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Entrevista

Fernanda de Negri: Para darles mayor impulso a los beneficios que brinda la tecnología

La economista del Ipea se refiere a las ambiciones de un nuevo centro que apunta a comprender y debatir los impactos sociales y económicos de la generación de conocimiento

Estudiosa de la innovación en Brasil, Fernanda de Negri coordina el Centro de Estudios en Ciencia, Tecnología y Sociedad

Keiny Andrade/ Folhapress

El Instituto de Investigación Económica Aplicada (Ipea) de Brasil inauguró en el mes de noviembre pasado el Centro de Estudios en Ciencia, Tecnología y Sociedad, cuyo propósito es convertirse en un polo de estudios y debates sobre los impactos del progreso científico y tecnológico en la calidad de vida de la gente, con el foco orientado hacia las áreas de salud, educación y sostenibilidad. Con cinco investigadores y siete becarios, el centro es un despliegue de la Dirección de Estudios y Políticas Sectoriales de Innovación e Infraestructura del Ipea, que en los últimos años acumuló masa crítica como para poder formular políticas relacionadas, por ejemplo, con inversiones en infraestructura de investigación y servicios tecnológicos. La economista Fernanda de Negri está al frente de esta iniciativa. Se trata de una estudiosa de los problemas brasileños para producir innovaciones y sacar partido de ellas, que el año pasado publicó un libro sobre el tema, intitulado Novos caminhos para a inovação no Brasil. De Negri se graduó en la carrera de economía en la Universidad Federal de Paraná, e hizo su maestría y su doctorado en la Universidad de Campinas (Unicamp). Trabaja en el Ipea desde 2004. En la entrevista que se transcribe a continuación, la estudiosa se explaya al respecto de las ambiciones del nuevo centro.

¿Cuáles son las metas del Centro de Estudios en Ciencia, Tecnología y Sociedad?
Nuestro grupo en el Ipea posee una trayectoria en el estudio de la innovación, pero nos surgió la necesidad de abordar específicamente los impactos sociales del progreso científico y tecnológico. El objetivo del centro es analizar los efectos de la ciencia y la tecnología sobre la calidad de vida de la gente y proponer políticas públicas capaces de sacar provecho de los impactos positivos o mitigar los impactos negativos.

¿A qué tipos de estudios se dedican?
Estamos interesados básicamente en las áreas de la salud, educación y sostenibilidad. En cuanto a la salud, estamos comenzando con temas tales como la medicina de precisión, tratando de entender hasta qué punto estas nuevas tecnologías pueden generar mejoras en el acceso y en la calidad de los servicios de salud. También estamos elaborando trabajos sobre innovaciones capaces de disminuir el impacto ambiental, algo a lo que nosotros denominamos ecoinnovación. Uno de los objetivos consiste en estudiar a las empresas brasileñas que adoptan tecnologías en ese sentido. Estamos hablando de nuevas energías que utilicen fuentes renovables. Algunas ya existen, aunque todavía no son viables a nivel económico. Pretendemos analizar lo que puede hacerse para acelerar su difusión.

¿De qué manera esperan contribuir?
En el centro somos cinco investigadores, y 12 personas en total contando a los becarios. No vamos a poder dar cuenta de todos los temas tal como nos gustaría, pero pretendemos producir conocimiento acerca de esos temas y convertirnos en un hub de debate sobre el impacto de las tecnologías en la sociedad, que involucre a científicos de otras áreas en el Ipea y colaboraciones con universidades e instituciones. Por citar un ejemplo, puede observarse el caso de los impuestos a los automóviles. Hasta hace poco, los automóviles híbridos o eléctricos pagaban el mismo tributo que un auto alimentado con gasolina. ¿Por qué no proponer un sistema tributario que estimule a las tecnologías con menor impacto ambiental? Otro de los temas se refiere al futuro de la agricultura. La mayor parte de la agricultura que realizamos en Brasil se basa en el modelo del siglo pasado. Existen tecnologías innovadoras en desarrollo, por ejemplo, para producir carne en laboratorio. ¿Podrían llegar a ser viables en el plazo de una generación? Esto tendría implicaciones en cuanto a la reducción de la emisión de carbono asociada a la ganadería, aparte de un impacto económico para Brasil, que practica mayormente la cría extensiva. Son temas relevantes, al respecto de los cuales el país debería estar pensando más.

¿Qué políticas podrían ampliar los efectos positivos y suavizar los negativos de las nuevas tecnologías?
Hay que pensar en políticas capaces de superar los obstáculos y facilitar la difusión de aquellas tecnologías que son útiles para el conjunto de la sociedad. Se habla, por ejemplo, de usar inteligencia artificial y big data para ampliar el acceso y la calidad de los servicios de salud. Pero existen varios impedimentos, que a veces son institucionales, otras veces regulatorios y otras, tecnológicos. Lo propio vale para los efectos negativos. ¿Cómo podrían generarse políticas públicas que mitiguen los impactos negativos de la robotización, de la inteligencia artificial, del machine learning sobre el empleo? El avance de esas tecnologías probablemente acote el tiempo de trabajo del ser humano en el futuro. Los países desarrollados están empezando a pensar en cómo garantizar los ingresos monetarios de la gente en un mundo en el cual acaso no haya trabajo para todos. Otra preocupación apunta a la perspectiva de que ese proceso incremente las desigualdades.

¿Por qué?
Si fuera cierto que las máquinas y los algoritmos van a realizar los trabajos repetitivos y hacer disminuir la oferta de ese tipo de ocupación, esto significa que la robotización y la inteligencia artificial podrían erigirse como un instrumento de concentración de los ingresos. ¿Qué tipo de políticas podrían ser de ayuda en ese caso? Richard Freeman, investigador de la Universidad Harvard, en Estados Unidos, propone modelos diferentes de propiedad de robots y máquinas, porque esos derechos propietarios propician la concentración de la renta y la ampliación de las desigualdades. Ese es otro tema que queremos estudiar.

¿Cómo debe encauzarse el cambio del sistema educativo para responder a los desafíos de capacitar a la gente en este nuevo marco?
Los requisitos para el ingreso en el mercado laboral van cambiando a la par del surgimiento de nuevas tecnologías. Habrá menos vacantes para los trabajos automáticos y más para actividades creativas, que requieren contar con una visión global de aquello que se hace. La polémica gira en torno a la creación de un sistema educativo más flexible, orientado a estimular la curiosidad del alumno, que le enseñe a buscar la información necesaria para el desarrollo de alguna cosa específica. Hay escuelas en Estados Unidos en las que los contenidos no se enseñan a partir de una labor compartida, sino relacionados con la ejecución de un proyecto concreto. Aún existen pocas evidencias en cuanto a la efectividad de ese modelo. Se necesita estudiar qué modelos pedagógicos surten efecto para formar profesionales más capacitados.

¿Brasil está preparado para un reto semejante?
En los últimos 20 años, Brasil registró una mejora en términos del acceso a la educación, pero la calidad alcanzada en exámenes internacionales no ha mejorado con la misma velocidad, sino más bien todo lo contrario. Debemos mejorar la calidad educativa, y con esto me refiero a la educación tradicional. Existe un reto que es previo a la incorporación de tecnologías en la educación, que consiste en lograr que la gente aprenda a leer, a escribir y a realizar operaciones matemáticas básicas. Un estudio reciente efectuado por una organización sin fines de lucro dedicada a la educación en matemática reveló que la mitad de los alumnos brasileños no sabían calcular un promedio sencillo. ¿Cómo puede pensarse en un país más innovador si un conjunto enorme de sus habitantes no sabe sumar dos cifras y dividirlas por dos?

La medicina de precisión aún es cara. ¿Qué impacto tendrá esa tecnología sobre la vida de las personas?
La medicina de precisión consiste básicamente en recurrir a la genética para colaborar en el diagnóstico y tratamiento de los pacientes. Se trata de una tecnología incipiente en todo el mundo. Todavía es cara, pero es en instancias como esta, en la que todos están tratando de aprender, cuando aparecen ventanas de oportunidades. La medicina de precisión tiene dos sesgos bien delimitados. Uno es la prevención, consistente en la utilización de exámenes genéticos para la identificación de subgrupos de la población que sean más propensos a padecer determinadas enfermedades y a intentar evitarlas. Desde ese punto de vista, incluso podrían reducirse los costos para los sistemas de salud. Lo que impulsó el desarrollo de la medicina de precisión en los últimos años fue la disminución del costo de los exámenes, lo que posibilitó el uso de informaciones genéticas en las prácticas clínicas. Esto es lo que se denomina medicina de precisión 1.0. Y también está lo que algunos investigadores denominan la fase 2.0, que son las terapias génicas. Nos referimos a extraer células del paciente, editar el ADN e insertarlas nuevamente en el organismo como tratamiento para dolencias tales como el cáncer principalmente, pero también para otras enfermedades. Estas terapias génicas cuestan 400 mil dólares o más cada una por paciente. Pero hace pocos meses, científicos de la USP en Ribeirão Preto desarrollaron una técnica de terapia génica para un paciente que estaba en una fase terminal de cáncer y el cálculo de ellos es que habría costado aquí unos 150 mil reales, algo mucho más barato que otras terapias similares que se utilizan en el resto del mundo. Esto demuestra la importancia y las oportunidades de desarrollo de este tipo de tecnología.

¿Cuál es el papel que cumple la interacción entre las universidades y las empresas en el esfuerzo para ampliar el impacto de la ciencia?
Eso es algo enorme, porque la producción de conocimiento, ya sea investigación básica o aplicada, es un insumo crítico para el desarrollo de tecnología. Se dice que las universidades brasileñas tienen escasa interacción con las empresas, pero lo que revelan los datos no es eso. La universidad colabora mucho con el sector privado, cumple un rol relevante en la producción del conocimiento volcado a la innovación y va a continuar teniéndolo. El caso es que para innovar, no basta solamente con el conocimiento básico que se produce en las universidades. Es necesario disponer de un ambiente económico que promueva la innovación y la economía brasileña tiene poca competencia. La competencia es el gran motor de la innovación. Sin ella, no habría demasiadas razones para generar nuevos productos o para reducir costos. El país es poco innovador, no porque las universidades brasileñas produzcan un conocimiento insuficiente, sino porque nuestro ambiente de negocios tiene demasiada burocracia, una economía todavía bastante cerrada.

¿Ese problema se ha agravado? En 2020 se publicará una nueva edición de la Encuesta de Innovación del IBGE, la Pintec. ¿Qué se espera de ella?
El ambiente económico brasileño no se ha agravado, aunque tampoco ha mejorado. Resulta difícil abrir o cerrar una empresa y esto es crítico para la innovación porque esas barreras alejan la competencia. Si se complica conseguir crédito u obtener una licencia para ingresar al mercado, eso disminuye el potencial de nuevos competidores y las empresas afianzadas se refugian en la comodidad. En relación con la Pintec, las cifras de innovación en Brasil probablemente empeoren, aunque en este caso a raíz de la crisis. Hace desde 2014 que se registra escaso crecimiento y es natural que las empresas hayan recortado las inversiones, incluso en investigación y desarrollo. Simultáneamente, se está registrando una reducción drástica de la inversión federal en ciencia y tecnología, que impactará sobre la capacidad de innovación de la economía brasileña.

¿Cuál será ese impacto?
Hay una serie de estudios elaborados en el Ipea y en universidades que muestran los impactos beneficiosos de los mecanismos de incentivo a la innovación. El acceso a subvenciones, a créditos subsidiados o a un incentivo fiscal para la innovación tuvo un efecto positivo sobre la inversión en investigación y desarrollo de las empresas. Ante la ausencia de esos incentivos, probablemente constataremos una disminución de la inversión privada. Pero hay un segundo impacto, que es a largo plazo y más preocupante. Hay una generación de nuevos investigadores que están concluyendo su doctorado y no tienen dónde trabajar. No hay concursos en las universidades, hay pocas instituciones de investigación privadas o bien basadas en un modelo público-privado, las empresas están reduciendo sus inversiones en investigación científica. Ni siquiera hay buenas perspectivas para las becas de posdoctorado. Creo que tendremos toda una generación de científicos que se van a dedicar a otra cosa o, en todo caso, se irán de Brasil. Y eso es grave. Vamos a dejar de lado capacidades que harán falta en el futuro. Y será difícil recuperarlos, porque el ciclo de formación de un investigador demora años.

¿Podría ayudar atraer inversiones privadas?
Ese es otro mito, el que sostiene que el capital privado resolverá el problema de financiación de la ciencia. Las universidades estadounidenses, que son las que reciben más recursos de empresas para investigar, registran tan solo un 6% de financiación proveniente del sector privado. En la Unicamp, por ejemplo, la cifra es de un 4% o un 5%. La ciencia básica y la investigación científica en las universidades dependen fundamentalmente del gasto público, incluso en los países más liberales del mundo (lea la sección de Datos, en la página 93). Las empresas se dedican al desarrollo de productos. Es necesario que las empresas aumenten la inversión y afronten las limitaciones relacionadas con el ambiente económico de Brasil.

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