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CAMBIO CLIMÁTICO

Negar para no cambiar

Un libro muestra cómo tres físicos se dedicaron a combatir la idea del calentamiento global en EE.UU.

NELSON PROVAZIEn los tribunales, cuando las evidencias son enormes contra un acusado y la condena parece tan sólo una cuestión de tiempo, los abogados de la defensa siempre pueden recurrir a una última táctica: fomentar una duda cualquiera, a veces sobre un aspecto secundario del delito en cuestión, para enturbiar el razonamiento de los miembros del jurado y así evitar, o al menos postergar la sentencia tanto cuanto sea posible. A partir de finales de los años 1980, una versión de este clásico artilugio judicial –que fue usado eficazmente dentro y fuera de los tribunales por la industria del cigarrillo durante décadas para negar y minimizar los conocidos maleficios del tabaquismo– empezó a emplearse en Estados Unidos para cuestionar la existencia del calentamiento global y la contribución de las actividades humanas, en especial la quema de combustibles fósiles emisores de gases de efecto invernadero, en el desencadenamiento de los cambios climáticos.

Siempre que se difundía un nuevo estudio de peso sobre la naturaleza del calentamiento global, tres veteranos investigadores de enorme prestigio, al abrigo de una entidad privada con sede en Washington, el George C. Marshall Institute, salían a la cancha para cuestionar los nuevos datos. “Primero dijeron que los cambios climáticos no existían, después afirmaron que las variaciones de temperatura eran un fenómeno natural (intentaron echarle la culpa a alteraciones de la actividad solar) y posteriormente argumentaron que, de haber cambios y aun siendo culpa nuestra, no importaba, pues siempre habría lugar para adaptarnos a ellos”, afirmó la historiadora de la ciencia Naomi Oreskes, de la Universidad de California con sede en San Diego (UCSD), en el marco de una conferencia para periodistas latinoamericanos, durante el 7° Taller Jack F. Ealy de Periodismo Científico que se realizó en julio en dicha universidad. “En todos los casos, ellos negaban que hubiera un consenso científico sobre esta cuestión, pese a que eran esencialmente ellos mismos los únicos que estaban en contra.”

Junto al también historiador de la ciencia Erik Conway, que trabaja en el Instituto de Tecnología de California (Caltech), Naomi presentó en mayo en Estados Unidos el libro Merchants of doubt – How a handful of scientists obscured the thuth on issues from tobacco smoke to global warming (“Mercaderes de la duda – Cómo un puñado de científicos ocultaron la verdad sobre temas que van desde el cigarrillo hasta el calentamiento global”, en traducción libre. En dicha obra, muy bien documentada y que recibió elogios por parte de la prensa no especializada y también de las revistas científicas, Naomi y Conway, un experto en la historia de la exploración del espacio, muestran que ya existe, y que no es de ahora, un consenso científico sobre el calentamiento global, y detallan la trayectoria de los líderes del instituto y sus tácticas de negación de los cambios climáticos.

En Estados Unidos, país que históricamente es el mayor emisor de gases de efecto invernadero y también el más reacio a la implementación de políticas destinadas a mitigar los cambios climáticos, la acción de los escépticos del calentamiento global fue encabezada durante las dos últimas décadas por un trío de influyentes físicos jubilados o casi, y todos han muerto ya: el experto en física de la materia sólida Frederick Seitz (1911-2008), que participó en el proyecto de construcción de la bomba atómica durante la Segunda Guerra Mundial y fue presidente de la Academia Nacional de Ciencias de Estados Unidos en la década de 1960; el astrofísico Robert Jastrow (1925-2008), fundador y director del Goddard Institute for Space Studies de la Nasa en los años 1960 y una figura importante en la conducción de diversos proyectos de la agencia espacial, y William Nierenberg (1919-2000), investigador apasionado del mar que fue durante más de veinte años director del prestigioso Scripps Institution of Oceanography. Ninguno de ellos era experto en modelos climáticos, pero ese detalle no iba en detrimento de su influencia en los medios de comunicación y ante la administración estadounidense, sobre todo durante los   gobiernos republicanos.

En 1984, los tres fundaron el George C. Marshall Institute, cuyo eslogan era (y es) “ciencia para una política pública mejor”. Este think tank, expresión en inglés empleada para denominar a este tipo de institutos, tenía como objetivo original hacer lobby en favor del polémico proyecto de construcción de un escudo espacial capaz de defender a Estados Unidos contra un eventual ataque con misiles balísticos disparados por la Unión Soviética. Esta iniciativa de defensa, apodado Guerra de las Galaxias, fue concebida durante la administración Reagan, y nunca salió del papel. Con la caída del imperio soviético entre finales de los años 1980 y comienzos de los 1990, el proyecto del escudo espacial fue archivado y Seitz, Jastrow y Nierenberg reorientaron la actuación del instituto hacia un tema más actual: el combate contra el ambientalismo en general y la negación del calentamiento global. “Tenían aquella idea de que los ambientalistas eran como sandías: verdes por fuera y rojos por dentro”, dijo Naomi.

El ozono y el DDT
Los dos autores del libro se conocieron en una conferencia sobre historia de la meteorología en 2004, en Alemania, y enseguida ambos se dieron cuenta de que habían llegado a la misma constatación: los científicos que más activamente combatían en Estados Unidos la idea de que la temperatura global del planeta estaba aumentando eran los mismos que, en un pasado reciente, habían negado o todavía negaban la existencia del agujero de la capa de ozono, los peligros de la lluvia ácida, los maleficios del pesticida DDT y los problemas de salud causados por el tabaco en fumadores pasivos. “En todos estos temas científicos, siempre estuvieron del lado equivocado”, afirmó Naomi, quien ya fue docente de    Harvard, en Stanford, en la New York University, y actualmente dirige el Sixth College de la UCSD. “Cuando descubrimos que Seitz había coordinado entre 1979 y 1985 el programa de investigación de la R.J. Reynolds Tobacco Company, que invirtió 45 millones de dólares en estudios científicos, vimos que teníamos una buena historia.”

La actuación de los miembros del instituto apuntaba (y apunta) a demostrar que no existía un consenso científico acerca de la existencia de cambios climáticos, ni mucho menos una certeza acerca de cuáles serían sus causas. Por ende, decían los científicos del George C. Marshall Institute, el debate en este campo de la ciencia quedaba totalmente abierto y no tenía sentido que Estados Unidos adoptase ninguna medida legal o práctica para disminuir el consumo de combustibles fósiles. Exactamente esa misma táctica fue empleada durante décadas por investigadores y médicos ligados o patrocinados por la industria del cigarrillo que, de espaldas a las crecientes evidencias de los maleficios del tabaco, negaban y minimizaban las conclusiones de los estudios científicos.

Planteada de esta manera, la negación del calentamiento global parece haber sido objeto de una conspiración encabezada por un grupo de científicos conservadores. Los autores del libro, sin embargo, se apresuran a descartar cualquier insinuación en esa línea. Dicen que no hallaron nada ilegal en la actuación de Seitz, Jastrow y Nierenberg, y que todo se hizo más o menos claramente. Entre las estratagemas del instituto se encontraba la de invocar un principio clásico en la prensa estadounidense y occidental: recordarle a los periodistas que ellos deben oír y dar espacio equivalente siempre a las visiones contrarias a las dominantes. En los artículos sobre cambios climáticos, los dirigentes del George C. Marshall Institute y otros escépticos del calentamiento global eran a menudo el otro lado.

Merchants of doubt muestra a Seitz, Jastrow y Nierenberg como fervorosos defensores de la desregulación de la economía, y anticomunistas acérrimos, “halcones” al servicio de la industria de combustibles fósiles y de los intereses conservadores. “El lobby de ellos fue sumamente eficiente, pues la cultura americana de la extinta Guerra Fría estaba impregnada de la creencia en el fundamentalismo de los mercados, en la idea de que los mercados eran siempre y en todo lugar buenos, y que la reglamentación es siempre mala”, dice Conway. “Esa idea fue la que permitió que la negación del calentamiento global funcionase tan bien. La propaganda es más eficiente cuando se apoya en algo en lo que la gente cree.”

NELSON PROVAZILa reacción al libro
La publicación del libro llevó a una reacción de los actuales comandantes del George C. Marshall Institute. En un artículo dado a conocer en    junio en el sitio del think tank, William O’Keefe y Jeff Kueter, respectivamente CEO y presidente del instituto, dicen que la obra carece de asidero científico y que es una tergiversación de la realidad. Defienden los buenos servicios prestados a la ciencia por los fundadores del instituto, dicen que Seitz, Jastrow y Nierenberg siempre fueron anticomunistas y defensores del libre mercado, y que eso está lejos de ser un    defecto en Estados Unidos.

En concreto, la respuesta no desmiente ninguno de los hechos centrales relatados en el libro. Por ejemplo, O’ Keefe y Kueter admiten que Seitz realmente fue el jefe del programa de investigaciones de R.J. Reynolds luego de jubilarse del cargo de presidente de la Universidad Rockefeller, algo que, según ellos, no era secreto y estaba en la autobiografía del físico. Pero dicen que la intención del programa no era generar datos que cuestionasen los maleficios del cigarrillo. Al menos ése no era el objetivo de Seitz, aun cuando lo fuese para la industria tabacalera.

Sobre la cuestión de los cambios climáticos, las respuestas de los actuales dirigentes del instituto parecen más bien darles la razón a Naomi y Conway que contradecirlos. “A decir verdad, el único consenso (sobre el calentamiento global) existe entre aquéllos que lo escriben (por el informe del Painel Intergubernamental sobre Cambios Climáticos, el IPCC, sigla en inglés)”, afirman O’Keefe, ex vicepresidente del Instituto Americano del Petróleo, y Kueter. Por eso piden más investigaciones científicas sobre el tema y ninguna acción inmediata tendiente a disminuir las emisiones de gases de efecto invernadero: “¿Si nosotros estamos en contra de las políticas de reducción de las emisiones de contaminantes y de mecanismos similares al Protocolo de Kioto? Sí. Son caras y traerán pocos beneficios ambientales”.

Para el climatólogo Carlos Nobre, coordinador del Programa FAPESP de Investigación sobre Cambios Climáticos Globales y del Centro de Ciencia del Sistema Terrestre (CCST) del Instituto Nacional de Investigaciones Espaciales (Inpe, sigla en portugués), la actuación de lobbies conservadores vinculados a la industria de los combustibles fósiles, como el realizado por el George C. Marshall Institute, retrasa la implementación de un gran acuerdo mundial para la reducción de las emisiones de gases de efecto invernadero. “Saben que libran una batalla perdida, a ejemplo de lo que ocurrió con el debate sobre los maleficios del tabaco”, argumenta Nobre, quien forma parte del equipo de 600 científicos de más de 40 países que integran el IPCC. “Lo que pretenden es atrasar al máximo posible la implementación de medidas que fuercen a la industria norteamericana a reducir sus emisiones contaminantes.”

El físico Paulo Artaxo, docente de la Universidad de São Paulo (USP), otro representante de Brasil en el IPCC, piensa de manera similar. “Quieren ganar tiempo”, afirma Artaxo. “En ciencia, nunca existe un 100% de certeza. Pero los datos compilados por el IPCC representan la mejor ciencia disponible sobre la cuestión del calentamiento global”. En su último informe, el IPCC atribuyó los cambios climáticos, con un grado del 95% de confiabilidad, a la expansión de las actividades humanas en el planeta. Creado en 1988, el IPPC no es perfecto y está corrigiendo sus imprecisiones y su forma de trabajar. Pero sus datos, según dice la mayor parte de los investigadores, constituyen una razón para actuar, y no para el inmovilismo a favor del cual abogan los escépticos ante los cambios climáticos.

¿Y la visión de Washington sobre el calentamiento global cambió con la llegada del demócrata Barack Obama a la Casa Blanca? Para Conway, la actual administración parece aceptar la realidad de que los cambios climáticos son reales y que esencialmente son el resultado de las actividades humanas. “Pero Estados Unidos no ha sido demasiado proactivo en esta cuestión”, reconoce Conway. “Somos líderes mundiales en ciencia del clima. Sin embargo, en términos prácticos, de medidas mitigadoras del calentamiento, los países escandinavos están mucho más adelantados.”

El periodista Marcos Pivetta participó en el 7° Taller Jack F. Ealy de Periodismo Científico por invitación del Institute of the Americas

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