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TAPA

La economía del cuidar

El aumento de la expectativa de vida de la población y los nuevos ordenamientos familiares expanden la demanda de cuidadores y se erigen como un desafío para la gestión pública

Linoca Souza

En todo el mundo está aumentando la cantidad de personas que demandan servicios de cuidados. Según el último informe de la Organización Internacional del Trabajo (OIT), se espera que para 2030 este universo abarque a 2.300 millones individuos, cuando hasta hace cinco años era de 2.100 millones. El envejecimiento de la población y las nuevas configuraciones familiares, en las cuales las mujeres tienen mayor presencia en el mercado laboral y menos disponibilidad para asumir el cuidado de parientes sin autonomía, han llevado a los países a replantearse sus sistemas de atención de la población vulnerable. Sobre la base de este panorama, un estudio comparativo elaborado por las sociólogas Nadya Araujo Guimarães, de la Universidad de São Paulo (USP), y Helena Hirata, del Centro de Investigaciones Sociológicas y Políticas de París, en Francia, detectó que en los últimos 20 años han surgido ordenamientos destinados al cuidado de las personas con distintos grados de dependencia, lo que incluye a los niños, a los ancianos y a los individuos con discapacidades. Mientras que en algunas naciones el rol del Estado es preponderante, en otras, los mayores actores son las instituciones privadas. En Latinoamérica, el aspecto más llamativo es el protagonismo de las familias. Los resultados de esta investigación, publicados recientemente, surgen en un momento en que la temática del cuidado está adquiriendo importancia en diferentes campos del saber.

De acuerdo con la definición de la OIT, el trabajo de cuidar, que puede ser remunerado o no, abarca dos tipos de actividades: las directas, tales como alimentar a un bebé o asistir a una persona enferma, y las indirectas, como podrían ser cocinar y limpiar. “Es una tarea que tiene un fuerte componente emocional, se desarrolla en la intimidad y a menudo implica el manipuleo del cuerpo del otro”, dice Araujo Guimarães. La investigadora comenta que el concepto de cuidado emergió como una categoría de interés para las ciencias sociales hace unos 30 años y, desde entonces, su presencia en las líneas de investigación de áreas tales como la economía, la antropología, la psicología y la filosofía política ha ido en aumento. “De este modo, el debate sobre este concepto ha cobrado cuerpo. Los estudios iniciales al respecto estaban vinculados a la idea de que era una necesidad en los casos de dependencia, pero esa noción fue ampliándose. Hoy en día, está visto como un trabajo fundamental para asegurar el bienestar de todos, puesto que cualquier persona puede tornarse frágil y dependiente en algún momento de su vida”, explica la socióloga. Los avances en la investigación han conducido a verificar que la oferta de cuidados está distribuida en forma desigual en la sociedad, y recae con mayor fuerza entre las mujeres. Los datos del informe de la OIT sobre el tema, publicado en 2019, revelan que en los 64 países estudiados ellas dedican en promedio 3,2 veces más tiempo que los varones a las labores de cuidados no remuneradas; tiempo que, según las cifras del estudio, es de 4 horas y 25 minutos por día, en comparación con 1 hora y 23 minutos que le dedican diariamente los varones (véase el gráfico).

Al reflexionar sobre este desequilibrio, la socióloga Heidi Gottfried, de la Universidad Estatal Wayne en Detroit, Michigan (EE. UU.), explica que en las sociedades todavía existe una noción muy arraigada de que el trabajo de cuidar es una manifestación de amor y, por lo tanto, debe prestarse en forma gratuita. Según ella, esa idea se basa, entre otros aspectos, en la construcción cultural en torno a la maternidad y que el cuidado de personas sería un talento femenino. Por otra parte, Araujo Guimarães recuerda que a partir de 1970 las mujeres incrementaron su participación en el mercado laboral. En las últimas cinco décadas, la presencia femenina en el mismo pasó del 18 % al 50 %, según datos del Instituto Brasileño de Geografía y Estadística (IBGE). “Al considerárselas como las proveedoras naturales de los servicios de cuidado de personas, ellas empezaron a trabajar con mayor frecuencia fuera del hogar. Este hecho, sumado al envejecimiento de la población, generó lo que se ha analizado como una crisis en la oferta de cuidados que, en los países del hemisferio norte, se ha resuelto mediante una mercantilización de dichos servicios, más allá de una mayor intervención del Estado, con la creación de instituciones públicas de recepción, la expansión de las políticas de financiación y la capacitación y regulación del trabajo de los cuidadores”, comenta la socióloga.

Sin embargo, en América Latina es más tradicional que el cuidado lo proporcionen las familias, en las cuales las mujeres desempeñan gratuitamente un papel central como cuidadoras de niños, ancianos y personas con discapacidades. Para la minoría que puede pagar, el mercado ofrece servicios de cuidados que compensan la escasa presencia del Estado. “La literatura científica ha puesto de relieve el carácter familiar de nuestro régimen de cuidado de personas. Es característico de países tales como Brasil, Argentina, Chile y Colombia, a los que hemos estudiado en el marco de una red latinoamericana de investigadores”, resalta Araujo Guimarães. Según ella, la importancia de las familias en Brasil queda en evidencia en los resultados de la última edición de la Encuesta de Presupuestos Familiares (POF, por sus siglas en portugués) 2017-2018, del IBGE. Esta muestra reveló que, de los 57,2 millones de hogares brasileños, el 17,6 % tiene algún tipo de gastos por el pago de servicios domésticos o de cuidadores. “Esto significa que el 82,4 % restante cubre sus necesidades de atención sin recurrir al mercado, prescindiendo de empleadas domésticas y de cuidadoras”, subraya.

El estudio que llevaron a cabo Araujo Guimarães e Hirata también detectó que, en Brasil, el Estado funciona como auxiliar en el proceso de organización del cuidar. En la década de 1990 comenzaron a desarrollarse de iniciativas pioneras, con avances notables, como las normativas expresadas en el Estatuto del Niño y del Adolescente (ECA, por sus siglas en portugués), vigente a partir de 1990 (lea en Pesquisa FAPESP, edición nº 296), en la Política Nacional del Anciano, de 1994, y en el Estatuto de la Ancianidad, de 2003. La antropóloga Guita Grin Debert, de la Universidad de Campinas (Unicamp), recuerda que la adopción de la Política Nacional de la Ancianidad y del Estatuto del Anciano representó un avance en la legislación. “El problema radica en que no todo lo que está previsto en esas normativas pudo implementarse efectivamente”, analiza. Según Araujo Guimarães, de la USP, las instituciones públicas de larga estadía para personas mayores de 60 años de edad aún son escasas y atienden a menos del 1 % de la población de ese rango etario. “De este modo, el cuidado de ancianos es tarea de la propia familia, o bien mediante la contratación de cuidadores e instituciones particulares, servicios inaccesibles para la población de bajos ingresos”, dice Araujo Guimarães. Con más de 28 millones de personas mayores de 60 años, el 13 % de la población brasileña se considera anciana, un porcentaje que tiende a duplicarse en las próximas décadas, según las proyecciones del IBGE. Se estima que para 2043, la cuarta parte de la sociedad estará en ese rango de edad.

Debert, la antropóloga de la Unicamp, también llama la atención sobre el hecho de que el estatuto determina que cada centro de salud debe contar con un geriatra, algo imposible de poner en práctica, dado que el país no dispone de profesionales de este tipo en cantidad suficiente. Además, las políticas públicas existentes para ese público suelen ser localizadas. Este es el caso, por ejemplo, del Programa de Acompañamiento de Ancianos (PAI, por sus siglas en portugués), creado en 2012 por el municipio de São Paulo con el propósito de promover el cuidado integral de la salud de las personas de más de 60 años en situación de fragilidad clínica, vulnerabilidad o exclusión social. “También existen programas universitarios destinados a la tercera edad, a la práctica de deportes y a grupos de convivencia, pero en su mayoría están destinados a personas con autonomía para desplazarse”, dice la antropóloga.

El tiempo que dedican las mujeres a la prestación de servicios de cuidado de personas no remunerado es tres veces mayor que el de los varones

Los análisis comparativos de la estructura asistencial de países que presentan realidades distintas permiten comprender mejor las características brasileñas. Coautora de las investigaciones junto a Araujo Guimarães, Hirata, quien forma parte del Centro Nacional de Investigación Científica (Cresppa-GTM/CNRS) y de la Red de Investigación Internacional y Multidisciplinaria “Mercado de Trabajo y Género” (Mage), en Francia, además del sistema brasileño estudió el japonés y el francés. En su investigación reveló que, en los tres países, las mujeres ocupan un lugar central en la prestación de servicios de cuidado. Mientras que en Brasil los varones cubrían el 4 % de los puestos laborales en los geriátricos investigados, en Francia sumaban un 10 % y, en Japón, un 40 %.

En opinión de Hirata, el dato japonés es un reflejo de las políticas públicas puestas en marcha en 2008 para paliar los altos índices de desempleo provocados por la crisis económica. A partir de esa iniciativa, los desempleados podían participar en un programa de capacitación para desempeñarse como cuidadores, que les garantizaba un empleo seguro al finalizar el período de formación. “Los trabajadores japoneses no hubieran elegido por iniciativa propia ese segmento laboral, tan marcado por la presencia femenina. Pero optaron por cambiar de área antes que quedar desempleados”, dice Hirata. La participación del Estado japonés en el sistema asistencial de cuidados incluye el cobro de un impuesto, equivalente a alrededor de 250 reales, que se descuenta al sueldo de todas las personas mayores de 40 años.

Linoca Souza

Ese impuesto es el que permite financiar la atención de los ancianos. Por medio de este sistema, el Estado cubre el 90 % de los costos del cuidado de las personas de más de 65 años, tanto si están internadas en instituciones o bajo la responsabilidad de cuidadores domiciliarios. Los estudios mencionados por Hirata indican que en 2016, el 30 % de los ancianos japoneses vivían con sus hijos. En la década de 1960, ese porcentaje era de un 90 %. “Como resultado de ello, la demanda de servicios de cuidadores o de instituciones ha aumentado bastante”, dice Hirata, quien estima en un 14 % el porcentaje de ancianos japoneses internados en instituciones, en comparación con el 1 % que se calcula para Brasil. “Hoy en día, el reto principal en Japón tiene que ver con los niños. El país casi no cuenta con guarderías públicas, en parte debido a una convención social, que presupone que los niños deben ser criados por sus propias madres”.

En Francia, el gobierno financia en parte el cuidado de las personas mayores de 65 años mediante un subsidio que varía según el monto de la jubilación y el nivel de dependencia del anciano. Este recurso, al que llaman allocation personnalisée d’autonomie, puede destinarse tanto a saldar los gastos en instituciones de internación como al pago de cuidadores. “A excepción del cónyuge, la ayuda incluso puede utilizarse para pagarle a algún familiar del anciano. Al contrario de lo que ocurre en Brasil, en Francia no se considera a la familia como la responsable principal del cuidado de los ancianos”, compara Hirata. Según ella, en el país europeo, donde la mitad de los geriátricos son públicos, actualmente se discute la creación de una quinta rama de la Seguridad Social para financiar el cuidado de los ancianos y de las personas con discapacidades.

Linoca Souza

En Estados Unidos la situación es muy distinta. Según Gottfried, la característica distintiva del sistema vigente en ese país es su nivel de mercantilización. Allí, el Estado subsidia a las agencias y entidades privadas con fines de lucro para la prestación de servicios de atención a ancianos, incluyendo a centros de rehabilitación y asistencia médica domiciliaria. “Esta estructura se basa en el mercado y les traslada los riesgos y responsabilidades a las familias, que deben hacerse cargo de seleccionar y contratar los servicios de asistencia”, informó la socióloga en una entrevista que le concedió por correo electrónico a Pesquisa FAPESP.

Al justificar la importancia del desarrollo de estudios comparativos sobre el sector de cuidados asistenciales, Gottfried cita el hecho de que los inmigrantes extranjeros constituyen una porción creciente de la fuerza de trabajo. En 2019, los trabajadores domésticos extranjeros eran 11,5 millones en todo el mundo, y 8,5 millones de ellos eran mujeres, dice, recordando que la economía del cuidado de personas moviliza un gran volumen de recursos transnacionales. “La madre que deja a sus propios hijos en su país de origen, a cargo de otras personas, para trabajar con familias ajenas, forma parte de una red global cuyo producto es el cuidado de personas. El envío de dinero a los familiares hace posible la compra de bienes de consumo, financia la educación de los hijos e incluso permite iniciar pequeños negocios”, dice. En 2018, esas remesas movilizaron a nivel global unos 700 mil millones de dólares, informa.

Para 2030, más de 200 millones de ancianos necesitarán servicios de cuidados personales

A lo largo de unas cuatro décadas, Hirata ha desarrollado estudios comparativos sobre el trabajo y el empleo, y señala a las estadísticas oficiales disponibles en cada país como uno de los principales desafíos metodológicos. En el marco de la investigación realizada con Araujo Guimarães, en el cual compararon las actividades laborales de los cuidadores en Brasil, Francia y Japón, verificaron que algunos aspectos de la economía del cuidado solo podrían analizarse a partir de un estudio cualitativo. Para ello, entrevistaron a 300 cuidadores. “La elección de esta vía metodológica permitió revelar, por ejemplo, que entre las poblaciones periféricas brasileñas la vida comunitaria y la ayuda de los vecinos y familiares constituyen el pilar central en la estructura de cuidados”, informa Hirata. “Como esto no figura en las estadísticas oficiales, este aspecto de la realidad no habría podido captarse si nos hubiéramos limitado a los análisis cuantitativos”.

El panorama en américa latina

La estructura del cuidado personal en Argentina y en Chile presenta características similares a las brasileñas. La socióloga argentina Natacha Borgeaud-Garciandía, investigadora del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (Conicet), de Argentina, y de la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (Flacso), comenta que, en su país, la responsabilidad principal recae sobre las familias y, dentro del contexto de las familias, sobre las mujeres. “Esto significa que no puede analizarse el sistema argentino sin tener en cuenta el peso del trabajo familiar no remunerado y las desigualdades de género implícitas en esta actividad”, dice Borgeaud-Garciandía, también editora de una serie de libros denominada Horizontes del Cuidado. Ella explica que, en Argentina, no hay una política nacional de cuidados consolidada. “El Estado solamente les brinda servicios a los ancianos dependientes que no pueden recurrir a la familia o al mercado”, explica. El país contaba con 5,7 millones de ancianos en 2018, y esa cifra llegaría a 13 millones en 2050.

En Chile, según informa la socióloga chilena Irma Arriagada Acuña, investigadora del Centro de Estudios de la Mujer (CEM), en Santiago, e integrante de una red latinoamericana de estudios sobre el cuidado de personas, las primeras leyes centradas en el cuidado de las mujeres embarazadas y de los niños se promulgaron en el siglo XIX, seguidas de otras iniciativas destinadas a los ancianos y a las personas con discapacidades. Según ella, al igual que en Brasil, la oferta de servicios de cuidado de niños actual está más estructurada, si se la compara con el sistema nacional disponible para los ancianos. En 2013, las instituciones públicas chilenas sumaban el 2,6 % del total de las organizaciones de larga estadía destinadas a ese segmento de la población. “Además, Chile padece la escasez de expertos en ancianos, incluyendo a geriatras y enfermeras”, dice Acuña.

El Sistema Nacional Integrado de Cuidados creado por Uruguay en 2015 es considerado como un hito en la historia de las políticas de cuidado en América Latina. Según la socióloga Karina Batthyány, de la Universidad de la República, en Montevideo, quien también forma parte de la red latinoamericana, los estudios científicos sobre el tiempo que invierten las familias en las distintas actividades del cuidado de personas sirvieron como punto de partida para la elaboración de esa política pública. Las primeras actividades que se implementaron  estaban centradas en los niños de hasta 3 años de edad, los ancianos dependientes, las personas discapacitadas y los cuidadores. Un ejemplo de estas políticas asistenciales son los servicios de cuidado de ancianos a distancia, para ayudarlos en la realización de sus tareas cotidianas, la creación de centros de día, los cursos gratuitos de capacitación de cuidadores y la ampliación de la licencia por paternidad. “El sistema comenzó priorizando a los sectores más críticos y vulnerables. Uno de los retos que afrontamos en la actualidad es la necesidad de que las políticas de cuidados abarquen a toda la población, tornándolas de carácter universal”, dice Batthyány.

Proyectos
1. Desafíos de la vejez: Políticas públicas, género y relaciones entre generaciones (nº 19/09742-6); Modalidad Ayuda de Investigación – Regular; Investigadora responsable Guita Grin Debert (Unicamp); Inversión R$ 91.767,57
2. El cuidado como trabajo. Una conceptualización del derecho laboral con base en el género (nº 16/18865-6); Modalidad Beca doctoral; Investigador responsable Homero Batista Mateus da Silva (USP); Beneficiaria Regina Stela Corrêa Vieira; Inversión R$ 107.595,42.
3. Trabajo, cuidados y políticas públicas: Capacitación, articulación y acceso al trabajo (nº 15/08047-1); Modalidad Ayuda de Investigación – Investigador Visitante – Internacional; Investigadora responsable Nadya Araujo Guimarães (USP); Investigadora visitante Helena Sumiko Hirata; Inversión R$ 67.030,60

Libros
GUIMARÃES, N. A. e HIRATA, H. (eds.). Care and care workers – A Latin American perspective. Serie Latin American Societies – Current Challenges in Social Sciences. Editorial Springer, 2020.
DEBERT, G. G.  y PULHEZ, M. M. (org.). Desafios do cuidado: Gênero, Velhice e Deficiência. Campinas: Unicamp, Ifch, 2019.
GUIMARÃES, N. A. e HIRATA, H. (org.). 
El cuidado en América Latina. Mirando los casos de Argentina, Brasil, Chile, Colombia y Uruguay. Colección Horizontes de Cuidado. Buenos Aires: Fundación Medifé Edita, 2020.
GUIMARÃES, N. A. e HIRATA, H. O Gênero do Cuidado. Desigualdades, Significações e Identidades. São Paulo: Ateliê Editorial, 2020

Informe
El trabajo de cuidados y los trabajadores del cuidado para un futuro con trabajo decente. Organización Internacional del Trabajo (OIT), 2018.

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