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Carta de la editora

Ciencia, sustantivo femenino

La ciencia moderna y sus notables avances están íntimamente asociados a ideas e investigaciones desarrolladas por varones. Esa percepción, si bien es imprecisa, no es incorrecta. Como cualquier actividad humana, la ciencia está inserta en la configuración social vigente, organizada desde una perspectiva masculina.

La profesora Londa Schiebinger, docente de historia de la ciencia en la Universidad Stanford, identifica tres etapas en la incorporación de las mujeres a la ciencia. La primera es la representatividad, esto es, mujeres ocupando puestos de trabajo. La segunda es el cambio de la cultura científica, es decir, abordar ciertos temas, tales como el acoso y la maternidad. La tercera es una modificación metodológica, que incorpora las cuestiones de género, cuando son pertinentes, al quehacer científico.

Pese a las restricciones y a las dificultades, las mujeres vienen haciendo grandes contribuciones a la ciencia. Entre los ejemplos más conocidos figuran la física polaca Marie Curie (1867-1934), la química británica Rosalind Franklin (1920-1958) y la psiquiatra brasileña Nise da Silveira (1905-1999). Se ha concretado un esfuerzo para rescatar la memoria de esas pioneras, como así también para resaltar la labor de aquellas que hoy en día no logran visibilidad. Uno de los ejemplos recientes fue el de Donna Strickland, una canadiense ganadora del Nobel de Física en 2018 y que hasta entonces no se la había calificado como para tener una entrada propia en Wikipedia pues, de acuerdo con el análisis de un editor de ese sitio web, a su trabajo le faltaba la cobertura de fuentes confiables. Por entonces, tan solo el 18% de las biografías de ese sitio web eran femeninas (lea en Pesquisa FAPESP, edición nº 276).

Actualmente, las mujeres ya constituyen una parte importante de la comunidad científica. En Brasil ya superan a los varones en cantidad de doctorados defendidos por año. El país también es crecientemente ecuánime cuando se analiza el género de autores que publican artículos científicos en revistas de la base de datos bibliográficos Scopus: entre 2014 y 2018 se contabilizaron en el país 195 mil autores de sexo masculino y 155 mil autoras, una proporción de 0,8 mujeres por cada varón (en el período comprendido entre 1999 y 2003, esa proporción era de 0,55). Con todo, tal como lo muestra el reportaje de tapa en la página 26, las mujeres científicas siguen en desventaja a la hora de ocupar cargos de mayor poder en universidades, institutos de investigación y agencias de fomento. Y el promedio bastante positivo oculta grandes desigualdades de género en las diversas áreas del conocimiento: mientras que el área de enfermería es mayoritariamente femenina, en las ciencias de la computación la proporción no llega a 0,25.

Entre otros desafíos, las mujeres deben probar constantemente que son tan capaces como los varones, enfrentándose al acoso moral y, a veces, también sexual; sortear los costos profesionales que implica la maternidad, y ganarse su espacio en cuestiones emergentes de su condición femenina, planteando problemas y perspectivas que enriquecen a la ciencia en general.

Ejemplos no faltan. En el área de la salud, la investigación básica suele utilizar como modelos a animales machos, ignorando la diferencia fisiológica entre los sexos, tal como la influencia hormonal en los tratamientos farmacológicos. En cuanto a la demografía, la inclusión como objeto de estudio de temas tales como la violencia doméstica tiene implicaciones importantes en los debates sobre políticas públicas en diversas áreas. El primer reportaje que compone la tapa de esta edición está dedicado al impacto de la presencia de las mujeres en la ciencia e indaga en la discusión sobre género en los resultados de estudios científicos. En tanto, el segundo registra cifras positivas en términos de avances en la representatividad y al mismo tiempo muestra que aún hay mucho por hacer.

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