Guia Covid-19
Imprimir Republish

Cambios climáticos

Australia en llamas

El año más cálido y seco en la historia del país provoca incendios en un área 2,5 veces mayor que la de las quemas en la Amazonia en 2019

Imagen satelital de las nubes de humo generadas el 4 de enero por los incendios en el sur de Australia

NASA Earth Observatory/ Joshua Stevens

La temporada de incendios forestales en Australia comenzó en septiembre de 2019, con varios meses de adelanto, y ha sido una de las más devastadoras. Los sectores sur y este del país, donde se encuentran las dos mayores ciudades del mismo (Sídney y Melbourne), además de su capital, Camberra, resultaron los más afectados. Hasta mediados de enero, cuando dos días de lluvias copiosas llevaron algún alivio a sectores de los estados de Nueva Gales del Sur y Victoria, los más afectados por los incendios, alrededor de 180 mil kilómetros cuadrados (km2) de bosques fueron consumidos por las llamas. Más de 2.600 casas y 6 mil edificaciones o instalaciones fueron destruidas y fallecieron 29 personas. Se estima que debido al fuego sucumbieron mil millones de animales, sin contar sapos e insectos, entre ellos muchos ejemplares de la singular fauna australiana, tales como canguros, koalas y wallabys.

El área quemada en Australia en 2019 equivale a más de dos veces y media la extensión de las quemas que se produjeron en el bioma Amazonia en suelo brasileño durante el año pasado, cuando se registró una escalada de los incendios y del desmonte en la región norte del país. También es superior a la porción de la ecorregión del Cerrado, la sabana tropical brasileña, el bioma local más adaptado al fuego, que ardió en llamas el año pasado, una superficie de unos 148 mil km2, casi un 75% mayor que la cifra de 2018. Los estragos incluso podrían ser mayores en el país de Oceanía, dependiendo de las condiciones meteorológicas vigentes en los meses de enero y febrero, que históricamente registran allí el auge de la temporada de incendios.

Existen más diferencias que semejanzas entre el fuego de 2019 en los bosques de Australia y en la mayor selva tropical del planeta. Ambos liberaron grandes cantidades de gases de efecto invernadero, como es el dióxido de carbono (CO2), debido a la combustión de la biomasa vegetal (árboles, arbustos y gramíneas), en los cuales estaba almacenada una cantidad significativa de carbono. En ambos casos, el panorama global de cambios climáticos, que progresivamente ha tornado más cálidas y secas a grandes extensiones de Australia y de la Amazonia, parece haber generado un telón de fondo que propició la aparición y propagación de incendios durante los meses en que hubo sequías más intensas y prolongadas. Pero las similitudes acaban ahí.

Brett Hemmings/ Getty Images Incendio forestal en noviembre de 2019 en Colo Heights, en el estado australiano de Nueva Gales del Sur: mil millones de animales habrían perecido a causa del fuegoBrett Hemmings/ Getty Images

Las condiciones naturales en Australia no se asemejan en casi nada a la Amazonia. “Son situaciones distintas. La Amazonia presenta un clima lluvioso en el cual los incendios de origen natural, generalmente causados por rayos, son una anormalidad”, reflexiona el climatólogo José Marengo, jefe del sector de Investigación y Desarrollo del Centro Nacional de Monitoreo y Alertas de Desastres Naturales (Cemaden).

“En Australia, los incendios forman parte del ecosistema y son necesarios para su regeneración, algo similar a lo que ocurre con el Cerrado en Brasil. Pero obviamente, no en los niveles anormales que se produjeron durante el año pasado”. En términos evolutivos, las plantas que se desarrollaron en la Amazonia fueron las que estaban adaptadas a ambientes muy húmedos. En Australia sucedió lo contrario, con especies dominantes que crecen en ecosistemas secos, propicios para la eventualidad de incendios naturales.

Al ser muy húmeda, la Amazonia no es normalmente escenario de grandes incendios naturales. Aunque caiga un rayo en medio de la selva en una época de sequía, la propagación de los incendios sin intervención humana es una posibilidad remota. La pluviosidad anual promedio en la región norte es superior a 2 mil milímetros (mm) y en algunas regiones llueve mucho más que eso. “En la Amazonia, las quemas están generalmente relacionadas con la expansión de la práctica agrícola y la ocupación de tierras”, dice el meteorólogo Luiz Augusto Machado, del Instituto Nacional de Investigaciones Espaciales (Inpe), estudioso del proceso de formación de lluvias en la región. “Una descarga eléctrica rara vez propagará un incendio en la selva húmeda”. En Australia, se comenta que en la temporada actual de incendios los rayos generados por nubes del tipo denominado pirocúmulos o nubes de fuego, que se forman sobre superficies calientes, tales como las zonas de incendios forestales o de erupciones volcánicas, estarían contribuyendo en la difusión y la aparición de nuevos focos ígneos en las áreas secas adyacentes a las de los incendios originales.

Si bien se informó que algunas personas fueron encarceladas por haber iniciado incendios delictivos, la temporada extendida de incendios devastadores en Australia está vista como una consecuencia de los extremos climáticos generados por el calentamiento global. “En el pasado se han producido incendios muy grandes, pero no se sucedían con la misma intensidad a intervalos de tiempo de tan solo 15 años. Normalmente, hay un intervalo de 50 ó 100 años [entre los grandes incendios]”, escribió David Bowman, director del Centro de Fuego de la Escuela de Ciencias Naturales de la Universidad de Tasmania, en Australia, a comienzos de enero en el sitio web de divulgación científica The Conversation. En febrero y marzo de 2009, por ejemplo, hubo incendios forestales masivos en el estado de Victoria que ocasionaron la muerte de 179 personas y la pérdida de 4 mil construcciones. “La ecología nos está demostrando que el intervalo entre los incendios está disminuyendo. Esa es una gran señal de advertencia. El planeta se está tornando más caliente, seco y con incendios más frecuentes, en sintonía con los pronósticos que surgen del modelado climático”, dijo Bowman.

Fuego en los eucaliptos
Desde los tiempos en que los aborígenes dominaban el territorio australiano, hace miles de años, el fuego se utiliza en forma meticulosa generalmente al comienzo de la estación seca, para ayudar en la regeneración de la vegetación y para limpiar los terrenos que se usan para los cultivos. Pequeños incendios controlados, por ejemplo, reducen la competencia de la vegetación establecida y generan terrenos con cenizas, adecuados para la germinación de nuevas plantas. Alrededor del 75% de las selvas australianas están formadas por eucaliptos, un árbol autóctono del país cuya historia evolutiva está signada por su estrecha relación con los ambientes propensos al fuego. Los eucaliptos y algunas plantas de la familia de las proteáceas poseen sistemas subterráneos robustos, extremadamente adaptados para rebrotar rápidamente después de la quema de los troncos y de las ramas.

“Existe un fuego bueno y un fuego malo”, comenta la ingeniera forestal Giselda Durigan, del Laboratorio de Ecología e Hidrología del Instituto Forestal del Estado de São Paulo, estudiosa de los procesos ecológicos del Cerrado y del Bosque Atlántico. “A veces, resulta necesario quemar en aras de los sistemas adaptados al fuego”. Ella subraya, sin embargo, que los incendios en curso en Australia se deben a condiciones climáticas extremas que sobrepasaron por mucho el promedio histórico que mantenía a los sistemas en un cierto equilibrio. “Cuando sobrevienen sequías muy prolongadas, con temperaturas elevadas y vientos fuertes, resulta muy difícil controlar a los incendios forestales”, dice la investigadora, que el año pasado estuvo en el norte de Australia antes de que comenzaran los incendios.

Exceptuando a la Antártida, Australia es el continente con los menores índices de precipitaciones del planeta. Según la Agencia Meteorológica de Australia, 2019 fue el año más seco y más cálido en la antigua colonia penal británica desde 1900, cuando se comenzó con los registros sistemáticos de los datos climáticos. Los expertos asocian estos extremos del clima sin precedentes a la actual temporada extendida de incendios en Australia. En 2019 las lluvias promedio fueron de 277 mm, un 40% menos que la media registrada entre 1961 y 1990. Hasta entonces, el récord del año más seco lo ostentaba 1902, con 314,5 mm de lluvias. En Nueva Gales del Sur, el estado cuya capital es Sídney, la ciudad australiana más populosa, el año pasado cayeron tan solo 250 mm de agua, un récord histórico de sequía para ese estado.

La temperatura promedio en el país fue de 1,52 ºC por encima de la marca histórica y la media de las máximas rebasó en 2 ºC el promedio histórico. “Las observaciones indican que las condiciones extremas del clima favorables al embate de incendios forestales se tornarán más frecuentes durante el verano y la temporada de incendios tiende a comenzar más pronto, principalmente en el sur y en el este de Australia”, dice la climatóloga Lisa Alexander, del Centro de Investigación sobre Cambios Climáticos de la Universidad de Nueva Gales del Sur, en Sídney. “Este agravamiento se debe a la actividad humana, pero eso no significa que la variabilidad natural del clima año a año no haya tenido ninguna incidencia en la temporada actual de incendios”.

En términos globales, 2019 fue el segundo año más cálido del planeta después de 2016. Irónicamente, en medio de tanta sequía y calor, para algunos sectores septentrionales del estado de Queensland, en el nordeste del país, en el transcurso del año pasado se registró un récord de lluvias, básicamente debido a las grandes tormentas que se produjeron entre los meses de enero y febrero. Con todo, gran parte del estado padeció los efectos de la sequía, calor e incendios a lo largo del año.

Con tan solo 25 millones de habitantes, Australia es un país continente, con una superficie algo menor a la de Brasil, circundado por dos océanos, el Índico al oeste y el Pacífico al este. A causa de esa ubicación geográfica, la influencia de la temperatura de las aguas oceánicas sobre su régimen pluvial es importante. Hay dos fenómenos oceanográficos no periódicos que influyen en el clima australiano: El Niño, que es el calentamiento anormal de las aguas del Pacífico, y el dipolo del Índico, que es la diferencia en la temperatura de las aguas del sector occidental (más cerca de África) y la del sector oriental (próximo a Australia) de ese océano. El año pasado no hubo El Niño, una anomalía que también incide en el clima de América del Sur, incluso en Brasil. Pero el dipolo del Índico, un fenómeno recién descubierto en 1999, registró una de las mayores intensidades de su fase positiva.

Cuando las aguas están más calientes del lado occidental que del oriental, se produce lo que se denomina la fase positiva del dipolo del Índico. En términos climáticos, este tipo de fase se traduce en una disminución de las lluvias en el centro y en el sur de Australia, elevando el riesgo de incendios forestales. En el pasado, la fase positiva se identificó en mayo y duró hasta mediados de noviembre. En la segunda semana de octubre, las aguas superficiales del Índico que bañan las costas australianas estaban 2,15 ºC más frías que las aguas cercanas al continente africano, lo que configuró un récord histórico. Hasta entonces, la mayor diferencia (1,48 ºC) se había registrado al comienzo de noviembre de 2006.

Independientemente del origen de los incendios australianos, el país está inmerso en un debate sobre el rol del gobierno federal en la prevención y el combate de los incendios. El primer ministro australiano, Scott Morrison, escéptico al respecto de los cambios climáticos y de las medidas destinadas a lograr una economía más sostenible, ha sido blanco de críticas, dado que el país del eucalipto y del canguro también es el mayor exportador de carbón del globo, cuya combustión aumenta la emisión de gases de efecto invernadero.

Republish