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ECOLOGÍA

Los árboles grandes consumen y almacenan más carbono

En toda la cuenca amazónica, los gases de efecto invernadero provocan un crecimiento acelerado de la vegetación de mayor altura

Parque Nacional Montañas de Tumucumaque, en Amapá: bosques de excepcional altura

Léo Ramos Chaves / Revista Pesquisa FAPESP

Hace tiempo que se oye hablar de la inminencia de que la Amazonia alcance un punto sin retorno y se degrade. En los últimos años las noticias han ido empeorando, por la mengua de la capacidad de la selva de almacenar carbono. Pero ahora llega una buena noticia: los árboles están aumentando de tamaño en toda la región, posiblemente a raíz del incremento del dióxido de carbono (CO2) presente en la atmósfera, según un artículo publicado a finales de septiembre en la revista científica Nature Plants. El crecimiento fue más evidente en los árboles más grandes.

Los datos mostraron que el tamaño promedio de los árboles amazónicos creció un 3,3 % por década en los últimos 30 años, mientras que el tamaño máximo aumentó un 5,8 %. Esto indica que los ejemplares más grandes han logrado sacar más partido de esta abundancia mayor de carbono en la atmósfera, aunque en general, toda la masa forestal ha crecido. En toda la cuenca amazónica aumentó la proporción de troncos con un diámetro superior a los 40 centímetros (cm). “Utilizamos inventarios forestales que integran una red llamada RAINFoR, en los que los investigadores toman mediciones de la selva en cada uno de esos lugares a lo largo de mucho tiempo”, explica la ecóloga brasileña Adriane Esquivel-Muelbert, de la Universidad de Cambridge, en el Reino Unido, autora principal del artículo. En los nueve países amazónicos, los miembros de la red realizan visitas de campo periódicas y miden los mismos árboles para identificar cuáles han sobrevivido.

La medición utilizada es lo que los especialistas denominan área basal, que cuantifica el espacio que ocuparía el tronco si el árbol se cortara a una distancia de 1,3 metros (m) del suelo. “Si el tronco presenta alguna deformidad, tomamos esa medida más arriba”, comenta Esquivel-Muelbert. “Para asegurarnos de que la medición se haga siempre en el mismo lugar, pintamos una marca en el tronco”. De esta manera, es posible evaluar los cambios año tras año. Lo que esto ha dejado en evidencia es que los árboles con más de 40 cm de diámetro son cada vez más numerosos y mayores, pero la proliferación de árboles con troncos de 10 a 20 cm no es tan perceptible. “Lo ideal sería tener datos sobre la biomasa de cada ejemplar, pero no logramos una precisión suficiente en la estimación de la altura como para poder seguir su crecimiento”, dice.

El artículo interpreta esta observación como una señal de resiliencia de la selva, que de este modo se afianzaría en lo que hace a sus existencias de carbono. La ventaja es que contribuye a extraer el CO2 de la atmósfera, pero esta función de sumidero no basta como para mitigar los daños causados por las emisiones desenfrenadas en todo el mundo.

Es un resultado sorpresivo porque estudios recientes apuntan que la Amazonia se estaría convirtiendo más bien en una fuente que en captadora de carbono (lea en Pesquisa FAPESP, edición nº 321). “Esos estudios se realizan a una escala diferente y analizan varios tipos de segmentos forestales simultáneamente, incluidas las áreas deforestadas”, dice la ecóloga. “Nosotros nos centramos únicamente a la selva madura, y esto marca una gran diferencia”. En otras palabras, no hay contraposición, pues los objetivos del estudio son distintos. En efecto, las zonas deforestadas son una fuente de carbono y el problema es el predominio de éstas sobre las de selva madura. “La capacidad de almacenamiento de los bosques maduros está disminuyendo, y se prevé que este efecto desaparezca en 2030”, dice Esquivel-Muelbert. Para revertirlo, es necesario asegurar la permanencia de esos bosques, aparte de reducir las emisiones provenientes de la quema de combustibles fósiles.

La demostración de que los árboles más grandes y muy longevos están resistiendo el cambio climático podría ser una buena señal, siempre y cuando se verifique que son más resilientes de lo que se había calculado hasta ahora. Experimentos forestales que simulan una sequía extrema mostraron anteriormente que los árboles muy grandes pueden morir repentinamente en situaciones de sequía, debido a una falla hidráulica en el transporte del agua de las raíces a las hojas (lea en Pesquisa FAPESP, edición nº 238). Y las sequías, precisamente, son cada vez más intensas y frecuentes en el actual contexto del cambio climático.

Pero, según el biólogo brasileño Paulo Bittencourt, investigador en la Universidad de Cardiff, en el Reino Unido, quien estudia los árboles gigantes en la Amazonia brasileña (lea en Pesquisa FAPESP, edición nº 336) y en Malasia, la realidad no está mostrando esto. “Aparentemente, los árboles grandes no se ven más limitados por la sequía que los pequeños en las áreas donde crecen”, afirma. “El monitoreo efectuado en Malasia ha demostrado que se encuentran muy bien tras soportar una fuerte sequía y que se aclimataron cambiando los atributos de su madera”. Datos preliminares de estudios con ejemplares del árbol llamado angelim-vermelho (Dinizia excelsa), en el estado brasileño de Amapá, muestran lo mismo.

Aún no se ha logrado entender cómo estos árboles que pueden superar los 40 m de altura resuelven ese reto de ingeniería hidráulica, pero Bittencourt ha logrado algunos avances en ese sentido. El hecho de sobresalir por encima del dosel de la selva también reviste riesgos en lo que respecta a la atracción de rayos durante las tormentas y a quebrarse a causa de las ráfagas de viento, riesgos que parecen tener un rol más preponderante.

“Seguimos abocados a tratar de entender a los árboles gigantes”, dice la investigadora de Cambridge. “Como son raros en medio del paisaje, es difícil entender cuál es la causa de su mortalidad”. Bittencourt añade que es necesario un replanteo de los estudios. “Muchos inventarios se basan en parcelas de 1 hectárea (ha), en las que no hay más de 10 árboles grandes”, explica. “Si uno solo cae, el efecto sobre la biomasa de la parcela es mayúsculo”. El 1 % de los árboles que representan a los más voluminosos de la selva concentra alrededor del 50 % de la biomasa vegetal. Para subsanar esa limitación, Esquivel-Muelbert ha estado trabajando con parcelas de 1500 ha.

Para el biólogo Rafael Oliveira, quien participó en el experimento de sequía “Esecaflor” y en el estudio conducido por Bittencourt con árboles gigantes en Amapá, el estudio de Esquivel-Muelbert puede sugerir un cambio en la mirada sobre el papel de la Amazonia en el ciclo del carbono. “Quienes estudian la vegetación saben que ésta tiene mecanismos de resistencia a diversos factores de estrés”, afirma. El escenario de colapso que prevalece en las proyecciones proviene, según él, de modelos climatológicos que no toman en cuenta la fisiología de los árboles ni se basan en un muestreo amplio del paisaje. “Necesitamos más estudios a escala local para poder monitorear qué está haciendo la vegetación”.

Esquivel-Muelbert hace hincapié en la necesidad de una inversión a largo plazo en este tipo de estudios, una tarea que concierne a varios países. “Solamente vamos a poder entender la dinámica de la selva si continuamos elaborando inventarios minuciosos”, advierte la investigadora, quien considera que los datos a largo plazo constituyen una infraestructura científica importante. Y también subraya que los experimentos son fundamentales para la comprensión de los mecanismos implicados. Uno de ellos es AmazonFACE, que liberará CO2 en algunos tramos de la selva amazónica para medir la reacción de la vegetación. “¿Reaccionarán produciendo más frutos o con un mayor crecimiento?”, se pregunta la ecóloga. La primera liberación del gas, comenta Bittencourt, tendrá lugar en breve, con miras a comenzar el experimento efectivamente a principios de 2026. “Quizá los árboles incrementen su biomasa, quizá se vuelvan más resistentes a la sequía al transpirar menos, o acaso hayan alcanzado su límite de aclimatación y no haya ningún cambio”, plantea. Según él, lo más estimulante del artículo de su colega de Cambridge radica en que la observación a escala de la cuenca amazónica encaja perfectamente con las percepciones más actuales.

Este artículo salió publicado con el título “Devoradores de carbono” en la edición impresa n° 357 de Noviembre de 2025.

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