Ambos sectores emiten el 70 % de los gases de efecto invernadero que libera el país
Michael Dantas/AFP via Getty Images | Alfribeiro/Getty Images | Nelson Almeida/AFP via Getty Images | Leila Melhado/Getty Images | Tony Oliveira/Agência Brasília
Hacia dondequiera que se encaminen dos fenómenos propios del Brasil profundo, la tala de bosques autóctonos y la expansión de la agricultura y la ganadería, también se dirigirán las emisiones nacionales de gases de efecto invernadero (GEI). El país tiene un perfil muy diferente al de las grandes economías que más emiten a la atmósfera dióxido de carbono (CO2), metano (CH4), óxido nitroso (N2O) y gases fluorados (HFC, PFC, SF6 y NF3), que representan casi la totalidad de los GEI producidos en el planeta (véase el cuadro en este reportaje). Estos compuestos retienen calor en la atmósfera, potencian el calentamiento global y funcionan como combustible de los cambios climáticos.
Según el último Inventario Nacional de Emisiones y Remociones de GEI, publicado en diciembre de 2024 por el Ministerio de Ciencia, Tecnología e Innovación (MCTI) de Brasil, el 39,5 % de los GEI emitidos por el país provienen en gran medida de la conversión de áreas de vegetación autóctona ‒básicamente bosques‒ en pastizales y tierras de pasturas y de cultivos. Otro 30,5 % es procedente de actividades agropecuarias como la cría de ganado bovino especialmente (casi el 20 % del total) y del manejo de los suelos (un 7 %).
Asimismo, según el documento, el sector energético, en el que se contabilizan las emisiones de combustibles fósiles (petróleo, gas y carbón), representa el 20,5 %. Las dos grandes categorías que liberan menos gases de efecto invernadero son el sector industrial (un 5 % del total) y la gestión y el tratamiento de residuos sólidos y líquidos (un 4,5 %). Los porcentajes corresponden a 2022, el último año cubierto por la serie histórica del inventario.
En otras naciones con tamaño similar, difícilmente se encontrará un balance de carbono con un protagonismo tan acentuado del sector del uso de la tierra, el cambio en el uso del suelo y de los bosques ‒resumido en la sigla LULUCF [en inglés: uso de la tierra, cambio de uso de la tierra y silvicultura, o UTCUTS en castellano], que engloba las emisiones derivadas de la deforestación‒ y de la agricultura y la ganadería. En Indonesia, país con la segunda selva tropical más grande del planeta y cuya economía representa casi dos tercios de la brasileña, el sector energético concentra el 53 % de las emisiones (el sector agropecuario casi el 10 % del total y el sector LULUCF, poco más de un 22 %). Entre los países que más GEI emiten, el sector energético es responsable de aproximadamente un 75 % de las emisiones, en proporción, casi el cuádruple que Brasil.
“La tasa de deforestación en la Amazonia tiene una gran influencia sobre el perfil y el volumen de las emisiones de Brasil”, dice el economista Régis Rathmann, supervisor del inventario nacional. La deforestación modula la tendencia al alza (o a la baja) de las emisiones nacionales. “Como nuestra matriz energética es limpia, merced al uso de biocombustibles en los automóviles, a las centrales hidroeléctricas y otras fuentes renovables de generación de electricidad, el peso de las emisiones del sector energético local es proporcionalmente menor que en otros países”.
Alexandre Affonso / Revista Pesquisa FAPESP
La incidencia de Brasil en las emisiones globales varía según el año y la metodología de análisis. El país casi siempre aparece en el sexto puesto entre los mayores generadores de GEI, fluctuando en ocasiones entre el quinto y el séptimo lugar. Su contribución representa entre el 2 % y el 3 % del total de los gases de efecto invernadero contabilizados en un período. Según el informe Emissions Gap Report, publicado el año pasado por el Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (Pnuma), Brasil fue el sexto mayor emisor de GEI en 2023, por detrás de China (el 30 % del total), Estados Unidos (el 11 %), la India (el 8 %), la Unión Europea (el 6 %) y Rusia (el 5 %).
Las emisiones netas de GEI en Brasil en 2022 ascendieron a poco más de 2.000 millones de toneladas (t) de dióxido de carbono equivalente (CO2eq), registrando un ligero descenso con respecto al año anterior. Esta cifra corresponde al total de GEI generado por todos los sectores de la economía nacional (emisiones brutas) menos el total del CO2 atmosférico eliminado atribuible a la fijación de carbono, por ejemplo, vía fotosíntesis, en la biomasa de la vegetación preservada en las unidades de conservación y en las tierras indígenas.
Alexandre Affonso / Revista Pesquisa FAPESP
Para la obtención de un valor único que exprese la suma de todas las emisiones de los principales gases de efecto invernadero, los inventarios nacionales adoptan como unidad de medida el CO2eq. El Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC, por su sigla en inglés) recomienda preferentemente el uso del índice GWP-100 para calcular la equivalencia de los gases. Mediante la utilización de este índice, los valores de las emisiones de metano, óxido nitroso y gases fluorados se transforman en su equivalente de dióxido de carbono.
“La conversión se realiza de acuerdo con la vida media y el potencial de cada gas para calentar la atmósfera durante un período de 100 años en comparación con el CO2”, explica el ingeniero químico David Tsai, de la organización no gubernamental Instituto de Energia e Meio Ambiente (Iema), quien coordina el Sistema de Estimación de Emisiones y Remociones de Gases de Efecto Invernadero (Seeg), un proyecto de la red de organizaciones no gubernamentales Observatorio do Clima (OC). El Seeg es una iniciativa de la sociedad civil que calcula el balance de carbono en el país siguiendo una metodología similar a la adoptada por el inventario nacional. El total de las emisiones netas de Brasil obtenido por el inventario nacional y por el Seeg suele ser muy similar y refleja las mismas tendencias de aumento o disminución en la producción de GEI.
Para 2022, el Seeg calculó un total de emisiones netas de casi 2.000 millones de t de CO2eq, una cifra levemente inferior a la estimada por el inventario nacional. Los datos más recientes del sistema creado por el OC corresponden a 2023, cuando las emisiones netas alcanzaron 1.650 millones de t de CO2eq, lo que supone un descenso de un 15 % con respecto a 2022. El inventario nacional todavía no ha divulgado el valor de las emisiones de 2023. “Calculamos las emisiones a partir de datos consolidados, lo que requiere de un tiempo para que las instituciones proveedoras los suministren. Asimismo, nos ceñimos al compromiso internacional de informar las emisiones con un intervalo de hasta dos años entre el año de presentación y el último año inventariado. Es la misma norma adoptada por los países desarrollados”, dice Rathmann. “De este modo, podemos contar con datos oficiales ya consolidados de los sectores contemplados en el inventario”. El Seeg tiene un poco más de libertad en este sentido, y cuando no se dispone de información consolidada sobre la economía nacional, puede recurrir a fuentes alternativas o incluso, en casos extremos, a estimaciones.
La fórmula del IPCC En 2006, el IPCC estableció las bases metodológicas que utilizan la mayoría de los países y los proyectos como el Seeg para elaborar un inventario de las emisiones de GEI. “Esta metodología se actualiza periódicamente a medida que la ciencia avanza y la forma de calcular las emisiones de cada actividad económica o proceso se perfecciona”, comenta el ingeniero agrónomo Carlos Eduardo Cerri, de la Escuela Superior de Agricultura Luiz de Queiroz de la Universidad de São Paulo (Esalq-USP), coordinador del Centro de Estudios del Carbono en la Agricultura Tropical (CCarbon-USP), uno de los Centros de Investigación, Innovación y Difusión (Cepid), apoyados por la FAPESP. “Es importante que los países adopten los mismos criterios para que la comparación de sus niveles de emisión tenga sentido”.
El primer paso para la elaboración de los inventarios consiste en calcular las emisiones en cinco sectores: energía; procesos industriales y uso de productos; agricultura y ganadería; residuos, y LULUCF. Los primeros cuatro solo liberan GEI. LULUCF es el único que, además de emitir, en los informes puede incluir la remoción de CO2 del aire a través de la fotosíntesis, que fija carbono en la biomasa de las plantas e incluso en el suelo.
A continuación, se calcula el volumen de GEI generado por cada proceso o actividad comprendidos por esos sectores. Para el cálculo, son imprescindibles dos tipos de información: los llamados datos de actividad y los factores de emisión, que se multiplican entre sí. Los datos de actividad dan cuenta de la dimensión y las características principales de un segmento económico. En el sector de los procesos industriales y uso de productos, un ejemplo sería la cantidad de toneladas de cemento o hierro producidas anualmente. Los factores de emisión son valores ya estipulados en la literatura científica que estiman el volumen de GEI liberado por cada actividad. Están divididos en tres niveles o, para usar la terminología de los expertos en la materia, tiers.
El primer nivel, propuesto por el IPCC, es el más genérico y menos preciso. Se trata de un factor de emisión que se aplica a una determinada actividad, independientemente de las condiciones y del país en que se lleve a cabo. El segundo vale para una nación o partes de la misma. El tier 3 es el más específico y tiene el potencial de reflejar las emisiones de un lugar o fábrica determinados.
Alexandre Affonso / Revista Pesquisa FAPESP
“Actualmente Brasil utiliza factores de los tiers 2 y 3 para estimar el 95 % de sus emisiones totales, como los países más desarrollados”, dice Rathmann.
Un caso muy ilustrativo de esta particularidad es el cálculo de la producción de metano por la fermentación entérica (el proceso digestivo) de los rumiantes, esencialmente de la cabaña bovina nacional, que supera los 200 millones de cabezas y emite casi un quinto del total de GEI generados en el país. En la actualidad, existen factores de emisión específicos para los distintos tipos de ganado bovino criados en cada estado brasileño. El documento del Seeg considera, por ejemplo, que un macho de más de 2 años criado bajo un régimen sin confinamiento emite anualmente 72 kilogramos (kg) de metano si se lo cría en Mato Grosso, Mato Grosso do Sul o Goiás, y 63 kg si es en Alagoas u otros estados.
Estas diferencias repercuten en el resultado de un inventario. “Necesitamos producir más ciencia para proponer factores de emisión cada vez más específicos”, dice el ingeniero ambiental Gabriel Quintana, de la organización no gubernamental Instituto de Manejo e Certificação Florestal e Agrícola (Imaflora), quien coordina los trabajos del Seeg en el sector agropecuario. Para ser aceptados internacionalmente, los factores de impacto de los tiers 2 y 3 deben estar documentados en forma transparente, ser coherentes con las directrices del IPCC y contar con una sólida base científica o empírica.
Alexandre Affonso / Revista Pesquisa FAPESP
Entre 1990 y 2022, la producción anual de metano por cabeza de ganado vacuno de corte disminuyó alrededor de un 8 % en Brasil, según el inventario nacional. Pero como la tasa de crecimiento del rebaño fue mayor que el aumento de la productividad, las emisiones totales generadas por la fermentación entérica siguen incrementándose. “La mejora de la calidad de las pasturas reduce la cantidad de metano que produce el ganado bovino”, sostiene Cerri. “Todavía tenemos mucho margen para mejorar en este aspecto”.
El impacto del desmonte El cálculo de las emisiones asociadas al uso de la tierra, los cambios en el uso de la tierra y los bosques es diferente al que se realiza en los otros sectores. La liberación de GEI se produce cuando una categoría de uso de la tierra que almacena más carbono, como los bosques autóctonos, se convierte en otra que retiene menos, como los pastizales, las pasturas y las áreas agrícolas. En otras palabras, la emisión es resultado de la deforestación. Esta es la “actividad económica” registrada por el sector LULUCF. La emisión calculada es la diferencia entre la cantidad de carbono que se hallaba almacenada en el tramo de bosque nativo y la que pasó a almacenarse en el nuevo uso que se le dio a esa misma zona, tras la tala de la vegetación original.
Estos valores son muy diferentes, especialmente cuando involucran al bioma Amazonia, cuya selva almacena más carbono en su biomasa vegetal que la vegetación de otros ecosistemas. Tanto el Seeg como el inventario nacional trabajan con factores de emisión específicos (del tier 2) para las diferentes fisonomías vegetales de la Amazonia. Este bioma, que abarca la mitad del territorio nacional, presenta 44 fisonomías distintas. La más común pertenece al grupo de los bosques ombrófilos densos o selva lluviosa, que cubren aproximadamente la mitad de la Amazonia.
La cantidad de carbono almacenada en 1 hectárea de este tipo de bosques oscila entre 130 t y 201 t. “Una hectárea de pasturas almacena en promedio unas 10 t, y una de cultivo de soja, 6 t”, informa la ecóloga Bárbara Zimbres, del Instituto de Investigaciones Ambientales de la Amazonia (Ipam), quien coordina el monitoreo del sector LULUCF en el Seeg. En un cálculo conservador, si de un año a otro, una hectárea de selva con 130 t de carbono almacenado es talada y se convierte en pastura, se liberarían a la atmósfera 120 t de GEI. El inventario nacional utiliza el mapeo del uso y la cobertura de la tierra obtenidos a partir de imágenes satelitales del territorio nacional, además de otros datos, mientras que el Seeg emplea los mapas del proyecto MapBiomas, otra iniciativa gestada en el Observatorio do Clima, pero que en la actualidad reúne a instituciones de investigación, organizaciones no gubernamentales y empresas de tecnología y geoprocesamiento.
La categoría LULUCF es la única que también contabiliza eventuales remociones de carbono de la atmósfera, mientras que los demás sectores solamente contribuyen con la porción ‒mayoritaria‒ de las emisiones en los inventarios. Esta particularidad hace que el valor de las emisiones netas (descontadas las remociones) del sector pueda ser menor si se adoptan prácticas que promuevan la absorción de CO2 de la atmósfera o que eviten su retorno a la misma.
El IPCC acepta y computa en sus inventarios dos mecanismos de remoción de carbono. El más importante está vinculado al crecimiento de las plantas. En la fotosíntesis, éstas absorben CO2 y fijan el carbono extraído de la atmósfera en sus troncos, ramas, hojas, raíces y en el suelo. Este mecanismo tiene lugar allí donde hay vegetación en desarrollo.
Fabio Colombini El carbono fijado por la vegetación de las tierras indígenas protegidas se contabiliza en los inventarios como remoción de CO2 atmosféricoFabio Colombini
Sin embargo, en los inventarios solamente se contabiliza como remoción de carbono el crecimiento de la vegetación en áreas protegidas (unidades de conservación y tierras indígenas) y en bosques secundarios, las formaciones vegetales que crecen espontáneamente en antiguos tramos de bosque nativo que han sido deforestados y abandonados. “Como se está realizando un esfuerzo para mantener la vegetación en las unidades de protección, el carbono almacenado en las plantas de estas áreas puede contabilizarse en el inventario como remoción”, explica Zimbres.
Hay una segunda situación que puede debitarse en la cuenta de las remociones. Se trata del uso de la madera procedente de las áreas de reforestación, como las plantaciones de eucalipto destinadas a fabricar muebles u otros objetos. Como esta madera no se quemó ni se va a dejar pudrir al aire libre, su reserva de carbono no vuelve a la atmósfera. Queda almacenada en el producto por largo tiempo, mientras que el área reforestada vuelve a crecer y a capturar más carbono del aire, creando así un círculo virtuoso. En 2022, el inventario calculó que las remociones en áreas protegidas y en segmentos de reforestación gestionada redujeron en un 15,3 % y un 2,8 % respectivamente el valor final de las emisiones totales de GEI de Brasil. Estos datos muestran la importancia para el medio ambiente de la protección de grandes áreas del territorio nacional.
De cualquier modo, por muy bien hechos que estén, los inventarios no están exentos de imperfecciones, aunque incorporan mejoras con cada edición. Existen lagunas e imprecisiones, tanto en el campo de las emisiones como en el de las absorciones de GEI. El margen de error de los cálculos del inventario nacional es de alrededor de un 20 %. El del Seeg es similar. La metodología recomendada por el IPCC se perfecciona periódicamente, lo que mejora la forma de calcular la producción de gases de efecto invernadero en diferentes sectores de la economía.
El escenario brasileño presenta una inconsistencia que es la no inclusión en el inventario nacional de las emisiones producidas por las quemas no asociadas a la deforestación. Los incendios forestales directamente asociados a los desmontes sí están incluidos en los cálculos oficiales. Pero otros de grandes proporciones, intencionales o no, en pastizales, pasturas o bosques aún plantean desafíos para su adecuado registro e inclusión en las estimaciones del inventario. “Con las sequías recurrentes que afrontan la Amazonia y otras regiones del país y las temperaturas cada vez más elevadas, estos incendios se han vuelto más intensos, frecuentes y relevantes en lo que respecta a las emisiones de carbono”, reflexiona el ingeniero agrónomo Jean Ometto, del Inpe, uno de los coordinadores del Programa FAPESP de Investigaciones sobre Cambios Climáticos Globales (PFPMCG). “Los incendios recurrentes tienden a degradar sectores de la selva, lo que afecta su capacidad de absorción de carbono de la atmósfera”.
En su informe anual, el Seeg notifica la liberación de GEI producto de los incendios no vinculados con la deforestación. Pero esta forma de producción de gases de efecto invernadero no se contabiliza junto con las demás. Se la menciona aparte, como emisiones no incluidas en el inventario. En 2023, ascendieron a 100 millones de t de CO2eq.
Los casi 200 países signatarios de la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático (CMNUCC) y del Acuerdo de París, el tratado internacional suscrito en 2015 que apunta a limitar las emisiones de GEI y, por consiguiente, limitar el calentamiento global a un máximo de 2 grados Celsius [ºC], deben informar periódicamente el total de sus emisiones. Además de servir como punto de partida para la formulación de políticas nacionales, los inventarios sirven de base para que los países establezcan sus propias metas de reducción de emisiones futuras, las llamadas NDC (Contribuciones Determinadas a Nivel Nacional, por sus siglas en inglés), en el marco del Acuerdo de París.
El nuevo objetivo de Brasil, publicado el año pasado, prevé que, en 2035, las emisiones netas de GEI (que tienen en cuenta las remociones realizadas mediante la preservación de la vegetación) representen entre un 59 % y un 67 % de las producción de GEI en 2005. Esta reducción llevaría a Brasil a emitir anualmente entre 850 y 1.050 millones de t de CO2eq. Desde finales de 2024, los países signatarios del Acuerdo de París están obligados a producir inventarios oficiales cada dos años y a adoptar la misma metodología para elaborar sus informes. “Esto facilitará la comparación de las emisiones de los países, especialmente entre aquellos que utilizaban metodologías más antiguas”, comenta Rathmann. Cada vez es más difícil ocultar la huella de carbono.
Este artículo salió publicado con el título “Al ritmo de la selva y del campo” en la edición impresa n° 353 de julio de 2025.
This article may be republished online under the CC-BY-NC-ND Creative Commons license. The Pesquisa FAPESP Digital Content Republishing Policy, specified here, must be followed. In summary, the text must not be edited and the author(s) and source (Pesquisa FAPESP) must be credited. Using the HTML button will ensure that these standards are followed. If reproducing only the text, please consult the Digital Republishing Policy.