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Carta de la editora | 283

Cerebros en movimiento

En 1963, un informe de la Royal Society, la academia de ciencias del Reino Unido, referente a la emigración de científicos, desencadenó lo que luego se conocería como el debate sobre la fuga de cerebros. El origen de ese término se le atribuye a quien entonces era el ministro de Ciencia, Quintin Hogg (Lord Hailsham), quien acusó a Estados Unidos de “parasitar cerebros británicos”.

Medio siglo después, el tránsito internacional de “cerebros” sigue sobre el tapete, siendo objeto de estudios e informes. El término, inicialmente limitado a gente con estudios en ciencia y tecnología, hoy en día alude al traslado a otro país de personas con alto grado de educación formal o capacitación profesional, atraídas por mejores condiciones laborales, de vida y remuneración. La diáspora científica, tal como actualmente se la denomina en la literatura académica, es objeto del artículo de tapa de esta edición.

Datos de la OCDE sobre el desplazamiento de científicos durante el período comprendido entre 2006 y 2016 revelan que el mayor flujo sigue siendo aquel que motivó el informe de 1963, entre el Reino Unido y Estados Unidos, aunque las cifras muestran que el mismo ocurre en forma equilibrada en ambos sentidos. Históricamente, Brasil registra un volumen bajo de movilidad de sus científicos. Un estudio del sociólogo Simon Schwartzman en la década de 1970 apuntaba una tendencia al aislamiento, con pocas gente saliendo del país para estudiar o trabajar; y muchos regresaban.

Ese escaso movimiento puede entenderse, en parte, debido a las condiciones favorables ofrecidas por el sistema nacional de ciencia y tecnología cimentado durante los últimos 60 años, con incentivos suficientes como para compensar los vaivenes temporarios. El presidente de la Academia Brasileña de Ciencias, Luiz Davidovich, recuerda que la competencia en el exterior es enorme. Simultáneamente, Davidovich vislumbra un movimiento atípico en términos de investigadores en procura de oportunidades en el exterior.

Inicialmente considerada solamente como algo negativo para el país de origen, los estudios revelaron que la movilidad internacional de científicos también conlleva efectos positivos. Cuando los emigrados son alentados y están comprometidos con sus países, brindan una contribución importante para la creación de redes transnacionales de cooperación científica y para la agenda local de desarrollo, tal como lo evidencian las experiencias de países tales como la India, China y Corea del Sur. El conocimiento acumulado sobre el tema sugiere que si la emigración es para experimentar otra realidad profesional –y no por falta de opciones– y el país de origen sabe sacar provecho de esa oportunidad, hay beneficios nacionales e individuales.

Laura Henares, estudiante de economía y estudios de desarrollo internacional en la Universidad de Notre Dame, en Indiana, Estados Unidos, se topó con dificultades para realizar pasantías en empresas estadounidenses. En 2018 creó la plataforma Business in Brazil, con el objetivo de conectar a estudiantes de diversas nacionalidades de su institución con vacantes en empresas, institutos de investigación, diversas ONG y agencias públicas de Brasil. En el otro extremo de la carrera, el ingeniero Gilberto Câmara, experto en geoprocesamiento y ex director general del Inpe, se mudó a Suiza en 2018 para dirigir el Grupo de Observaciones de la Tierra, un organismo que agrupa a más de 100 países conectando y planificando sistemas de observación ambiental. Câmara fue el responsable del desarrollo en el Inpe del Sistema de Detección del Desmonte en Tiempo Real (Deter), que desde 2004 emite avisos diarios sobre fragmentos de la selva que están perdiendo su cobertura vegetal.

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