El climatólogo Derrick Muheki, estudiante de doctorado en la Vrije Universiteit Brussel, en Bélgica, tuvo que viajar en avión, barco y motocicleta por carreteras de tierra. Todo para llegar a un lugar remoto en la República Democrática del Congo, en África, donde una estación del Instituto Nacional de Investigación Agronómica, sin acceso a la energía eléctrica, alberga miles de páginas de registros climáticos antiguos. El investigador, quien necesitó llevar consigo baterías suficientes como para alimentar su cámara digital, pasó dos meses digitalizando las páginas repletas de información y tablas con cifras. Al regresar a Bruselas, la capital belga, extrajo la información recopilada utilizando una herramienta de aprendizaje automático llamada MeteoSaver, descrita en el repositorio EGUsphere. En las primeras pruebas, la precisión de lectura fue de un 75 %, mejorada a más de un 90 % con el perfeccionamiento de la red neuronal para el reconocimiento de textos manuscritos. Es un ejemplo de cómo la inteligencia artificial puede ayudar a obtener registros climáticos actualmente fuera del alcance de los grandes análisis (Nature, 16 de septiembre).
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