Diego BresaniDesde hace una década, la geógrafa Ane Auxiliadora Costa Alencar, de 52 años, tiene un compromiso fijo a finales de cada año: tomarse un avión con destino a alguna ciudad del mundo para participar en la Conferencia de las Partes (COP) de la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático (CMNUCC). Desde 2015, cuando se llevó a cabo la COP21 en París, no ha dejado de asistir a ninguno de estos encuentros. Este año no será diferente. Pero el escenario en donde se realizará la COP30 será para ella un lugar muy conocido: su ciudad natal, Belém, la capital del estado brasileño de Pará.
Directora de ciencia del Instituto de Investigaciones Ambientales de la Amazonia (Ipam), una organización científica de la sociedad civil fundada hace 30 años en la capital de Pará, Costa Alencar es experta en teledetección y estudia el impacto del fuego en la selva amazónica y en el Cerrado, la sabana tropical brasileña. También es la coordinadora de MapBiomas Fuego, un mapeo elaborado por una red colaborativa integrada por más de 70 organizaciones no gubernamentales (ONG), universidades y startups tecnológicas que, mediante imágenes satelitales, registra mensual y anualmente los incendios forestales en los ecosistemas brasileños.
Desde 2010, la geógrafa vive en Brasilia, donde funciona una de las siete unidades del Ipam. Aparte de ésa en la capital federal brasileña y otra en Belém, la entidad, que cuenta con 160 empleados, 60 de los cuales pertenecen al directorio de ciencia, posee oficinas en otras dos ciudades de Pará, dos en Mato Grosso y una en Acre.
Para la investigadora, una parte de la sociedad brasileña todavía considera a las cuestiones ambientales como un componente de la agenda ideológica de la izquierda. “Hay gente que no es consciente de que el cambio climático va a afectar a todos, incluso a ellos mismos”, dice. En la siguiente entrevista, concedida por videoconferencia, Costa Alencar habla de sus expectativas para la COP30, de sus investigaciones sobre los incendios forestales en la Amazonia y en el Cerrado y sobre cómo la llevó a convertirse en investigadora su pasión infantil por los mapas y las piedras.
Teledetección e incendios forestales
Institución
Instituto de Investigaciones Ambientales de la Amazonia (IPAM)
Estudios
Título de grado en geografía por la Universidad Federal de Pará (1995), maestría en teledetección y sistemas de información geográfica por la Universidad de Boston, Estados Unidos (2000), y doctorado en recursos forestales y conservación por la Universidad de Florida, EE. UU. (2010)
¿Fue una buena decisión elegir a Belém como sede de la COP30?
Fue una gran elección, pese a todos los problemas que existen. Es una ciudad muy asociada a una región, la Amazonia, que está muy presente en la cabeza de las personas. En cualquier lugar del mundo la gente no sabe cuál es la capital de Brasil, pero sabe que existe la Amazonia.
¿Las altas tarifas de alojamiento podrían desalentar la asistencia a la COP30?
En cierto modo, ese problema estaría presente independientemente de que la ciudad brasileña elegida para albergar la COP fuera Belém o no. Con base en mi experiencia, puedo decir que he asistido a todas las COP posteriores a la de París, en 2015, y en todas partes tuvimos que abonar una tarifa hotelera diaria de 200 a 250 dólares. En la de Glasgow, Escocia, en 2021, conseguimos alojarnos en una casa de plástico, básicamente un campamento, lejos del centro. Nos tomaba una hora en tren llegar al lugar en donde se celebraba la conferencia. Ahora en septiembre estuve en Nueva York, en la Semana del Clima, y los hoteles costaban alrededor de 500 dólares la noche, que yo pude ahorrármelos porque me alojé en la casa de una amiga.
Pero en Belém hay tarifas diarias que superan esos valores.
En efecto, algunos precios en Belém son muy altos y el país podría haberse preparado mejor para esta situación. Los gobiernos podrían haber regulado el monto de las tarifas diarias. El mayor problema es el precio de los hoteles en Belém, que son pocos. Pero pueden conseguirse casas y apartamentos por menos de 200 dólares diarios. En el Círio de Nazaré ‒una festividad religiosa católica local‒, Belém recibe a miles de personas. Pero se trata de peregrinos, que duermen en hamacas, en casas de conocidos o parientes. No son diplomáticos, que acuden a la COP y necesitan ciertas comodidades para participar en dos semanas de agotadoras negociaciones.
¿La selva tropical será uno de los grandes temas de la COP30?
La COP que se realizará en la Amazonia es una oportunidad para que los países de la región y la comunidad local cobren relevancia en el contexto global. Esto no quiere decir que las selvas serán el eje de los debates. En la actualidad, la quema de combustibles fósiles es responsable del 87 % de las emisiones mundiales de dióxido de carbono, el principal de los gases de efecto invernadero que calientan el planeta. Esto debe formar parte de la agenda central de la COP, especialmente en lo que respecta a la mitigación y la reducción de las emisiones de gases de efecto invernadero. Las últimas dos COP se llevaron a cabo en países productores de petróleo: en Dubái, Emiratos Árabes Unidos, y en Bakú, Azerbaiyán. La conferencia se organizó en esos países porque era necesario arribar a un acuerdo para promover la transición de una economía que aún se basa en los combustibles fósiles a otra más ligada a las energías renovables. Hoy en día, alrededor de un 10 % de las emisiones mundiales de gases de efecto invernadero se debe a los cambios en el uso del suelo y de los bosques, esencialmente a los procesos de deforestación. En lo que atañe a este sector, Brasil concentra alrededor de una cuarta parte de las emisiones asociadas a los cambios en el uso de la tierra, lo que cobra importancia a nivel mundial. Por eso es también fundamental debatir sobre la Amazonia en la COP30. Pero este tema no debe eclipsar la cuestión central, que es reducir las emisiones derivadas de la quema de combustibles fósiles y acelerar la transición energética. Debemos tener la ambición de establecer una reducción de emisiones significativa en las nuevas NDC [las metas voluntarias asumidas por los países para reducir el calentamiento global].
En todo el mundo la gente no sabe cuál es la capital de Brasil, pero sabe que existe la Amazonia
A su juicio, ¿cuáles deben ser los grandes temas por negociarse en esta edición de la COP?
Durante mucho tiempo hemos discutido principalmente sobre el tema de la mitigación de los cambios climáticos, sobre la reducción de las emisiones en todas las regiones del planeta. Este compromiso está presente en los acuerdos internacionales. En las tres últimas COP cobró mayor relevancia la cuestión de la adaptación, es decir, qué hacen los países para disminuir el impacto de los cambios climáticos. Ha quedado claro que tenemos que hacer ambas cosas simultáneamente. Tenemos que cambiar la rueda del coche mientras este está en marcha. El objetivo de limitar el calentamiento a 1,5 ºC en comparación con el período preindustrial está cada vez más lejos. Ya ha transcurrido un año completo, entre 2023 y 2024, con temperaturas superiores a ese límite. La mitigación sigue siendo el asunto principal, pero el tema de la adaptación es cada vez más importante dentro de la convención del clima. Se está discutiendo sobre pérdidas y daños, sobre qué países están sufriendo el impacto de los eventos climáticos extremos y cómo se podrían morigerar esos efectos a través del financiamiento.
¿Con qué fines se emplearía ese financiamiento climático anual del orden de 1,3 billones de dólares, una propuesta defendida por un grupo de países de la COP entre los que figura Brasil?
Al inicio de las discusiones, ese dinero se destinaba esencialmente a la mitigación y a la ayuda en el proceso de transición energética. En los últimos años también ha ido cobrando protagonismo la cuestión de la adaptación. Hoy en día, ambos temas compiten por los recursos. Pero ahora mismo, los países ricos no están dispuestos a aportar fondos para estos temas. Y esto ocurre porque están centrados en otros asuntos de carácter doméstico, tales como la cuestión de las guerras, las desigualdades internas, los efectos del covid-19 o el impacto de los aranceles comerciales impuestos por Estados Unidos. Estos países consideran que primero tienen que ocuparse de las cuestiones internas, de resolver estos asuntos políticos y económicos. En otras palabras, cada uno está mirando hacia su propio ombligo. Esta situación complica el tema de la financiación y exacerba un poco la pugna entre el norte y el sur global. Los cambios climáticos fueron generados por el norte global, que al desarrollarse emitió mucho. Pero ahora la factura les llega a todos y las consecuencias son aún mayores para los países menos desarrollados y los sectores más pobres de la sociedad.
La matriz energética de Brasil es más limpia que la de muchos países, pero el país quiere seguir explotando el petróleo, incluso en la llamada margen ecuatorial, que incluye la región cercana a la desembocadura del río Amazonas. ¿Esta postura no debilita la imagen nacional en la COP30?
En la matriz energética brasileña, la principal fuente de emisiones de gases de efecto invernadero es la quema forestal, no la de combustibles fósiles. La conversión de los bosques, principalmente en la selva amazónica, a otros usos como la agricultura y la ganadería, y el manejo de las tierras que se destinan a estas actividades son las principales fuentes de gases de efecto invernadero producidos por Brasil, y representan el 74 % de las emisiones. Desde 2022, el país ha reducido significativamente estas emisiones, por lo que, a mi juicio, llega bien a la COP. También ha invertido bastante en energías renovables. No estoy siguiendo muy de cerca el tema de las emisiones de la industria nacional. Pero el tratamiento de los residuos avanza y la agricultura brasileña se está modernizando, tratando de ser más regenerativa y almacenar más carbono en el suelo. Estamos vislumbrando un cambio en el sector agrícola.
¿Pero tiene sentido seguir con las prospecciones petroleras, más aún en la Amazonia, en medio del avance de los coches eléctricos?
La explotación o no del petróleo en la margen ecuatorial deja a Brasil en una situación realmente embarazosa. Para un país que quiere posicionarse como líder en materia climática y que ha hecho lo que debía hacer localmente, la inclusión de esta cuestión en la agenda resulta contradictoria. El mundo está cambiando. La quema de combustibles fósiles para generar energía y su uso en el sector del transporte es una gran fuente de emisiones en muchos países. China ha implementado una revolución en lo que concierne a la electrificación del transporte. Hoy en día allí casi todo es eléctrico, los ómnibus, las motocicletas, los automóviles, y no hay ruido en las calles de las grandes ciudades. El cambio ha sido muy rápido. La India también está invirtiendo en esta perspectiva, la de la electrificación. No sé si vale la pena que el país invierta en perforar pozos de petróleo, una inversión que lleva décadas y podría quedar obsoleta con la electrificación, sin dejar de lado la posibilidad de que Brasil invierta en biocombustibles.
Algunas personas no se dan cuenta de que el cambio climático va a afectar a todos, incluso a ellas mismas
¿Es posible arribar a un acuerdo para alcanzar esos 1,3 billones de dólares para la financiación climática en la COP30?
Es un cambio de escala muy grande. En la COP anterior, el valor del financiamiento se aumentó de 100.000 millones a 300.000 millones de dólares anuales. Lo cierto es que incluso ese monto inicial de 100.000 millones de dólares nunca llegó a destinarse a los países en desarrollo. Querría creer que el objetivo de los 1.3 billones de dólares podría alcanzarse en la COP30. Pero dado el contexto geopolítico actual, es difícil que eso ocurra. La polarización de la cuestión ambiental, y no solamente en Brasil, sino en todo el mundo, tampoco ayuda.
¿Eso qué quiere decir?
Se asocia la cuestión del medio ambiente, la reducción de las emisiones, a una agenda progresista, ideológica. Esto obstaculiza los debates. Hace unos días escuché un pódcast europeo en el que se hacía hincapié en ese punto. Una parte de la sociedad no ve a estos temas como problemas que deben resolverse. Hay gente que no se da cuenta de que los cambios climáticos van a afectar a todos, incluso a esas mismas personas.
Esas personas piensan que mitigar el cambio climático y adaptarse a este nuevo contexto supone un costo económico muy elevado.
Pero ese costo será mucho menor que el impacto causado por el cambio climático. Es un tema de interés colectivo y se lo debe tomar como una inversión a largo plazo. No sirve de nada que un solo país haga los deberes localmente. Todos tienen que hacer su parte. La agricultura brasileña, por ejemplo, padece el impacto de los eventos extremos cuando se pierde una cosecha. Gran parte del desmonte en la Amazonia, que es ilegal, ocurre en tierras públicas, que son objeto de apropiación, acaparamiento o usurpación y especulación debido a la actividad de organizaciones delictivas. Está claro que no todos los productores rurales hacen eso. Pero quienes operan en el marco de la ley deben tomar partido y dejar de ver en la cuestión ambiental algo contrario a la agricultura.
Hablemos de sus investigaciones. ¿Por qué decidió estudiar los incendios forestales en la Amazonia y en el Cerrado?
Brasil es un país de dimensiones continentales, con diferentes biomas y realidades. Aquí, las fuentes de ignición, que causan los incendios, son en buena medida de origen humano, y más aún en la Amazonia, que representa la mitad del país. Naturalmente este bioma es más húmedo, y debe estar muy seco para que una tormenta eléctrica con rayos ocasione un incendio natural. En Brasil, y principalmente en la Amazonia, las quemas se producen en gran parte durante la estación seca, entre los meses de agosto y octubre, por lo tanto, en una época sin lluvias y sin rayos. En cambio, el Cerrado, el Pantanal y la Pampa son biomas en los que el fuego forma parte de su evolución ecológica y puede haber incendios causados por rayos. Pero incluso en esos biomas, al igual que en la Amazonia, los incendios forestales en mayor cantidad se deben a la acción humana. En la Amazonia y en el Bosque Atlántico, el fuego de origen natural es muy raro.
¿Cómo se inician los incendios forestales naturales?
En la ecología del fuego, hay tres tipos de fuentes de ignición que se consideran naturales. La más frecuente está constituida por las descargas eléctricas. La segunda son los volcanes activos, que aquí no tenemos. La tercera son los deslizamientos de rocas que, con la fricción, provocan chispas e inician el fuego al tomar contacto con áreas secas de gramíneas. Este último es un caso muy específico y tampoco ocurre aquí en Brasil. Por ende, aquí la mayor parte de las fuentes de ignición natural son los rayos. Esto es algo que sucede sobre todo en el Cerrado y en el Pantanal. El Cerrado posee una vegetación muy heterogénea debido al fuego, a sus condiciones topográficas y al tipo de suelo. Allí, los incendios forestales se producen normalmente durante el cambio de estaciones, cuando en las zonas más abiertas se desencadenan fuertes tormentas. El rayo cae en un determinado lugar y provoca un incendio. Pero, en ocasiones, el viento de la tormenta lleva la lluvia más allá. Entonces, cuando el incendio alcanza el lugar húmedo, en donde cayó la lluvia, se apaga por sí solo. Este es el proceso natural, que no ocasiona grandes incendios. El problema radica en que las actividades humanas están afectando el ciclo natural del fuego incluso en biomas como el del Cerrado, históricamente habituado a los incendios.
¿Cómo se produce ese impacto?
Mucha gente emplea los pastizales naturales del Cerrado y del Pantanal como áreas de apacentamiento. La renovación de esas áreas se realiza utilizando el fuego, que aparte de generar abono para los terrenos, hace que las gramíneas rebroten con más vigor y más apetecibles para el ganado. Los productores más tradicionales saben que no hay que prender fuego en los campos en el apogeo de la estación seca, porque generará un incendio que puede salirse de control y arruinar su inversión. Normalmente prenden fuego al comienzo de la estación seca o cuando hay algún indicio de lluvia inminente.
¿Cuál es la relación del fuego con los desmontes en la Amazonia?
Las toneladas de árboles y vegetación arrasada deben desaparecer para que en el mismo lugar pueda instalarse un campo agrícola o de pasturas. Hay varias formas de hacer desaparecer esa biomasa: triturarla y dejar que se pudra, retirar toda la madera o bien, simplemente, quemarla. El suelo de la Amazonia es pobre. Si se elimina toda la madera, no es capaz de sustentar una plantación o pasturas lozanas. La primera opción, triturar la vegetación y dejar que se pudra, que también sería una forma de enriquecer el suelo con nutrientes, lleva mucho tiempo y requiere de maquinaria y tecnología. Pero si uno quema esa biomasa, parte de ella se transforma en nutriente para el suelo con las cenizas y es posible plantar inmediatamente después. Miles de personas hacen esto en la Amazonia. Para los pequeños productores y los indígenas, hacerlo es una cuestión de seguridad alimentaria, de subsistencia propiamente. Esto viene sucediendo desde hace miles de años a pequeña escala. El problema radica en que los datos recabados por MapBiomas muestran que la quema de pastizales, principalmente aquellos que fueron plantados, es la causa de gran parte del origen de los incendios forestales en la Amazonia. Es necesario controlar el uso del fuego en esas áreas.
Algunas personas no se dan cuenta de que el cambio climático va a afectar a todos, incluso a ellas mismas
¿Esto quiere decir que, en la Amazonia, se recurre al fuego en primera instancia para “limpiar” el área forestal recién talada y luego, periódicamente, para renovar las pasturas?
Así es. Inicialmente se le prende fuego al bosque para abrir espacio para el apacentamiento del ganado y para aumentar la fertilidad del suelo. Después, las pasturas se queman periódicamente para renovar las gramíneas y eliminar los árboles y tocones que no se consumieron en las quemas anteriores. A diferencia de lo que ocurre en otras partes de Brasil, donde hay un mejor manejo de las pasturas, con personal trabajando en este proceso sin utilizar el fuego, los campos de pastos de la Amazonia son de uso extensivo. El ganado se alimenta en algunos lugares específicos, que generalmente quedan con el suelo más expuesto. En esos lugares termina creciendo una vegetación arbustiva. La forma más rápida y barata de limpiar esos pastizales y eliminar los tocones es con el fuego. La inversión en maquinaria es cara. Según datos de MapBiomas, el 88 % de toda la superficie deforestada de la Amazonia se ha convertido en pasturas. El uso del fuego en forma extensiva genera oportunidades para que se produzcan incendios en años muy secos, como el año pasado. No se trata solamente de reducir la deforestación: también es necesario cambiar la forma en que se utiliza el fuego para el manejo de las pasturas en la Amazonia.
¿En el Cerrado ocurre lo mismo?
En ese bioma la situación es un poco diferente. En el sur del Cerrado, en las zonas en que las pasturas y la agricultura ya están asentadas desde hace más tiempo, como en el sur de Goiás, Minas Gerais y São Paulo, el uso del fuego es menor. Sin embargo, en la región llamada Matopiba [que abarca parte de los estados de Maranhão, Tocantins, Piauí y Bahía], un frente de expansión agrícola de producción de granos, la incidencia del fuego sigue siendo alta. En el Cerrado, gran parte de la superficie quemada corresponde a pastizales naturales. En este caso, se recurre al fuego como una forma de manejo del pasto nativo, para aportarle vigor y preparar el área para la ganadería. En el Pantanal sucede algo parecido.
Usted fue una de las primeras personas que utilizó la expresión “cicatrices del fuego” para describir las marcas de los incendios en la selva amazónica. ¿Qué son exactamente esas marcas?
Son algo que yo venía viendo en las imágenes satelitales. Hace 30 años, cuando el Ipam estaba en mantillas, trabajaba en un experimento en una hacienda en Paragominas, una localidad situada a unos 300 kilómetros al sur de Belém. Estaba fascinada con las imágenes de satélite de la región y empecé a detectar unas manchas moradas en medio del verde de la selva. Las denominé cicatrices. Como me intrigaban, salí al campo a entrevistar a los propietarios para entender qué eran esas manchas que aparecían en los sectores mapeados. Así fue como nos enteramos de que esas manchas correspondían a incendios forestales que se adentraban en el monte. No eran zonas taladas, eran áreas de incendios forestales. En aquella época considerábamos que la selva amazónica era tan húmeda que no podría incendiarse nunca. Pero observamos que en algunos años más secos, como los comprendidos durante el fenómeno de El Niño, entre 1992 y 1999, en efecto, se incendiaba.
Áreas de la Amazonia que antes se incendiaban cada mil años, ahora sufren incendios más frecuentes
El año pasado Brasil registró una cifra récord de focos de incendios forestales. ¿Por qué ocurrió eso?
Fue el peor año desde 1985, cuando comenzamos a registrar los incendios en MapBiomas. Entre enero y diciembre de 2024 se quemaron en Brasil más de 30,8 millones de hectáreas, una superficie mayor que todo el territorio de Italia. Más de la mitad del área quemada correspondía a la Amazonia. Luego de un incendio, el ambiente queda naturalmente susceptible al fuego. Áreas de la Amazonia que normalmente se prenderían fuego cada mil años pasan a sufrir incendios forestales más frecuentes. Alrededor de un 60 % de las áreas que se han incendiado en los últimos 40 años ya se ha quemado más de una vez. El aumento de la frecuencia de los incendios no le da tiempo a la selva para recuperarse. El primer fuego que se produce en una selva que nunca se ha quemado es lento, bajo, pero muy dañino para los árboles. En la Amazonia, los árboles tienen una corteza delgada. No están hechos para resistir el fuego. En cambio, los del Cerrado, tienen cortezas más gruesas, con ranuras que dificultan que el fuego llegue a los vasos conductores. Por esta razón, los árboles mueren en los incendios en la Amazonia, pero el fuego no llega a consumirlos en ese momento. Cuando finalmente caen, se abren claros en la selva e ingresa más luz y vientos cálidos al monte. Esto modifica el microclima del bosque y lo hace más susceptible a nuevos incendios, como los causados por el uso del fuego en una pastura lindera.
Querría que hablemos del inicio de su carrera. ¿Por qué estudió geografía?
Siempre me fascinaron los mapas. Pasaba horas hurgando en las viejas enciclopedias mirando los mapas de varios lugares. Era una niña muy tímida. Cuando cursaba la enseñanza fundamental, del quinto al octavo año, tuve una docente de geografía que nos contaba de sus viajes a distintos lugares. Era por mucho la profesora que más me agradaba. Cuando volvía a casa trataba de averiguar más sobre esos lugares y me quedaba extasiada con los mapas, observando las diferencias de relieve y vegetación. También me apasionaban las piedras. Tenía una colección de ellas. Iba a pasar las vacaciones a la casa de mi abuelo en Mosqueiros, que está cerca de Belém. Caminaba por la playa y observaba las piedras, los minerales. Cuando llegó el momento de presentarme al examen de ingreso a la facultad, me decidí por la geografía en parte por eso. Fue la mejor elección que pude haber hecho. La geografía tiene un componente humano muy fuerte, de transformación del medio ambiente en el que vivimos, y también está la parte de la cartografía. Fue una combinación perfecta para mí.
¿Cuándo ingresó a la facultad?
Aprobé el examen de ingreso en 1990. Tenía entre 17 y 18 años y quería aprender todo enseguida. Me gustaba mucho la geografía física. Hice varias pasantías como voluntaria. Terminaba una y empezaba otra. Estudié suelos, meteorología, aerofotogrametría, teledetección… Me gustaba trabajar en el área. Hasta que surgió una pasantía que me puso en contacto con el equipo que fundaría el Ipam. Era un proyecto de investigación en Belém en una de las unidades de la estatal Empresa Brasileña de Investigación Agropecuaria, Embrapa Cpatu [en la actualidad denominada Embrapa Amazonia Oriental], junto con una ONG estadounidense de investigación llamada Woods Hole Research Center. Necesitaban una pasante para cargar digitalmente todos los perfiles de suelos obtenidos en el marco del proyecto Radam (Radar de la Amazonia). Querían confeccionar un mapa digital con las características de esos perfiles. El investigador que estaba trabajando en ese proyecto era el ecólogo Daniel Nepstad [que sería uno de los fundadores del Ipam en 1995]. Me contrataron porque además de saber tipear, era buena en cartografía. Pasé meses realizando ese trabajo. Estudié en la UFPA y nunca había visto una computadora. Mi familia no tenía dinero. Esa pasantía me cambió la vida.
¿De qué manera?
Me enamoré de las imágenes satelitales. Era algo que me remitía a los mapas de mi infancia. Recuerdo que un día una persona del Banco Mundial visitó el experimento en la hacienda y vio mis carpetas con las imágenes satelitales y las áreas quemadas. Nos propuso que hiciéramos una investigación en la zona más afectada por el fuego. Eso fue allá por 1994. Todavía no me había graduado en la UFPA. Daniel Nepstad aceptó la propuesta y pasé unos seis meses en el campo, coordinando ese proyecto, viajando por la región de la frontera de la deforestación situada más al sur, lo que hoy en día se conoce como el arco del desmonte. Comprendimos que la mitad del área quemada lo fue por accidente. El fuego se propagaba de una zona a otra. Fue importante constatarlo porque en aquel momento existía una campaña muy fuerte en contra el fuego. Me encantaría que en la Amazonia no hubiera incendios. No tiene por qué haberlos necesariamente. Pero hoy en día aún no existe una alternativa para los pequeños propietarios y los indígenas. Entonces hay que controlarlos y regularlos mediante la concesión de permisos.
¿Siempre quiso trabajar como investigadora?
Si en mis épocas de estudiante universitaria me hubiera preguntado si me iba a dedicar a la investigación científica, le hubiera dicho que no. Lo que movía era la curiosidad por aprender, por observar los mapas. Pero tuve la oportunidad de cursar una maestría y un doctorado en el extranjero y vincularme con grandes investigadores del mundo. Más tarde me di cuenta de que mi trabajo tenía un retorno social, que contribuía a la preservación de ecosistemas que son muy valiosos para nosotros. Entonces comprendí la importancia de hacer investigación.