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Buenas prácticas

La guerra contra el Photoshop

Editoriales científicas crean un manual para identificar artículos con imágenes adulteradas o duplicadas y combatir este tipo de malas conductas

Pavel Abramov / Getty Images

Un grupo de empresas de comunicación científica dio a conocer en el mes de septiembre un manual de buenas prácticas para ayudar a sus editores a afrontar un tipo de mala conducta que suele ser difícil de detectar: la alteración o la duplicación de imágenes en artículos y trabajos académicos. El documento, que se encuentra disponible en el repositorio OSF, está recibiendo sugerencias para mejorarlo y su versión definitiva saldrá en el mes de diciembre.

La guía ofrece directrices precisas para tres niveles diferentes de manipulación. El nivel 1 se refiere a las fotografías que han sido duplicadas o levemente modificadas, pero sin que esos cambios tengan influencia sobre las conclusiones del trabajo. Esto incluye, por ejemplo, los ajustes del contraste o de los colores para realzar algún hallazgo, o bien la divulgación de una misma imagen en dos oportunidades en un mismo manuscrito para ilustrar experimentos diferentes. Si el problema se descubre antes de la publicación del artículo y los autores prueban que no actuaron de mala fe, se recomienda que el editor de la revista acepte una versión corregida de las imágenes y de por cerrado el caso. No obstante, esta corrección debe informárseles a todos los coautores del trabajo y estos deben estar de acuerdo con ella. En caso de que la alteración se identifique con posterioridad a la publicación y no fuera malintencionada, el artículo deberá corregirse.

El nivel 2 incluye a las modificaciones significativas, reñidas con los estándares normalmente aceptables, que alteran las características críticas de una foto. Un ejemplo es la inversión o el cambio de posición de las “bandas” en los resultados de las pruebas de western blot o electrotransferencia, un método que se utiliza en la biología molecular para identificar a las proteínas. En este caso, se debe notificar a la institución de origen de los autores para investigar una posible mala conducta y todo intercambio de mensajes e información entre los autores y el editor deberá registrarse en el expediente de la revisión por pares. Si los responsables logran demostrar que se trató de un error y no de un fraude, los editores podrán aceptar una versión corregida de la imagen. Si el trabajo ya fue publicado, la solución podría ser retractarlo y volver a publicarlo, o simplemente retractarlo, en el caso de que la manipulación fuera injustificada.

El nivel 3 se ocupa de los artículos con modificaciones de varias fotos, mediante herramientas de edición, en donde la intención de adulterarlas es evidente y los datos originales ya no se encuentran representados debido al recorte selectivo. A menos que los investigadores tengan excelentes justificaciones, el manuscrito debe rechazarse y hay que informar a las instituciones de los autores para que inicien la investigación pertinente. Si el fraude es descubierto después de la publicación, el paper debe marcarse con una “expresión de preocupación”, en señal de que podría contener errores y que se lo está reevaluando; y posteriormente se lo retracta.

El documento fue elaborado por representantes de las editoriales Elsevier, Wiley, Springer Nature, Embo Press y Taylor & Francis, de las colecciones de revistas Jama y Cell, y American Chemical Society, con la coordinación de la Asociación Internacional de Editores Científicos, Técnicos y Médicos (STM), con sede en el Reino Unido. Ofrece orientaciones más precisas que las directrices creadas en 2018 por el Committee on Publication Ethics (Cope), un foro de editores del Reino Unido que debate los temas relacionados con la integridad en la ciencia. El trabajo del Cope establece un diagrama de flujo al que deben ajustarse los editores, un paso a paso que establece qué hacer cuando surge alguna sospecha. Pero no distingue categorías de manipulación.

La microbióloga Elizabeth Bik, experta en la identificación de adulteraciones en imágenes científicas, ve avances en el nuevo manual. Según ella, no es raro que las instituciones a las que los autores están vinculados demoren en analizar las quejas y eximan de culpa a los investigadores incluso cuando la falsificación es evidente, o bien que no informen a los editores acerca de los resultados de las averiguaciones internas. “Las recomendaciones establecen que las revistas pueden tomar medidas por su cuenta, aun en desacuerdo con las conclusiones de las instituciones”, dijo Bik a la revista Nature. “Puede ser que estas reglas no impidan la mala conducta, pero establecen un escrutinio estricto tanto en la fase de presentación del artículo como después de su publicación”.

La guía propone que las acusaciones robustas de adulteraciones se investiguen aun cuando hayan sido hechas en forma anónima, y expresa que es un deber de los editores proteger la identidad de los denunciantes. Es común que las sospechas se informen en plataformas de debate de trabajos científicos en internet e incluso en las redes sociales. Los editores están habilitados, según su criterio, a responder dichos comentarios.

La alteración y la duplicación de imágenes son problemas recurrentes en la rutina de los editores de revistas científicas. En 2016, Elizabeth Bik realizó un análisis manual para escrutar más de 20.000 artículos del área de la biomedicina y halló algún tipo de adulteración en el 4 % de los papers (lea en Pesquisa FAPESP, edición nº 245). Para detectar esta clase de fraude todavía se depende, en gran medida, de la revisión humana, aunque ya se está desarrollando software que podría ayudar en esta tarea.

Los casos de mala conducta concernientes a imágenes falsificadas pueden ser sofisticados y no siempre se trata de cambios exorbitantes. En la actualidad, uno de los retos principales para los editores consiste en identificar a los manuscritos elaborados por “fábricas de papers”, servicios ilegales que venden trabajos científicos hechos a pedido, a menudo con datos falsificados (lea en Pesquisa FAPESP, edición nº 296). Recientemente, un grupo de investigadores identificó 400 artículos con imágenes tan similares que sugerían un origen común: una fábrica de papers. Para detectar este tipo de fraude, el ojo humano no resulta suficiente. Hay que analizar todas las imágenes de un artículo en forma automática y compararlas con las disponibles en los bancos de datos de otros trabajos. “Existen maneras de realizar ese cribado en forma sistemática y universal utilizando, por ejemplo, métodos algorítmicos disponibles online, cuya eficacia aún debe comprobarse, comparándolos con los resultados del cotejo visual”, escribió Mike Rossner, quien fuera editor dela revista Journal of Cell Biology, en el espacio para las propuestas de mejora de la guía de buenas prácticas. Rossner es el presidente de la empresa estadounidense Image Data Integrity, que asesora a instituciones de investigación, agencias de financiación y revistas científicas al respecto de la manipulación de fotografías en estudios del campo de las ciencias biomédicas (lea en Pesquisa FAPESP, edición nº 287). “El grupo de trabajo de las editoriales podría considerar la posibilidad de formular recomendaciones para este proceso de cribado”.

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