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ITINERARIOS

Paulo Takeo Sano combina la botánica y el derecho en defensa de las comunidades del Cerrado

Este biólogo de la Universidad de São Paulo trabaja con poblaciones que viven de la recolección de plantas de la familia de las siemprevivas

Sono en el campus del barrio de Butantã de la USP

Léo Ramos Chaves / Revista Pesquisa Fapesp

Nací en São Paulo, pero viví desde los 6 hasta los 15 años en Santo Antônio do Jardim, una pequeña ciudad del interior paulista, en el límite con Minas Gerais. Allí tuve un estrecho contacto con la naturaleza, una experiencia que fue crucial para mi decisión de convertirme en biólogo. De niño, cuando me preguntaban qué me gustaría ser cuando fuera grande, les respondía que quería trabajar con las plantas o las rocas. Un día, mi padre me dijo: “Para trabajar con plantas tiene que ser agrónomo, biólogo o ingeniero forestal, y si es con piedras, geólogo”. Rendí el examen de ingreso en ciencias biológicas y, en 1985, ingresé a la Unesp [Universidade Estadual Paulista], en su campus de la ciudad de Rio Claro.

Cuando cursaba el primer semestre de la facultad, me seleccionaron para participar de un viaje a Alemania, promovido por una ONG [organización no gubernamental] que llevaba a estudiantes de naciones en desarrollo a pasar un mes en ese país. Recorrimos varias ciudades, conocimos la cultura local y tomamos contacto con las obras de filósofos germanos. Quedé fascinado con ese ambiente y cuando regresé a Brasil, decidí pasar de la carrera de biología a la de filosofía.

Cursé dos años en filosofía, entre 1986 y 1987, en la Universidade Franciscana en Santa Maria, Rio Grande do Sul. La experiencia fue valiosa porque me abrió la mente al área de las humanidades. Estudié griego y latín, dos lenguas que se ubican en la base de la cultura occidental. Sin embargo, abandoné a mitad de la carrera porque me di cuenta de que lo que realmente me gustaba era la biología.

Volví a hacer el examen de ingreso y entré a la carrera de ciencias biológicas de la Universidad de São Paulo [USP]. En mi segundo semestre en la facultad, participé en una excursión de estudio a la Serra do Cipó, en Minas Gerais. Fueron 11 horas de viaje en una furgoneta y llegamos de noche. A la mañana siguiente, abrí la ventana del cuarto y puede ver un paisaje de matorral de altura, formado por rocas y plantas, justo lo que me fascinaba cuando era un niño. En ese momento, supe con certeza que quería trabajar con ello por el resto de mi vida.

Los matorrales de altura se encuentran en Brasil en áreas situadas encima de los 900 metros sobre el nivel del mar, y se entremezclan con afloramientos rocosos. En este tipo de ambiente prosperan las plantas de la familia de las eriocauláceas, más conocidas localmente como siemprevivas, que son mi objeto de estudio hasta el día de hoy. Estas plantas se conocen popularmente con ese nombre porque conservan su aspecto vital incluso después de haber sido recogidas. Las más conocidas son las especies Comanthera, común en la zona montañosa conocida como Serra do Espinhaço [Minas Gerais], y la llamada en Brasil capim-dourado [Syngonanthus nitens], −literalmente hierba dorada o pasto dorado−, que crece principalmente en la región de Jalapão, en el estado de Tocantins. Son plantas muy utilizadas para la fabricación de artesanías, bisutería y decoración, de ahí su interés comercial.

Durante la década de 1990, hubo un gran auge de exportaciones de siemprevivas al mercado europeo. Un recolector de Serra do Cipó tardaba horas en recoger 1 kilo de estas plantas y lo vendía por 3 reales a un acopiador local. Este lo revendía por hasta 30 reales a un intermediario en la capital de Minas Gerais, Belo Horizonte. En Alemania, un ramo de 100 gramos se vendía a 100 dólares. Esta disparidad fue algo que me conmovió sobremanera. Sentí que tenía que trabajar para mejorarles los ingresos y la calidad de vida a esas comunidades extractivas.

Completé la licenciatura y el profesorado en 1991. Hice la maestría bajo la dirección de la profesora Ana Maria Giulietti y luego el doctorado en la USP, siempre investigando las siemprevivas. A los 28 años, aprobé el concurso de oposición para convertirme en docente del Departamento de Botánica de la USP. Actualmente soy profesor titular del departamento, donde comencé a dar clases en 1995.

Mi pasantía posdoctoral fue en Kew Gardens, el Real Jardín Botánico de Kew, en Inglaterra, en 1999. Cuando regresé a Brasil, retomé la docencia, dando clases, dirigiendo a alumnos de posgrado, investigando y trabajando en actividades administrativas. A la par de mi vida académica, me casé y tuve dos hijos.

Archivo personalTakeo Sano con una residente de la comunidad Durões, en Diamantina (Minas Gerais)Archivo personal

En 2016, mi hijo mayor se presentó a examen de ingreso como para “entrenarse”. Se puso muy nervioso y al momento de rendir el examen se bloqueó. Para ayudarlo, decidí presentarme a rendir con él al año siguiente. Me inscribí en derecho, pero sin pretensiones de aprobar. Mi hijo finalmente no ingresó a la USP. Ingresó a la carrera de ingeniería en automatización de la Unicamp [Universidad de Campinas]. Para mi sorpresa, entré en la última convocatoria de la Facultad de Derecho de Largo de São Francisco.

Mi esposa me convenció a cursar. Argumentó: “Vives diciendo que esas comunidades del Cerrado [la sabana tropical brasileña] están desamparadas, que nadie se ocupa de ellas. Si estudias derecho, puedes tener una formación mixta y ayudar a esa gente. ¿Por qué no lo intentas?”. Y eso es lo que hice.

Temía ser discriminado por mis compañeros más jóvenes, pero sucedió lo contrario: me recibieron con beneplácito. La experiencia de volver a la facultad me ayudó en la práctica docente. Antes me molestaba porque mis alumnos no dejaban ni por un instante sus celulares. Ahora me doy cuenta de que suelen utilizarlo para investigar lo que se enseña en el aula. Empecé a ver a las redes como aliadas y no como oponentes.

Lo que aprendí en derecho me ayuda en mi labor como biólogo, sobre todo en lo que concierne a las comunidades del Cerrado que viven de la recolección de las aquellas siemprevivas. Durante mucho tiempo, quienes nos dedicamos a las ciencias biológicas nos hemos enfocado en la conservación de la naturaleza, sin prestarles la debida atención a las personas que viven en esos lugares.

Hoy en día, está clara la necesidad de un abordaje centrado tanto en la preservación de los biomas como en garantizar los derechos de las comunidades tradicionales que habitan en ellos, como es el caso de los residentes de los palenques de Jalapão. Gran parte de sus ingresos provienen de las artesanías que elaboran con capim-dourado. Estas comunidades están muy interesadas en la conservación del medio ambiente porque es ahí donde ellos viven y donde está toda su historia, su identidad, su modo de vida y su sostén.

Soy el coordinador del Grupo Cajuí − Coproducción de Conocimientos, Sostenibilidad y Educación en Biodiversidad. A raíz de nuestras investigaciones, mi equipo y yo recibimos una invitación de la gobernación del estado de Tocantins para colaborar en la redacción de la Ley Estadual del Capim-dourado [Ley nº 3.976, del 20 de julio de 2022], que establece una normativa para la recolección y el uso de estas plantas.

Mi tesina de licenciatura fue en el área del derecho ambiental, bajo la dirección de la profesora Ana Maria de Oliveira Nusdeo. Abordé la problemática del conflicto entre las leyes que incentivan el agronegocio y aquellas que protegen a las comunidades tradicionales del Cerrado brasileño.

En agosto de 2024, inicié la maestría en derecho ambiental. Mi proyecto de investigación versa sobre la adaptación y la justicia climática vinculadas a estas comunidades tradicionales. Además, tengo un proyecto de investigación aprobado por la FAPESP para trabajar con grupos del Cerrado y del Bosque Atlántico. La idea es promover el diálogo y la producción conjunta de conocimiento relacionado con la conservación del medio ambiente con estas comunidades tradicionales. Estas poblaciones tienen mucho que enseñarnos sobre cómo vivir en armonía con la naturaleza, una cuestión urgente ante la crisis climática que estamos viviendo.

Este artículo salió publicado con el título “Sin conflicto” en la edición impresa n° 348 de febrero de 2025.

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