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El supermono de América

Paleontólogos reconstruyen el estilo de vida versátil del Cartelles coimbrafilhoi, el mayor simio que haya habitado el continent

016-021_CAPA-Megamacaco_213Ilustración Sandro CastelliHace más de 15 mil años, habitó en lo que actualmente es Brasil un simio con un tamaño dos veces mayor que el del muriquí o mono araña lanudo, el mayor de los monos vivos del Nuevo Mundo. La prueba de la existencia de ese supermono americano se basa en un esqueleto fósil casi completo, descubierto en 1992 en una caverna localizada en el municipio de Campo Formoso, en el interior del estado de Bahía. El fósil del supersimio, descrito por el paleontólogo Cástor Cartelle, actualmente investigador de la Pontificia Universidad Católica de Minas Gerais (PUC-Minas), fue analizado con minuciosidad más recientemente por Lauren Halenar y Alfred Rosenberger, paleontólogos de la Universidad de la Ciudad de Nueva York (CUNY). Halenar y Rosenberger arribaron a la conclusión de que la especie, bautizada este año como Cartelles coimbrafilhoi, exploraba el suelo de la selva tan bien como un chimpancé. Simultáneamente, pese a su gran tamaño, este primate podía trepar a los árboles y colgarse de las ramas con la misma habilidad, aunque algo más lentamente que las especies menores de su familia, la de los Atelidae, a la cual pertenecen el mono aullador, el mono araña, el mono barrigudo y el muriquí. “El C. coimbrafilhoi probablemente no se desplazaba ni se comportaba como ninguna de las especies de primates del Nuevo Mundo actuales”, dice Halenar.

Según los investigadores, el fósil de Cartelles coimbrafilhoi es uno de los más importantes para reconstruir la aún poco conocida historia evolutiva de los monos de esa región. La clasificación de este fósil en una nueva especie ‒en realidad, género y especie‒ eleva a cuatro la cantidad de especies de monos que habitaron en América del Sur hacia el final del Pleistoceno y que actualmente se encuentran extinguidos. El hallazgo de nuevos fósiles, como los encontrados en los últimos años por Rosenberger y sus colaboradores en cavernas sumergidas en República Dominicana, ayudará a completar este cuadro, que también integra como pieza importante el simio hallado en Campo Formoso en 1992.

Durante aquel año, explorando un pequeño tramo de Toca da Boa Vista, que tiene una extensión de 110 kilómetros y se la considera como la mayor gruta del hemisferio Sur, un equipo de espeleólogos encontró uno de los esqueletos y le avisó al grupo de Cartelle, quien descubrió dos esqueletos fósiles de monos bastante completos, con más de un 90% de sus huesos preservados (lea en el recuadro de en la página 20). Los animales habrían habitado en praderas y bosques alrededor de la cueva en algún momento hace entre 360 mil y 15 mil años, al final del período geológico denominado Pleistoceno. Inmediatamente después de que murieron, sus cuerpos habrían sido llevados por fuertes correntadas hacia el interior de la caverna, donde se preservaron sus huesos. “Hallar un esqueleto casi completo de cualquier taxón [grupo de organismos] es algo infrecuente”, comenta Halenar.

Las primeras descripciones de esos fósiles se publicaron en 1996, en dos artículos científicos escritos por Cartelle y por el paleontólogo estadounidense Walter Hartwig, de la Universidad Touro, en California. El esqueleto descrito en la revista Proceedings of the National Academy of Sciences (PNAS) no representó un gran desafío. Estudios posteriores confirmaron que la especie, denominada Caipora bambuiorum, fue una versión mayor del actual mono araña. Aunque pesaba unos 20 kilogramos (el doble que un mono araña), el C. bambuiorum habría exhibido una locomoción similar, siendo capaz de valerse tanto de sus brazos y piernas como de su cola prensil para desplazarse con agilidad por las ramas de los árboles.

Más enigmático era el otro esqueleto, descrito por Hartwig y Cartelle en la revista Nature. Los investigadores determinaron que la hipótesis más probable era que se trataba de un segundo fósil de una especie descubierta un siglo y medio antes en una caverna de la localidad de Lagoa Santa, en Minas Gerais, a más de 1.200 kilómetros de Toca da Boa Vista. El paleontólogo danés Peter Lund, halló en Lagoa Santa, en 1836, un fragmento de fémur y una parte de un hueso del brazo, que identificó como el primer fósil de primate descubierto de la historia. El Protopithecus brasiliensis fue mencionado por Charles Darwin en su clásico de 1859, El origen de las especies, y los cálculos más recientes sugieren que pesaba hasta 24 kilogramos.

016-021_CAPA-Megamacaco_213-02Ana Paula CamposCartelle relata, sin embargo, que siempre sospechó que era necesario confirmar si ambos fósiles correspondían al Protopithecus. Hartwig y él habían comparado al esqueleto de Toca da Boa Vista con fotografías de los fragmentos del P. brasiliensis, conservados en el Museo de Historia Natural de Dinamarca. Los dos científicos habían notado sutiles diferencias entre los fósiles, pero las interpretaron como una variación natural entre individuos de una misma especie. “Planeaba viajar algún día a Dinamarca para examinarlo mejor”, comenta Cartelle, quien aún no tuvo oportunidad de realizar tal viaje.

El supuesto Protopithecus de Toca da Boa Vista incluso revelaba a los investigadores una combinación muy extraña de características. En su doctorado finalizado en 2005, la bióloga Patrícia Guedes, del Museo Nacional de la Universidad Federal de Río de Janeiro (UFRJ), arribó a la conclusión de que la dentición del fósil, aunque un tanto desgastada, reunía las características de dos subfamilias de los Atelidae: la de los Alouattinae y la de los Atelinae. Incluso se percató de que la forma del cráneo era similar a la de otros Alouattinae, la subfamilia a la que pertenecen los monos aulladores, mientras que sus dientes se asemejaban más a los de la subfamilia de los Atelinae, la misma del mono araña, del mono barrigudo y del muriquí. Otros estudios, tanto del cráneo como del resto del cuerpo, también sugerían que la especie aglutinaba características de esas dos familias, separadas hace más de 12,9 millones de años.

Para intentar resolver esas contradicciones, Rosenberger le propuso a Halenar, por entonces estudiante de doctorado bajo su dirección, que dedicara su tesis a estudiar minuciosamente los fósiles de P. brasiliensis de Lagoa Santa y de Toca da Boa Vista. Durante algunas semanas en Copenhague y en Belo Horizonte, Halenar midió las formas y las dimensiones de los huesos fosilizados, para luego compararlos con los huesos de cientos de ejemplares de diversas especies de monos actuales de la colección del Museo Americano de Historia Natural, en Nueva York. El objetivo consistía en determinar dónde se encajaban los fósiles en el árbol filogenético de los monos y deducir cómo se desplazaban, a partir de la forma de sus huesos. “Inferimos la función de los elementos del esqueleto de especies extinguidas al comparar la forma de sus huesos con la de análogos, de especies vivas”, explica Halenar.

“Ella notó inmediatamente que algunos de los huesos eran muy diferentes anatómicamente”, recuerda Rosenberger. En un artículo publicado este mes en el Journal of Human Evolution, Halenar y él proponen que cada uno de los fósiles atribuidos al P. brasiliensis pertenece, en realidad, a una especie distinta.

El P. brasiliensis  de Lagoa Santa, según los investigadores, habría sido un atelino. Aunque sea difícil afirmar algo más descriptivo al respecto a partir de los fragmentos óseos, Halenar supone que la especie habría sido similar a un muriquí, pero dos veces mayor. En tanto, el esqueleto de Toca da Boa Vista pertenecía a la misma subfamilia de los monos aulladores, pero de un género diferente. A su especie se la bautizó Cartelles coimbrafilhoi, en honor a Cartelle, quien desde hace 50 años que estudia los mamíferos brasileños del Pleistoceno ‒al menos cuatro especies extinguidas llevan su nombre‒, y el de Adelmar Coimbra-Filho, uno de los pioneros de la primatología brasileña, quien luchó para salvar al tití leoncito de la extinción.

Según estima Halenar, el C. coimbrafilhoi pesaba entre 25 y 28 kilogramos, lo cual le confiere el mayor tamaño entre las cuatro especies de grandes monos que habitaron América en el Pleistoceno. El C. coimbrafilhoi medía 1,67 metro desde el extremo de su cabeza hasta la punta de la cola, y la base de su cráneo y su mandíbula nos recuerdan a las del mono barrigudo. Pero el formato general del cráneo se parece al de un mono aullador, incluso con el mismo gran espacio cerca de la garganta, que cobija el aparato vocal de esos monos capaces de emitir aullidos audibles hasta 5 kilómetros de distancia. La investigadora explica, sin embargo, que no puede determinarse si el C. coimbrafilhoi aullaba tanto o más fuerte que sus parientes aulladores actuales, porque la potencia del llamado de esos monos no se relaciona directamente con su tamaño, sino que depende también de los hábitos sociales de cada especie y del ambiente en que habitan.

El resto del esqueleto recuerda al de un mono araña, aunque más robusto. El formato de sus huesos sugiere una musculatura  muy desarrollada, adaptada para trepar y colgarse. Hartwig y Cartelle ya habían propuesto que el animal debía sentirse a sus anchas en la copa de los árboles. Pero, a causa de su tamaño, algunos investigadores descartaron la idea, sugiriendo que la especie vivía tan sólo en el suelo. Como regla general, solamente las especies menores suelen llevar un estilo de vida arborícola, pues los animales grandes corren el riesgo de quebrar una rama y caerse. Pero no siempre es así. “El peso de la gran mayoría de los monos arborícolas del Viejo Mundo ronda los 10 kilogramos”, explica el primatólogo Stephen Ferrari, de la Universidad Federal de Sergipe. “Pero el mayor primate arborícola, que es el orangután, puede alcanzar los 100 kilogramos”.

Más allá de ser bastante menor que un orangután, el C. coimbrafilhoi tal vez contó también con la ayuda de su larga y gruesa cola para agarrarse a las ramas, aunque resta hacer aún estudios biomecánicos para confirmar si su cola podía utilizase  como un quinto miembro prensil, capaz de colgarse de las ramas y sostener el peso completo del animal, tal como suelen hacer varias de las especies vivas de la familia de los Atelidae.

En todo caso, los huesos también indican que la especie tenía hábitos terrestres muy desarrollados. “Parece probable decir que el comportamiento del C. coimbrafilhoi se habría asemejado bastante al de los chimpancés actuales, que son hábiles trepadores, pero permanecen la mayor parte del tiempo en el suelo”, sugiere Ferrari. Guedes coincide, y recuerda que incluso los aulladores y muriquíes, normalmente arborícolas, en ocasiones incursionan por el suelo. Recientemente, el equipo de la primatóloga Karen Strier, de la Universidad de Wisconsin-Madison, en Estados Unidos, registró el desarrollo de hábitos terrestres entre muriquíes del norte que viven en una reserva particular protegida en Minas Gerais. En un artículo publicado en 2012 en la revista PLoS ONE, sostiene que el cambio de comportamiento estaría relacionado con el aumento de la población, que pasó de 60 a 300 ejemplares en los últimos 30 años, y con la falta de espacio para tantos monos en la reserva. Según la investigadora, al aprender a explorar el suelo, los muriquíes consiguieron más alimento y entonces se registró un aumento en la tasa de natalidad, aunque los animales también se tornaron más vulnerables al ataque de predadores.

Las cuatro especies extintas de monos brasileños ‒Cartelles coimbrafilhoi, Caipora bambuiorum, Protopithecus brasiliensis y Alouatta mauroi‒ convivieron con la megafauna, es decir, los mamíferos de gran porte, tales como los perezosos gigantes y los tigres dientes de sable, que habitaron América en el Pleistoceno y podrían haberse extinguido a causa de los cambios climáticos. “Las especies de primates de mayor tamaño son mucho más vulnerables a la extinción, independientemente de la causa”, explica Halenar.

Hasta ahora, no ha podido saberse si alguna especie de los monos actuales desciende del linaje de alguno de esos grandulones. “El trabajo de Halenar y Rosenberger llama la atención porque muestra la carencia de datos disponibles acerca de la morfología postcraneal de los primates americanos”, comenta Guedes. “La comprensión de la variación de la morfología de los platirrinos [el grupo que incluye a los primates del Nuevo Mundo, con narinas separadas y en posición lateral] resulta muy importante para plantear hipótesis de relación entre ellos y comprender la diversificación de esos mamíferos en América del Sur”.

Un gran fin de año

El equipo halló dos fósiles de primates en las vísperas de Año Nuevo

Ricardo Zorzetto

El fotógrafo Adriano Gambarini retrató a Cartelle (a la izq.) y a sus dos colaboradores durante la extracción de los fósiles en 1992 en Toca da Boa Vista. Al lado, una de las amplias cavidades de la caverna

ADRIANO GAMBARINIEl fotógrafo Adriano Gambarini retrató a Cartelle (a la izq.) y a sus dos colaboradores durante la extracción de los fósiles en 1992 en Toca da Boa Vista.ADRIANO GAMBARINI

El año 1992 prácticamente había acabado cuando Cástor Cartelle, paleontólogo experto en perezosos extintos, realizó uno de los descubrimientos más importantes de la primatología brasileña. Transcurría el 30 de diciembre y, en compañía de dos colegas, habían caminado durante dos horas por un laberinto de túneles, estrechos pasadizos y abismos hasta arribar al espacio amplio de Toca da Boa Vista, donde se hallaban, uno junto a otro, los fósiles de dos de las mayores especies de primates que vivieron en América hacia el final del Pleistoceno. “A primera vista pensé que serían un macho y una hembra”, relata Cartelle, quien luego descubriría que los fósiles pertenecían a especies distintas, aún no descritas.

Él y sus colaboradores, Mauro Ferreira y Rodrigo Lopes Ferreira, no llegaron allí solos. El día previo, cuatro o cinco integrantes del Grupo Bambuí de Investigaciones Espeleológicas, un gran equipo que durante años mapeó Toca da Boa Vista, habían comenzado a explorar un sector de la cueva conocido como “além mundo [allende del mundo]”, avistando los fósiles y llevando muestras al campamento, una escuela en el paraje Laje dos Negros, del distrito de Campo Formoso. “Alguien, no recuerdo quién, trajo un cráneo para mostrárnoslo”, comenta Lopes Ferreira, quien por entonces estudiaba biología en la UFMG y trabajaba con Cartelle. “Notamos que correspondía a un mono y les pedimos que nos conduzcan al sitio donde lo habían encontrado”.

Una de las amplias cavidades de la caverna

ADRIANO GAMBARINIUna de las amplias cavidades de la cavernaADRIANO GAMBARINI

El 30 de diciembre, al toparse con los fósiles, los investigadores se sorprendieron. “Se encontraban uno a cinco metros del otro y el estado de conservación era asombroso”, recuerda Lopes Ferreira. Durante más de ocho horas, Cartelle, Ferreira y él escudriñaron el suelo del lugar recogiendo todo lo que encontraban del esqueleto de los monos, luego descritos como Caipora bambuiorum y Protopithecus brasiliensis (este último, ahora rebautizado como Cartelles coimbrafilhoi), y de un fósil de perezoso. Sendas réplicas de los esqueletos quedarán expuestas en el Museo de Ciencias Naturales de la PUC Minas, que reabrirá en diciembre, luego de sufrir un incendio durante el año pasado.

En la época en que vivieron esos primates, la región de Campo Formoso albergaba una selva tropical húmeda, producto del encuentro de la vegetación del Atlántico con la de la Amazonia. Al finalizar la última era glacial, el clima de la región se tornó semiárido. El día de la extracción, al calor y la sequedad de la región se le sumaron las altas temperaturas de la cueva. “Pasamos un día en la antesala del purgatorio”, relata Cartelle: “nunca transpiré tanto”. Incluso él, que nunca bebe, aquella tarde tomó dos vasos de cerveza para festejar.

Artículo científico
HALENAR, L. B. y ROSENBERGER, A. L. A closer look at the “Protopithecus” fossil assemblages: new genus and species from Bahia, Brazil. Journal of Human Evolution. v. 65, n.4, p. 374-90. oct. 2013.

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