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Las semillas de la discordia

Los investigadores discuten el impacto del contrabando de semillas de siringa por parte de los ingleses

Seringueira_1Montaje y reproducción del libro "The Thief at the end of the world and Fordlandia", de Greg GrandiniEl juego de palabras es inevitable y tal vez, perdonable: el tiempo, en la historia de Henry Wickham siempre fue elástico. Wickham sustrajo las semillas de siringa en 1876, pero recién en 1895 fue que los ingleses decidieron comenzar con la plantación de caucho en sus bases comerciales de Malasia y, de esa manera, sólo en el final de su vida fue que él obtuvo el agradecimiento oficial por parte del Imperio Británico, convirtiéndose en Sir, a disgusto de la reina Victoria, quien lo consideraba “un hombrecillo desagradable”. Durante décadas se discutió sin resultados satisfactorios si él actuó como un ladrón común o simplemente era un “hombre de su tiempo”, llegando a obtener el apodo, justo o injusto, de “padre de la biopiratería”. Mucho tiempo después, a partir de la Eco-92 [Conferencia de la ONU para el Medio Ambiente y Desarrollo, la denominada Cumbre de la Tierra – Río 92, celebrada en ese año en Rio de Janeiro], se comenzó a discutir las sutilezas de esa cuestión. “Durante la década anterior prevalecían, en la legislación internacional, los conceptos derivados del farmer’s rights de la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación, basados en el principio del bien común de la humanidad, y proponiendo que los recursos naturales fuesen accesibles para todos. La discusión ahora es si -Brasil imponiendo una ley de acceso muy rígida- ellos investigarán en otros países o intentarán recolectar sin autorización oficial, lo cuál caracteriza biopiratería. El mayor interés para el desarrollo nacional es verdaderamente un gran desafío: transformar toda biopiratería potencial en bio-cooperación con el fin de reforzar las capacidades tecnológicas del país”, piensa Ana Flávia Granja e Barros, profesora adjunta del Instituto de Relaciones Internacionales de la Universidad de Brasilia. El tiempo parece no haber ayudado tanto para recuperar la reputación de Wickham. ¿Habría sido éste el verdadero responsable de la decadencia del ciclo brasileño del caucho?

“Mucho antes de ese contrabando, había un entusiasmo por la ‘teología natural’, en especial por parte del Imperio Británico. Se argumentaba que, si la unidad del Jardín del Edén se había perdido, el libre comercio permitiría redescubrir sus riquezas agrícolas. Por eso, en 1851, Macintosh & Co., la mayor manufacturera de caucho británica, había obsequiado al príncipe Albert, consorte de la reina Victoria, con una barra de goma en la que estaba inscrito el poema Charity, de William Cowper, cuyos versos afirmaban: ‘La ramas del comercio fue creada para asociar a todos las ramas de la humanidad. Cada clima necesita lo que los otros climas producen y, de ese modo, ofrecen algo para el uso general por parte de todos’. Robar semillas, entonces, podría constituir una ‘acción noble’ por el ‘bien común’ de la humanidad”, explica la historiadora Emma Reisz, del Jesus Collage de Oxford, autora de The political economy of empire in the tropics: rubber in the British Empire, que será editado a fin de año en Inglaterra. “Wickham, por esa razón, nunca tomó el contrabando de semillas como un robo, sino como un acto de patriotismo y salvación personal. Mucho antes de la creación de la Opep (Organización de los Países Exportadores de Petróleo), la biopiratería de Henry otorgó a Inglaterra el primer monopolio global de un recurso estratégico en la historia del hombre”, complementa Joe Jackson, autor del recientemente editado The thief at the end of the world, la biografía de Wickham. Si bien él era despreciado por la nobleza, el fruto de su aventura llenó de gloria a The Royal Botanical Gardens, en Kew (que celebra éste año sus 250 años), una alabada institución de investigación en botánica, que resguardó e incentivó no sólo el hurto de las semillas brasileñas, sino de muchas otras, entre las cuales, por ejemplo, la cinchona o quina, hurtada por investigadores ingleses en Perú, según el mismo espíritu del “bien común de la humanidad”. En realidad, la codicia de la quinina se debía menos al altruismo universalista que a la necesidad imperialista de combatir la malaria que atacaba a los soldados británicos en países lejanos, obstruyendo el comercio colonial.

FotoReproducción“La cooperación entre los gobiernos coloniales y los jardines botánicos en la transferencia y desarrollo de plantas útiles funcionaba como un beneficio mutuo. El subsidio del Estado para esos centros creció cuando los gobiernos se percataron del potencial estratégico de la botánica. Los institutos, a su vez, retribuirían la inversión nacional investigando y perfeccionando semillas para las plantaciones”, explica la historiadora Lucile Brockway, de la City University of New York, autora de “Science and colonial expansion”. “El monocultivo tropical en manos europeas tuvo un gran avance, pero también produjo desequilibrios políticos y ecológicos inmensos, con los cuales todavía se debate el mundo moderno”. El siglo XIX, continúa la investigadora, puso su énfasis en la “botánica económica”, es decir, la “botánica colonial”, e instituciones como Kew Gardens, en un comienzo percibidas por el gobierno como “caprichos reales” o “diversión de las masas”, ganaron status en la jerarquía imperial como “cámara de compensación” en el negocio de informaciones botánicas y centro de intercambio de plantas por parte del Imperio Británico, enviando especímenes y semillas hacia donde existiese un potencial comercial.

Es así que en 1850, cuando Thomas Hancock, dueño de Macintosh, expresó públicamente su preocupación por el monopolio del caucho por parte de Brasil, al afirmar que no era confiable en términos de oferta y de precios, Sir William Hooker, su amigo y director de Kew Gardens, se ofreció para “ofrecer toda y cualquier ayuda para quien deseara trasladar siringas de Brasil hacia el territorio imperial”. “La ‘mano invisible’ del mercado, al parecer, necesitaba un empujoncito. Pero la obtención de los plantines brasileños exigía conocimientos botánicos y coraje para enfrentar a la selva como contrapunto de un precio de mercado comparativamente bajo, lo cual no justificaba el esfuerzo”, sostiene Emma. El gobierno británico no se interesó y fue recién en 1870, y por presión de las autoridades inglesas en India, que necesitaban caucho, que el India Office, en Londres, comenzó a considerar el tema con gravedad, tal como se hiciera anteriormente con la quina. Finalmente, un informe oficial sobre la situación en Brasil advertía al respecto del peligro de perder un “bien de la humanidad”, a manos de un “cauchero borracho que, luego de una noche de cachaça, podría destruir todos los árboles en su camino”. “Constituía una cuestión de civilidad arrancar el caucho de Brasil y, en 1873, el India Office, ofreció dinero para la obtención de los plantines o semillas de la cauchera”, dice Emma.

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Se realizaron varias tentativas, pero las semillas no germinaban en Kew, lo cuál desanimó a Hooker, aunque recibió una carta de Wickham en la que prometía ser capaz no sólo de reconocer el árbol correcto, sino también de enviar miles de semillas con seguridad a Kew Gardens. Típico aventurero de la época, Henry, con 27 años, partió hacia América Central para intentar hacerse rico y terminó en Santarém (Pará), donde experimentó in situ la riqueza del boom del caucho. Antes, en el Orinoco, había aprendido con los indios a extraer el látex. Sus relatos de viaje, con dibujos de las hojas de Hevea, convencieron al India Oficce de su potencial, luego de dejar su proyecto encajonado durante seis meses. En 1876 Wickham regresó a Brasil con su mujer, su madre, el hermano y la cuñada (perdiendo aquí buena parte de la familia, víctimas de las enfermedades tropicales), y escribió a Hooker desde Seringal, a orillas del río Tapajós (no muy distante del lugar donde se establecería la futura empresa de Ford), avisando que había recolectado las semillas. A bordo del buque Amazonas, con 70 mil semillas a bordo, declaró en la aduana brasileña que “llevaba sólo especímenes exóticos y delicados para el jardín botánico”. Para ello, contó con la ayuda del cónsul inglés y del “Barón de Santarém”, “muy comprensivo”. “Ellos actuaron, no contra los deseos del gobierno brasileño, sino más exactamente tal como si éste no existiese y las únicas autoridades en aquél rincón del mundo fuesen los cónsules británicos”, observa Warren Dean. Las semillas llegaron intactas a Londres y de ahí enviadas al Asia británica.

“Empero, el desarrollo de las plantaciones a gran escala en aquella región fue lento debido a la falta de capital y al desinterés de los comerciantes ingleses, quienes sólo reaccionaron cuando el potencial del caucho explotó junto con la industria del automóvil”, analiza el economista Aldo Musacchio, del Ibmec São Paulo. En 1900, las plantaciones asiáticas producían apenas cuatro toneladas de látex frente a las 27 mil toneladas producidas por medio de la extracción en Brasil. En 1916, las plantaciones británicas producirían Hevea suficiente para abastecer el 95% de la demanda mundial por caucho de alta calidad. La Amazonia se sumió en la confusión. “¿Por qué los productores brasileños no reaccionaron? Contrariamente de lo que se piensa, no hubo un ‘error fatal’ de la oligarquía del caucho, sino una acción ‘optimizada’ dadas las opciones  existentes”, analiza el economista Zephyr Frank, de la Stanford University. “Incapaz por detener el contrabando de semillas, la única opción para los brasileños sería una gran inversión en la producción que ahuyentase la competencia existente mediante el aumento de la productividad, la importación de mano de obra, la disminución de costos del trabajo y con la organización de las plantations. Pero el país, en ese momento, no contaba con capacidad para movilizar esos recursos de capital (ni interés, debido al café) y de trabajo, necesarios para cambiar las reglas del juego”, explica. “Como el mercado del caucho es imprevisible y lento (según el tiempo de crecimiento de los árboles, esto es, entre seis y ocho años), los brasileños optaron por ‘sentarse a esperar’, ya que invertir en plantations era excesivamente caro y por lo demás, sin garantías; y por encima de todo, el extractivismo era rentable a su modo. La opción era dejar que los ingleses invadieran el mercado hasta el exceso de producción, tal como ocurrió en 1922”.

Seringueira_4Fernanda Preto/Folha ImagemEl tiempo, por entonces, jugaba a favor del caucho brasileño. El dominio británico se centraba en las relaciones coloniales privilegiadas, que suministraban mano de obra en cantidad y barata. Con el declive del Imperio y la presión americana, que demandaba mayores cantidades de caucho con costos menores, la ventaja inicial se perdió. “La cuestión del caucho fue a la vez emblemática del poder colonial, y un indicador de su decadencia. Cuando quisieron mantener el negocio ya no poseían más poder para impedir a los americanos la búsqueda del caucho en otros lugares, tal como hizo Ford en Brasil”, dice Emma. Existía además el factor ecológico. “Los británicos exaltaron la civilidad de las ‘plantations’ en contraste con la supuesta incivilidad de los ‘seringais’, percepción compartida por las élites del negocio del café, entonces en el poder. La política oficial, en especial luego de la República, hizo suya esa idea y promovió esas plantationes, sin otorgar importancia a los acontecimientos locales y a las visiones de los productores locales de caucho, que discordaban con la promoción del monocultivo. Según ellos, el extractivismo garantizaba la perpetuidad de la producción y no destruía la tierra ni los árboles, contrariamente de la opción ‘civilizada'”, analiza la historiadora Rosineide Bentes, de la Universidad del Estado de Pará. “La promoción del monocultivo colisionó con la concepción ecológica de los caucheros, para quienes preservar la selva tenía un profundo significado económico y ecológico. Ellos percibieron, antes que los científicos, que las plantations eran blanco fácil de las plagas. El monocultivo, de esa manera, no proliferó en la Amazonia también porque los productores consideraban que destruiría su principal capital: la selva autóctona de goma elástica. Así, sin someterse ni a la selva ni a las fuerzas industrialistas, por opción propia, hicieron historia”, considera la investigadora.

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