Nacida en la Guayana Francesa y con formación universitaria en economía, Christiane Taubira fue diputada francesa durante diecinueve años y diputada europea durante cinco. Es autora de la ley que lleva su nombre y que tipifica como delito contra los derechos humanos la práctica de la esclavización y la trata de personas. Entre 2012 y 2016 fue ministra de Justicia durante el gobierno del presidente François Hollande. A los 73 años y tras poner fin a su carrera política, regresó a vivir a Cayena, la capital de la Guayana Francesa y su ciudad natal.
Desde octubre de 2024, Taubira es la titular de la Cátedra José Bonifácio, un programa de la Universidad de São Paulo (USP) que cada año recibe a una personalidad de la región iberoamericana para realizar estudios sobre temas candentes de la actualidad. Es la primera profesora titular francófona.
Su investigación, intitulada “Sociedades amazónicas: Realidades plurales, ¿un destino común?”, dará origen a un libro que estará listo en septiembre y será presentado en la Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático de 2025 (COP30), que se llevará a cabo en la ciudad de Belém, la capital del estado brasileño de Pará, en el mes de noviembre. Con su elocuencia, calibrada por su experiencia en las batallas políticas y por la escritura de poesía, pretende hacer su aporte para darles visibilidad a los pueblos de la región durante la reunión multilateral.
Su libro A escravidão contada à minha filha [La esclavitud contada a mi hija] será publicado este mes por la editorial Todavia y se trata de una reflexión fundamental sobre las consecuencias, que perduran hasta nuestros días, de las prácticas colonialistas.
En sus horas libres, que prácticamente no existen, a Taubira le gusta leer, ir al cine, asistir a espectáculos musicales y andar en bicicleta. A finales de marzo, consiguió hacerse un hueco entre sus compromisos en las universidades Federal de Pará y del Estado de Pará para concederle la siguiente entrevista a Pesquisa FAPESP, por videollamada.
Usted tomó posesión de la Cátedra José Bonifácio en octubre pasado, al frente de un proyecto sobre las sociedades amazónicas. ¿Cuáles son los objetivos?
Acepté ocupar la Cátedra José Bonifácio durante un año académico por su propia naturaleza, es decir, por la apertura a abordar cuestiones que afectan al continente americano, principalmente a América del Sur y América Central. Lo que despertó interés fue el hecho de que yo fuera una figura internacional: exministra de Justicia de Francia y exmiembro de la Asamblea Nacional y del Parlamento Europeo. Al mismo tiempo, para mí también tenía sentido por mis raíces en la Amazonia. Por eso elegí trabajar con las sociedades amazónicas que, como pretendo destacar, son plurales, independientemente de la unidad geográfica.
La ONU se creó en una época en la que el mundo era imperialista, y el imaginario multilateral está impregnado de ello
¿Está trabajando con una red de investigadores?
Por supuesto. Son alrededor de 60 investigadoras e investigadores con diversos niveles de formación, incluyendo posgrado, que se inscribieron para participar. En enero hicimos una consulta para ver quiénes estaban dispuestos a escribir un texto, y así es que llegamos a tener 35 propuestas de contribuciones para el libro que estará listo en septiembre. También incluirá escritos de mi autoría e incluso he invitado a otras personalidades a manifestarse. Les he dicho a los investigadores e investigadoras que soy muy exigente y que quiero rigor, pero al mismo tiempo valoro la capacidad de ir más allá del ambiente académico para cuestionar las capacidades paradigmáticas de las reflexiones que tendremos sobre la Amazonia y también sobre otros ecosistemas frágiles como el Cerrado y el Pantanal en Brasil, pero también sobre la selva tropical del Congo, los bosques boreales de Canadá, los arrecifes de corales de Australia y el océano.
¿La publicación con estos trabajos será presentada en la COP30?
Sí. Asistiré a la conferencia, este es uno de los motivos por los que ahora estoy pasando unos días en Belém. Trabajo con ambas universidades, la federal y la estadual. También estoy estableciendo contactos institucionales con las autoridades de Belém y participando en la organización de una serie de eventos que se prepararán para esta cumbre internacional. Por eso el libro tiene que estar listo en septiembre.
En lo que concierne a la COP30, existe un amplio debate sobre la posibilidad de que los pueblos amazónicos tengan algún protagonismo. En su opinión, ¿esto es posible?
De no ser posible será un escándalo. No se puede ir a la casa de la gente, sentarse en el living, levantar el tono al hablar, beber, comer, ensuciar y marcharse. Eso no se hace. Seremos muchos allí, las organizaciones se están movilizando. De cualquier manera, también se llevará a cabo la COP social, la Cumbre de los Pueblos, donde la libertad de expresión podrá ser mayor. Tengo la oportunidad de alzar la voz como figura internacional de alto rango, tengo acceso a medios internacionales. Lo diré en voz alta y con antelación: “Cuiden su comportamiento, tengan cuidado con cómo se expresan, no sean indiferentes a lo que está aconteciendo en el lugar al que llegan”. No sirve de nada quejarse después. La Organización de las Naciones Unidas [ONU] se creó en una época en la que el mundo era imperialista, al final de la Segunda Guerra Mundial, y el imaginario multilateral está impregnado de ello. El Imperio francés aún existe, con sus territorios de ultramar, al igual que el Imperio británico. El portugués está bastante desmantelado, pero todavía mantiene conexiones con las antiguas colonias del África lusófona, como Angola y Mozambique. Todavía estamos luchando contra las metrópolis coloniales. Por ende, lo que estoy pidiendo es que interpelemos esta impronta que aún se hace presente.
Su posicionamiento es muy especial, por ser europea y amazónica al mismo tiempo. ¿Cómo se unen estos dos mundos?
Yo diría que, afortunadamente, existen varios mundos dentro de mí. Es lo que hace que mi presencia en diferentes lugares sea interesante, ya que soy profundamente amazónica. También soy una créole, una guayanesa. Además de ser francesa sin ningún tipo de tomento, ni en la cabeza ni en el corazón. He acumulado una experiencia de trabajo significativa en Europa, pero nunca he dejado de viajar por el mundo como representante política, como miembro del Parlamento francés y del Parlamento europeo. En 2008 escribí un informe sobre los acuerdos de cooperación económica entre la Unión Europea y los países de África, el Caribe y el Pacífico, cuando Francia presidía la Unión Europea. Esta gran variedad de experiencias me ha hecho tomar cada vez más conciencia de lo que significa ser de la Amazonia. Me arraiga en mis orígenes, pero también en el mundo: al atravesar sociedades, continentes, períodos y temas, pertenezco a la humanidad por completo. Tengo una conciencia aguzada y constante de esta pertenencia. Cuando visito un país llevo conmigo lo que he visto, oído y comprendido en los otros países.
Cuando se habla de salvar la Amazonia, lo que está en juego es el interés global, no las realidades locales y culturales. ¿Cómo podrían articularse esas perspectivas?
Eso es absolutamente cierto, y es por ello que les pido a los investigadores e investigadoras que cuestionen el imaginario multilateral del proyecto sobre la Amazonia. Que pongan sobre el tapete la cuestión de los amazónicos en su unidad geográfica, su pluralidad vinculada a una historia que se ha convertido en la historia nacional. Que tengan en cuenta la verticalidad de las relaciones entre los países amazónicos y su conexión con las antiguas metrópolis coloniales. Las relaciones que mantienen con la ONU: tanto las instancias multilaterales como la percepción que tienen de la Amazonia. No deja de ser importante reconocer que existen diversas Amazonias, contradictorias y múltiples. Son comunidades indígenas que llevan miles de años allí y han construido redes urbanas muy densas. Estas comunidades cruzaron continentes y entraron en conflicto unas con otras. Con la llegada de los europeos, enseguida comenzó la trata y la esclavización de personas, lo que dio lugar a nuevas realidades sociales, nuevas comunidades. Los quilombolas o comunidades de palenques, de marrones de mi América. Esta historia ha suscitado conflictos, pero también encuentros. De ahí sobrevinieron matrimonios y mestizaje, así como intercambio de conocimientos. Mi anhelo es que podamos describir esas Amazonias de las que hablamos como indígenas, pero también como comunidades mestizas, como sociedades urbanas altamente sofisticadas, incluso con construcciones arquitectónicas con fuerte influencia europea, como el Teatro Municipal de Manaos. Y cuando la ONU dice que tenemos que salvar la Amazonia, “el pulmón verde de la Tierra”, la que tiene un problema es ella. Es necesario que acepte que las personas que habitan allí son conscientes de estas realidades compuestas y, a través de sus relaciones milenarias con la selva, conocen esa biodiversidad y saben cómo establecer relaciones desde una perspectiva de equilibrio y conservación. Existe un tratado de cooperación, la Organización del Tratado de Cooperación Amazónica (OTCA), que implica una conciencia del trabajo que tienen por delante los nueve países que forman parte de la Amazonia. Pero los Estados son órganos políticos: pueden proteger o destruir. Hay una percepción global unitaria, uniformadora, que es mortífera. Durante cuatro siglos Europa dominó el mundo con esta relación de violencia, opresión y negación de las comunidades y culturas que encontró desde que “descubrió” América.
Como economista, ¿le interesa la bioeconomía como oportunidad de desarrollo para la región y la subsistencia de las poblaciones locales?
Desde luego. La economía neoliberal mundial ha unificado el mundo y globalizado los circuitos. Estamos aplastados por referencias culturales que provienen de uno o dos países y se imponen al resto del planeta. Vivimos en un mundo en el que los flujos financieros y los circuitos de mercancías se mueven con facilidad y abundancia, pero al mismo tiempo existen cada vez más obstáculos para la circulación de las personas, las ideas y los valores. Hay gente que no puede emigrar porque no cuenta con una visa y entonces se suben a botes para cruzar los océanos. Creo que esta economía voraz es destructiva y es responsable de la multiplicación de la pobreza y el hambre, e incluso llega a matar. También es responsable de la destrucción de la biodiversidad que empobrece a las poblaciones, sobre todo las de los países del sur, y produce un desequilibrio en el planeta. Existen alternativas a esta economía mortífera: hay una bioeconomía basada en otro tipo de relaciones con la naturaleza, que parte de principios renovables. Es preciso que podamos vivir dejando de lado esta violencia implícita en pensar a la naturaleza como un cuerpo por conquistar, algo que, por cierto, también se aplica a las mujeres. Podemos pensar en una escala más razonable que el mercado global, la competitividad y la competencia salvaje.
Existen múltiples y diversas Amazonias, comunidades que llevan miles de años allí y establecieron redes urbanas muy densas
La Amazonia también tiene graves problemas de violaciones de los derechos humanos, un tema prominente en su carrera. ¿Qué posibilidades vislumbra?
Pienso que la cuestión de la legitimidad es fundamental, es decir, que los individuos puedan gozar de autodeterminación. Debemos respetar el hecho de que las comunidades humanas, ya sean de 150, 3.000 o 20.000 personas, saben organizarse. El rol del Estado consiste en asegurar que esta organización no perjudique a los otros y, si lo hace, está la Justicia para impedirlo. Lo que causa daño son las unidades económicas que quedan presas en las garras de la economía global productivista. Son ellas las que oprimen a los demás, las que destruyen la naturaleza, las que ponen en riesgo la salud y la existencia misma de las comunidades. Las comunidades que viven allí conocen el ambiente, saben lo que es bueno para ellas y no destruyen ni perjudican a otros. Las violaciones de los derechos humanos son inaceptables en cualquier lugar.
¿Cómo puede contribuir la investigación académica a la defensa de estos derechos?
En primer lugar, sacando a la luz las realidades sociales y culturales. Les he pedido a los investigadores que también tengan en cuenta las cosmogonías, porque para Europa solamente hay un Dios, una civilización, una cultura y una lengua. Las comunidades constituyeron su conexión con la creación del Universo, con el mundo que las rodea. Les dieron nombres a los lugares, a los árboles, a los animales, y modificaron el ambiente. Eso forma parte de nuestro patrimonio común. No basta con comprobar si la mandioca se está plantando bien y vendiendo a buen precio, esa no es la esencia de los derechos humanos. Lo fundamental es el derecho a ser uno mismo, a existir, a identificarse. También es necesario que las comunidades sean autosuficientes.
Por lo general, el conocimiento académico y la política se consideran cosas muy distintas. ¿Cuál es la conexión entre ambas?
Mi compromiso político siempre se ha nutrido del conocimiento, que constantemente estoy renovando. Me impliqué en el activismo desde que era un estudiante de la enseñanza media. Hacíamos huelgas para exigir la enseñanza de la literatura afrodescendiente de Brasil, de Estados Unidos, de África, literaturas que no fueran europeas a las que, por cierto, yo era muy afecta. No estábamos pidiendo sillas más cómodas. Yo no disfruté de los resultados, pero los que vinieron después de nosotros sí: disponían de un salón con biblioteca, club de ajedrez, club de fotografía y suscripciones a revistas extranjeras, incluida Granma, de Cuba. Por lo tanto, mis luchas políticas estuvieron desde un principio vinculadas al conocimiento. Los ministros están muy ocupados, pero incluso cuando fui la titular de la cartera de Justicia, seguí asistiendo a la ópera, al teatro, leía todas las noches, iba a las librerías a comprar libros y a las universidades para conversar con los estudiantes, oír sus preguntas y leer obras académicas. El conocimiento y la política en realidad van de la mano, y pretendo que los investigadores e investigadoras así lo entiendan.
En su libro A escravidão contada a minha filha, publicado recientemente por la editorial Todavia, conocer y revisitar la historia parece ser crucial para entender las consecuencias de la esclavización.
Hubo esclavización incluso con los romanos, pero la trata de personas esclavizadas y la esclavización del siglo XV, que duró hasta el siglo XIX y, en algunos países, hasta el siglo XX, moldearon el mundo. Las huellas aún son visibles, es el sistema en el que hoy en día seguimos viviendo. El hecho de haber convertido a millones de seres humanos en una mercancía, de haber explotado una mano de obra gratuita durante cuatro siglos, de haber ocupado territorios tras haber perpetrado un genocidio indígena para instaurar monocultivos agrícolas y abrir minas fue lo que impulsó las revoluciones industriales en Europa. Así que el mundo entero carga sobre sí la marca de la trata y la esclavización. Tenemos que entender por qué aún subsisten ciertas relaciones de dominación. ¿Por qué la ONU le dice al mundo “salvaremos la Amazonia”, pero no le dice a Noruega “vamos a salvar sus ríos, porque ustedes no son serios”?
El libro está escrito en formato de diálogo. ¿Es cierto que toma como punto de partida las preguntas de su hija?
Tengo dos hijas y dos hijos, pero al redactarlo utilicé preguntas similares a las que una de ellas me formulaba cuando era una preadolescente. Lo escribí después de que la Asamblea Nacional y el Senado de Francia adoptaron la ley que reconoce a la trata y la esclavitud como crímenes contra la humanidad. Es el único país desarrollado que cuenta con una ley así, la llamada Ley Taubira. Para el año siguiente, el concurso René Cassin, en el que participan todas las escuelas francesas, tuvo como tema central la esclavitud. Pensé: “Los jóvenes necesitan contar con material sobre el tema en todas las áreas: historia, economía, cultura, civilización, idiomas”, porque solo existen libros muy técnicos. Lo escribí muy rápido, por las noches, durante dos semanas, para que estuviera listo a tiempo para el concurso.
Usted también es poeta y, a efectos políticos, llegó a recurrir a la poesía en su paso por el Parlamento francés. ¿Cómo justifica esa elección?
Cuando era miembro del Parlamento, pero sobre todo cuando fui ministra, solía decir que los poetas eran mis mejores amigos. Libré algunas batallas muy difíciles; la de la ley sobre la trata y la esclavización se extendió por casi cuatro años, entre 1998 y 2001. En la Asamblea viví situaciones muy violentas. Escuché insultos racistas como llamarme mona, me decían que vuelva a mi árbol. Llegué a detener la sesión para que el diputado se disculpara. A mí no me importa, pero no permito que ofendan a las víctimas, las personas para las que estaba formulando las leyes. Había menos insultos en la radio de los que hoy en día hay en las redes sociales, que antes no existían, y eran más filtrados. Pero así y todo fue muy difícil. Cada vez que me enfrentaba a una confrontación, en los momentos más delicados, se me ocurrían versos como argumentos. No había poesía en mis notas, surgía en forma espontánea. Les respondía como poeta y quedaban desarticulados. La poesía es la sustancia profunda del pensamiento humano, la belleza suprema.
