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Divulgación científica

Para explicar la complejidad

Un estudio en el cual se mapeó la influencia de los genes en el comportamiento homosexual cobró relieve también por la estrategia adoptada para la presentación de los resultados

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En el mes de septiembre salió publicado en la revista Science un vasto estudio acerca de la influencia de los genes en el comportamiento homosexual humano. En el mismo se apuntó la existencia de miles de variantes genéticas comunes en aquellos individuos que se relacionan con personas de su mismo sexo, entre de las cuales sobresalen cinco segmentos de cromosomas. Aun en conjunto, esas variantes explicarían el comportamiento de un 8% a un 25% de los individuos analizados; en el resto, estarían presentes factores de índole cultural o ambiental. En el marco de ese trabajo, firmado por científicos del Instituto Broad, ligado al Massachusetts Institute of Technology y a la Universidad Harvard, ambos en Estados Unidos, se estudió el genoma de 409 mil personas que donaron muestras de sangre para el proyecto Biobank, del Reino Unido, y 68.500 registradas en la empresa de test genéticos 23andMe, de Estados Unidos. Esos individuos declararon cuáles eran sus prácticas sexuales habituales en una escala de seis grados que iba de predominantemente homosexual a predominantemente heterosexual. Según el estudio, ese aporte conjunto de diversas variantes genéticas es similar al observado en otras características complejas, tal como en el caso de la estatura, y sugieren que la conducta homosexual es una parte normal de la variación humana. “No existe un gen gay”, le dijo a la revista Nature el genetista Andrea Ganna, autor principal del estudio. A su juicio, resulta imposible prever si un individuo será homosexual estudiando su genética.

La influencia de la genética en el comportamiento homosexual ya había sido objeto de otras investigaciones, pero nunca con base en un volumen tan grande de datos. Pero esta no fue la única contribución que legó ese estudio. Los autores también adoptaron un método poco usual y extremadamente cuidadoso de divulgación de resultados complejos. Comenzando por el comunicado de prensa, que incluía una lista de advertencias acerca de las limitaciones del trabajo: los individuos analizados poseen, mayoritariamente, antepasados europeos, entonces resulta imprudente generalizar los resultados para otras etnias; el estudio indaga en el comportamiento, no en la orientación sexual; y su alcance no permite sacar conclusiones sobre otros aspectos de la compleja sexualidad humana. Los autores trabajaron junto a expertos en comunicación científica y grupos defensores de LGBT (lesbianas, gais, bisexuales y trangéneros) para debatir estrategias para la presentación de las conclusiones. Ese esfuerzo redundó en una página en internet (geneticsexbehavior.info), en la cual las conclusiones y los motivos de la realización del estudio son presentados en forma clara y sin complicaciones léxicas. En otra dirección electrónica (bit.ly/SexualBehavior), el Instituto Broad divulgó 10 ensayos escritos por autores del estudio y otros especialistas, que ayudan a ubicar en contexto a los resultados y a comprender su impacto y sus implicaciones.

Uno de los responsables de la investigación, el genetista Benjamin Neale, del Instituto Broad, escribió acerca de las motivaciones y los temores del equipo. “Los datos del Biobank estaban a disposición. Por consiguiente, era inevitable que alguien los utilizara para realizar estudios sobre el comportamiento homosexual. Nos pareció que era importante garantizar que un conjunto diversificado de perspectivas científicas, experiencias personales y de conocimientos estuviesen representados dentro del equipo de investigación, que incluyó a expertos en genética, estadística, comportamiento sexual y sociología”. Como paso previo al diseño del proyecto, los autores promovieron actividades de divulgación y participación con grupos LGBT para debatir al respecto de los objetivos y riesgos del trabajo. Uno de los planteos que expresaron esos grupos era el surgimiento de interpretaciones sesgadas que pudieran alentar a los impulsores de las “terapias de conversión” de homosexuales, totalmente desacreditadas por la ciencia, o que sirvieran para promover la idea de que las personas eligen ser gais, lesbianas o bisexuales. “El análisis y los resultados hallados no avalan ese tipo de argumento”, afirmó Neale.

Esos resquemores no eran infundados. En 1991, el neurocientífico británico Simon LeVay anunció en un artículo en la revista Science que había hallado diferencias en la anatomía cerebral de homosexuales y heterosexuales: cierta región del hipotálamo sería entre dos y tres veces mayor en los héteros que en los gais. Las evidencias, si bien eran sólidas, involucraban a un grupo de homosexuales que habían muerto a causa del sida y LeVay no había evaluado si esa condición podría haber incidido en los resultados. LeVay, un gay declarado, destacó en ese entonces que la homosexualidad no sería una elección y, al cabo, no tenía sentido presionar a los gais para que modificaran su comportamiento. Dos años después, Dean Hamer, del Instituto Nacional del Cáncer de Estados Unidos, identificó un sector del cromosoma X que era idéntico en hermanos con comportamiento homosexual. Esos resultados también abonaron lecturas sesgadas.

“Comentarios y mensajes en blogs, principalmente sobre el trabajo de LeVay, demostraron que él colaboró para perpetuar la noción de que la homosexualidad sería una enfermedad mental”, explicó Carino Gurjao, analista en bioinformática del Broad Institute, en uno de los textos que ubican en contexto los resultados del nuevo estudio. Y advierte que la conexión hallada entre la genética y el comportamiento sexual es muy tenue y no descarta que los datos sean malinterpretados. “Lo que me preocupa es que la genética sea otra manera de discriminar y atribuirles rasgos erróneos a la comunidad LGBT. Temo, por ejemplo, que las correlaciones halladas en el trabajo en lo que tiene que ver con la conducta sexual de los gais, el número de parejas, la incidencia de la depresión y el uso de drogas puedan utilizarse para estigmatizar a ese grupo”.

Para la socióloga Melinda Mills, investigadora de la Universidad de Oxford, en el Reino Unido, quien elaboró un análisis de los resultados del estudio de Andrea Ganna en un ensayo para la revista Science, la investigación aporta pistas que podrían servir como guía para nuevos estudios sobre el tema. “En trabajos futuros habrá que investigar cómo las predisposiciones genéticas se ven alteradas por factores ambientales, lo cual vuelve necesario un abordaje multidisciplinario que involucre a la sociología y a la genómica”, recomienda.

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