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El género de la ciencia

El diálogo con las teorías feministas abre nuevos frentes de investigación en diversas áreas del conocimiento

¿Cuál es el impacto de la presencia de las mujeres en la ciencia y del debate sobre género en los resultados de las investigaciones científicas? Un artículo publicado en 2018 en la revista Lancet Oncology demuestra que, si se considera la variable del sexo en la comprensión de las dinámicas genéticas y hormonales, por ejemplo, esto puede introducir innovaciones en la inmunoterapia contra el cáncer. En 2017, un estudio difundido en la revista Nature Medicine reveló que el hallazgo de diferencias sexuales en los patrones moleculares permite perfeccionar el desarrollo de fármacos para el alivio del dolor y de la depresión. En el marco de un movimiento que se inició al final de los años 1980 y que cobró fuerza a partir de la década de 2000, los científicos han incorporado el análisis del sexo y el género a sus proyectos. Esta disposición les ha aportado nuevos rumbos a los estudios en múltiples áreas del conocimiento, tales como la biomedicina, la demografía, la inteligencia artificial y la filosofía.

En las últimas décadas, gobiernos, universidades y empresas de distintas partes del mundo han adoptado estrategias con miras a asimilar los retos concernientes a la igualdad de género y a la diversidad en las carreras de investigación científica. Según Londa Schiebinger, docente de historia de la ciencia de la Universidad Stanford, en California, Estados Unidos, y directora del proyecto Gendered Innovations in Science, Medicine and Engineering, esta disposición se refiere tanto a la inclusión de mujeres como a otros grupos subrepresentados. Asimismo, muchas organizaciones se han abocado a promover transformaciones en la cultura institucional como un modo de posibilitar que diversos perfiles asciendan profesionalmente. “En esa trayectoria, la incorporación de variables de sexo o género orientada hacia la innovación en la investigación científica constituye el área más reciente e importante para el futuro de la ciencia”, considera Schiebinger, pionera en el mapeo y sistematización de metodologías que incorporan un sesgo sexual o de género en análisis científicos. A su juicio, este movimiento puede estimular la elaboración de investigaciones con células madre e inteligencia artificial, estudios en las áreas de ciencia de la computación y robótica. “Hasta ahora, cuando se estudian seres humanos y animales, la mayoría de las investigaciones se ha basado en células y tejidos masculinos. Los modelos de referencia toman a los varones como norma”, dice la investigadora. Las consecuencias de esta dinámica implican, por ejemplo, el desarrollo de medicamentos que causan más efectos colaterales en mujeres, como es el caso de 10 productos farmacéuticos que el gobierno estadounidense retiró del mercado en 2001. En dicha ocasión, se constató que ocho de los diez remedios presentaban riesgos mayores para las mujeres y cuatro de ellos pueden haberles causado a ellas más efectos adversos porque se los recetaban con mayor frecuencia que a los varones. “El desarrollo de esos medicamentos costó miles de millones de dólares y ocasionaron muerte y sufrimiento. La ciencia no puede darse el lujo de equivocarse”, sostuvo Schiebinger en el marco del 8º encuentro del Global Research Council que se llevó a cabo el año pasado en São Paulo.

En el sitio web Gendered Innovations, Schiebinger muestra cómo la incorporación del análisis de sexo o género puede propiciar innovación. Estudios publicados en 2002 y 2007 constataron la existencia de diferencias sexuales en las propiedades de las células madre adultas. Las investigaciones revelaron que la capacidad regenerativa de las células madre derivadas del tejido muscular es mayor en el caso femenino, un descubrimiento que puede abrir nuevas perspectivas para los tratamientos de recuperación del miocardio y de la distrofia muscular.

En la misma sintonía, en un artículo que salió publicado en 2019 en la revista Nature, Schiebinger y otros autores debatieron estudios de caso en áreas tales como cambios climáticos, ingeniería y robótica. Uno de esos estudios se refiere a la utilización del traductor automático Google Translator. Cuando esa herramienta traduce temas relacionados con ciencia, tecnología, ingeniería y matemática, suele utilizar un estándar masculino. En ese caso, Schiebinger comenta que advirtió ese sesgo al emplear la herramienta para leer artículos referidos a ella misma en idioma castellano. Algo similar pero en sentido inverso ocurre con los algoritmos que elaboran en forma automática subtítulos al pie de imágenes. En las fotografías de varones en la cocina, por ejemplo, suele identificárselos como mujeres. “Cuando un programa estandariza sus traducciones en el área científica con términos masculinos, refuerza el estereotipo de que los varones son intelectuales activos y no así las mujeres”, dijo la investigadora en el evento en São Paulo. La primera reunión entre los expertos de Google e investigadores de Stanford para debatir el tema de las traducciones con sesgo se llevó a cabo en 2012. Si bien se asumió un compromiso para resolver ese inconveniente durante ese mismo año, solo se introdujeron cambios parciales en 2019. “Resulta más difícil corregir algo cuando la plataforma básica ya está definida. Por eso es importante tener en cuenta el sesgo sexual y de género desde el inicio de una investigación”. Para Schiebinger, el error en el algoritmo del Google Translator puede estar relacionado, entre otros aspectos, con el hecho de que en las facultades de ingeniería y computación no se imparten asignaturas que les enseñen a los estudiantes a considerar el análisis de género en sus investigaciones.

En las charlas que brindó para hablar acerca de la importancia de la presencia femenina en la ciencia, Márcia Barbosa, docente del Instituto de Física de la Universidad Federal de Rio Grande do Sul (UFRGS), debió responder en reiteradas oportunidades a la inquisitiva de por qué, “si la ciencia se desarrolló tan bien sin las mujeres”, sería necesario incorporarlas ahora. “Las respuestas comenzaron a asomar en 2005, cuando los primeros estudios efectuados por consultoras de negocios constataron que los ambientes de trabajo diversos propician mejores resultados financieros”, relata la investigadora, quien desde hace dos décadas se dedica a estudiar las cuestiones de género en la ciencia, en simultáneo con investigaciones referidas a las propiedades del agua. En ese universo, según sostiene, uno de los estudios que generó más impacto lo llevó a cabo la consultora estadounidense McKinsey y se dio a conocer en 2015. Al analizar datos suministrados por 366 compañías de Estados Unidos, la consultora identificó que aquellas con mayor diversidad de género eran un 15% más proclives a registrar retornos financieros superiores al promedio nacional, y las que presentaban mayor diversidad étnico-racial mostraban una tendencia a obtener ganancias superiores a la media en un 35%.

“Los estudios indican que los ambientes diversos favorecen el desarrollo de mecanismos de inteligencia colectiva”, dice Barbosa al mencionar otra investigación publicada en la revista Science en 2010 por investigadores de instituciones estadounidenses tales como la Universidad Carnegie Mellon y el Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT). “En el ámbito empresarial, se comprobó que la diversidad profesional repercute en la obtención de mejores resultados financieros. En cuanto al marco científico, también es importante contar con investigadores de perfiles diversos. Tal diversidad genera un ambiente propicio para el florecimiento de ideas innovadoras”, afirma.

Aunque existe un consenso en cuanto a que no basta con incorporar más mujeres para asegurar resultados innovadores, sino que también es necesario promover cambios metodológicos, no quedan dudas de que el proceso de inclusión tiende a introducir nuevas perspectivas con respecto al objeto de análisis. Un trabajo publicado en 2017 en la revista Nature Human Behavior, realizado por investigadores de Stanford y de la Universidad Aarhus de Dinamarca, en el cual se analizaron más de 1,5 millones de artículos del área médica, constató la existencia de una conexión entre la participación de las mujeres y la atención brindada en el desarrollo de los respectivos estudios al análisis de sexo y de género. Barbosa, de la UFRGS, explica que cuando comenzó a referirse públicamente a las cuestiones de género, las situaciones de acoso estaban naturalizadas y ese tipo de debates no tenía buena recepción en el medio académico. “Hoy en día el panorama es distinto. En la academia hay mucha gente preocupada con este tema”, pondera. Ella atribuye parte de este cambio a la labor del movimiento feminista, que gradualmente hizo posible, entre otras conquistas, la ampliación del acceso a la educación. En Brasil, los avances más recientes incluyen el derecho a la licencia por maternidad o paternidad durante la vigencia de las becas de investigación y disposiciones tendientes a combatir las situaciones de acoso.

Uno de los reflejos más significativos que generó el debate sobre género en campos de investigación tales como la demografía y la filosofía alude a los cambios en la comprensión de temas que hasta entonces eran tratados como algo perteneciente a la esfera privada de la vida de las mujeres, entre ellas, la maternidad y la violencia doméstica.

En la demografía, históricamente se ha trabajado con cortes poblacionales divididos según sexo y edad, pero las teorías feministas han llevado a la ampliación de los frentes de investigación, sobre todo a partir de finales del siglo XX. Según la demógrafa Glaucia Marcondes, del Núcleo de Estudios de la Población Elza Berquó, de la Universidad de Campinas (Nepo-Unicamp), la incorporación durante los últimos 20 años de perspectivas de género y raciales a los estudios poblacionales, desarrollados fundamentalmente por investigadoras, entre los cuales sobresale el trabajo pionero de la demógrafa Elza Berquó, ha redundando en contribuciones importantes para la comprensión de las desigualdades entre migrantes, en los estándares y en los niveles de mortalidad y fecundidad.

Marcondes resalta que uno de los cambios más significativos en la dinámica demográfica brasileña reciente comprende la disminución de la cantidad de hijos. “Si en 1960 el promedio era de 6,2 hijos por mujer, en 2010 pasó a ser de 1,9. Una modificación sustancial, que se observa en familias de todas las clases sociales”, comenta. A juicio de la demógrafa, esta transformación puede entenderse mejor a partir de los estudios de género, que identificaron nuevas maneras de posicionamiento de las mujeres en la sociedad, al invertir en educación y buscando perdurar en el mercado laboral, una tendencia creciente registrada principalmente entre mujeres casadas y con hijos. “Para las generaciones anteriores, estar casada y tener hijos constituían barreras casi infranqueables para aquellas que deseaban estudiar y tener una profesión”, compara. Basándose en teorías de género, los estudios demográficos han cuestionado cuánto afecta la presión de la vida pública implícita en el mercado laboral, la escolaridad y la seguridad económica a las elecciones realizadas en la esfera privada, tal como la decisión de evitar o postergar la maternidad.

No puede soslayarse el hecho de que Brasil atraviesa un proceso de envejecimiento. Una proyección del Instituto Brasileño de Geografía y Estadística (IBGE) indica que en 2060 más del 25% de la población tendrá 65 años o más. “En ese marco, la comprensión de ciertos aspectos de la vida privada de las mujeres, tales como la decisión de tener hijos o no, pasa a debatirse cada vez más como un asunto público”, informa Marcondes. El envejecimiento de la población también es un área contemplada en los análisis de Schiebinger, que revelan la necesidad de considerar el sexo y el género en la elaboración de tecnologías de asistencia a ancianos. “Las mujeres, por ejemplo, tienden a vivir más, pero también suelen ser más afectadas por enfermedades debilitantes, mientras que los varones parecen ser más propensos, por ejemplo, a una merma de la capacidad auditiva. El éxito de esas tecnologías depende de la capacidad de atender correctamente a las diferentes preferencias de la población, comentó en el evento realizado en São Paulo.

Y siguiendo en el área de la demografía, Marcondes, de la Unicamp, recuerda que la inclusión del sesgo de género introdujo nuevos aportes en los estudios sobre el mercado laboral, que entonces pasaron a mapear no solo las desigualdades salariales, sino también las diferencias en la distribución de las jornadas laborales. “En los estudios se detectó que el trabajo reproductivo y doméstico que desempeñan las mujeres tiene un gran efecto sobre la vida de las familias y en la dinámica económica”, sostiene. Desde la perspectiva de la demografía, la investigadora considera que ir más allá del sexo binario constituye un desafío para la realización de estudios destinados a mapear la identidad sexual y de género de la población. “El Censo de 2010 fue el primero en trabajar sobre la variable ‘matrimonio del mismo género’”, relata. Marcondes afirma que la información seguirá siendo captada en el próximo Censo de 2020. “En el campo de la demografía, las primeras líneas de investigación enfocadas en la comprensión de la población LGBTI surgieron hace tan solo 10 años”, dice.

En el segundo semestre de 2018, en sintonía con un movimiento que apuntó a cuestionar la escasa representatividad femenina en el campo de la filosofía, Monique Hulshof, del Departamento de Filosofía de la Unicamp, decidió dictar una materia sobre democracia utilizando exclusivamente bibliografía producida por mujeres. Partió para ello del trabajo de la filósofa británica Mary Wollstonecraft (1759-1797) hasta llegar a autoras contemporáneas, como por ejemplo la estadounidense Angela Davis. “¿Por qué en las asignaturas de la carrera de filosofía estudiamos a Jean-Jacques Rousseau [1712-1778] y Karl Marx [1818-1883] y no estudiamos a Davis? Uno de los desafíos planteados a los alumnos en las aulas consistió en repensar nuestro canon filosófico”, señala. Otro de los retos consistió en operar con nuevos elementos conceptuales en la reflexión sobre la democracia. En el ámbito de la filosofía política, sostiene Hulshof, existen temáticas a las que siempre se las consideró como pertenecientes a la esfera privada, tal como es el caso de la violencia doméstica. “Conceptualmente, las teórica feministas introdujeron la comprensión de que la violencia doméstica debe tratarse como un problema público, que requiere la intervención del Estado, que es el encargado de generar políticas tendientes a combatirla”.

En Brasil, comenta Hulshof, estos debates se intensificaron entre los años 2000 y 2016 a la par de la estructuración, en el ámbito del gobierno federal, de la Secretaría de Políticas para las Mujeres y de una mayor inserción de las mujeres en las universidades y en la investigación científica. “En 1996, tan solo el 44% de los doctorados defendidos en el país correspondían a mujeres. En 2004, ese porcentaje saltó hasta el 51%”, relata la profesora Yara Frateschi, docente de ética y filosofía política en la Unicamp. En la actualidad, en algunas disciplinas de las ciencias humanas y sociales, tales como antropología, sociología, historia y pedagogía, la presencia femenina se equipara a la masculina. “Pero eso no ocurre en el caso de la filosofía, por ejemplo, que registra niveles similares a los de áreas tales como matemática y física”, afirma.

Ella recuerda que la historia de la filosofía se remite a una tradición milenaria que tiende a ser discriminatoria en cuanto a su relación con las mujeres. “Muchos de los autores clásicos, desde Aristóteles [384-322 a. C], retrataron a las mujeres como portadoras de una racionalidad precaria e ineptas para participar en actividades de la vida pública”, recuerda. Además, explica, históricamente la filosofía no contempla lo diferente como norma general y tampoco las diferencias de género en particular. “El sujeto moral y epistemológico de la filosofía es clásicamente abstracto: no posee género, ni raza, ni cultura. La filosofía opera por abstracción, pero esas abstracciones cargan prejuicios”. Tal como relata Frateschi, a partir de la década de 1970, la disciplina comenzó a tornarse más sensible a los estudios feministas, especialmente en Estados Unidos, pasando a considerar que los sujetos del conocimiento se constituyen en ámbitos signados por roles y estereotipos de género. “Ya no podemos continuar enseñando filosofía sin tener en cuenta las cuestiones de género y raza. Pienso en una alumna que se pasa el día estudiando una literatura que la desmerece. No es casual que la presencia femenina en la filosofía sea tan baja y su deserción tan pronunciada”, analiza. Y añade que es necesario realizar una lectura crítica de los clásicos e incluir a filósofas feministas en las bibliografías, algo que ahora se está haciendo en la carrera de filosofía de la Unicamp.

En un estudio sobre el desarrollo de la ginecología en Brasil, la antropóloga Fabíola Rohden, docente de la UFRGS, analizó las temáticas de más de 7 mil tesis doctorales defendidas en la Facultad de Medicina de Río de Janeiro entre 1833 y 1940. En ese trabajo, ella detectó que alrededor del 22% del conjunto de trabajos aludía al sexo, a la sexualidad y al sistema reproductivo de la mujer. “Durante más de un siglo, en el período de conformación de la medicina moderna brasileña, alrededor de un cuarto de los estudiantes de medicina eligieron investigar temáticas relativas al sexo y la reproducción”, informa. Sorprendida con la gran cantidad de trabajos dedicados al tema, al analizar su contenido, verificó que muchos de ellos aludían al hecho de que la naturaleza forjó a los cuerpos de varones y mujeres asociándolos a roles diferentes. Las tesis sostenían que toda la energía de las púberes debía encauzarse para una buena conformación de sus órganos sexuales reproductivos y no para los estudios o la ciencia. “Las tesis se basan en la idea de que si las chicas se dedicaran a los estudios en forma exhaustiva su energía vital se desplazaría del aparato reproductivo al cerebro, algo que sería perjudicial”. Así como en el siglo XIX, señala Rohden, el debate acerca de las diferencias entre varones y mujeres se circunscribía a la anatomía, en fechas recientes ha puesto el foco sobre las cuestiones genéticas y neurocientíficas. Lo que subsiste, comenta, es la discusión acerca de si una historia tan marcada por las dicotomías de género puede recuperarse. Y menciona que una gran contribución a esa controversia está constituida por las reflexiones de filósofas como Donna Haraway. Docente del Departamento de Historia de la Conciencia en la Universidad de California en Santa Cruz, Estados Unidos, Haraway sostiene que la producción de conocimiento surge a partir del registro social del científico y no desde un punto de vista presuntamente neutro.

Para comprometer a los científicos en la búsqueda de transformaciones, luego de pasarse 25 años identificando prejuicios de género en la ciencia, Schiebinger, de Stanford, resolvió modificar el modo de abordaje de este tema. En 2005, dio inicio al proyecto Gendered Innovations in Science, Medicine and Engineering y comenzó a trabajar con investigadores de diversas áreas. “Pretendemos proponer cambios positivos, ofreciendo herramientas de apoyo a la elaboración de estudios desde el principio”, propone.

Artículos científicos
CONFORTI, F. et al. Cancer immunotherapy efficacy and patients’ sex: a systematic review and meta-analysis. Lancet Oncology. 19, 737–746. 2018.
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LABONTÉ, B. et al. Sex-specific transcriptional signatures in human depression. Nature Medicine. 23, 1102–1111. 2017.
NIELSEN, M. W. et al. One and a half million medical papers reveal a link between author gender and attention to gender and sex analysis. Nature Human Behaviour. v.1, 791-796. Nov. 2017.
SCHIEBINGER, L. et al. (Eds.) (2011-2018). Gendered Innovations in Science, Health & Medicine, Engineering, and Environment (genderedinnovations.stanford.edu).
TANNENBAUM, C. et al. Sex and gender analysis improves science and engineering. Nature. 575, 137-146, nov. 2019.
WOOLLEY, A. W. et al. Evidence for a Collective Intelligence Factor in the Performance of Human Groups. Science. 330, 686-689, oct. 2010.

Libro
ROHDEN, F. Uma ciência da diferença: sexo e gênero na medicina da mulher. Río de Janeiro: Editorial Fiocruz, 2009 [2001], 245 p.

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