La lepra, también llamada enfermedad de Hansen, tiene un historial de larga data en América, según un estudio publicado en mayo en la revista científica Science. Hace más de un milenio, antes de la ocupación europea, la bacteria Mycobacterium lepromatosis probablemente estaba presente en todo el continente.
Esto constituye una novedad, ya que hasta 2008, cuando la especie fue descrita, solamente se conocía al principal agente causal de la enfermedad, M. leprae, responsable de alrededor de 200.000 nuevos casos por año en todo el mundo. Esta última especie habría sido introducida en el Nuevo Mundo a finales del siglo XV, junto con los europeos y los esclavizados traídos de África, una intelección que se mantiene vigente.
La historia empezó a cobrar otro cariz cuando el genetista y bioinformático argentino Nicolás Rascovan, investigador del Instituto Pasteur de Francia, detectó en 2018 la especie M. lepromatosis al secuenciar ADN antiguo de una muestra humana recogida en un yacimiento arqueológico de Canadá, que se conservaba en el Museo Canadiense de Historia. Recientemente, tuvo acceso a muestras almacenadas en el Museo de La Plata, en Argentina, procedentes de dos yacimientos arqueológicos en la Patagonia, que analizó con el consentimiento de las comunidades indígenas locales. Y allí también halló material genético de la misma especie de bacteria. En conjunto, estos hallazgos permiten afirmar que hace alrededor de 1.000 años, M. lepromatosis estaba presente tanto en el norte como en el sur del continente americano. Por lo tanto, era improbable que no existiera también en los 10.000 kilómetros que separan ambas ubicaciones.
“También detectamos M. lepromatosis en una muestra actual proveniente de Brasil utilizando una técnica denominada PCR, pero no fue posible obtener secuencias genómicas”, detalla Rascovan en un correo electrónico enviado a Pesquisa FAPESP. “Tanto las evidencias contemporáneas de pacientes brasileños como las del estudio publicado ahora sugieren que esta bacteria estuvo ‒y acaso aún esté‒ mucho más ampliamente distribuida de lo que pensábamos”. Para llenar las lagunas del conocimiento actual, el genetista es partidario de realizar un mapeo más amplio que permita investigar la diversidad histórica y actual del microorganismo. “Nuestra labor debería ser un aliciente para que dermatólogos, hospitales e investigadores no escatimen recursos y esfuerzos en el monitoreo y la detección de este patógeno, tanto en humanos como en animales”.
Con los datos disponibles hasta este momento, no es posible reconstruir el historial de su diseminación por el continente. La bacteria pudo haber arribado aquí hace más de 10.000 años con las poblaciones humanas que llegaron desde Siberia y se dispersaron por América del Norte hacia el sur, o bien haber infectado a esos americanos primitivos a partir de ejemplares de la fauna presentes en el continente. Fuera de América, M. lepromatosis solo fue hallada en ardillas del Reino Unido. En este caso, una hipótesis de momento especulativa plantea que podría haber sido transmitida en algún momento de los últimos tres siglos por ardillas de otra especie llevadas desde Estados Unidos. “O por algún otro animal, e incluso por los propios seres humanos”, conjetura Rascovan.
En el estudio se analizaron 389 muestras antiguas ‒secuenciadas ahora o utilizando los datos disponibles en bases de datos públicas‒ y 408 contemporáneas, extraídas de pacientes con lepra en cinco países: Estados Unidos, México, Guayana Francesa, Brasil y Paraguay. En 36 de estas muestras actuales, en su mayoría de México, el agente patógeno detectado fue M. lepromatosis. Una de las muestras era brasileña, procedente del estado de Pernambuco.
Las muestras brasileñas provenían en su mayor parte de pacientes de la región amazónica ‒de los estados de Pará y Amazonas‒, donde se encuentra el grupo del dermatólogo y leprólogo Claudio Salgado, de la Universidad Federal de Pará. El médico hace hincapié en la importancia del trabajo de monitoreo permanente, que les permite hacer su contribución para un estudio amplio como el dirigido por Rascovan. Brasil ocupa el segundo lugar en el mundo en cuanto a la cantidad de casos, detrás de la India. En 2023, según el boletín del Ministerio de Salud publicado a principios de este año, se registraron casi 23.000 nuevos casos, un incremento del 16 % en comparación con 2022. Los mismos se concentran en su mayoría en las regiones del norte y el centro-oeste del país. Los síntomas se manifiestan en la piel, con manchas, nódulos y pérdida de sensibilidad, y la enfermedad puede afectar al sistema nervioso, causando un cuadro de debilidad generalizada que puede llegar a provocar discapacidad física.
Salgado considera esencial ajustar los protocolos de detección de M. lepromatosis. Como la especie aún no ha sido lo suficientemente estudiada, todavía no se sabe cuáles son las diferencias que presenta su cuadro clínico en comparación con la enfermedad causada por M. leprae, mucho más común. A su juicio, la presencia de diferentes especies de la bacteria en parte podría ser la causa de las distintas manifestaciones de la enfermedad y de la acción limitada de la medicación para tratarla en algunos pacientes; más allá de la necesidad de actualizar el antibiótico que se administra, que es el mismo desde hace décadas. “Las bacterias evolucionan y adquieren resistencia”, advierte el médico.

Nicolás Rascovan / PasteurPieza dentaria hallada en un yacimiento arqueológico argentino: fuente de extracción de ADN antiguoNicolás Rascovan / Pasteur
Se trata de una enfermedad bastante desatendida, en parte debido a la población a la que afecta, caracterizada por la pobreza y la exclusión, según la médica veterinaria Patricia Rosa, del Instituto Lauro de Souza Lima, con sede en Bauru, en el interior del estado de São Paulo, también coautora del estudio y colaboradora del grupo paraense. “La lepra no mata y es una dolencia sumamente estigmatizada, quizá por eso atrae escasas inversiones, pero es complicada por sus manifestaciones en el organismo que se vuelven crónicas”, explica.
El grupo de Rosa estudia la bacteria M. leprae mediante su inoculación en ratones. Es una forma de entender mejor cómo actúa la enfermedad, cómo reacciona el organismo a la medicación y también una forma de cultivar cepas de la bacteria que, a diferencia de otras, no sobrevive en un medio artificial.
El estudio en modelos animales también es importante para entender cómo se propaga la enfermedad. “Si no sabemos cuáles son los otros hospedadores, no tenemos manera de cortar la cadena de transmisión”, dice Rosa. Algunos grupos de Brasil están buscando los reservorios de las dos especies de Mycobacterium. Uno de ellos es el de la epidemióloga Rita Donalisio, de la Universidad de Campinas (Unicamp), quien no participó en el estudio publicado en la revista Science. Un artículo publicado en 2024 en la revista Acta Tropica describe los resultados de un muestreo realizado con 78 armadillos, recogidos en el marco de un trabajo que llevó al equipo a recorrer 40.000 kilómetros de carreteras en todos los biomas del país en busca de animales atropellados. “El armadillo es un reservorio conocido de la lepra”, dice la investigadora, quien se sintió frustrada al no encontrar M. lepromatosis. En cambio, pudo comprobar que M. leprae era frecuente en estos animales. “Este hallazgo es importante, porque en muchas regiones la gente mantiene un contacto estrecho con los armadillos, utilizados como fuente de alimento y por los diversos usos que se le da a su caparazón”.
Según explica Donalisio, hacen falta más esfuerzos para diagnosticar M. lepromatosis en Brasil. Como las manifestaciones clínicas son similares, haría falta difundir los análisis moleculares para detectar la bacteria. A su juicio, el descubrimiento de que la especie ya circulaba en América en tiempos precolombinos es importante para expandir el conocimiento sobre la bacteria y torna aún más probable la existencia de reservorios en animales, que es necesario localizar. “Desde la perspectiva del grupo de trabajo de la iniciativa Una Sola Salud (One Health), la inclusión de animales centinela en la vigilancia epidemiológica constituye un factor importante para alertar sobre la circulación de un patógeno en una región determinada”, plantea.
Más que completar el conocimiento, el artículo de la revista Science revela lo mucho que aún resta por descubrir. Para Rascovan, del Instituto Pasteur, es muy probable que existan especies desconocidas de Mycobacterium circulando en la naturaleza. “En nuestro estudio detectamos linajes muy antiguos y raros de M. lepromatosis, lo que sugiere que otros aún no identificados podrían estar circulando por el continente, posiblemente en reservorios animales o en regiones donde el diagnóstico genético no se realiza en forma sistemática”, sugiere.
El grupo también detectó una separación de casi un millón de años entre el surgimiento de las especies M. leprae (probablemente en Eurasia) y M. lepromatosis, en lo que actualmente es América. “Esto nos obliga a replantearnos en qué contexto temporal y en qué región geográfica se produjo esa diversificación, si otras especies o subespecies también pueden haberse diversificado desde entonces y dónde se encontrarían hoy en día”. El investigador argentino deja una reflexión final: el trabajo corrobora los hallazgos anteriores que indican que M. leprae fue traída a América por los europeos y tuvo un impacto superlativo en las poblaciones indígenas.
Artículos científicos
LOPOPOLO, M. et al. Pre-European contact leprosy in the Americas and its current persistence. Science. Online. 29 mayo 2025.
MONSALVE-LARA, J. et al. Prevalence of Mycobacterium leprae and Mycobacterium lepromatosis in roadkill armadillos in Brazil. Acta Tropica. v. 258, 107333. oct. 2024.
