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Buenas prácticas

“Veo demasiados casos en los que nada sucede”

Creador del blog Retraction Watch, el periodista Ivan Oransky relata cómo ha evolucionado en los últimos años el combate contra la mala conducta científica

Archivo personal Oransky creó una base de datos que se ha convertido en una referencia en investigaciones sobre integridad científicaArchivo personal

El periodista estadounidense Ivan Oransky ya acumulaba varios años de trayectoria profesional cuando decidió, junto a su colega Adam Marcus, también especializado en salud, lanzar un blog sobre un tema casi oscuro: las retractaciones de artículos científicos. La publicación de resultados constituye una parte fundamental de la ciencia moderna: millones de papers se publican anualmente en el mundo y, en ocasiones, esos documentos contienen errores. Para rectificarlos, existen recursos tales como las erratas y, en casos extremos, es posible retractar un artículo, de decir: la revista que lo publicó anuncia que los resultados que en él se describen son científicamente inexistentes. Una parte de las retractaciones se debe a casos de mala conducta científica: plagios o la fabricación o falsificación de datos.

Así nació el blog Retraction Watch, que actualmente está en el radar de las publicaciones académicas y periodísticas, de los científicos y personas interesadas en cuestiones relacionadas con las buenas prácticas científicas, y que alcanza los 150 mil visitantes únicos por mes. En la primera publicación, en agosto de 2010, Oransky y Marcus justificaron la iniciativa. Pese a que la ciencia tiene importantes mecanismos de autocorrección, advertían ellos, ese proceso puede ser muy lento. Mencionaron como ejemplo los 12 años transcurridos entre la publicación del notorio artículo de Andrew Wakefield, que vinculaba el autismo a las vacunas, y su retractación por la revista The Lancet, seis años después que un periodista planteó públicamente sospechas importantes sobre ese trabajo. En segundo lugar, argumentaron que, excepto en casos como el de Wakefield, el espectro de las retractaciones permanece obscuro, de allí la idea de formar un repositorio informal, que evoluciona hacia una base de datos, que hoy en día registra 19,5 mil retractaciones. En tercer lugar, serviría como fuente para periodistas interesados en reportar los fraudes y el mal uso de recursos, además de ayudar a las personas preocupadas por corregir conductas inadecuadas en la ciencia. Por último, el dúo aspiraba a saber cómo abordaban esta cuestión las revistas: cuánto tiempo esperaban antes de publicar una retractación, si los periódicos con pocas retractaciones tenían una revisión por pares de mejor calidad o si se intentaban esconder los errores.

Oransky, de 46 años, se graduó en biología en la Universidad Harvard en 1994, donde ingresó al mundo del periodismo a través del The Harvard Crimson, el cual editó. También se graduó en medicina en la Universidad de Nueva York, en 1998, donde enseña periodismo. Con una trayectoria de editor en medios como Reuters Health, Scientific American y The Scientist, actualmente es vicepresidente y director editorial de Medscape, una organización que ofrece noticias y capacitación en internet para médicos y profesionales de la salud. Frecuentemente viaja para hablar de su trabajo (ha estado ya cuatro veces en Brasil, en las reuniones del Brispe (Brazilian Meeting on Research Integrity, Science Publication Ethics). En Lausana, Suiza, donde participó en un debate sobre cómo reportar fraudes científicos, en la 11ª Conferencia Mundial de Periodistas Científicos, conversó con Pesquisa FAPESP sobre su trabajo.

¿Cómo fue la reacción en los inicios de Retraction Watch? ¿Hubo resistencia?
Hubo desconfianza, pero siempre contactamos a los autores de los artículos científicos, desde el primer día. No siempre quieren hablar con nosotros, aunque siempre los contactamos, así como a las instituciones, cuando resulta apropiado. El problema no era nuestro método, sino más bien el enfoque en las malas noticias. No sé si la gente cambió o si cambiamos nosotros. Si observamos los grandes casos, como los de Stapel [Diederick Stapel, profesor de psicología social de la Universidad de Tilburg, en Holanda, que tuvo 58 artículos retractados por manipulación de datos], o, volviendo un poco, el de Hwang [el veterinario surcoreano Hwang Woo-suk, que publicó dos artículos fraudulentos en la revista Science, en 2004 y 2005, sobre la clonación de embriones humanos], vemos que sucede en todos los países. La gente se da cuenta de que esos casos, a pesar de ser raros, no son increíblemente raros, entonces se ha acostumbrado a hablar sobre el tema. Incluso la editorial Elsevier, que no ha sido tratada favorablemente en nuestros reportajes, después de un tiempo declaró que el Retraction Watch era bueno para la ciencia. Existe una percepción de que no hablar sobre el tema hace que la gente confíe menos en la ciencia. Si existe la disposición para decir que esas cosas ocurren y que se están tomando recaudos para que no se repitan, ello debería aumentar la confianza.

Eso implica que las instituciones hagan algo respecto de la mala conducta. ¿Su percepción indica que esa parte ha mejorado?
Sí, en el caso de algunas retractaciones, lo cual es bueno. Algunas universidades se están mostrando más transparentes y emitiendo informes de las averiguaciones, pero muchas todavía no. Están bajo más presión en función de canales como el PubPeer [un sitio web que permite a los usuarios discutir y revisar artículos científicos] y nosotros. Hoy en día existen periódicos importantes, revistas, radio y televisión abordando estos temas. Es más difícil para las universidades no hacer nada, pues alguien lo va a notar. Un punto interesante para mí es que, en algunos de esos casos, las evidencias de mala conducta eran claras y nadie los cuestionaba. Todos lo trataban como algo menor, hasta que aparecía algún suceso externo que expusiera el problema. Es el caso de Anil Potti, de la Universidad Duke, un caso grande [del médico indio que tuvo 11 artículos retractados y seis corregidos por mala conducta en su investigación sobre tratamientos contra el cáncer; se acusó a la universidad de despreciar evidencias de manipulación de datos durante averiguaciones realizadas en 2010]. Todos ignoraron los indicios de mala conducta hasta que un periodista de la revista Cancer Letter recibió la documentación de una propuesta de apoyo a la investigación en la cual Potti mintió que había sido un Rhodes Scholar [becario de un programa internacional de la Universidad de Oxford, en el Reino Unido]; el periodista pensó que el médico quizás mintiera también sobre otras cosas. A partir de allí se desenrolló el ovillo. Yo preferiría que eso no fuera necesario, que fuera suficiente tratar los problemas con la investigación científica, pero a menudo no basta.

¿Cuál es la real extensión del problema?
Veo demasiados casos en los que nada ocurre. Hay miles de comentarios en el PubPeer sobre problemas encontrados en artículos. Existen correspondencias entre las revistas y las instituciones, en las que las instituciones piden retractaciones y las revistas no hacen nada o tardan dos o tres años en actuar. No lograremos cubrir ni una fracción, nadie lo hace. Sin publicidad, sin presión del público, nada acurre.

La retractación concierne más a los investigadores y a las revistas, pero, ¿cuál es del rol de las instituciones que deberían cohibir esos comportamientos?
Empezamos a trabajar con la profesora C. K. Gunsalus, de la Universidad de Illinois, para analizar los informes de las investigaciones institucionales. Muchos son terribles: no hacen las preguntas que deberían, no responden adecuadamente ante las preguntas, no tienen a las personas correctas en los comités. Publicamos el año pasado en el JAMA [The Journal of the American Medical Association] una checklist sobre cómo investigar alegaciones de mala conducta. Muchos empezaron a usar nuestra checklist para evaluar los informes y a usar nuestra base de datos; eso es muy gratificante.

¿Cómo es que se convirtieron en una base de datos, además de un sitio web de periodismo?
Éramos bastante conocidos en el rubro salud, entonces inmediatamente empezamos a producir artículos de interés para otros medios, que pasaron a entrevistarnos una semana después que lazamos el sitio web. Nos convertimos en fuente; fue una estrategia muy eficaz, no intencional. Eso se dio en la misma época del caso Stapel. Había mucho interés en el tema. Tuvimos mucha suerte. Nuestro legado es la base de datos. Solo tuvimos la idea después de cuatro años. Manteníamos listas enormes de retractaciones por cubrir, pero no dábamos abasto. Al principio, eran cinco o seis docenas de retractaciones al año; ahora son 1.400. Cuando aceptamos la idea de que no lograríamos cubrirlo todo, se hizo mucho más fácil, pues pasamos a enfocarnos en los que considerábamos importantes.

¿Cómo alimentan la base de datos? ¿Usan inteligencia artificial?
No, es todo manual. Tenemos una investigadora, actualmente a tiempo parcial, que hizo su tesis doctoral sobre retractación. Ella sabe más del tema que yo. Tiene que ser así, porque las editoriales son muy malas en eso.

¿Es intencional?
Les dejo el beneficio de la duda. Yo les aviso los problemas que veo; a veces los corrigen, a veces los empeoran, o bien los ignoran. Muchas retractaciones no están correctamente identificadas. Las editoriales podrían hacerlo muy fácilmente, pero lo que parece es que no quieren o no les resulta prioritario. Entonces tenemos que hacerlo a mano. Si un algoritmo capturara la mayor parte de los casos, no necesitaríamos la base de datos. Dos años atrás un programador dijo que nos haría una recolección de casos. Algún tiempo después nos dijo que había descubierto algo fascinante: la revista Annals of Surgery tenía más retractaciones que cualquier otra. No coincidía con lo que veíamos, entonces pedí de ver los datos. En cirugías se hace una retracción de los tejidos [en inglés, retraction, la misma palabra para retractación], entonces en esta revista de cirugía había una gran incidencia de artículos con “retraction” en el título. El trabajo no es sencillo, habría que refinar mucho la búsqueda. Queríamos que la base de datos cubriera todo, que no tuviera que ser a mano, incluso porque tenemos otras cosas que hacer.

Ustedes organizan y ofrecen la base de datos de las retractaciones, hacen reportajes sobre esos temas y además una curaduría sobre qué están publicando otros medios. ¿Buscan un equilibrio?
Tiene que haber un equilibrio. Por eso tenemos la base de datos, hicimos la checklist, creamos un premio [DiRT Award – dirt significa suciedad, al mismo tiempo que es el acrónimo para Doing the right thing, hacer lo correcto], generalmente concedido a científicos honestos que retractaron artículos por errores involuntarios o por fraudes cometidos por terceros en sus trabajos, errores que ellos mismos quisieron corregir. Queremos incentivar a la gente a actuar correctamente.

Durante estos casi 10 años, ¿qué ha cambiado en el mundo de la mala conducta?
En 2010, una retractación era suficiente para un reportaje. En 2014, ya tenía que ser una cantidad grande de retractaciones, o una tendencia, como la revisión por pares fake. Hoy en día, es un acuerdo entre las partes por 112 millones de dólares. Es fácil ver el aumento de las retractaciones y creer que la mala conducta está aumentando. Ocurre que la gente está mirando más hacia ese tema. La incidencia del autismo viene subiendo sustancialmente en Estados Unidos y en el mundo: puede estar aumentando, pero claramente eso también se da porque la gente le está poniendo más atención al tema. Ha cambiado la definición.

¿Cómo organizan su trabajo?
Ya hemos recibido financiación, lo que nos permitía tener un equipo, hacer más reportajes. Actualmente somos Adam, Alison Abritis, nuestra investigadora en tiempo parcial y yo. Adam se encarga de buena parte de los textos. Yo hago el boletín todos los días. Me encanta, no parece trabajo, pero toma mucho tiempo y hay algún estrés implicado. Buscar financiación también cansa. Hoy por hoy no tenemos tiempo. Yo tengo un nuevo trabajo, en Medscape. Pero, de alguna manera, Retraction Watch se ha vuelto mi identidad.

¿Hacia dónde quiere ir ahora Retraction Watch?
El objetivo es la sostenibilidad. Adam y yo podemos seguir haciéndolo gratis. Así empezamos, luego durante algún tiempo recibimos alguna remuneración, pero hemos vuelto al voluntariado. Hay otros costos, pero no son muchos: el sitio web, la base de datos –cuya apariencia es de 1988, pero aun así necesita mantenimiento y, a veces, nuevas funciones− y una remuneración para nuestra investigadora. Quiero llegar a un punto en el que no necesitemos buscar financiación. Es la meta de toda organización sin fines de lucro. Creo que estamos haciendo algo valioso, entonces seguir haciéndolo sería algo muy bueno. Quisiera expandir, tener más reporteros, entrar más en las cuestiones legales, que tienen un potencial enorme de crecimiento; los abogados se están metiendo cada vez más en esta área. Nos gustaría hacer un boletín, un sitio web solo para ellos. Sería poderoso. Lo importante es que sea sostenible. Si alguien lo asumiera, yo ya estaría contento. Lo que quiero es que este trabajo siga.

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