco explorados de la región amazónica

Proyectos financiados en el marco de la Iniciativa Amazonia+10 apuntan a expandir la comprensión referente a la diversidad social y biológica

Equipe USP / Ufac / UnicampInvestigadores encontraron un fósil de Stupendemys geographicus, la especie de tortuga de agua dulce más grande del mundo, a orillas del río AcreEquipe USP / Ufac / Unicamp

Un fósil de una tortuga gigante por poco no pasó desapercibido para los investigadores que realizaban una expedición científica en Assis Brasil, en el estado de Acre, cerca de la frontera brasileña con Perú y Bolivia. El paleontólogo Francisco Ricardo Negri, de la Universidad Federal de Acre (Ufac), decidió detenerse y escarbar al borde de un paredón situado a orillas del río Acre, mientras que otros dos colegas se dirigían a un área cercana. “De repente, Negri empezó a gritar y gesticular hacia el lado nuestro, eufórico. Había un caparazón aflorando del suelo”, recuerda una de las líderes de la expedición, la paleontóloga Annie Schmaltz Hsiou, del campus de Ribeirão Preto de la Universidad de São Paulo (USP). Se trataba de una Stupendemys geographicus, considerada la especie de agua dulce más grande del mundo, que vivió hace entre 10,8 y 8,5 millones de años, durante el período conocido como Mioceno. “Es el fósil más completo de una tortuga gigante encontrado en Brasil”, comenta la investigadora.

El descubrimiento ocurrió a mediados de junio, durante el primer día de salida al campo. Fueron necesarios cuatro días para excavar todas las partes halladas. “Identificamos fragmentos del caparazón, huesos de la cintura pélvica, parte de un fémur e incluso otros elementos óseos de las patas”, dice Schmaltz Hsiou. El caparazón preservado medía más de 1 metro, y datos preliminares indican que el animal completo tendría alrededor de 2 metros de longitud, dimensiones cercanas a las del ejemplar descrito en Venezuela en 2020, el más grande registrado hasta aquel momento. El equipo de 16 personas no estaba preparado para localizar un fósil de esta magnitud y tuvo que improvisar una base de madera para transportarlo. Schmaltz Hsiou, quien estudia fósiles en Acre desde hace 20 años en colaboración con la Ufac, había pasado por aquella zona antes, en 2022, junto al paleontólogo Edson Guilherme da Silva, de la Ufac. En aquella ocasión, estuvo nueve días sin comunicación. Esta vez, el equipo contó con internet vía satélite mientras permaneció acampado a orillas del río.

Este viaje forma parte de uno de los 22 proyectos de expediciones científicas financiadas en el marco de una convocatoria de la Iniciativa Amazonia+10, inicialmente una articulación entre las fundaciones de apoyo a la investigación científica (FAP, en portugués) de los nueve estados brasileños de la Amazonia y la FAPESP (de allí el +10 del nombre), que se amplió y actualmente congrega al Consejo Nacional de Desarrollo Científico y Tecnológico (CNPq) y a instituciones y agencias científicas de fomento de 25 estados brasileños y de países tales como el Reino Unido, Alemania, Suiza, China, Francia y Guyana. En total, los proyectos seleccionados reúnen a 733 investigadores de 87 instituciones, que participan en incursiones a la selva para recolectar datos, especímenes biológicos, minerales y piezas de la cultura autóctona y popular de la región. Según Rafael Andery, secretario ejecutivo de la Iniciativa Amazonia+10, siete proyectos ya han puesto en marcha sus trabajos de campo, mientras que otros se encuentran en fase de preparación. Una de las exigencias del pliego de concurso consistía en que las expediciones contasen con equipos multidisciplinarios coordinados por científicos financiados por al menos dos fundaciones estaduales que hubiesen adherido a la convocatoria, con uno de ellos vinculado a instituciones de educación superior o de investigación con sede en la llamada Amazonia Legal de Brasil.

Las expediciones apuntan a expandir la comprensión referente a la diversidad social y biológica de la Amazonia, al recabar datos en zonas poco exploradas anteriormente. “Partimos de cuatro objetivos en esta convocatoria. El primero consistió en superar los sesgos espaciales y taxonómicos, al incentivar la concreción de investigaciones en áreas y grupos poco estudiados. El segundo, apuntó a realzar el valor de los trabajos de campo ambiciosos, apoyados con recursos en cuanto a logística, infraestructura y equipamiento”, explica Andery. Los otros, de acuerdo con el investigador, fueron los de mantener una relación respetuosa con los territorios, con una participación efectiva de indígenas, pobladores ribereños y de palenques o quilombolas en los equipos de investigadores; e invertir en planes de almacenamiento de datos, preferentemente en instituciones de la Amazonia Legal.

Charles Eugene ZartmanBecarios indígenas, biólogos, botánicos y militares recolectaron más de mil muestras de hongos, suelos y plantas en lugares como Serra da Bela Adormecida, en AmazonasCharles Eugene Zartman

Entre los datos disponibles sobre la biodiversidad de la Amazonia, según consta en el pliego de concurso, existe una preponderancia de información referente a las plantas y las aves, mientras que al respecto de los insectos, como en el caso de las mariposas, por ejemplo, y también sucede lo propio con los hongos y las bacterias, sigue conociéndose poco. Uno de los proyectos seleccionados procura ayudar a suprimir parte de esta carencia de conocimiento. En el primer trabajo de campo, que se concretó en julio, un grupo conformado por biólogos, botánicos, indígenas y militares recolectó más de mil muestras de hongos, suelos, angiospermas, helechos y briófitas a orillas del río Curicuriari, en una zona conocida como Serra da Bela Adormecida, cerca de São Gabriel da Cachoeira, en el estado de Amazonas, y en otras áreas circundantes a la ciudad, como en la comunidad Itacoatiara-Mirim.

La sierra llega a los 1.200 m de altura y, para llegar allí, el grupo avanzó tres horas en barco hasta la comunidad São Jorge. Desde allí fue otra media hora a través de un sendero por el monte. “En 10 días de trabajo hicimos solamente la mitad del ascenso, debido a la gran cantidad de especies que hallamos. Muchas de ellas parecen ser desconocidas y ahora se las estudiará”, explica el botánico Charles Zartman, del Instituto Nacional de Investigaciones de la Amazonia (Inpa), uno de los coordinadores de la expedición.

El proyecto cuenta con el trabajo de 11 becarios indígenas con escolaridad de enseñanza media apoyados por el CNPq, pertenecientes a las etnias Yanomami, Tucano, Baré, Nheengatu y Baniwa. “La idea es también suscitar el interés de los jóvenes en las plantas y los hongos que forman parte del cotidiano de sus aldeas”, explica Zartman. Los investigadores participaron en un encuentro organizado por la Asociación de Mujeres del Pueblo Yanomami en la región, ocasión en que presentaron la investigación y escucharon a la comunidad hablar de sus demandas. “Muchas mujeres más grandes pidieron que las ayudásemos en la creación de catálogos de plantas medicinales tradicionales, pues sus hijas ya no confían en sus recetas”, comenta. “Una de nuestras acciones consistirá en elaborar junto a ellas un catálogo ilustrado con fotos, nombres científicos y nombres indígenas, además de registros de usos tradicionales”.

El principal costo de la expedición, de acuerdo con Zartman, reside en los desplazamientos. “Más del 60 % de nuestro presupuesto se destina a pagar el combustible de los barcos”. Se utilizaron bongos, grandes canoas de madera provistas de un motor fuera de borda o de rabeta acoplado, pero de desplazamiento lento. En tanto, las llamadas voadeiras, que son lanchas de porte menor, se emplean para realizar viajes más rápidos. “Desde São Gabriel hasta el distrito de Pari-Cachoeira, cerca de Colombia, son tres días en voadeira y, en bongo, más o menos una semana”, explica el botánico. El proyecto cuenta con el apoyo de siete FAP –las de Amazonas, Pará, Maranhão, Paraíba, São Paulo, Río de Janeiro y el Distrito Federal– e internacional, del UK Research and Innovation (Ukri), la principal agencia de fomento de la investigación científica del Reino Unido, y del Natural History Museum, de Londres.

También en Serra da Bela Adormecida, otra expedición salió al campo en octubre y concretará incursiones en áreas de una altura superior a los 500 metros en los estados de Pará y Roraima. Los investigadores buscan insectos acuáticos, especialmente libélulas, aparte de zooplancton, camarones y cangrejos. Los animales existentes en las colecciones de la Amazonia provienen en buena medida de capturas concretadas en áreas cercanas a los grandes centros urbanos, como Manaos y Belém. “Vamos a lugares en donde nunca se tomaron muestras. No se sabe casi nada sobre los insectos acuáticos de esa zona”, comenta el biólogo Renato Tavares Martins, quien se desempeñaba en el Inpa cuando se aprobó el proyecto y actualmente trabaja en la Fiocruz de Río de Janeiro.

Irene Lôbo | Moacir HaverrothVanessa Nambikwara, habitante de la Tierra Indígena Tirecatinga, en Sapezal (Mato Grosso), muestra el arrurruz, uno de los cultivos que aún resisten a la pérdida de alimentos tradicionalesIrene Lôbo | Moacir Haverroth

Tavares Martins explica que hoy en día, muchos modelos de distribución de especies se basan en datos de áreas de baja altura de la Amazonia, en tanto que falta información representativa de las áreas más altas, cuya fauna está adaptada a distintas condiciones, como en el caso de las temperaturas más bajas. “Con los cambios climáticos, es probable que diversas especies se desplacen hacia ambientes más altos. El conocimiento de esta fauna resulta fundamental para perfeccionar las estrategias de conservación”, sostiene el investigador. Un tercer eje del proyecto lo constituye la docencia y la divulgación científica, y el equipo pretende elaborar, en diálogo con los pueblos originarios, libros sobre la biología y la ecología de los insectos en lenguas indígenas: el primero de ellos se publicó en octubre en portugués, tukano y nheengatu, y se enfoca en los insectos acuáticos. El equipo reúne a investigadores que trabajan en distintos estados: Amazonas, Roraima, Pará, Goiás, São Paulo, Santa Catarina y Río de Janeiro.

Un proyecto en cuyo marco también ya se ha concretado un primer viaje al campo apunta a rescatar las costumbres culinarias y a reducir la inseguridad alimentaria en aldeas de la Tierra Indígena Tirecatinga, en Sapezal, en el estado de Mato Grosso. En agosto, investigadores de las universidades federales de Mato Grosso (UFMT) y de Goiás (UFG), y de la empresa estatal de investigación agropecuaria Embrapa Alimentos y Territorios, con sede en la ciudad de Maceió (Alagoas), visitaron aldeas como Serra Azul, y concretaron entrevistas con pobladores locales. “La Tierra Indígena se encuentra ubicada en una zona de Cerrado –la sabana brasileña– rodeada por grandes haciendas de algodón, maíz y otros cultivos, lo que genera una fuerte presión sobre las comunidades locales”, explica el biólogo Moacir Haverroth, de Embrapa, investigador integrante del proyecto.

“Las aldeas son pequeñas y dispersas. Esta situación derivó en la pérdida de semillas tradicionales y en dificultades para garantizar la seguridad alimentaria. Al mismo tiempo, se ha incrementado el consumo de alimentos industrializados y ultraprocesados”. La intención es rescatar variedades de importancia alimentaria y adaptadas al ambiente que los indígenas informan que perdieron. “Entre ellas se encuentra el ‘bonito’ maíz tradicional de granos de colores, común entre los pueblos indígenas, aparte del maíz pisingallo y del maní, en la actualidad ausentes o restringidos a algunas comunidades”, dice Haverroth. Otra etapa del proyecto comprende el análisis de los modos de preparación en las aldeas. “La idea es pensar junto a las comunidades en formas alternativas tendientes a expandir el almacenamiento y la durabilidad de los alimentos y fomentar su aprovechamiento, incluso para que puedan comercializarlos”, comenta el biólogo.

Las expediciones también apuntan a explorar el conocimiento de otros pueblos tradicionales. “Las comunidades de los palenques o quilombolas también poseen una fuerte ligazón con la selva amazónica”, explica el ingeniero ambiental Celso Henrique Leite Silva Junior, del Instituto de Investigación Ambiental de la Amazonia (Ipam), coordinador de un proyecto que pondrá en marcha su primera expedición el año que viene, y que cuenta con financiación de cuatro FAP, la FAPESP inclusive, a lo que se suma apoyo internacional. “Analizamos mapas que mostraron la superposición entre brechas de datos referentes a la biodiversidad y a los territorios quilombolas en la Amazonia”. La idea es emplear tecnologías tales como la teledetección y la secuenciación de ADN ambiental para realizar inventarios de la biodiversidad, y las expediciones llegarán a dos comunidades de Pará y una de Amazonas. El proyecto cuenta con la participación de unos 50 científicos, dos de ellos provenientes de las comunidades de palenques. “Generalmente, los investigadores de afuera van a la Amazonia, recolectan los datos que necesitan con la ayuda de los pueblos tradicionales, luego publican sus artículos científicos y no aparecen nunca más. Nosotros pretendemos crear un tipo de monitoreo a largo plazo al que los propios pobladores quilombolas puedan darle continuidad”.

Este artículo salió publicado con el título “Una selva desconocida” en la edición impresa n° 357 de Noviembre de 2025.

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