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BUENAS PRÁCTICAS

La historia desconocida de los presos negros obligados a participar en un estudio sobre el paludismo

Un artículo publicado en la revista Journal of the American Medical Association (JAMA), añadió detalles sombríos a una investigación científica que ya se consideraba despreciable desde el punto de vista ético: un estudio que se llevó a cabo entre las décadas de 1940 y 1970 con los presos de una cárcel del estado de Illinois [EE. UU.], a quienes se los infectaba con el parásito que provoca el paludismo para probar medicamentos contra esta enfermedad. El estudio sobre la malaria en la Penitenciaría de Stateville, tristemente famoso por adoptar métodos coercitivos para reclutar detenidos para sus experimentos científicos, tales como ofrecerles dinero y una reducción de sus condenas, en un ámbito en el que la idea de un consentimiento libre es cuestionable.

El esfuerzo de investigación, coordinado por la Facultad de Medicina de la Universidad de Chicago, el Ejército y el Departamento de Estado de los Estados Unidos, tuvo como resultado inicial el desarrollo de un medicamento contra el paludismo, la primaquina. La versión oficial de la historia de Stateville informaba que sus experimentos incluían solamente reclusos blancos. En efecto, los presos negros no participaron en las etapas iniciales del estudio, porque se suponía, erróneamente, que los afrodescendientes poseían algún tipo de inmunidad a la malaria y su participación podía distorsionar los resultados de las pruebas.

Pero los autores del artículo en JAMA, James Tabery y Hannah Allen, de la Universidad de Utah, descubrieron que con el tiempo eso fue cambiando y, a partir de la década de 1950, los reclusos negros pasaron a convertirse en un nuevo objeto de investigación porque presentaban alta sensibilidad a la primaquina. Para estudiar las reacciones a este fármaco, los investigadores de Stateville inocularon el parásito del paludismo a detenidos negros y les administraban primaquina en cantidades excesivas, aunque ello pudiera causarles dolores incapacitantes. Los presos que padecían un trastorno conocido como deficiencia de glucosa-6-fosfato deshidrogenasa (G6PD) presentaron efectos colaterales que incluían náuseas, fatiga e incluso falencia de órganos.

Al examinar los trabajos científicos y los archivos de los investigadores de Stateville, Tabery y Allen descubrieron que los presos negros recibían recompensas menores que las ofrecidas a los blancos. Sus familiares también fueron convocados para participar en una línea del estudio cuyo objetivo era rastrear el origen genético de la sensibilidad a la primaquina. “Esto plantea interrogantes al respecto de la forma en que la dinámica coercitiva podía ampliarse y trascender los muros del establecimiento carcelario”, dijo Tabery a la revista Science. Ahora él se propone divulgar la historia desconocida de aquellos reclusos negros en programas de educación científica y en museos de la región de Chicago, donde ellos vivían.

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