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Necrológicas

Entre la poesía y la técnica

Paulo Mendes da Rocha influyó sobre varias generaciones y se consagró en el mundo como uno de los arquitectos más importantes de Brasil

Un registro de 2006 que muestra a Rocha en la poltrona Paulistano, que él mismo había proyectado a finales de la década de 1950

Michael Robinson-Chavez / The Washington Post / Getty Images

El arquitecto Paulo Mendes da Rocha, fallecido el 23 de mayo, tuvo una carrera académica peculiar. En 1969, la dictadura militar (1964-1985) lo cesanteó, al igual que a otros 65 docentes de la Universidad de São Paulo (USP). Con la apertura política, en 1980 regresó a la Facultad de Arquitectura y Urbanismo (FAU) de esa institución como auxiliar de enseñanza, condición que mantuvo hasta convertirse en profesor titular, en 1998, y ese mismo año tuvo que jubilarse obligatoriamente, cuando cumplió 70 años. En 2010 se le otorgó el título de profesor emérito. “Paulo no obtuvo ni un máster ni un doctorado, pero incluso sin una carrera académica formal ayudó a formar a generaciones de arquitectos. Más adelante, incluso trabajaría en colaboración con algunos de esos exalumnos”, dice Helena Ayoub, docente del Departamento de Diseño de la FAU-USP. “Demostró que el proyecto de una obra puede ser también una instancia de investigación”.

Otra docente de la FAU-USP, Ana Maria de Moraes Belluzzo, coincide con ella. “Paulo fue un gran pensador y un férreo defensor de la función social de la arquitectura y el urbanismo en el mundo contemporáneo. No es casual que su obra haya inspirado tesis doctorales, tesinas de maestría y artículos académicos en Brasil y en el exterior”. Las maneras elocuentes y sagaces del profesor, conocido por su temperamento fuerte y ácido, también solían inspirar a los estudiantes de arquitectura. “Era un excelente narrador y no solo hablaba de arquitectura, sino de temas tales como las artes visuales y la política. Cuando se paraba a charlar en las rampas o en los espacios colectivos de la FAU, enseguida se juntaba un grupo enorme para escuchar su voz”, dice el exalumno suyo Leandro Medrano, ahora profesor de la misma institución. “Paulo tenía una manera única e inspiradora de ver el mundo y sobre la realidad. Era capaz de hallar nuevas perspectivas para cualquier tema”, dice Luiz Eugenio Mello, actual director científico de la FAPESP, quien en 2010 contrató a Mendes da Rocha para que este realizara el proyecto arquitectónico del Instituto Tecnológico Vale.

Paulo Archias Mendes da Rocha nació en Vitória, estado de Espírito Santo (ES), el 25 de octubre de 1928. Cuando tenía alrededor de 6 años se mudó con su familia a São Paulo. El aprecio por el acto de construir estaba presente en la familia. Su padre, el ingeniero Paulo de Menezes Mendes da Rocha (1887-1967), fue director de la Escuela Politécnica de la USP entre 1943 y 1947; su abuelo materno, Serafim Derenzi (1863-1941), trabajó como contratista en Espírito Santo.

Mendes da Rocha se graduó en 1954 en la Facultad de Arquitectura y Urbanismo de la Universidad Presbiteriana Mackenzie (FAU-UPM). Cuatro años más tarde ganó, junto a quien entonces era su socio, el arquitecto João Eduardo de Gennaro (1928-2013), el concurso para diseñar el gimnasio del Clube Athletico Paulistano. “Es una obra que contiene los elementos fundamentales de su manera de proyectar. Ahí la expresa en toda su dimensión”, dice el arquitecto Ciro Pirondi, uno de los fundadores de la Escola da Cidade, una institución educativa privada sin fines de lucro, donde según él, alrededor del 90 % de los docentes fueron alumnos de Mendes da Rocha. “Era extremadamente riguroso con la técnica, pero nunca dejaba de lado la poesía”.

En 1961, la estructura circular, de laterales abiertos, revestida en madera, con tejas metálicas, y sostenida por seis columnas, obtuvo el gran premio internacional de arquitectura en la 6ª Bienal de São Paulo. Este logro proyectó el nombre del joven discípulo de la denominada escuela paulista de arquitectura en la escena de São Paulo. “Paulo era cultor de una arquitectura de formas elementales y muy lógica, en la que nada era casual. Todos los elementos constructivos estaban allí por una razón”, dice Edson Mahfuz, de la Facultad de Arquitectura y Urbanismo de la Universidad Federal de Rio Grande do Sul (FAU-UFRGS).

Ese mismo año fue invitado a dar clases en la FAU-USP por el arquitecto João Batista Vilanova Artigas (1915-1985), señalado como el mentor de la escuela paulista de arquitectura y uno de sus grandes maestros. De esta época son proyectos tales como la Casa Butantan (1964), donde vivió con su primera esposa, Virginia Ferraz Navarro, y sus hijos. Poco después llegó la persecución a Mendes da Rocha y Vilanova Artigas. “En aquella época, mi padre era un arquitecto en ascenso y la anulación de sus derechos civiles fue un obstáculo para su carrera dentro y fuera de la universidad”, dice su hijo, también arquitecto, Pedro Mendes da Rocha.

Cuando fue cesanteado por el régimen militar, se le prohibió trabajar para organismos gubernamentales. Sin embargo, por esas ironías del destino, ganó el concurso para diseñar el Pabellón de Osaka, que albergaría la sede de Brasil en la Exposición Internacional de Japón, a celebrarse en 1970. “Tuvo que ir a Japón para desarrollar el trabajo y viajó con mucho miedo a sufrir un atentado por parte del régimen brasileño”, continúa su hijo. “Después de la feria, el pabellón iba a ser demolido, pero él manifestó que había recibido una propuesta de una universidad que estaba interesada en transformar ese espacio en una escuela de música, algo que le encantaba. Sin embargo, los militares rechazaron la oferta y el pabellón acabó siendo demolido. Solía decir que esa fue su segunda proscripción”.

A partir de la década de 1980, con el debilitamiento de la dictadura, el arquitecto llevó a cabo una serie de proyectos que se volvieron emblemáticos, como el Museo Brasileño de Escultura y Ecología (MuBE), en São Paulo. En los años 1990, cuando lo contrataron para reformar la Pinacoteca del Estado, ubicada en un edificio neoclásico diseñado por el ingeniero y arquitecto Francisco de Paula Ramos de Azevedo (1851-1928), resolvió desarrollar el proyecto in situ, junto al también arquitecto Eduardo Colonelli. Pero nunca abandonó su oficina que funciona desde 1973 en la misma dirección: un edificio comercial ubicado en el centro de la ciudad.

“En aquella época, muchos estudios de arquitectura reemplazaron el tablero de dibujo por la computadora, pero a él le gustaba desarrollar sus ideas en dibujos a mano alzada, en papel manteca o en maquetas de papel”, relata Catherine Otondo, docente de la FAU-UPM y autora de la tesis doctoral intitulada “Diseño y espacio construido. Relaciones entre el pensar y el hacer en la obra de Paulo Mendes da Rocha”, defendida en 2013 en la FAU-USP. “Como la computadora no formaba parte de su proceso creativo, decidió no llevar equipos tecnológicos a su despacho. Por la misma época, despidió a su equipo y empezó a desarrollar sus proyectos como asociado de otros estudios abiertos por exalumnos o antiguos colaboradores”, informa.

El reconocimiento internacional sobrevino en la segunda mitad de la década de 1990. Es curioso observar que el primer libro publicado sobre la obra del arquitecto, cuyo título es Mendes da Rocha (1996), haya sido publicado por una editorial extranjera, la española Gustavo Gigli. La autoría de publicación fue compartida entre el crítico de arquitectura catalán Josep Maria Montaner y la arquitecta brasileña Maria Isabel Villac, quien en ese momento estaba haciendo su doctorado sobre la obra de Mendes da Rocha en la Universitat Politecnica de Catalunya en Barcelona. Según ella, la obra del arquitecto era entonces prácticamente desconocida en Europa. “Cuando presenté la obra de Paulo a mis profesores, uno de los cuales era Montaner, quedaron muy sorprendidos por la calidad de los proyectos”, dice Villac, quien en la actualidad es docente de la FAU-UPM, y que añade: “En Brasil, Paulo Mendes da Rocha era muy conocido en el medio arquitectónico, pero vale recordar que las obras de estos arquitectos que, como él, formaban parte de la escuela paulista de arquitectura, perdieron espacio frente a la arquitectura posmoderna y desaparecieron de las revistas especializadas a principios del decenio de 1980”.

Poco después de la presentación del libro, el arquitecto fue homenajeado en 1997 con la Sala Especial Mendes da Rocha, en la 10ª Documenta de Kassel. En el año 2000, recibió el Premio Mies van der Rohe de Arquitectura Latinoamericana por el proyecto de reforma de la Pinacoteca de São Paulo. “Él le aportó nobleza a los proyectos de renovación, considerados como trabajos menores”, dice Belluzzo. En 2006 se convirtió en el segundo arquitecto brasileño en ganar el Pritzker, conocido como el Premio Nobel de la Arquitectura. En 2015 recibió el título de doctor honoris causa de la Universidad de Lisboa, en Portugal. A estas distinciones le siguieron, entre otras, el León de Oro de la Bienal de Venecia (2016), y las medallas de oro del Royal Institute of British Architects (2017) y de la Unión Internacional de Arquitectos (2021).

La consecución de estos honores no afectó su rutina, según dice su hijo, Pedro. “Siguió realizando algunos proyectos, lo que le permitía conservar una relación estrecha con la producción de cada uno de ellos, y mantenerse firme en su idea de hacer tan solo aquello en lo que realmente creía y en forma artesanal”, comenta. “Además, era cultor de un estilo de vida austero, sin teléfonos móviles, páginas web ni automóvil. Era un gran defensor del transporte público, le encantaba caminar, le gustaba mucho la calle”.

Un reflejo de esto está presente en uno de sus últimos proyectos, el centro cultural Sesc 24 de Maio (2017), que firma en colaboración con el estudio MMBB Arquitetos. Situado en medio del bullicio del centro de São Paulo, el edificio fue adaptado para albergar 13 plantas, conectadas por una rampa, que conducen a una piscina abierta en la azotea. “La planta baja es una continuidad de la calle y se erige como una especie de plaza, que invita a la ciudad a adentrarse en el edificio”, analiza la arquitecta Raquel Rolnik, docente de la FAU-USP. “Mendes da Rocha creía que disfrutar de la arquitectura era un derecho de todos y que esta debía formar parte del paisaje urbano de manera abierta y fraternal”.

Paulo Mendes da Rocha murió a los 92 años, víctima de un cáncer de pulmón. Deja a su esposa, la arquitecta y diseñadora de joyas Helene Afanasieff, y seis hijos.

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