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Buenas prácticas

Para supervisar a los guardianes de la calidad

Un banco de datos con quinientos mil cargos de editores ayuda a identificar atribuciones falsas o indebidas en la composición de los consejos de las revistas científicas

Eve Livesey / Getty images

Investigadores de Austria y Alemania crearon un banco de datos compuesto por miles de expertos que ocupan casi 500.000 cargos como editores o miembros de consejos editoriales en 6.090 revistas científicas. Este servicio, que ha sido denominado Open Editors y se encuentra disponible en internet, pretende darle mayor visibilidad a la composición del cuerpo de científicos y académicos que evalúan y seleccionan los artículos enviados a las revistas para su publicación. Esto puede ser de utilidad tanto como información en los estudios sobre la comunicación científica como así también para identificar casos de mala conducta que involucran a los editores, como sucede en los casos de conflictos de intereses y atribución falsa de nombres en el organigrama de las publicaciones. Solo basta cargar en el sistema el nombre de un investigador para que este informe en qué revistas trabaja y qué funciones desempeña. También pueden realizarse búsquedas introduciendo el nombre de la revista, la editorial o la institución científica, y aparecen los editores asociados a cada categoría.

La idea de crear el banco de datos se le ocurrió a Andreas Pacher, investigador de la Escuela de Estudios Internacionales de Viena, cuando se topó con referencias a colegas en el consejo editorial de una revista depredadora –aquellas que publican artículos a cambio de un pago, sin que medie una genuina revisión por pares– y descubrió que ellos no eran editores ni habían autorizado que figuraran sus nombres en el cuerpo editorial de la revista.

Junto a las alemanas Tamara Heck, del Instituto Leibniz de Investigación e Información en Educación, de Fráncfort, y Kerstin Schoch, del Departamento de Psicología de la Universidad Witten/Herdecke, Pacher creó Open Editors dejando a disposición y abiertos los códigos que utilizó, para animar a otros investigadores a sumarse a la iniciativa. El equipo logró recabar información de las revistas de editoriales tales como Elsevier y Cambridge University Press, pero aún no de otras como Springer Nature o Wiley. Sucede que esas empresas no han estandarizado la forma en que registran el nombre de sus editores en la página web de cada revista, lo que obstaculiza el proceso de extracción de datos con las herramientas automáticas con las que cuenta el equipo de Pacher.

El trío presentó Open Editors en un artículo publicado en marzo en el repositorio de preprints SocArXiv. En el manuscrito, ellos resaltan la importancia del rol que cumplen los editores de las revistas como garantes de la calidad y la originalidad de los resultados científicos y mencionan los recaudos que deben tomarse para evitar anomalías en el proceso de revisión, como el hecho de favorecer a autores con los cuales los editores comparten determinadas características, tales como la pertenencia a una institución o un interés particular en una línea de investigación, un fenómeno al cual se lo conoce en el medio como homofilia. “Las responsabilidades son amplias, no solo debido a la necesidad de decidir sobre temas que tienen que ver con la calidad científica, sino también por lo que respecta a la conciencia de los sesgos intelectuales y sociales que pueden acarrear las decisiones editoriales”, señalaron.

La bioquímica Jessica Polka, creadora de una base de datos sobre las políticas de publicación adoptadas por las revistas, denominada Transpose, dice que iniciativas como el Open Editors pueden ser valiosas para profundizar en la comprensión de los procesos de la comunicación científica. “Esta información puede ayudar a entender cómo se distribuye el poder de decisión en el sistema de publicación”, expresa en la revista Nature Index. También hace hincapié en otro efecto que el acceso fácil a ese tipo de información puede propiciar. “Al permitir la visualización de disparidades de género y la concentración geográfica de los editores, también puede estimular a las publicaciones a diversificar de manera proactiva sus consejos editoriales”.

La nominación fraudulenta de investigadores en los consejos editoriales es un fenómeno típico de las publicaciones depredadoras. En un estudio divulgado en 2020 en la revista Learned Publishing, Mike Downes, responsable de un sitio web llamado Scholarly Outlaws, que investiga a las revistas de baja reputación, reveló que la cuarta parte de los 4.000 investigadores de Australia mencionados en los consejos editoriales de revistas potencialmente depredadoras no estaban enterados del uso de sus nombres ni habían autorizado tal atribución.

Algunos científicos prestan su nombre para figurar en consejos editoriales en busca de prestigio, sin darse cuenta que la publicación incurre en prácticas cuestionables. En 2017, Mike Daube, docente de políticas sanitarias en la Universidad Curtin, en Australia, aprovechó las ofertas que había recibido por correo electrónico de varias revistas y logró inscribir en los consejos editoriales de siete de esas publicaciones a una tal Olivia Doll, experta en veterinaria. El hecho es que este personaje no existe, al menos en el universo de los seres humanos. Él tomó ese nombre prestado de su mascota, una perra de la raza staffordshire terrier llamada Ollie. Una de esas revistas llegó a enviarle un manuscrito a Ollie para que lo revisara.

La atracción de científicos de alto nivel a un consejo editorial puede incrementar las posibilidades de que una revista de reciente lanzamiento sea incluida en los índices de citas de la empresa Clarivate. Este juego de prestigio ayuda a explicar los episodios de adjudicación impropia de nombres incluso en el cuerpo editorial de publicaciones de renombre. Un artículo que salió publicado en abril en la revista Science narra el caso de Ecosystem Health and Sustainability (EHS), una revista en cuyo consejo editorial figuran nombres tales como el del biólogo Paul Ehrlich, profesor emérito de la Universidad Stanford, y Jerry Franklin, experto en ecosistemas de la Universidad de Washington, en Seattle. Ni uno ni otro sabían que figuraban en el staff de la revista. “No recuerdo haber mantenido contacto con la publicación durante muchos años, si es que lo hubo alguna vez”, le confió Ehrlich a Science. “Mi nombre no debería aparecer asociado a esa revista”, añadió Franklin. La inclusión de ambos se remonta al año 2013, cuando se creó la publicación a partir de un convenio entre la Sociedad Ecológica de América (ESA) y la Sociedad Ecológica de China (ESC). Científicos miembros de la organización estadounidense aceptaron participar en el consejo editorial de la nueva revista, pero la ESA abandonó esa iniciativa poco tiempo después. Pese a la ruptura, los nombres continuaron figurando como consultores internacionales y editores temáticos de la publicación. El editor en jefe de la EHS, Lu Yonglong, ecólogo de la Universidad de Xiamen, en Fujian (China), se mostró sorprendido por las quejas de Ehrlich y Franklin y afirmó que mantenía correspondencia regular con los dos estadounidenses. Pero admitió que la página web de la revista no ha sido actualizada últimamente y dijo que eliminará esos nombres.

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