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TRAYECTORIAS

Ingeniería en reconstrucción

La necesidad de modernizar los planes de estudio y las nuevas demandas de la industria se erigen como desafíos de la formación profesional en el área en Brasil

Juliana Russa

La formación de nuevos ingenieros constituye en tema central del debate que actualmente involucra a investigadores, docentes, instituciones educativas y representantes del sector productivo de Brasil. Las condiciones y la calidad de la enseñanza, el aumento de la oferta de carreras a distancia, las altas tasas de deserción y la necesidad de una reformulación de la grilla curricular son algunos de los aspectos que priman en la discusión, cuyo objetivo es hacer que las escuelas pasen a incluir, por ejemplo, temas relacionados con la innovación y los emprendimientos, considerados esenciales para poder atender las demandas del mercado a partir de los retos actuales.

“La necesidad de repensar la formación de los ingenieros comenzó a vislumbrarse durante la segunda mitad de la década de 2000, con la creación del Programa de Aceleración del Crecimiento (PAC), puesto en marcha por el gobierno federal”, explica el ingeniero electricista Roberto Leal Lobo e Silva Filho, profesor jubilado, exrector de la Universidad de São Paulo (USP) y uno de los autores del libro intitulado Engenheiros para quê? Formação e profissão de engenheiros no Brasil [¿Ingenieros para qué? Formación y profesión de los ingenieros en Brasil] (editorial Edusp, 2020). “Por entonces temíamos que el sector sufriera una debacle, al no disponer de una cantidad de profesionales suficiente como para sostener un crecimiento anual de un 4 %”, recuerda Lobo e Silva, quien se desempeñaba como consultor de la Confederación Nacional de la Industria (CNI) en el marco de un proyecto de capacitación de recursos humanos para la innovación. Más allá de los temas vinculados con la profesión y la formación de los ingenieros, la obra discute la capacidad del sector para innovar y emprender, la relación entre universidades, empresas y el gobierno, la sostenibilidad y reformulación de los planes de estudio con base en las nuevas Directrices Curriculares Nacionales (DCN), instituidas en 2019 para las diversas habilitaciones en ingeniería existentes en el país.

La amplia gama de especializaciones –en Brasil, la ingeniería contempla más de 200 modalidades de especialización– es otro aspecto que se erige como un desafío. “La dispersión derivada de esas diversas especializaciones acaba siendo un obstáculo para que los alumnos puedan trabajar en proyectos más abarcadores”, dice Lobo e Silva. “La multiplicación del número de especialidades refleja el anhelo de algunas instituciones por ofrecer carreras acordes con las tendencias coyunturales, pero que generan frustración en muchos de los egresados debido a la falta de una preparación más holística”, analiza Luiz Lucchesi, docente de la Facultad de Agronomía de la Universidad Federal de Paraná (UFPR) y asesor del Consejo Federal de Ingeniería y Agronomía (Confea).

Según los datos que informa el Confea, en 2020 había 1.082.575 profesionales registrados en su sistema. Con todo, esta cifra no refleja la totalidad de los graduados, porque no todos los ingenieros diplomados solicitan su registro en los Consejos Regionales de Ingeniería y Agronomía (Crea). El registro es obligatorio para el ejercicio de la profesión, y la fiscalización es responsabilidad del sistema Confea/Crea. En 2019, según los datos del último Censo de la Educación Superior en Brasil, las carreras de ingeniería, producción y construcción registraron 1.225.243 nuevos inscritos: 869.781 en la red privada y 355.462 en la red pública. Sin embargo, la tasa de deserción fue superior al 50%.

El alto índice de abandono que se observa en las carreras de ingeniería, tanto en las instituciones educativas públicas como en las privadas, se ha convertido en un gran problema. El motivo principal de la deserción que han identificado los expertos y profesionales del sector tiene que ver con la grilla curricular, que ofrece la misma formación que hace 20 años atrás, con una carga horaria excesiva de las asignaturas consideradas “duras”, tales como cálculo, matemática y física. No es cuestión de desmerecer la importancia de esas materias dentro del campo de la ingeniería, sino de poder ofrecerles a los estudiantes la posibilidad de lidiar con problemas reales en cada una de ellas, en consonancia con lo que sucede en el mercado laboral”, dice Lobo e Silva. “Nos hemos dado cuenta de que la ingeniería acabó transformándose en un desencuentro de objetivos. Muchos de los alumnos no cumplen con su sueño de graduarse en el área, los docentes se sienten frustrados frente a las altas tasas de deserción de los alumnos y las empresas padecen con la escasez de mano de obra creativa e innovadora”, reflexiona Maria Beatriz Lobo, coautora del libro.

La modernización de los planes de estudio incluye las metodologías activas y el aprendizaje basado en proyectos

Un estudio realizado por la Confederación Nacional de la Industria (CNI) para el período comprendido entre 2001 y 2011 reveló que el 44 % de los más de un millón de estudiantes que cursaron ingeniería en aquel intervalo de tiempo lograron finalizar la carrera. Los resultados también muestran que las instituciones privadas fueron las que enfrentaron mayores dificultades para combatir la deserción. El promedio se ubicó por encima del 60 % en las carreras pagas y superó el 40 % en las instituciones públicas. “El abandono acaba provocando frustración en los alumnos, precisamente porque sienten estar lejos de lo que esperaban de la carrera”, dice el ingeniero electricista y docente de la Escuela Politécnica (Poli) de la USP, José Roberto Cardoso. A su juicio, la modernización de las carreras requiere de un compromiso con el desarrollo de capacidades tales como la comunicación y la expresión escrita, la gestión y el liderazgo de equipos. “Hay una noción que se ha ido cristalizando con el tiempo de que un ingeniero solo necesita entender de cálculos y procesos. No es nada nuevo que eso ya no es pertinente con las necesidades de las empresas”, añade Cardoso.

Parte de la modernización de los planes de estudio que propugnan los autores del libro tiene que ver con la utilización de las que han sido llamadas metodologías activas, en las cuales los alumnos son los protagonistas de un proceso de aprendizaje basado en proyectos. “Tenemos a la tecnología 5G golpeando nuestra puerta y ello supondrá una gran revolución en todos los segmentos de la ingeniería”, reflexiona Renata Perrenoud, ingeniera civil especializada en educación, gestión de carreras y rediseño de sistemas académicos. “Para el ingeniero moderno se ha vuelto esencial estar capacitado para el análisis de la información de los macrodatos (big data), pero muchas instituciones continúan ignorándolo”, dice.

Según el Índice Global de la Innovación (IGI) de 2021, calculado anualmente por la Organización Mundial de la Propiedad Intelectual en colaboración con la Universidad Cornell, de Estados Unidos, y el Instituto Europeo de Administración de Empresas (Insead), Brasil se ubicó en el puesto 57º de la lista, entre 131 países evaluados. Esa posición revela que el desempeño nacional sigue siendo pobre en lo que respecta a los indicadores relacionados con la formación de profesionales innovadores, sobre todo en las carreras de ingeniería. En la lista, Brasil quedó detrás de países como Chile (53º), México (55º) y Costa Rica (56º). “Es necesario que el cuerpo docente atienda a esta necesidad de cambio. En el imaginario del sector aún pervive una cultura de que la carrera tiene que ser difícil y sus alumnos deben sufrir para completarla”, añade Cardoso.

La rigidez apuntada en la formación de los nuevos ingenieros está relacionada con la propia historia de la profesión. Hasta finales del siglo XVIII era predominante la presencia de militares en este sector. Al igual que en otros países, la formación de los ingenieros en Brasil estaba, en sus inicios, bajo responsabilidad de una institución militar: la Real Academia de Artillería, Fortificaciones y Diseño, creada en 1792 en Río de Janeiro y a la cual se la considera la primera escuela nacional de ingeniería. Rebautizada como Escuela Politécnica en 1874, desde hace más de medio siglo está vinculada a la Universidad Federal de Río de Janeiro (UFRJ).

Solo a partir de la segunda mitad del siglo XIX comenzó a observarse una separación entre ingenieros y militares, más dedicados estos últimos a la construcción de fortalezas y dispositivos de guerra, y con ingenieros civiles dedicándose a las construcciones asociadas al desarrollo de las ciudades, es decir, casas, edificios, carreteras y puentes. También puede atribuirse a la tradición militar el hecho de que, durante muchos años, a las escuelas de ingeniería asistían exclusivamente los varones.

Ilustración Juliana Russo

Autora de un proyecto de investigación financiado por el Consejo Nacional de Desarrollo Científico y Tecnológico (CNPq) que trata sobre las relaciones de género en las carreras con predominancia masculina, Maria Eulina Pessoa de Carvalho, del Centro de Educación de la Universidad Federal de Paraíba (UFPB), viene recolectando desde 2010, datos sobre la cantidad de alumnas y docentes en las diferentes carreras de la institución, tales como ingeniería mecánica, física, matemática y computación. “Ni bien empecé me encontré con el obstáculo de no poder acceder en forma sistemática al número de mujeres en esas carreras, ya que la institución no tenía datos al respecto”, explica Carvalho, quien tuvo que dedicarse a realizar un análisis manual del listado de alumnos. “El primer paso para poder lograr la equidad de género en los sectores con menor participación femenina consiste en organizar y poner a disposición este tipo de información”, pondera.

Durante el recuento, Carvalho descubrió que en 1960, ninguna mujer se había graduado como ingeniera civil en la institución. En 1976, el 18 % del alumnado eran mujeres. En 2010, el 22 %. “Es un crecimiento modesto, que reproduce la misma división del trabajo, por género, que puede observarse en la sociedad. La producción del conocimiento lo deja en evidencia”, dice Carvalho. “Esta subrepresentación va en detrimento de la concepción de ideas innovadoras, por ejemplo. Se sabe que la diversidad, en todos sus aspectos, cumple un rol fundamental en el desarrollo de proyectos creativos y que estimulen el espíritu emprendedor”.

Con la intención de modernizar los planes de estudio de sus carreras de ingeniería, el Centro Universitario de Volta Redonda, financiado por la Fundación Oswaldo Aranha (UniFOA), implementó a principios de este año un modelo de formación totalmente basado en proyectos. “Como anteriormente teníamos una concepción muy segmentada del área de la ingeniería, decidimos romper las barreras de las asignaturas y hacer que los alumnos piensen en los conceptos de una manera más amplia e integrada”, explica Max Damas, prorrector de Planificación y Desarrollo de la institución. Con ello, las especialidades de ingeniería que ofrece la institución formarán parte de un programa único durante los primeros cuatro semestres. “De esta manera, evitaremos la división entre las ingenierías de producción, civil, eléctrica, ambiental y mecánica, lo que llevará a los estudiantes a pensar de manera más abierta y creativa las posibilidades de solución de los problemas que se encuentran en el día a día de la profesión”, dice Damas. En el nuevo formato, la elección de cada especialidad solo tendrá lugar a partir del quinto semestre. La institución admite cada año en sus carreras de ingeniería a alrededor de 100 nuevos alumnos.

En el nuevo modelo, también se incluirá la oferta de contenidos de temas tales como ingeniería creativa, aplicaciones en ingeniería 4.0, ciudades sostenibles, proyectos de control ambiental e internet de las cosas. “Los estudiantes de las carreras de ingeniería que hoy en día ingresan a la facultad serán económicamente activos durante al menos 50 años. Es importante que estén capacitados para resolver problemas e interpretar las demandas del futuro. La adaptabilidad, agilidad y flexibilidad serán las competencias preponderantes”, añade.

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