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Maílson da Nóbrega

Maílson da Nóbrega: El economista tranquilo

Ex ministro de Hacienda publica su autobiografía y allí narra lo que sucede entre los bastidores del poder político nacional

EDUARDO CESAR“En Brasil nos hicimos una idea errónea de que quienes resuelven los problemas del país son los economistas, que son aquellos tipos que tienen una capacidad de análisis profunda, macroeconómica etc. y que se sientan a la mesa y formulan un programa y todo eso. La responsabilidad mayor de afrontar los problemas de una sociedad, su modernización, de enterrar el pasado etc., todo eso no es tarea de economistas. Eso es tarea de la clase política”, afirma el economista Maílson da Nóbrega, ex ministro de Hacienda entre 1988 y 1990, durante el gobierno de José Sarney (1985-1990). Una ponderación importante de cara a la tendencia nacional de conceder superpoderes a los responsables de la política económica. Al contrario de los “magos” de la economía, Maílson pautó su carrera por su competencia como “técnico”, como puede leerse en su recién publicada autobiografía Além do feijão com arroz (Civilización Brasileña) [nota del trad.: algo así como Más allá de la rutina], el retrato de una trayectoria de self made man, iniciada en la minúscula localidad de Cruz do Espírito Santo, en Zona da Mata, estado de Paraíba, a los 10 años, como pelador de castaña de cajú y vendedor ambulante.

Su nombre es tan singular como su historia, aunque es algo característico de la región: el Ma viene de la madre, Maria José, y el ilson del padre, el sastre Wilson. Su ascensión siguió los pasos seguros de la en ese entonces más que honrosa carrera en el Banco do Brasil (BB) que lo llevaron a Brasilia, en donde fue secretario general del Ministerio de Hacienda y, posteriormente, ministro de Estado. Fue uno de los responsables de la modernización de las finanzas públicas y logró extinguir, como ministro, la famosa “cuenta de movimiento” del BB, un presupuesto paralelo que no estaba sujeto a la aprobación del Congreso.

Esta actuación con raíces tecnocráticas, herencia de su paso por la economía de los gobiernos militares, se mantuvo en su gestión pública, enmarcada siempre en una visión austera y controlada del quehacer económico. Subió los peldaños de la burocracia con pasos modestos y constantes, un perfil muy diverso del de sus colegas de cargo, en general, como él mismo recuerda, economistas académicos o empresarios exitosos. Maílson fue durante mucho tiempo el asesor modelo de ministros que duraron poco en sus funciones. Asumió como ministro de Hacienda en una situación compleja de inflación altísima, que llegó a un temerario 416% en 1987, un inmenso déficit público y falta de acceso al crédito internacional, producto de la moratoria unilateral de la deuda externa decretada por Sarney.

Ante una cartera rodeada de expectativas de cambios radicales, optó por la economía “de rutina”, sin congelamiento de precios ni salarios. Afrontó la ira de Roberto Marinho, empresario dueño de la cadena Globo, ideó en consonancia con su cargo un plan económico el Plan Verano (que al igual que los otros del mismo período, no funcionó), y culminó su gestión con un plan de renuncia del presidente de la República. Le entregó el cargo a Zélia Cardoso de Mello para descubrir, al día siguiente al Plan Collor, que no tenía dinero para financiar sus planes futuros de erigir una consultora, como la que dirige actualmente en São Paulo, llamada Tendências. Desde la sabiduría de quien ya ha luchado contra el “dragón de la inflación”, sin por ello haberlo domado, Maílson se manifiesta optimista con relación el futuro de Brasil que, según afirma, es “intolerante contra la inflación y contra el voluntarismo inconsecuente de malos gobernantes”. Aunque se considere un “economista práctico”, Maílson fue profesor visitante de la Facultad de Economía y Administración de la Universidad de São Paulo (FEA-USP), en donde realizó la investigación que vertió en el libro O futuro chegou. Lea a continuación fragmentos de la entrevista que le concedió a Pesquisa FAPESP.

A leer su libro se siente el paralelo entre su historia y la del país en busca de la modernización y la redemocratización. ¿Cómo ve la trayectoria de Brasil en paralelo con la suya?
Creo que Brasil ha superado durante este tiempo muchos de sus obstáculos, entre los cuales se pueden mencionar las restricciones al desarrollo y el pesimismo con relación al futuro. Es un trayecto extraordinario, pues de la nación que apenas si conseguía exportar café y azúcar, Brasil se ha convertido en una sociedad compleja, con una base industrial amplia, aunque muy ineficiente en algunas áreas, y ha construido una democracia sólida. Sucede que hemos cimentado las bases que servirán de sustentación para la construcción de nuestro futuro. La primera de ellas es la democracia, que se ha consolidado como un valor de la sociedad, aunque no todas las personas se den cuenta de ello. Difícilmente habrá en Brasil alguien con el coraje de defender la vuelta del régimen militar. Es una democracia joven, con muchos defectos, y nuestro desafío es radicalizarla con reformas institucionales que mejoren su sistema electoral, aumenten la capacidad de decisión del Congreso, amplíen la participación popular en la definición del destino del país, en síntesis, que seamos una democracia como la de las sociedades más maduras. La otra base es la estabilidad. Una de las grandes transformaciones de la sociedad brasileña de posguerra fue la percepción final de que la inflación es algo indeseable. Nos volvimos intolerantes con la inflación. Hubo una época en que no era así. Yo me acuerdo que aprendí que la inflación tenía un rol en el desarrollo. Recuerdo haber leído una entrevista a Celso Furtado, y yo ya era economista, en la que decía que una inflación del 15% no estaba mal, e incluso era una forma de financiar de manera más barata al sector público. Pero el pilar más importante es la educación. Al menos hasta los años 1980 se tenía percepción de que la educación sería el subproducto del desarrollo: bastaba con que el Estado actuase en la protección de la industria, mediante la concesión de subsidios e incentivos fiscales, con la oferta de servicios de infraestructura, crédito subsidiado, etc., para que el desarrollo generase el ambiente propicio para la educación. Creo que invertimos esa lógica y existe una percepción creciente de que la educación es la base, y no una consecuencia del desarrollo. Si usted se fija en lo que ha sucedido desde la redemocratización hasta ahora, particularmente durante los gobiernos de Cardoso y Lula da Silva, la educación ha avanzado mucho. No tanto como nos gustaría y como es necesario, pero el contingente de analfabetos en Brasil está disminuyendo. No por los programas de alfabetización, sino que, como decía un amigo mío economista, muy cruelmente, pero estaba en lo cierto, el contingente de analfabetos está disminuyendo porque están muriendo. Están  llegando a la edad adulta, a la vejez, están muriendo y no están siendo reemplazados. Por eso la tendencia de Brasil es la reducción del analfabetismo formal. Claro que debemos enfrentar algunos tabúes, entre ellos la idea de que la educación superior debe ser universal y gratuita. Los que pueden pagar no deben estudiar gratis. Yo no puedo creer que un hijo de un millonario paulista pueda ingresar a la Escuela Politécnica de la Universidad de São Paulo y estudiar gratis. Creo que no son las cuotas mensuales las que financiarán a la escuela, pero es una cuestión de justicia social. Los pobres no pueden subsidiar la educación superior de los ricos en las mejores escuelas. De este modo, con estos pilares ya cimentados, cruzamos el Rubicón, no hay más retorno. Brasil  ha construido instituciones que inhiben el retroceso permanente en la gestión de la economía brasileña. Puede incluso haber retrocesos, pero las instituciones funcionan para revertirlos y restablecer la trayectoria de estabilidad. Aun cuando tengamos malos gobiernos en Brasil, y los tendremos, eso no significa una interrupción del proceso, sino una pausa que no sacará al país de su trayectoria. Dentro de dos décadas Brasil será una de las cinco mayores economías del mundo. El país es mucho más abierto, más integrado a los flujos mundiales de comercio y finanzas, se nos evalúa, nos hacen seguimientos, y eso solamente aquí mismo, son también expertos internacionales. Y esos mecanismos funcionan con miras a castigar eventuales irresponsabilidades en la conducción de la economía.

entrevista2EDUARDO CESAR¿Usted entonces no cree que haya problemas en el nuevo gobierno?
Vamos a dar un ejemplo concreto: supongamos que la nueva presidenta decida oponerse a la acción del Banco Central, y como el Banco Central todavía no es formalmente autónomo, ella podría determinar el nivel de la tasa de interés que crea adecuada para mantener la estabilidad de los precios. Al tomar una decisión de esa índole, ella emite una señal de irresponsabilidad, y eso hace que se enciendan varias luces de alerta que crearán otro ambiente. La confianza en el país cae, los extranjeros que invierten confiando en nuestro futuro se van, porque son cobardes. Ellos saben “precificar” [riesgos], aunque no tengan poder de imponerles nada a los gobiernos, y la “precificación” del riesgo significa la fuga de capitales, que produce una rápida devaluación de la moneda, trae aparejada una caída brusca de la bolsa de valores, los mecanismos de mercado futuro apuntan un empeoramiento del ambiente y todo eso recibe una atención fuerte e intensa de parte de la prensa, de los periódicos, de la televisión, de la radio, y se va reflejando en ondas sucesivas, creando un ambiente de inseguridad entre los electores. Los electores se percatan de que la inflación puede volver, que pueden perder sus empleos, perder sus patrimonios, y cambian de opinión con relación al gobierno y la popularidad de éste cae, lo que significa decir: la legitimidad política del presidente de la República y de su gobierno, que redunda en capacidad de articulación, de conducción del país, de gobernar el país, cae abruptamente. Y como la democracia ya está consolidada, eso equivale a un suicidio político, porque la popularidad cae y eso abre espacio para el ascenso de otra persona. La democracia suministra un blindaje contra la irresponsabilidad. Y Brasil se distancia en ese aspecto del populismo latinoamericano. Es decir, los presidentes de la República tienen incluso poder como para hacer las cosas mal, de avanzar por caminos de aventura, pero encontrarán freno en el accionar de las instituciones. Brasil es un país muy exitoso, incluso porque, mientras Europa comienza su marcha hacia la prosperidad más o menos a finales del siglo, nosotros fuimos tardíos en ese proceso, pero estamos quemando etapas y quizá lleguemos dentro de tres generaciones a codearnos en materia de bienestar y democracia con las naciones ricas de hoy.

¿Cómo es acatar órdenes de alguien que no es experto en economía?
Pienso que es un equívoco en Brasil creer que necesitamos un gestor en la Presidencia de la República. Seguí de cerca la campaña electoral y quedó clara esa calidad de gestores tanto en Dilma como en Serra. El presidente de la República no necesita entender de economía. A decir verdad, ni siquiera el ministro de Hacienda necesita ser un experto en economía. El hecho de nombrar ministros de Hacienda economistas es un tic del período militar. Desde 1964 en adelante fueron poquísimos los ministros de Hacienda que no tenían diploma de economistas. Resulta interesante notar que el ministro de Hacienda que fue capaz de coordinar a un conjunto de personas, de ideas y de acciones para poner fin al gran mal de la inflación era un sociólogo, Fernando Henrique Cardoso.

¿Cómo se relaciona el ministro de Hacienda con la política, con el Congreso? En general, los ministros de Hacienda se quejan de que los planes económicos fracasan por culpa de los políticos.
Es un mito eso de que los planes anteriores al plan Real no tuvieron éxito por cuestiones de dificultades de relación política. Yo tengo la convicción hoy en día de que ninguno de los planes anteriores al Real reunía las condiciones como para tener éxito. Ninguno. El Plan Cruzado, el más prometedor de todos, tenía una probabilidad de tener éxito de alrededor de cero. Por una razón muy sencilla: un congelamiento de precios en una inflación altísima como era la brasileña en aquella época, del 15% ó el 20% mensual, que fue el contexto en que surgió el Plan Cruzado, provoca transformaciones también muy intensas. La primera de éstas es la interrupción de la corrosión inflacionaria de los sueldos. La segunda es la creación de un ambiente de confianza porque la inflación ha acabado, y porque entonces el cálculo económico es posible. Nace una disposición de parte del sistema financiero de ofertar más crédito, porque confía más en la estabilidad de las reglas, en la estabilidad del ingreso de sus clientes. Y todo eso forma un contexto que se asocia a una propensión a consumir que tienen los brasileños, que es muy alta debido a las necesidades no atendidas, lo que produce una explosión de consumo. Y esa explosión del consumo no se ve correspondida con una ampliación de la oferta. La demanda subía por el ascensor y la oferta por la escalera. Rápidamente las mercaderías desaparecían de las góndolas. ¿Por qué tuvo éxito el Plan Real? El problema del descompás entre la oferta y la demanda dejó de existir: la demanda subió por el ascensor y la oferta también por medio de las importaciones.

¿Una economía “de rutina” fue una novedad en un país con la tendencia a trabajar con ideas “grandiosas”?
La idea de una economía “de rutina” fue un accidente. Hice la primera reunión con mi equipo antes de asumir y lo discutimos. “Debemos desmontar la idea de que mañana tendremos un plan, de que vamos a congelar precios o salarios”. Sabíamos que no íbamos a hacer un congelamiento, pero era necesario echar por tierra esa expectativa, porque las per­sonas empezaban a actuar preventivamente y eso generaría un problema de aumento de precios, de almacenamiento de productos etc. No teníamos la ilusión de hacer grandes transformaciones en el país. Y en esa conversación surgió ese concepto de “vamos a hacer una economía de rutina”, la idea de que íbamos a hacer lo trivial. Yo quise demostrar que venía de la burocracia y un burócrata no es afecto a hacer grandes vuelos. En la primera entrevista como ministro, una periodista me preguntó: “Ministro, ¿cuál es su política?” Y yo le respondí: “Haremos una economía de rutina”, pensando que la entrevista había terminado ahí. Al otro día, el diario Estadão estampó en primera plana: “Ministro anuncia política de rutina”. Quedamos preocupados: “¿Qué van a decir? Que esos burócratas realmente no tienen ni una pizca de imaginación. ¿No será que no están preparados para afrontar desafíos?”. Pero entonces recibí algunas llamadas: “¡Muy bueno eso! ¿Quién los asesora?”.

entrevista3EDUARDO CESARUsted fue interpelado por Roberto Marinho antes de asumir su cargo de ministro, y éste posteriormente intentó tumbarlo de su cargo. ¿Cómo fue eso?
Figuras como Roberto Marinho existieron también en otros países, incluso en un país con una democracia muy sólida como Estados Unidos: Ciudadano Kane es así, ¿no es cierto? Yo no busqué confrontar con él, fue la revelación de que Brasil había cambiado. Es decir, el doctor Roberto, que fue un gran empresario, y creo que el país le debe mucho, imbuido del poder que tenía, lo ejerció de manera muy intensa. Todos los presidentes de la República iban a su cumpleaños, incluso Lula. Él se indignó en la primera reunión que tuvimos porque, lo confieso, fui inhábil. Él tenía un proyecto de exportación de casas prefabricadas. El gobierno había ofrecido el beneficio de cambiar deuda externa por exportaciones. Pero interrumpimos el programa cuando estaba ya iba a buen ritmo. Roberto Marinho debe haber pensado: “Me han inducido a invertir tiempo y dinero en ese proyecto y ese ministro de Hacienda quiere cambiar las reglas del juego”. En el fondo, pensó que iba a cambiar todo nuevamente porque tenía acceso a la Presidencia de la República y consiguió concertar un almuerzo con el presidente Sarney, quien me invitó a que participase. Llegué al final de la comida y me di cuenta de que él estaba intentando generar una situación embarazosa con el presidente para restablecer el programa. Mi inhabilidad consistió en decirle: “Doctor Roberto, ese programa no le interesa al país”. Él se sintió ofendido y me preguntó: “Ministro, ¿usted quiere decir que yo estoy proponiendo algo que es contra el país?”. Y en aquel momento nació una animosidad. Él decía que yo era un ingrato porque yo le debía mi nombramiento, porque él había conversado conmigo y había dado luz verde para que el presidente me nombrase. A partir de entonces yo diría que se resquebrajó la relación. Pero antes, yo estaba hacía pocas semanas en el ministerio y él me invitó a almorzar en el barrio del Jardín Botánico, en Río. Sin que yo le preguntase nada, me dijo: “Sugerí los nombres de Antônio Carlos Magalhães y Leônidas Pires para los ministerios, yo los recomendé”. Yo me quedé pensando: “¡Cuánto poder!”. O él se estaba jactando o insinuaba: “Usted es el tercero”. Otros factores contribuyeron para deteriorar esa relación, por ejemplo la acción de un inspector de la Administración Tributaria Federal de Río de Janeiro. El doctor Roberto creía que era un benefactor del país más de lo que lo era realmente y no admitía inspecciones. Creía que él era tan bueno para el país que fiscalizarlo era casi una ofensa. La televisión brasileña fue equipada con cámaras, spots, mesas de edición y toda la parafernalia, gran parte vía importaciones irregulares. Ciertamente Roberto temía que hubiera alguna inspección, por ejemplo y, no sé, hubiera un equipamiento sin factura, un equipamiento importado irregularmente. Creo que eso también lo preocupaba. Y entonces cuando entraba un inspector a la TV Globo, se ponía como loco. Recuerdo que una vez agarró un avión y se fue a quejarse con el presidente. Hasta que éste, no entendí la razón, decidió que yo debía renunciar. Y el presidente empezó a negociar un pacto social con los principales líderes del Congreso, en el cual el gobierno se comprometía con una serie de medidas. Por lo que todo indica, hubo una reunión para sellar el pacto y un senador le sugirió al presidente: “Bueno, entonces vamos a tener que cambiar al equipo económico, vamos a tener que reorganizar el gabinete”. El presidente dijo: “Sí, por supuesto”. Un senador llamó por teléfono a Roberto Marinho y le dijo: “Maílson está afuera”. El doctor Roberto, imprudentemente, fue a la redacción del diario a las nueve de la noche y personalmente alteró la primera plana con un titular que nunca olvidé: “La inflación derriba a Maílson”. Así es como creo que quedó claro el cambio que él no había detectado: toda la prensa se puso de mi lado. La reacción fue tan fuerte que él tuvo que retroceder. Al final, los ministros militares conversaron con el presidente y le dijeron que no podía pedirle la renuncia al ministro de Hacienda en aquel momento. Eso había caído muy mal. El doctor Roberto cometió primeramente un error de evaluación, y en segundo lugar, no se dio cuenta de que al hacer eso me fortalecía. Así fue como permanecí hasta el final. Sobreviví a Roberto Marinho.

Al comienzo de su libro usted dice “cómo un chico pobre de Paraíba puede llegar y decirle al presidente que renuncie y que se lo tome en serio”. ¿Como fue eso?
Creo que país habría afrontado una inflación menor si él hubiese aceptado mi propuesta. Lo que temíamos afortunadamente no ocurrió. Había una aceleración de la inflación, que empezaba a aproximarse al 50%. Cuando las elecciones se acercaban, el proceso empezó a agravarse. Y nosotros asociamos la incertidumbre de las elecciones con un efecto en la aceleración de los precios. Yo me acordaba bien de lo que había ocurrido en Argentina. Menem, candidato a la Presidencia, tenía una plataforma populista, prometía un “salariazo”, una irresponsabilidad total, y fue elegido. En el momento en que eso ocurrió, el sistema de precios argentino enloqueció y la inflación trepó rápidamente al 200% al mes. En Argentina eran casi siete meses entre la elección y la toma de posesión y el país se iba  arrastrar todo ese tiempo con una inflación parecida a la de Hungría. Entonces el presidente Raúl Alfonsín y Menem hicieron un acuerdo y anticiparon la transmisión del mando. Cuando Menem asumió, antes del plazo previsto, la inflación se acabó. En Brasil eran tres meses entre la elección y la transmisión del mando. Temíamos que en esos meses el proceso escapase de control. Conversé con el presidente Sarney sobre la hipótesis de su renuncia. No porque no pudiese gobernar el país, sino como una acción destinada a promover una súbita renovación de la legitimidad. Y que un presidente electo, con gran apoyo popular, reuniese las condiciones como para encarar el problema de manera creíble y con gran apoyo por parte de la opinión pública y del Congreso. El presidente escuchó mi argumentación. Y me dijo: “Lo voy a pensar”. Un día me llamó y me dijo: “Creo que es hora de discutir su idea”. Hicimos una reunión secreta en Brasilia con diez ministros. Fue un debate muy tenso, con momentos dramáticos en que las voces se elevaron. El ministro del Ejército sostuvo que era una cobardía que el presidente saliese. El presidente pidió un tiempo para pensar y yo salí de la reunión con la sensación de que había decidido permanecer. Hoy en día creo que fue lo mejor, porque podríamos haber sufrido un efecto inflacionario perjudicial para la sociedad y para economía menor del que hubo, pero yo diría que ese costo fue muy inferior que el beneficio de la conclusión del período de gobierno, de una transición tranquila, pese a los dramas de la economía y con el traspaso del poder al presidente electo en un ambiente de plena normalidad institucional y política. Yo diría que, si hoy volviese en el tiempo y me sentase en aquella silla, probablemente me posicionase en contra de mi propia idea.

Para finalizar, ¿cuáles son sus expectativas sobre el nuevo gobierno?
El discurso de la nueva presidenta el día de la victoria tuvo un contenido sumamente alentador, pues asumió compromisos muy serios en áreas fundamentales. Compromisos con la democracia, con la libertad de prensa, con la autonomía de las agencias reguladoras (algo que durante el gobierno de Lula fue considerado un “estorbo”), compromiso con la gestión macroeconómica responsable, con el cambio flotante, el superávit primario, con la autonomía del Banco Central. Diría que todos debemos darle a la nueva presidenta un crédito de confianza. La decisión de que el ministro de Hacienda de permanezca en el cargo es en principio contradictoria con esa idea, pues fue el responsable de el grave deterioro de la situación fiscal y de los principios que rigen un buen sistema de finanzas públicas. Ahora nadie más cree en los números del gobierno. Pero yo también le concedo el beneficio de la duda. El ministro pasó a decir cosas que son incompatibles con su propia acción, pero entiendo que está externando una orientación impartida por la nueva presidenta. Creo que dos nombramientos nos llevan a reforzar ese crédito de confianza. La designación de Alexandre Tombini en la presidencia del Banco Central. Es uno de los mejores técnicos del Banco Central. Y otra buena decisión es la designación de Antonio Palocci, uno de los más sensatos miembros del PT en cuestiones económicas. Contar con un hombre como él en un cargo clave como la Jefatura de Gabinete es algo que tranquiliza. Será un dique de contención contra eventuales intentos de desviarse de esas bases fundamentales que la presidenta anunció el día de su victoria. Pero la presidenta asume en un ambiente que se erige en todo un desafío. Va a ejercer su poder sin haber tenido la oportunidad de haber afrontado un reto parecido o de haber pasado más tiempo en una actividad ejecutiva de gobierno. La economía, que venía a ritmo fuerte, se va a desacelerar, pero el empleo y el ingreso seguirán en alza; el tipo de cambio permanecerá estable; la inflación se ubicará cerca de la meta si se mantiene la política económica; y la tasa de interés volverá a subir ahora a comienzo de año. Tenemos un sistema financiero sólido, producto del antiguo Proer y de la estabilidad macroeconómica (cambio flotante, Banco Central autónomo, superávit primario en el sector público, inflación baja y bajo controe) y una situación externa cómoda, con reservas internacionales superiores a la deuda externa. La presidenta tiene ante ella los retos de revertir el deterioro fiscal y promover inversiones en infraestructura, y supuso poco probable hacer grandes reformas. Pero, como ya he dicho, en el Brasil de hoy las instituciones inhiben al populismo o al autoritarismo y la legitimidad depende de la estabilidad económica, sin olvidarnos del papel de la prensa, que castiga políticamente acciones de voluntarismo inconsecuente. En definitiva, el país seguirá por el camino del éxito.

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