El nuevo Plan Nacional de Recuperación de la Vegetación Nativa (Planaveg), puesto en marcha en diciembre por el Ministerio de Medio Ambiente y Cambio Climático (MMA) de Brasil, actualizó las estrategias nacionales con miras a alcanzar la meta de recuperar 12 millones de hectáreas (ha) de vegetación autóctona de aquí a 2030. Este compromiso fue asumido en el marco del Acuerdo de París, un tratado internacional suscrito por 195 países en 2016 que estipula medidas para contrarrestar los impactos del cambio climático y limitar el calentamiento global por debajo de 2 grados Celsius [ºC].
El programa del Planaveg 2025-2028 prevé la implementación de cuatro “estrategias transversales” combinadas (monitoreo, fomento de la cadena productiva, financiación e investigación) con distintos “ordenamientos de implementación”, que contemplan la recuperación de la vegetación autóctona en áreas de conservación permanente, reserva legal y uso restringido, como así también en áreas públicas y propiedades rurales de baja productividad.
La bióloga Rita Mesquita, secretaria de Biodiversidad, Bosques y Derechos de los Animales del MMA, es partidaria de recuperar la diversidad de especies, de procesos ecológicos y de servicios ambientales a los efectos de evitar que el sistema natural pierda capacidad de respuesta a los impactos futuros como los que provoca el cambio climático. “Para ello, es muy importante contar con buena información de todos los biomas, porque cada ecosistema seguirá una trayectoria diferente, típica del propio lugar”, subraya, refiriéndose al comportamiento durante la regeneración.
Un estudio publicado en febrero en la revista Biological Conservation puede contribuir a la labor de los organismos ambientales y de gestión del territorio al identificar áreas prioritarias para la recuperación en cada uno de los seis biomas brasileños: Amazonia, Cerrado, Caatinga, Pampa, Pantanal y Bosque Atlántico. Su selección debe tener en cuenta la expansión del hábitat disponible para las especies autóctonas y una mejora de la conectividad funcional, que ocurre cuando el ambiente permite el desplazamiento, la dispersión y el asentamiento de especies mediante el flujo de polen, semillas y organismos entre los fragmentos forestales.
El referido trabajo comprendió la participación de más de 80 investigadores de universidades, institutos de investigación y organizaciones ambientales de Brasil y del exterior y presenta los resultados de una metodología que combina el desarrollo de modelos de distribución de especies y de conectividad territorial, con la aplicación de un algoritmo de programación lineal para optimizar la restauración, priorizando las áreas de mayor impacto para la diversidad e integración de los ecosistemas.
“Lo que hará el modelo es simular cómo se restauraría cada píxel de una zona deforestada e identificar cómo puede potenciarse cada criterio”, explica la bióloga Luisa Fernanda Liévano-Latorre, autora principal del artículo e investigadora del Instituto Internacional para la Sostenibilidad (IIS), una organización ambiental privada con sede en Río de Janeiro. Una de las funcionalidades del modelo consiste en conocer la distribución potencial de cada especie en el área elegida.
Los autores identificaron 76 millones de ha prioritarias para la restauración forestal, distribuidas entre los seis biomas. Estas áreas, anteriormente cubiertas por ecosistemas naturales, ahora están ocupadas por cultivos, campos de pasturas y explotaciones forestales (silvicultura). Se excluyeron las zonas urbanas y mineras, donde la regeneración de la vegetación nativa es inviable.
En lo concerniente a la biodiversidad, el grupo analizó 8.692 especies vegetales (angiospermas) y 2.699 animales, abarcando tanto ambientes terrestres como acuáticos. Según las conclusiones extraídas, si el 30 % de las áreas prioritarias identificadas pudiera regenerarse, sería posible ampliar hasta un 10 % el hábitat disponible para esas especies y en un 60 %, en promedio, la conectividad funcional en comparación con el escenario actual, que se utilizó como control.

Catarina Jakovac / UFSCPaisaje con bosque en regeneración alternando con áreas agrícolas de tala y quema en la Amazonia CentralCatarina Jakovac / UFSC
El estudio evaluó organismos con distintas capacidades de dispersión, abarcando un espectro más amplio de la fauna y la flora, lo que hace que el trabajo sea más sólido. Los beneficios son más significativos en el Cerrado ─la sabana tropical brasileña‒, donde la conectividad aumentaría más de un 80 %, seguido por la Amazonia, el Bosque Atlántico y la Caatinga ‒el bosque xerófilo del nordeste brasileño‒ (más de un 70 %), y la Pampa y el Pantanal (hasta un 50 %).
Para Mesquita, más allá de poner de relieve las áreas en las cuales deben concentrarse los esfuerzos, los datos de conectividad presentados son importantes para la gestión pública, toda vez que es necesario que “sean cada vez más tenidos en cuenta para la toma de decisiones, incluso en los ordenamientos productivos, porque no puede haber producción efectiva en paisajes inviables”. Para la bióloga, quien no participó en el estudio, la restauración de la vegetación autóctona debe apuntar a devolverle la resiliencia a paisajes.
El estudio publicado en Biological Conservation clasificó algunas de las zonas identificadas como altamente prioritarias, porque albergan una gran biodiversidad y están sometidas a fuertes presiones. Por lo general, se trata de territorios de transición entre biomas. En el caso de la Amazonia, estas áreas se concentran principalmente en el llamado arco de la deforestación, situado en límite meridional del bioma.
Según la publicación, si pudiera recuperarse el 30 % de las áreas restaurables de la región, esta podría retener más de un 50 % de su máximo potencial de almacenamiento de carbono, contribuyendo sustancialmente a la mitigación del cambio climático. La Amazonia es el bioma con mayor capacidad de absorción de carbono entre todos los ecosistemas analizados.
“Cuando se piensa en la Amazonia en su conjunto, el éxito está sujeto a dos factores en particular: la cantidad de veces que la selva ha sido talada, es decir, la frecuencia del desmonte, y el historial de utilización previo al inicio de su regeneración”, subraya el biólogo André Giles, quien cumple una pasantía de investigación posdoctoral en la Universidad Federal de Santa Catarina (UFSC). Giles es el autor principal de un estudio publicado en diciembre en la revista Communications Earth & Environment, cuyo objetivo es suministrar indicadores para medir el éxito de la regeneración y apoyar acciones dirigidas a la conservación del territorio y a mitigar el cambio climático en la Amazonia.
El trabajo contó con la participación de 29 investigadores de instituciones nacionales e internacionales ‒entre ellos Mesquita, del MMA‒, que identificaron cuatro indicadores claves: el área basal, que representa la estructura de la selva y la densidad de la vegetación; la heterogeneidad estructural, que mide las variaciones de tamaño de los árboles, señal de un ecosistema más equilibrado; la multiplicidad de especies nativas, que evalúa la biodiversidad del bosque secundario, y la biomasa que cubre el suelo, un indicador de la cantidad de carbono almacenado en la vegetación, esencial para estimar el papel de la selva en las alteraciones del clima.
“No se trata solamente de plantar árboles, sino de la reconstrucción de ecosistemas complejos”, destaca la ingeniera agrónoma Ima Vieira, del Museo Paraense Emílio Goeldi y coautora del estudio. “Nuestros indicadores muestran exactamente cómo hacerlo de manera eficiente y mensurable”.
Los autores definieron estos indicadores a partir del análisis de 448 parcelas de bosque secundario en 24 puntos de la Amazonia y establecieron valores de referencia para analizar su integridad tras 5, 10, 15 y 20 años de regeneración, permitiendo comparar el desarrollo forestal con los estándares de restauración ideales.

André Giles / UFSCCeiba o pochote (Ceiba pentandra) remanente de la selva original en un área restaurada en la Reserva Extractiva Tapajós-Arapiuns, en el estado de ParáAndré Giles / UFSC
“Creamos un modelo con un escenario de regeneración natural óptimo para definir cuáles serían los parámetros de esta trayectoria de restauración”, explica Giles. “A partir de ahí, obtuvimos indicadores que son importantes para la integridad y que deben actuar en conjunto para poder alcanzar el resultado esperado en la restauración vegetal”.
Con base en los análisis efectuados para definir la trayectoria de recuperación, los investigadores pudieron comprobar que los impactos son más graves en aquellas áreas que han sido objeto de múltiples deforestaciones o que soportaron extensos períodos de explotación agrícola o fueron utilizadas como pasturas. Asimismo, la textura y la compactación del suelo tienen incidencia en la recomposición de la selva. “Los suelos más arcillosos pueden limitar el asentamiento de nuevas especies, posiblemente porque son más susceptibles a degradarse por el uso”, subraya Giles.
Aunque los datos e indicadores se limitan a la Amazonia, podrían adaptarse a otros ecosistemas similares. Para la bióloga Fátima Arcanjo, quien no participó en el estudio, los datos registrados para el Bosque Atlántico, el ecosistema con el que trabaja, aún son escasos. “Aquí el panorama cambiaría, porque la degradación es mayor y hay menos conectividad ecológica. Siendo así, es necesario plantearse una restauración activa”, subraya, en alusión a la práctica que consiste en el plantío de ejemplares de especies autóctonas.
Arcanjo trabaja es docente de la Universidad Federal de Uberlândia (UFU) y dirige un proyecto de restauración vegetal en el Laboratorio de Ecología Aplicada de la Universidad Federal Rural de Río de Janeiro (UFRRJ). En ese estudio se investigan los cambios ecológicos graduales que tienen lugar en el transcurso del tiempo en la composición, la estructura y el funcionamiento de la vegetación del Bosque Atlántico en áreas de restauración activa.
En este bioma, 186.000 ha de selvas frondosas dieron paso, entre 2010 y 2020, a zonas agrícolas, de silvicultura y ganaderas, además de pasturas. Así se lo advierte un estudio publicado en febrero en la revista Nature Sustainability. Los autores identificaron 14.401 focos de deforestación que totalizan 186.289 ha, gran parte de ellos con indicios de ilegalidad.
Los datos indican que el 73 % de la pérdida de bosques maduros se produjo en tierras privadas, y que la mayor cantidad de superficie deforestada (el 40 % del total) se encontraba en grandes propiedades. “Los tamaños de las áreas están directamente relacionados con los modos de producción y con el tipo de actor implicado en las actividades de remoción de la vegetación autóctona”, explica la ecóloga Silvana Amaral, del Instituto Nacional de Investigaciones Espaciales (Inpe) y autora principal del estudio.
Ni las áreas protegidas, como las unidades de conservación y las tierras indígenas, escaparon a la destrucción del bosque nativo, lo que pone de manifiesto las deficiencias en la aplicación de la Ley del Bosque Atlántico, que desde 2006 establece normas específicas para el uso, la explotación y la conservación del bioma.
En el estudio se utilizó una metodología combinada de teledetección, estadísticas espaciales y datos geoespaciales para mapear y entender la pérdida de bosques antiguos, sin signos de degradación visibles en las imágenes satelitales. Este enfoque permitió identificar las principales motivaciones de la deforestación, los actores implicados y las fallas en las políticas de conservación, un método que podría aplicarse a otros biomas.
“Además de poner a disposición los datos utilizados y los resultados, hemos descrito todas las etapas realizadas. La adaptación de este método a otros biomas requeriría contar con profesionales expertos en ese ecosistema capaces de reconocer los diferentes usos y coberturas del suelo a los que se haya convertido la vegetación autóctona”, explica Amaral.
Este artículo salió publicado con el título “Dónde reforestar” en la edición impresa n° 350 de abril de 2025.
Artículos científicos
LIÉVANO-LATORRE, L. F. et al. Addressing the urgent climate and biodiversity crisis through strategic ecosystem restoration in Brazil. Biological Conservation. v. 302, 110972. feb. 2025.
GILES, A. L. et al. Simple ecological indicators benchmark regeneration success of Amazonian forests. Communications Earth & Environment. v. 5, 780. 20 dic. 2024.
AMARAL, S. et al. Alarming patterns of mature forest loss in the Brazilian Atlantic Forest. Nature Sustainability. Online. 13 feb. 2025.
