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Entrevista

Politóloga brasileña sostiene que aún es posible el debate entre opiniones divergentes en el seno de la sociedad

Maria Hermínia Tavares de Almeida estudió temas tales como el sindicalismo, el federalismo y las políticas públicas

Léo Ramos Chaves/Revista Pesquisa FAPESP

Hija de un abogado que defendía a agricultores pobres del interior del estado de São Paulo sin cobrarles por sus servicios y que estaba vinculado al Partido Comunista, Maria Hermínia Tavares de Almeida creció siguiendo de cerca los debates sobre la agitada política brasileña. “En aquella época, aprendí que las diferencias de opinión podían discutirse con vehemencia sin que ello separara de manera insalvable a la gente que se quería”, relata.

Esta temática signó su trayectoria académica, en donde se destacó en el campo de la ciencia política al debatir sobre cuestiones tales como el sindicalismo, el federalismo y las políticas públicas. Tavares de Almeida dio sus primeros pasos en la docencia en la Universidad de Campinas (Unicamp), en la década de 1970. En el decenio siguiente se trasladó a la Universidad de São Paulo (USP), en donde desarrolló su carrera hasta jubilarse en 2013. Posteriormente, en 2024, recibió el título de profesora emérita del Departamento de Ciencia Política de la Facultad de Filosofía, Letras y Ciencias Humanas de la misma universidad (FFLCH-USP).

En el campo institucional, participó en diversas iniciativas, como la fundación de la Asociación Nacional de Posgrado e Investigación en Ciencias Sociales (Anpocs), en 1977, y la refundación de la Asociación Brasileña de Ciencia Política, en 1986, entidad que presidió entre 2004 y 2008.

A sus 82 años, aún sigue plenamente activa. Escribe una columna semanal en el periódico Folha de S.Paulo e integra el consejo curador de la fundación Padre Anchieta, que administra la cadena de televisión TV Cultura. Además, es una de las coordinadoras del Programa Internacional de Posdoctorado del Centro Brasileiro de Análise e Planejamento (Cebrap). “Suelo recomendarles a los jóvenes participantes que no teman tomar las riendas de sus propias investigaciones, que sean audaces”, dice.

Especialidad
Ciencias políticas

Institución
Centro Brasileiro de Análise e Planejamento (Cebrap)

Estudios
Título de grado en ciencias sociales (1969) y doctorado en ciencia política (1979) por la Universidad de São Paulo (USP)

¿Los politólogos brasileños siempre están tratando de dar respuesta a los temas del momento y miran poco al pasado?
Sí. Mi generación, por ejemplo, se formó durante la dictadura militar y era imposible darle la espalda a esa realidad. Las universidades, para bien o para mal, eran una especie de oasis en donde se podía reflexionar sobre las cuestiones del momento. Parte de la agenda de la redemocratización pasó por los debates que tenían lugar en el ámbito universitario o, por ejemplo, en instituciones como Cebrap y otros centros de investigación privados. Ya en democracia incluso, período que ya lleva 40 años, los incentivos para ocuparnos del presente son grandes. La prensa nos busca, nos invitan a participar en debates. Quienes estudian las relaciones entre el Poder Ejecutivo y el Poder Legislativo, los partidos políticos o los procesos electorales, tienen más posibilidades de ser convocados para dar entrevistas y de que sus textos sean leídos por legos que quienes estudian los sistemas o las ideologías autoritarias de los años 1930. Así, pues, se va dejando de lado el estudio de las cosas del pasado, que son importantes, ya sea para el avance de las teorías o para entender cómo funcionan determinados sistemas políticos.

¿Es diferente a lo que sucede en Estados Unidos, por ejemplo?
Las ciencias sociales siempre dialogan con los procesos sociales, con lo que está sucediendo en la sociedad. Y esto ocurre tanto aquí como en otros países en donde esta área hace más tiempo que está consolidada, como es el caso de Estados Unidos. Sin embargo, el campo disciplinario en ese país es más amplio: hay más politólogos, algunos dedicados al riesgoso ejercicio de tratar sobre el presente y otros que buscan en el pasado evidencias para aceptar o rechazar teorías, o bien para entender fenómenos más complejos o de larga duración.

¿La ciencia política posee herramientas para lidiar con la complejidad del mundo actual?
Sí y no. Tal como ocurre con todo el conocimiento organizado en las ciencias sociales, es más fácil explicar lo que ya pasó que aquello que está sucediendo ahora. Los científicos sociales, ya sean economistas, sociólogos, antropólogos o politólogos, se ocupan de explicar el comportamiento humano. Y los seres humanos calculan, evalúan y, sobre todo, aprenden de las experiencias pasadas. Por lo tanto, nunca se puede decir que, ante las mismas circunstancias, tomarán las mismas decisiones. Por eso el conocimiento del pasado no nos asegura la capacidad de entender plenamente el presente, ni mucho menos prever lo que vendrá. De cualquier modo, la ciencia política tiene hoy en día más conocimiento acumulado. A lo largo de la historia de la humanidad, siempre se ha pensado en la política, pero la ciencia política es una disciplina académica relativamente reciente, del siglo XX.

¿Cómo entró la política en su vida?
En mi casa se hablaba mucho de política. Mi papá vino de Recife [Pernabuco] en 1920 y se fue a vivir a Monte Aprazível, en el interior de São Paulo. Después se mudó a São José do Rio Preto [São Paulo], en donde yo nací, en 1942. Allí, mi papá formó un círculo de amigos, que se convirtieron en su segunda familia. Él era abogado, trabajaba en el sector público y atendía a los agricultores pobres sin cobrarles por sus servicios. Llegó a postularse como candidato a diputado federal por el Partido Comunista, en 1947, pero quedó como suplente. Fue perseguido y por esta razón, cuando yo era una niña, nos mudamos a São Paulo en donde estaba la familia de mi mamá, oriunda de São Carlos. También se habían ido a vivir a São Paulo los miembros de la nueva “familia” de mi papá. Eran comunistas o estaban vinculados al Partido Laborista Brasileño [PTB, por sus siglas en portugués], pero también eran allegados de Luiza Mesquita, pariente de los propietarios del periódico O Estado de S. Paulo y simpatizante de la UDN [Unión Democrática Nacional, partido conservador y defensor del liberalismo económico]. En su casa, siempre llena de gente, mi papá y sus amigos jugaban al buraco y discutían acaloradamente sobre política. Ahí se enfrentaban la UDN contra el PTB y el Partido Comunista. En aquel ambiente aprendí que la política era algo muy importante y que las diferencias de opinión podían discutirse con vehemencia sin llegar a separar a las personas que se querían bien. Me complace contar esta historia para demostrar que el diálogo es posible a pesar de las diferencias ideológicas.

¿Esa idea no parece utópica en los tiempos que corren?
Estamos viviendo en un tiempo de mayor intransigencia, que parece ser hostil al debate y a las diferencias de opinión. Pero desde el punto de vista de la civilización, creo que no podemos perder de vista la importancia de escuchar y leer a aquellos con quienes no coincidimos, de debatir sus ideas y aceptar lo contradictorio. Pienso que los intelectuales deben desempeñar ese papel. La intelectualidad sirve para poner en duda los consensos fáciles, para cuestionar las posturas rígidas.

En Brasil, los politólogos se centran en el presente y dejan de lado el estudio de las cosas del pasado

¿Por qué estudió ciencias sociales?
No fue una elección inmediata. Cuando terminé el gymnasium, empecé a cursar el científico [la actual enseñanza media] porque quería ser psiquiatra. Pero finalmente desistí, porque me di cuenta de que la medicina sería un camino difícil para mí: no podía ver sangre. También contemplé estudiar psicología, pero un amigo de mi papá, el filósofo João Cruz Costa [1904-1978], docente de la USP, me desanimó. No recuerdo exactamente por qué fui a estudiar ciencias sociales. El hecho es que en 1962 ingresé a la USP, cursé durante un año y dejé por un tiempo.

¿Qué sucedió?
Me había sumado a una organización de izquierda, trotskista, y quise dedicarme a la militancia. Integré ese grupo hasta 1968 aproximadamente, pero retomé el cursado en la facultad dos años antes. Abandoné la militancia por desencanto y porque quería seguir la vida académica. Durante la carrera, dudé entre seguir ciencia política o antropología. Tuve tres profesoras estupendas: las antropólogas Gioconda Mussolini [1913-1969], Eunice Durham [1932-2022] y Ruth Cardoso [1930-2008]. Esta última hizo un curso en Francia con el antropólogo Claude Lévi-Strauss [1908-2009], que más tarde replicó para sus alumnos en la USP. Quedé fascinada con el modelo analítico de Lévi-Strauss, que es muy sofisticado. Sin embargo, hacia el final de la carrera cursé una materia que dictaba el sociólogo Francisco Weffort [1937-2021], quien me llevó definitivamente a la ciencia política.

¿De qué se trataba?
Era una asignatura que combinaba teoría e investigación. Realicé un estudio con mi colega Cassiano Marcondes Rangel, quien no siguió la carrera académica, sobre las huelgas durante el gobierno de João Goulart [1961-1964]. Descubrimos que en su mayoría tenían lugar en el sector público, promovidas por trabajadores de la base sindical que apoyaba a Goulart. A finales de 1968 se promulgó el AI-5 [Acto Institucional nº 5], que dejó cesantes a varios de nuestros docentes. Algunos de ellos fundaron Cebrap al año siguiente, liderados por Fernando Henrique Cardoso. Aunque él no fue destituido de su cargo, Weffort participó en la fundación de Cebrap y creó allí un centro de estudios sobre la clase obrera y los sindicatos. Pero no abandonó la USP. Por entonces, me invitó a completar en Cebrap el estudio sobre las huelgas que había iniciado durante la carrera de grado.

¿Hizo la maestría en la USP?
Debido a la represión política que vivía el país, quería hacer un posgrado en el extranjero y llegué a empezar los trámites para conseguir una vacante en la Universidad Columbia, en Estados Unidos. Cuando todavía cursaba la carrera, en 1967, comencé a trabajar como secretaria de redacción en la división de fascículos de editorial Abril, que publicaba títulos como la enciclopedia Conhecer. Para cuando me gradué, mi jefe, el sociólogo Pedro Paulo Poppovic [1928-2025], me dijo que Fernando Henrique Cardoso, que era amigo suyo, podía recomendarme para una plaza en el Programa de Posgrado en Sociología de Flacso [Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales], en Chile. Decidí aceptar, ya que la respuesta de Columbia demoraría. Cursé sociología, que se consideraba mejor que ciencia política. Era un programa de maestría con énfasis en teoría sociológica y teorías del desarrollo, además de mucha estadística y metodología de investigación.

¿Cómo fue su estancia en Chile?
Llegué a Santiago, la capital del país, en marzo de 1970. Flacso recibía a estudiantes de toda América Latina y conviví con colegas de Argentina, Uruguay, México, Perú, Bolivia y Venezuela. Además, me movía entre la comunidad de brasileños exiliados por la dictadura. En aquel período, previo al golpe militar de 1973, Chile cobijaba a muchas organizaciones internacionales que habían establecido allí sus oficinas en Latinoamérica. Fue el caso de la Cepal [Comisión Económica para América Latina y el Caribe], un organismo de la Organización de las Naciones Unidas [ONU], creado en 1948 para reflexionar sobre las vías del desarrollo económico en la región. A comienzos de la década de 1970, estaban allí economistas brasileños como Maria da Conceição Tavares [1930-2024] y Antônio Barros de Castro [1938-2011]. Asistí a algunos de los cursos que impartían en Escolatina [Escuela de Estudios Latinoamericanos para Graduados], vinculada a la Universidad de Chile, y me hice amiga de ellos. Como tenía una beca de la FAPESP, pude dedicarme por completo a mis estudios, pero, al cabo, no entregué la tesina final para obtener el título de magíster. Regresé a Brasil en noviembre de 1972.

Descubrimos que las huelgas del período de João Goulart se organizaban desde la base sindical que apoyaba al gobierno

¿Qué la trajo de regreso?
Weffort me envió una carta diciéndome que mi plaza en el doctorado estaba asegurada y también que había propuesto mi contratación como profesora asistente en la USP. Por invitación suya, me quedé en Cebrap aguardando por la contratación en la USP, que, empero, no se concretaba. Le pedí a Leôncio Martins Rodrigues [1934-2021], que había sido docente mío y de quien me había hecho muy amiga, que averiguase qué estaba sucediendo. Él tenía contactos dentro del rectorado. Allí funcionaba la llamada tercera etapa, que más tarde la Comisión de la Verdad de la USP [2013-2018], de la que formé parte, reveló que se trataba de la Asesoría Especial de Seguridad Interna, que operaba en sintonía con el despacho del rector para seleccionar los contratos y contaba con dos empleados que no eran de la USP, encargados de recopilar los antecedentes de los candidatos en los organismos de información, como el DOPS [Departamento de Orden Político y Social] y el SNI [Servicio Nacional de Informaciones]. Y entonces mi amigo me advirtió: “Tu contrato no se va a aprobar”.

¿Por qué motivo?
No llegué a ser detenida durante la dictadura, pero entre 1966 y 1969 tuve que responder ante la Justicia militar por mi participación en aquella organización trotskista. Esa información figuraba en el dictamen de la USP y debido a ello finalmente no me contrataron como profesora asistente. En el marco de las investigaciones para su libro As universidades e o regime militar [editorial Zahar, 2014], el historiador Rodrigo Patto Sá Motta, de la Universidad Federal de Minas Gerais [UFMG], encontró estos documentos y me envió una copia.

¿Qué investigó en su doctorado?
El título de mi tesis es “El Estado y las clases trabajadoras en Brasil (1930-1945)”. La investigación la llevé a cabo entre 1973 y 1979 en la USP, con la dirección de Weffort. En la tesis, analizo cómo se estableció la institucionalidad laboral y sindical durante el gobierno de Getúlio Vargas. Allí demuestro que esa medida no surgió a partir de un reclamo de la clase trabajadora, sino de una élite estatal dispuesta a regular las relaciones entre el capital y el trabajo y controlar a los líderes sindicales.

Durante su doctorado escribió el artículo intitulado “Los sindicatos en Brasil: antiguas estructuras, nuevos problemas”, publicado en 1975, en el que analiza el movimiento sindical en el área metropolitana denominada ABC paulista en la década de 1970. ¿Cómo surgió esa idea?
Cuando estaba comenzando mi doctorado, Weffort me dijo: “En la zona del ABC está surgiendo algo nuevo, diferente al liderazgo sindical más carnero tradicional”. Fui allí a ver de qué se trataba. Eso fue en 1973. En aquella época, el presidente del Sindicato de los Metalúrgicos de São Bernardo do Campo y Diadema era Paulo Vidal, quien se mantuvo en el cargo hasta 1975, siendo sucedido por Lula. Aun después de haber escrito el artículo, seguí visitando el sindicato. Leôncio Martins Rodrigues y yo impartimos seminarios a aquellos trabajadores y seguimos de cerca las huelgas de 1978 y 1979. Además, fuimos testigos de la transformación de Lula en una figura de alcance nacional, durante y después de las movilizaciones huelguistas.

¿Cuándo se fue a la Unicamp?
A finales de 1973, mientras aguardaba la contratación en la USP, impartí un seminario en la Unicamp, por invitación de los profesores Carlos Estevam Martins [1934-2009] y Paulo Sérgio Pinheiro. Hablé sobre lo que había presenciado en el ABC paulista. A principios del año siguiente, el filósofo francés Michel Debrun [1921-1997], quien coordinaba el área de ciencia política del Instituto de Filosofía y Ciencias Humanas [IFCH] de la universidad, me llamó para conversar. El profesor Roberto Gambino, hoy en día psicoanalista, acababa de renunciar y había una vacante docente en la asignatura de Historia del Pensamiento Político Brasileño, en la carrera de ciencias sociales. Yo no sabía casi nada del tema, pero aun así acepté el puesto y le pedí al politólogo Bolívar Lamounier que me ayudara a elaborar un programa. Pasé dos meses inmersa en la literatura sobre el tema e impartí esa asignatura.

Hoy en día, la cuestión no pasa tanto por la creación de políticas sociales, sino por profundizar y complementar las que ya tenemos en Brasil

¿Fue allí en la Unicamp que comenzó a interesarse por el estudio de las políticas públicas?
A principios de la década de 1980, el país avanzaba hacia la redemocratización y Vilmar Faria [1941-2001], colega mío del área de ciencia política en la Unicamp, me dijo que las universidades necesitaban reflexionar al respecto de las políticas públicas, especialmente las políticas sociales. Con este objetivo en mente, él, Paulo Renato Souza [1945-2011], del Instituto de Economía, y yo, organizamos algunos seminarios e invitamos a participar, por ejemplo, a dirigentes de los sectores de la salud y la educación. La idea fue expandiéndose. En 1982, durante la gestión del rector José Aristodemo Pinotti [1934-2009], se crearon el Núcleo de Estudios en Políticas Públicas [Nepp], que ayudé a fundar y más adelante dirigí, y el Núcleo de Estudios de Población [Nepo], que fue liderado por la matemática y demógrafa Elza Berquó. Posteriormente, en 1984, partí hacia Estados Unidos para realizar una pasantía posdoctoral en la Universidad de California [Ucla] en Berkeley, para profundizar en la agenda de las políticas públicas. Pasé alrededor de cuatro meses allí “viviendo” prácticamente en la biblioteca. En aquella época no existía internet y las bibliotecas brasileñas estaban muy desfasadas en relación con lo que se producía en el extranjero.

¿Qué hizo al regresar a la Unicamp?
Tan pronto como había llegado allí había ayudado a crear la maestría en ciencia política. La USP tenía un modelo de posgrado más antiguo, más centrado en la tutoría. La admisión la decidía el director de tesis y el estudiante hacía dos o tres créditos, de la manera que quisiera. Lo importante era entregar la tesis. En la Unicamp decidimos escolarizar este proceso, incorporando un examen de ingreso y un plan de estudios. Era más organizado y muchos estudiantes graduados en la USP vinieron a hacer la maestría en la Unicamp. Cuando regresé de Berkeley, empezamos a discutir la etapa siguiente, la organización de un doctorado. Creamos un doctorado multidisciplinario, organizado en torno a áreas de investigación que aunaban a politólogos, sociólogos y antropólogos. El programa funcionó así durante mucho tiempo, pero siempre tuvo dificultades para encajar en el sistema de evaluación de la Capes [Coordinación de Perfeccionamiento del Personal de Nivel Superior], que privilegiaba el posgrado en una disciplina específica.

¿Cómo se acercó al federalismo?
Durante mi estancia en Berkeley pasé meses leyendo bibliografía sobre el estado de bienestar social. En Brasil, este sistema de protección social es atravesado por la cuestión federal. Los diagnósticos que condujeron a las reformas de las grandes políticas de protección social [salud, educación y asistencia social] después de 1988 [año de promulgación de la Constitución Federal], hacían hincapié en el carácter centralizado del sistema de protección social bajo el régimen autoritario, así como en su naturaleza regresiva, que beneficiaba a los trabajadores de mayores ingresos, en detrimento de los más pobres. Gran parte del debate del período de la redemocratización se centró en cómo podían redefinirse las competencias del gobierno federal, los estados y los municipios para que este sistema se volviera universal, como así también más justo y eficiente. En otras palabras, la discusión giraba en torno a la apreciación de cambios que implicaban una redefinición de las funciones de los distintos niveles federativos y su articulación para que las políticas de protección social pudieran ser más amplias y redistributivas. Así fue como acabé involucrándome en la cuestión del federalismo. Tanto es así que, a la fecha, uno de mis artículos más citados es precisamente “Federalismo y políticas sociales”, de 1995, en el que analizo los obstáculos para la transferencia de responsabilidades entre los distintos niveles de gobierno.

¿Qué políticas sociales debería adoptar el Estado para mejorar la calidad de vida de la población brasileña?
Hoy en día, el problema no pasa tanto por la generación de políticas, sino por profundizar y complementar las que ya tenemos, además de financiarlas adecuadamente. A partir de la redemocratización del país, con la Constitución de 1988, hemos vivido un largo proceso de reformas sociales. Creamos un sistema de salud pública universal y respetable, el SUS; la educación pasó a considerarse un derecho de todos y un deber del Estado; y finalmente, la educación básica se ha universalizado. Con la estabilización de la moneda, en la década de 1990, los gobiernos de Fernando Henrique Cardoso [1994-2002] y los dos primeros de Luiz Inácio Lula da Silva [2003-2011] incluyeron en la sociedad a una población que vivía en condiciones muy precarias a través de programas de transferencia de ingresos como Bolsa Familia. Asimismo, otros programas como el Prouni [Programa Universidad para Todos] garantizaron a una parte de la población el acceso a la educación superior. Las políticas de acción afirmativa han permitido que hoy en día nuestras elites no sean tan blancas. Es decir, los progresos fueron lentos, pero palpables. En la actualidad, el mayor reto que enfrentamos consiste en reducir las inequidades y las ineficiencias que aún subsisten en cada sector de las políticas sociales. También es importante reducir la regresividad de la política tributaria, que va en contra de las políticas sociales redistributivas. Brasil necesita dar un paso más en este sentido, a pesar de las limitaciones fiscales con las que convivimos.

¿Por qué se fue a la USP?
Permanecí 13 años en la Unicamp, de 1974 a 1987, y ese período fue fundamental para mi formación como intelectual y articuladora de instituciones académicas. Sin embargo, al final, sentía una falta de desafíos. Cuando me marché a la USP, las ciencias sociales se estaban dividiendo en tres departamentos: Ciencia Política, Antropología y Sociología. La creación del Departamento de Ciencia Política estuvo al mando de José Augusto Guilhon Albuquerque y José Álvaro Moisés. Ellos invitaron a algunos investigadores de fuera a la USP, como Simon Schwartzman, quien se encontraba en Río de Janeiro, y al argentino Guillermo O’Donnell [1936-2011], a quien considero el politólogo más importante de América Latina. También nos convocaron a Maria D’Alva Kinzo [1951-2008] y a mí, de la Unicamp. Por sugerencia de O’Donnell y con fondos aportados por la fundación Ford, creamos, junto con Guilhon Albuquerque y Moisés, el Núcleo de Investigación en Relaciones Internacionales, en 1987. La USP había cambiado mucho y yo también. Ya no era una profesora al inicio de su carrera y trabajar con mis antiguos profesores no me asustaba tanto como antaño. Weffort se mantuvo durante un tiempo al frente del departamento hasta que se incorporó al gobierno de Fernando Henrique Cardoso en 1995, como ministro de Cultura.

No conozco un mejor lugar que la universidad, ni nada más interesante que el trabajo académico

¿Nunca ha pensado en trabajar en la esfera gubernamental?
Tuve una breve experiencia como asesora de Paulo Renato Souza, quien entre 1984 y 1986 fue secretario estadual de Educación del gobierno de Franco Montoro, en São Paulo. Pero no me gustó tanto: el mundo de la política es muy jerárquico, tu jefe está realmente al mando de todo, incluso de tus horarios. Yo estaba acostumbrada a la libertad que existe en el ámbito académico. Además, me gusta poner las cosas en marcha, pero aún más me gusta analizarlas, entender cómo funcionan. No conozco un lugar mejor que la universidad, ni nada más interesante que el trabajo académico.

¿Cómo fue su experiencia en el Instituto de Relaciones Internacionales [IRI] de la USP?
En el año 2000, yo era jefa del Departamento de Ciencias Políticas cuando el por entonces rector de la USP, Jacques Marcovitch, montó una comisión formada por docentes de diferentes áreas del conocimiento, de la que pasé a formar parte, para crear la carrera de grado en relaciones internacionales. Elaboramos un proyecto multidisciplinario con asignaturas de las áreas de derecho, economía, historia y ciencia política. La licenciatura en relaciones internacionales abrió en 2002 y, desde entonces, figura entre las cinco carreras de la USP con mayor nota de corte en el examen de ingreso. El primer director del IRI fue el profesor Walter Colli, del Instituto de Química, y yo fui su vicedirectora. Más tarde asumí la dirección, entre 2010 y 2013. Fue mi segunda experiencia en un proyecto multidisciplinario, en la que volqué toda mi experiencia previa. Esto siempre supone un reto, porque los obstáculos administrativos y, sobre todo, los dilemas intelectuales, son inmensos. La organización en departamentos estructurados en torno a campos disciplinarios, como suele ocurrir en las universidades, dificulta bastante no solamente el tránsito de los estudiantes, sino también la construcción de proyectos verdaderamente interdisciplinarios. La cultura académica, los criterios de evaluación, las prácticas de investigación científica, son muy diferentes, incluso entre las disciplinas del ámbito de las humanidades.

¿Le resultó difícil migrar hacia las relaciones internacionales?
Las relaciones internacionales constituyen un campo de la ciencia política. Desde el punto de vista de mi trayectoria académica, traté de tender un puente entre las políticas públicas y las cuestiones internacionales. Acabé encontrando un camino cuando, allá por 2009, me sumé a un proyecto colaborativo, con sede en México, dedicado al estudio de la opinión pública sobre política exterior y asuntos internacionales. Se trata de la investigación “Las Américas y el mundo”, en el marco de la cual he coordinado hasta hace poco el subproyecto “Brasil, las Américas y el mundo: opinión pública y política exterior”, financiado por la FAPESP.

¿Qué está haciendo actualmente en términos académicos?
Ahora mismo estoy transfiriendo la coordinación de este proyecto a un colega del IRI más joven. Es hora de pasar la posta, pero seguiré trabajando como investigadora. Además, desde 2019 coordino el Programa Internacional de Posdoctorado de Cebrap, junto con la profesora Vera Schattan Coelho. Suelo decirles a los jóvenes participantes que éste es un espacio para liberarse de sus directores académicos, tomar las riendas de sus propias investigaciones y convertirse en autores, sin temor y con audacia, como debe ser una trayectoria académica.

Este artículo salió publicado con el título “Maria Hermínia Tavares de Almeida: En defensa del diálogo” en la edición impresa n° 355 de septiembre de 2025.

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