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Zoología

Una fauna guardada en cajones

El Museo Nacional y el Museo de Zoología de la USP albergan vastas colecciones de animales de difícil preservación

El curador Marcos Raposo en la colección de aves, en el Huerto Botánico

Diogo Vasconcellos

Durante el incendio que arrasó el Museo Nacional, científicos que no se conformaban con ver el trabajo de tantas vidas (pasadas, presentes y futuras) convertirse en humo enfrentaban a los bomberos para salvar lo que les fuese posible. Uno de ellos era el ictiólogo (especialista en peces) Paulo Buckup, quien entró en el palacio que ardía. “Recuperamos el 80% de los tipos de moluscos”, comenta la bióloga Cristiana Serejo, experta en crustáceos y vicedirectora del museo. Los tipos son los ejemplares que se emplean para la descripción de cada especie y constituyen de este modo su propia definición: el holotipo es el espécimen seleccionado como modelo y los paratipos pueden representar algo de la variación dentro de cada especie. Por eso son piezas claves en una colección científica que en general quedan guardadas por separado.

Las colecciones de moluscos, arácnidos e insectos también estaban en el palacio y hay pocas esperanzas de que algo más se haya salvado aparte de los tipos de moluscos, que caben en un armario y están guardados en la construcción anexa al palacio. Allí también están las colecciones de crustáceos, equinodermos (el grupo que incluye a las estrellas de mar), celenterados (como las medusas) y esponjas de mar. Pero el laboratorio de Serejo se perdió. “Había mucho material allá”, se lamenta.

Diogo Vasconcellos Museo Nacional: lotes de la colección de cnidarios en el Departamento de InvertebradosDiogo Vasconcellos

El área de zoología del Museo Nacional, que alberga un programa de posgrado, se divide en tres departamentos, cada uno con sus docentes y estudiantes: Entomología, Invertebrados y Vertebrados, con un total de 49 docentes, 73 doctorandos y 38 estudiantes de maestría. Las colecciones de investigación consisten en series de animales preservados de acuerdo con las técnicas adecuadas para cada grupo: los insectos suelen almacenarse en gavetas, pinchados con alfileres especiales; las pieles de mamíferos se rellenan con algodón y se estiran en gavetas junto con sus respectivos cráneos, y a veces con esqueletos enteros; y peces, reptiles y anfibios van en frascos con alcohol. Sea cual sea el formato, son registros de la fauna que permiten reconstruir la biodiversidad en el transcurso del tiempo y del espacio.

El siglo XIX fue especialmente importante en la formación de su patrimonio, cuando el Museo Nacional les sirvió de base a los naturalistas que viajaban por el país. Luego de ello, generaciones de investigadores siguieron haciendo sus aportes, con hitos importantes como la Comisión Rondon, que recorrió la Amazonia a comienzos del siglo pasado y contribuyó con la colección de vertebrados. Más recientemente, a comienzos de la década de 2000, investigadores del Departamento de Invertebrados (Cristiana Serejo entre ellos) tomaron parte en el Programa de Evaluación del Potencial Sostenible de Recursos Vivos en la Zona Económica Exclusiva (Revizee), estudiando los organismos marinos entre Bahía y el norte de Río de Janeiro. La colección resultante se preservó en el anexo.

João Alves de Oliveira/ Museo Nacional Ratas enviadas por el Servicio Nacional de Peste en la década de 1940João Alves de Oliveira/ Museo Nacional

Otras colecciones no tuvieron la misma suerte. La entomológica estaba en el tercer piso, que se desmoronó en el incendio. “Teníamos mariposas del final del siglo XIX y una gran cantidad de material que aún no había sido incorporado a la colección”, comenta la curadora Cátia Mello-Patiu, entomóloga especialista en la biología y la clasificación de algunas familias de moscas. Es un tipo de trabajo que depende del examen de largas series de especímenes, donde cada detalle de los animales es computado para caracterizar a la especie. “Mucho ya se había publicado sobre la colección”, comenta la investigadora. “Ese conocimiento representa aquello que el material puede revelar en el tiempo y en el espacio, incluso de los lugares que perdieron su vegetación original debido al crecimiento de las ciudades y a otros factores.”

Mas ella no se deja abatir. Comenta que varias instituciones ya se han puesto a disposición para donar material. “Es posible recomenzar una colección”, afirma. “Con el conocimiento que tenemos actualmente, la misma puede ser incluso mejor que la que se perdió”. Sucede que los estudios anteriores permiten saber dónde existe una mayor diversidad y cuáles son los sitios aún desconocidos, de manera tal que sea posible pensar en una colección más representativa, aunque los registros perdidos sean irreemplazables.

Léo Ramos Chaves Colección de aves del MZ-USP: diversidad preservada en cajonesLéo Ramos Chaves

A salvo
Afortunadamente, fue mucho lo que se salvó. Desde la década de 1980 había un plan para retirar las colecciones del interior del palacio, inseguro a cauda de su edad y el estilo de su construcción. Los vertebrados fueron trasladados en 1995 a una edificación situada en el Huerto Botánico construido especialmente para albergarlos. El mastozoólogo (especialista en mamíferos) Marcelo Weksler comenta que el Departamento de Vertebrados perdió material que estaba expuesto en el palacio, como un esqueleto entero de ballena yubarte. “En mamíferos, perdimos alrededor de 500 ejemplares de un total de 100 mil”, comenta. Como jefe del departamento, él está preocupado en adquirir un sistema antiincendio mejor y contar con instalaciones eléctricas más seguras. Las condiciones de trabajo en el Huerto Botánico padecen también otras tribulaciones, pues los edificios remanentes abrieron sus espacios para recibir a los colegas desalojados del palacio.

Weksler estudia taxonomía e identificación de roedores que actúan como reservorios de zoonosis. “Es importante determinar los límites de la distribución de las especies para identificar reservorios de virus causantes de enfermedades”, explica. En la práctica, este trabajo implica recorrer una serie de museos de zoología para examinar pieles y cráneos de ratitas que, vivas, cabrían en la palma de la mano. Cada medida, cada pliegue de los dientes puede guardar información que permite distinguir una especie de otra, sumada a los análisis de ADN. Una de las misiones de Weksler, quien está desde hace ocho años en el Museo Nacional, al principio como investigador visitante, consistió en montar el laboratorio de investigación molecular en biodiversidad.

La colección entomológica estaba en el tercer piso del palacio, que se desmoronó durante el incendio

En un artículo publicado en 2017 en la revista American Museom Novitates, Weksler y colaboradores redefinieron a la especie Oligoryzomys mattogrossae, una ratita nativa de los biomas Cerrado y Caatinga conocida por ser portador del hantavirus. El problema reside en que solía confundírsela con otra especie, O. microtis. “La identificación correcta es importante, como así también la determinación de dónde existe, a los efectos de delinear acciones de prevención de la enfermedad”, explica el investigador. Aparte de redescribir la especie casi un siglo después de su registro científico oficial, mediante análisis morfológicos, moleculares y cromosómicos, en el artículo también se mapea el área donde esos animales pueden encontrarse. Mientras que la especie O. mattogrossae vive en la vegetación abierta del Cerrado y de la Caatinga, O. microtis es exclusiva de los bosques de la cuenca amazónica.

En la participación del Museo Nacional en proyectos ligados a endemias despunta el trabajo de João Moojen, responsable de la colección de mamíferos entre 1939 y 1985. Moojen coordinó investigaciones en la década de 1950 relacionadas con la peste bubónica, transmitida por una bacteria que vive en pulgas de ratas y que puede causar epidemias en seres humanos. Esta enfermedad llegó al Brasil a finales del siglo XIX y se fijó en áreas serranas del Nordeste. En 1941, cuando se creó el Servicio Nacional de Peste, Moojen recibió una invitación para dictar cursos sobre roedores y vio en el nordeste una oportunidad, comenta el mastozoólogo João Alves de Oliveira. “Logró que los roedores y otros mamíferos fuesen enviados al Museo Nacional”. En cuatro años reunió alrededor de 60 mil especímenes, una representación considerada excesiva en esa época.

Gracias a los registros precisos, un cuidado que Moojen aprendió durante su doctorado en museos de zoología estadounidenses, hoy en día es posible recuperar información valiosa, tal como el ambiente en que cada especie fue recolectada y su distribución geográfica. “La tecnología avanza y actualmente pueden obtenerse más datos de los especímenes disecados, el ADN de parásitos, por ejemplo”, explica Alves. “Es un uso nuevo de la colección que Moojen quizá no hubiera imaginado.”

Un museo sin exposición es un museo sin alma; pero de tener únicamente esa parte, no produce conocimiento, dice De Pinna

Alves es responsable de la curaduría de ese material y estudia la estructura poblacional de las comunidades de roedores del nordeste de Brasil con base en el mismo. Participó en un estudio publicado en 2015 en la revista Vector-Borne and Zoonotic Diseases, en el cual se compararon roedores recolectados actualmente con los especímenes depositados en el Museo Nacional para actualizar la taxonomía de los roedores relacionados con la peste en América del Sur. Pese a ya no ser tan letal, merced al acceso a los antibióticos, la peste bubónica sigue estando presente en diversos países sudamericanos y debe ser monitoreada constantemente para que no resurjan epidemias.

Existe material antiguo que aún no ha sido catalogado, pero en general a las nuevas recolecciones los investigadores las procesan y las registran enseguida. La información de los animales depositados en el Museo Nacional está informatiza prácticamente en su totalidad, y en parte se encuentra en bancos de datos disponibles en internet como el Sistema de Información sobre la Biodiversidad Brasileña (SiBBr), una iniciativa de 2013 del gobierno federal viabilizada a través del entonces Ministerio de Ciencia, Tecnología e Innovación. En total, entre 350 mil y 400 mil entradas de plantas, vertebrados e invertebrados forman parte de esos repositorios públicos. No es un proceso sencillo, pues aparte de que se necesita gente para computar los datos, debe verificarse todo. “Hay que tener cuidado a poner a disposición esos datos”, advierte Weksler. “Es esencial que la identificación y todas las informaciones estén correctas.”

Léo Ramos Chaves MZ-USP: un cascarudo recolectado en 1910 en donde actualmente es el Parque de la IndependenciaLéo Ramos Chaves

Un primo paulistano
En São Paulo, el área de zoología del Museo Nacional tiene su paralelo en el Museo de Zoología de la Universidad de São Paulo (MZ-USP), situado en el Parque de la Independencia junto con el Museo Paulista, en el barrio de Ipiranga, y alberga alrededor de 8 millones de artículos. Al día siguiente del incendio, el ictiólogo Mário de Pinna, director del MZ-USP, llegó al trabajo desolado y determinado. Recorrió todas las dependencias y confiscó tostadoras, cafeteras y todo aquello que pudiese constituir algún riesgo a la seguridad. “Van a tener que tomar café en otro lugar.”

El MZ-USP reúne buenas condiciones de seguridad porque obtuvo fondos para la concreción de una reforma luego del incendio en el Instituto Butantan. Las instalaciones eléctricas se rehicieron, y se instalaron puertas cortafuego. Pero no en todo el museo. “Contamos actualmente con un plan aceptado por los bomberos para la realización de otras reformas, pero aún deben aprobarlo los organismos de patrimonio”, explica.

Las colecciones almacenadas en alcohol, como la de peces, cuentan con puertas cortafuego. Pero requieren de barreras de contención que impidan que el fluido se escurra en caso de accidentes, para contener un eventual incendio. De Pinna explica que los docentes responsables de las colecciones definen qué es necesario, ya que existen particularidades que requieren distintas medidas de seguridad. Los 13 profesores del MZ-USP asumen alguna función administrativa. El programa de posgrado hace cinco años se independizó en la estructura de la USP –antes los estudiantes estaban vinculados al Instituto de Biociencias– y actualmente cuenta con 16 estudiantes de maestría y 25 doctorandos. De Pinna hace hincapié en que, en 2017, la clasificación internacional Center for World University Rankings destacó a la USP como la mejor universidad del mundo en zoología.

Léo Ramos Chaves Colección de peces en frascos de alcoholLéo Ramos Chaves

Aunque las condiciones son buenas, la edificación –concluida en 1940, la primera en São Paulo construida para ser museo– está lejos de ser perfecta. “Los edificios antiguos son siempre problemáticos”, afirma De Pinna. “Poseen estructuras de madera que sostienen los techos, y no hay nada que hacerle”. Lo ideal, según dice, sería trasladar las colecciones a un edificio nuevo, que ya debería existir: en 2012 empezó construirse la Plaza de los Museos en el campus de la USP, pero las obras fueron interrumpidas.

Mientras tanto, los cuidados son constantes. “No tengo una noche tranquila desde que me hice cargo de la colección de aves”, dice el ornitólogo Luis Fábio Silveira. Un aviso, fechado en 2012, está pegado en la puerta de una sala donde estudiantes trabajan para que el último que salga verifique las normas de seguridad. “El vigilante tiene una lista de todo lo que queda conectado en cada sala”, comenta Silveira. “De ver una lucecita que no debería estar encendida, está autorizado a desenchufar el cable”. Y muestra una bandeja de picaflores arriba de la mesa: “Algodón y plumas en cajones de madera. Un patrimonio muy frágil”, resume.

Silveira pone de relieve el valor de una colección acumulada a largo plazo. En el marco de un proyecto, se están analizando isótopos estables en aves de la localidad de Piracicaba, en el interior paulista, para inferir su alimentación durante los últimos 100 años, un recurso inimaginable hace pocos años. Incluso las etiquetas atadas en las patas de las aves pueden guardar información sorprendente, como el tinamú pardo (Crypturellus obsoletus) comprado en 1897 en el Mercado Municipal de la capital paulista. “En aquel tiempo la gente compraba esas aves en el mercado central para comerlas.”

Léo Ramos Chaves Esqueletos de primates en el área expositiva en São Paulo, reinaugurada en 2015, tras la reforma y la reelaboraciónLéo Ramos Chaves

Visibilidad
Mario de Pinna sostiene que no basta con hacer buenas investigaciones: hay que mostrarlas. De allí la importancia de contar con un área expositiva. “Un museo sin exposiciones es un museo sin alma; pero de tener solo esa parte, no produce conocimiento”. Para él, esto les brinda a los niños que visitan el museo una perspectiva de lo que es la ciencia y el mundo natural que los rodea. “Se vuelven mejores ciudadanos, con un intelecto más sofisticado”. La bióloga Maria Isabel Landim es responsable de la parte de extensión del MZ-USP, cuya galería pública fue completamente reformada a partir de 2011 y reinaugurada en 2015, con una exposición de larga duración, rica en biodiversidad y evolución. Parte del trabajo de pensar lo que el museo pretende mostrar implica incluir lo que se hace en la institución, con la participación de los docentes, los no docentes y los alumnos en la construcción de ese relato y en las soluciones tendientes a mostrar animales, que en ocasiones se erigen en desafíos en términos expositivos, como en el caso de las termitas.

Landim también hace de la galería su laboratorio y orienta a los alumnos de iniciación a la investigación científica y de posgrado a estudiar las narrativas evolutivas en los museos de historia natural. El MZ-USP ofrece actividades que reproducen la investigación científica dirigidas a niños, que puedan extraer ADN el examinar material en el microscopio. “Apuntamos a ganar corazones y mentes: la gente debe enterarse del valor de nuestra investigación y de nuestra colección para ayudar a cuidarlas”, dice ella, quien también forma parte del equipo contra incendios.

Léo Ramos Chaves La colección de insectosLéo Ramos Chaves

El Instituto Butantan rehace sus colecciones

El sábado 15 de mayo de 2010, cuando un incendio destruyó la mayor parte de su colección biológica y del edificio que la albergaba, el Instituto Butantan vivió una situación análoga, aunque en una proporción mucho menor, a la del Museo Nacional. El incendio empezó en una sala del Laboratorio de Herpetología y se perdió el 80% de los estimados 84 mil ejemplares de serpientes, mantenidos en frascos grandes con alcohol. Las llamas rápidamente llegaron al Laboratorio de Artrópodos y consumieron el 35% de la colección de arañas y miriápodos.

“Perdimos muchos ejemplares aún sin nombres científicos y de ambientes que no existen más, pues fueron ocupados por ciudades o represas”, comenta el biólogo Antonio Brescovit, director del Laboratorio Especial de Colecciones Zoológicas. “Durante tres años, hasta que el edificio nuevo quedó listo, muchos investigadores y alumnos permanecieron sin tener un lugar donde trabajar y se dispersaron por el Instituto y por la USP. El rendimiento de los alumnos no fue el mismo que si todos hubiesen permanecido juntos”. El instituto cuenta actualmente con 148 investigadores y 590 pasantes y estudiantes de posgrado.

Léo Ramos Chaves La colección de reptiles en el nuevo edificio, con protección contra incendiosLéo Ramos Chaves

El nuevo edificio de las colecciones biológicas, construido con 5,5 millones de reales de la Secretaría de Salud del Estado de São Paulo e inaugurado en septiembre de 2013, cuenta con salas blindadas, con puertas cortafuego de cierre automático, sistemas de liberación de dióxido de carbono, detectores de incendios y alarmas. Son dos bloques: uno que alberga a las colecciones y el otro de los laboratorios. El equipo se expandió de tres a seis investigadores trabajando en el edificio, donde están ahora las colecciones biológicas antes dispersas por el instituto, y la colección trepó de un millón de ejemplares antes del incendio a un millón y medio, en razón de los intercambios y las recolecciones de campo realizadas durante los últimos años. “Hoy en día nuestra colección es una de las más seguras y organizadas de Brasil”, afirma Brescovit.

El Instituto Butantan alberga cuatro museos: el Biológico, el Histórico y el de Microbiología dentro del Instituto, y el Museo de Salud Pública Emílio Ribas, incorporado en 2010, que se encuentra en el barrio de Bom Retiro. Todos se dedican a la realización de exposiciones, con un promedio anual de 350 mil visitantes, fundamentalmente estudiantes. De cumplirse el cronograma, a fin de año estarán concluidas las refacciones del techo del Museo Biológico –el más visitado, con serpientes, arañas y otros animales vivos en sus respectivos cautiverios, con paredes de vidrio– y el cambio de cañerías y de estanterías de madera por otras de metal en el Emílio Ribas. Ambos actualmente permanecen cerrados.

Carlos Fioravanti

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